Cuando tenga la tierra
Por Sergio Wischñevsky *
La tierra permanece...
El presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, en la inauguración de la tradicional exposición eligió hacer un discurso que, más allá de batir todos los records en la utilización de adjetivos denigratorios contra el gobierno nacional, aprovechó la que denominó “exposición rural del Bicentenario” para armar un relato de la historia argentina que se podría usar pedagógicamente en las escuelas como ejemplo de cómo se puede deformar la historia en pos de legitimar intereses sectoriales, aun a costa de omitir, forzar o lisa y llanamente mentir sin ponerse colorado ni perder la sonrisa.
Mirando a sus compañeros de la Mesa de Enlace dijo que, si ellos hubieran estado en la Revolución de Mayo de 1810, hubieran apoyado a Mariano Moreno y Manuel Belgrano. Citó el escrito de Moreno Representación de los hacendados y su defensa del libre comercio “contra los gravámenes” que imponía el imperio español. A continuación, no se privó de igualar aquellos gravámenes con las actuales retenciones que aspira a eliminar y comparó la lucha que llevan adelante contra el Gobierno con la que hicieron los revolucionarios de Mayo: “Los mismos ideales, la misma lucha”, dijo sin inmutarse.
En primer lugar, es necesario aclarar que un hacendado en 1810 era simplemente alguien que tenía hacienda y, como el mismo Moreno aclaró, su escrito representaba a 20 mil labradores y hacendados de ambos márgenes del Río de la Plata que distaban muchísimo de ser los personajes potentados que surgirían en los campos argentinos algunas décadas después y que recién alrededor de 1860 conformarían el poderoso sector agroexportador.
Moreno le solicitó al virrey Cisneros que, en un acto de pragmatismo, aceptara que el contrabando que llegaba desde Inglaterra era imparable y, por lo tanto, en lugar de seguir fingiendo que no existía, lo institucionalizara y le cobrara impuestos de aduana, con lo cual se beneficiarían los productores locales, se conseguiría mayor libertad para comerciar y el fisco podría contar con los recursos necesarios para sostener el Estado. En ninguna parte se quejó de la existencia de impuestos, sino que, por el contrario, solicitó que se los cobraran a los sectores más pudientes de la sociedad, que en ese momento eran los grandes comerciantes e intermediarios, y que se bajaran los gravámenes a los productos de consumo popular. Lo cierto es que, en ese texto, y con mayor vigor aún a partir de la Revolución, en la que será implacable con las elites mediante las llamadas exacciones revolucionarias, la política que impulsaba Mariano Moreno estaba en las antípodas de la concepción de un Estado prescindente en materia fiscal.
Es más, su tesis de doctorado “Disertación jurídica sobre el servicio personal de indios” es un largo, pormenorizado y erudito trabajo en el que denunció el maltrato y la expoliación a la que fueron sometidos los pueblos originarios. De hecho, en sus inicios como abogado, se dedicó a defender en Chuquisaca a muchos trabajadores indios de los abusos de sus patrones, lo que le valió pasar una muy mala situación económica.
La Sociedad Rural, por otro lado, fue la gran financista de la Campaña del Desierto, mejor llamada genocidio de Roca, por la que se vio beneficiada con extensiones de tierra gigantescas y concentradas en muy pocas manos.
Manuel Belgrano tenía una vasta experiencia en cuestiones económicas. Fue nombrado secretario “perpetuo” del Consulado de Comercio de Buenos Aires en 1794. Ejerció ese cargo hasta poco antes de la Revolución de Mayo, en 1810. En dicho cargo se ocupaba de la administración de justicia en pleitos mercantiles y de fomentar la agricultura, la industria y el comercio. En sus artículos, al referirse a los labradores, los describió en una situación de grandes y penosas falencias. Ubicó como tema central de los problemas de los productores agropecuarios la imposibilidad de acceder a la propiedad de la tierra. En efecto, el creador de la bandera creía que las propiedades estaban muy injustamente repartidas y proponía la intervención directa del gobierno para realizar un reparto más justo que pondría fin a muchas de las penurias de los trabajadores rurales. No parece muy probable que la Mesa de Enlace hubiera acompañado una reforma agraria.
“Siempre alzamos la voz, no hemos hecho silencio”, prosiguió Biolcati.
El 24 de marzo de 1977, a un año del golpe de Estado, la Sociedad Rural Argentina publicó en casi todos los medios una solicitada en la que elogió el “sacrificio patriótico” de la Junta Militar y convocó a la ciudadanía a apoyar al gobierno, porque “debemos desarmar el andamiaje creado por casi 35 años de una lenta pero sistemática estatización socializante”; llamó a reordenar el presupuesto y liquidar las empresas públicas, y desaconsejó “aperturas políticas prematuras”.
El debate por el reparto de la tierra en Argentina no figura en la agenda política desde que la dictadura lo silenció a sangre y fuego. El discurso de la Sociedad Rural es una gran invitación a retomarlo.
Historiador, profesor de la UBA.
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martes, 3 de agosto de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
Duhalde en la Rural
Por José Pablo Feinmann
La vida (ha escrito Héctor Tizón) no se mide en años, sino en asombros. Dios nos conserve entonces a la Sociedad Rural y al señor Biolcati. Ayer nos han entregado asombros casi como para aspirar a la inmortalidad. El señor Biolcati le ha robado el discurso a la izquierda. Esa pregunta que tanto se ha formulado en relación con el kirchnerismo (¿hay algo a su izquierda?) ha perdido vigencia. Ha sido ampliamente respondida. Su formulación ha perdido sentido. A la izquierda del kirchnerismo está la Sociedad Rural. Ni el Proyecto Sur ni el PO. Sería difícil ver a sus representantes tan preocupados, casi en estado de lamento continuo, conteniendo lágrimas de dolor e indignación, como se lo vio al veterano trosco Hugo Biolcati en el atril de la Rural. Ahí pronunció un discurso bien escrito (vaya a saber qué pluma al servicio de la patria se encargó de esa tarea, pero si la patria, que es el campo, llama, hay que acudir) pero plagado de mentiras asombrosas. Son tan intensos los asombros que esas mentiras han despertado en nosotros que –como dijimos– si la vida se mide por ellos tenemos años por delante. Sé que todos vamos a andar escribiendo de esto. Pero hay que comprender: pocas veces se ofreció a la ciudadanía un dislate tan profundo. Primero) Mayo se hizo por y para el campo. No en vano Moreno escribió la Representación de los hacendados, esa apología del librecambio para posibilitar los negocios con Inglaterra. El “otro” Moreno –el que tanto entusiasma a los nacional populares– no existe para Biolcati. Además, cada día se prueba con más certidumbre que el Plan de Operaciones es apócrifo. ¿Qué queda, entonces, de la gesta de Mayo? El librecambio con Inglaterra. Segundo) El campo fue creciendo y muy pronto se vio que era la fuente principal de recursos que tenía el país. José Hernández (no citado por Biolcati) habrá de decirlo: “Vale tanto un vellón de oveja como una máquina fabricada en Liverpool” (cito de memoria). Se llega así al glorioso Primer Centenario. ¡Que se sigue honrando en la Sociedad Rural! Eramos el “granero del mundo”. El primer país exportador de América latina. Lugones escribía su Oda a los ganados y las mieses: “Allá la vaca fértil como el campo/ su sustancia elabora/ en el músculo, en la ubre y en la pella,/ con una grave plenitud geórgica/ Si anda, parece que en su marcha pende/ el talego del rico, si reposa/ su aspecto familiar de cofre tosco/ es la seguridad del pobre./ La honda paz de los campos en su ser vegeta” (Ver: Odas seculares). Así, Biolcati fija el momento esencial de la grandeza argentina en el primer centenario. Ese centenario que fue la fiesta de ellos. La fiesta ajena. La fiesta de la oligarquía y la celebración de la inextinguible riqueza del campo, del granero del mundo. Pero luego el país empieza a extraviarse. Uno cree que Biolcati va a empezar a ladrar contra el peronismo, según es habitual. ¡Pero no! ¿Cómo va a hacerlo si ahí, a pocos metros está sentado don Eduardo Duhalde? Don Eduardo y su Chiche: ahí están. En la fiesta de la Sociedad Rural, entidad que tan bien se llevó siempre con el peronismo. (Y todavía mejor con el gaucho Menem, que les dio todo lo que le pidieron y más.)
Que esté Duhalde es serio. Que esté Macri no importa. Que esté la trajinada Mesa de Enlace tampoco. Al señor Buzzi –uno conjetura– en cualquier momento sus bases se lo comen, cansadas de ir detrás de los proyectos de los poderosos, cansadas –como dice un amigo que suele utilizar un lenguaje algo directo, que desapruebo– de ser usadas “de forros” por los grandes terratenientes. Pero está Duhalde. Sigamos –por ahora– con Biolcati. Lo que dice a continuación es tan asombroso que tal vez nos conceda la eternidad de tanto que lo es. Porque si la vida se mide en asombros, el que Biolcati nos dio cuando dijo que la culpa de la desgracia argentina la tenían los golpes de Estado que habían derrocado a gobiernos constitucionales fue la joya de la jornada. ¿En serio, señor Biolcati? ¿Fueron los golpes militares los que arruinaron la prosperidad y el crecimiento argentinos? Pero si todos esos golpes contaron no sólo con el apoyo de la Sociedad Rural, sino que algunos se planearon bajo el calor de sus lujosas residencias. Caramba, ¿hasta dónde es posible mentir? Este es un tema teórico: ¿cómo es posible mentir hasta un límite ya lindante con el delirio? ¿Cómo alguien puede decir tan abiertamente algo totalmente contrario a la facticidad de la historia, fácilmente refutable con cualquier diario de cualquier época cercana a un golpe de Estado? ¿Con qué se cuenta para algo así? ¿Con la mala memoria de la gente? ¿Con su estupidez? ¿Con sus intereses? ¿Con su mezquindad? ¿Con la certeza de que la mentira no importa en la política si sirve para acumular poder? “Mil repeticiones hacen una verdad.” “Mientan, siempre algo queda.” Es posible. ¿Pero tanto? ¿A quién le habla Biolcati? ¿A qué idiotaje insalvable cree que se dirige? Ni Morales Solá le va a creer algo así. Pero eso no importa. No tiene que creerlo. Tiene que confirmarlo. Lo que crea es secundario. Lo que importa es que hoy diga que es verdad. Dentro de todo, en algún punto hasta es tranquilizante que Biolcati afirme eso. Reniega de los golpes de Estado. Los está descartando para el presente. No olvidemos que con Grondona –en televisión– planeaban un golpe a cara descubierta y entre risitas cómplices. Estos muchachos.Pero la cumbre de la impostura, de la impúdica patraña, llegó con la preocupación –acaso conmovedora por lo que conlleva de autocrítica, ¿o no?– por los pobres. La Sociedad Rural ha incurrido en la “opción por los pobres” tal como algunos maltratados representantes del sacerdocio católico. Biolcati habló del hambre, de la pobreza, de la exclusión. Notable: ellos fueron los que crearon el hambre durante la fiesta de los noventa. Ellos y los altos financistas y ese imperdonable Partido Justicialista y ese sindicalismo de traidores a sus bases que se hincaron ante Menem, que se vendieron, que dijeron sí a todo. Biolcati, con la convicción de un sindicalista combativo, denunció el hambre que arrasa el país. Se puso a la izquierda de todo y de todos. Quienes quieren ocupar esa franja deberán denunciar esta impostura. Hay que decirlo claro: quienes crearon a los hambrientos por su sed infinita de ganancias no tienen derecho a hablar del hambre.
Pero ahí estaba Duhalde. También Macri, pero no importa. Es un perdedor. También De Narváez, pero no importa: es un ET. Pero Duhalde sí, él importa. Es en el peronismo donde las batallas se van a librar. Nadie puede gobernar (hoy, todavía al menos) este país sin el apoyo del aparato peronista. Duhalde controla una buena parte. ¿Quién es Duhalde? Es un político que fue al acto de la Sociedad Rural. Alguien que sorprendió a todos hablando amablemente de los militares desaparecedores y pidiendo se les conceda la libertad. O que cesen los juicios. Alguien que presentó el libro de Alberto “Tata” Yofre (el último: el que festeja la represión clandestina que Perón ejerció sobre la Tendencia durante su oscuro y, en efecto, clandestino tercer gobierno). Yofre es, también, ese autor que lee Alfredo Astiz, que se presenta con su libro en las audiencias y lo pone a la vista de todos: “Señores, yo leo esto”. Acaso Duhalde lo ponga de ministro del Interior o le restituya el puesto de jefe de la SIDE que tuvo con Menem. Esto es más posible. En suma, toda la llamada “oposición” tiene su verdadera fuerza, no en los medios, no en la Sociedad Rural, no en esos patéticos políticos que ponen la cara por ella, sino en el aparatismo duhaldista, parte importante del aparatismo peronista. La otra parte del aparato la tiene Néstor Kirchner, que es un tigre para dar esas batallas. En suma, las elecciones de 2011 (al margen de las caras visibles que se presenten como “candidatos”) deberán elegir entre Kirchner o Duhalde. Biolcati y la Sociedad Rural –ayer– eligieron a Duhalde. Un peronista. El ex vicepresidente de Carlos Saúl Menem. ¿Esperarán otra fructífera década neoliberal como la que disfrutaron con el riojano en los noventa?
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miércoles, 21 de julio de 2010
En busca de la identidad perdida
Por Vicente Battista
Ni Adán ni Eva, se supone, tuvieron conflictos de identidad. Es posible que hayan sufrido la carencia de padres naturales, pero en su reemplazo contaron con el Padre Eterno, algo colérico, por cierto: ante la primera desobediencia los echó de casa. El exilio no los amilanó, cubrieron su desnudez y comenzaron a tener hijos: había que poblar el mundo. Caín y Abel fueron los primeros, y aunque no les fue del todo bien, ni uno ni otro se enfrentaron a conflictos de identidad: tenían real conciencia de quiénes eran sus padres. Esta certeza en gran medida se iba a repetir con todos los seres humanos que poco a poco fueron ocupando el planeta, ya sea aquellos que continuaban con la tradición judeo-cristiana, aquellos que habían nacido bajo el paganismo o aquellos que profesaban otras confesiones. Tan importante como las dos preguntas iniciales –¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?– es saber quiénes son nuestros padres, existimos gracias a ellos, sin ellos seríamos la nada, y la nada no se formula preguntas.
Nuestros abuelos prehistóricos fueron de la horda al clan y del clan a la familia consanguínea, para finalmente arribar a la monogámica; hay quienes aseguran que en ese estadio se podría establecer el comienzo de la civilización. La monogámica era una familia fundada en el predominio del hombre: se hacía necesario procrear hijos cuya paternidad no se discutiese. Con el propósito de evitar esas discusiones, los patriarcas judíos optaron por la línea materna. Esto, sin embargo, no les evitó padecer problemas de identidad: José, hijo de Jacob, fue vendido por sus hermanos a los ismaelitas y ellos, a su vez, lo vendieron a los egipcios.José revirtió su condición de esclavo y llegó a ser gobernador de Egipto. Investidura que no le hizo olvidar su origen: cuando lo consideró preciso reconoció a sus padres y se proclamó hijo de Israel.
El conflicto de Moisés era más grave: ignoraba que había sido adoptado por la hija del faraón, se consideraba egipcio e incluso ante la presencia de Jahvé dudó de su verdadera identidad, pero no bien la confirmó, aceptó su origen, se puso al frente del pueblo de Israel e inició el éxodo hacia la tierra prometida.
El destino de Edipo fue más adverso. Con el fin de evitar la maldición del oráculo, el rey Layo ordenó la ejecución del recién nacido. El súbdito que debía cumplir la orden se apiadó del niño y desencadenó la tragedia: Edipo mataría al rey Layo, su padre, y se casaría con Yocasta, su madre. De esa unión incestuosa iban a nacer dos varones: Eteocles y Polinices, y dos mujeres: Antígona e Ismene. Los cuatro, a su vez, desatarían nuevas catástrofes.
Las epopeyas de José y de Moisés pertenecen a la tradición judía y están puntualizadas en el Antiguo Testamento: Génesis y Exodo. Los funestos destinos de Edipo y de sus cuatro hijos pertenecen a los mitos tebanos, fueron revelados por Homero en el undécimo canto de la Odisea (“Vi también a la madre de Edipo, la bella Epicasta, que cometió sin querer una gran falta, casándose con su hijo; pues éste, luego de matar a su propio padre, la tomó por esposa”) y más tarde desarrollados por Sófocles y por Esquilo en sus tragedias Edipo Rey, Antígona y Los siete contra Tebas. Identidad, parricidio, incesto, respeto por los muertos. Estos incidentes, recogidos en libros, sagrados o no, establecieron las normas morales, las pautas culturales que desde entonces regirían en la sociedad. La identidad, saber quiénes son nuestros padres, es una de esas normas.
En 1976 se instauró un régimen de terror en la Argentina. Las Fuerzas Armadas habían estudiado la metodología de crímenes y torturas instaurada por los nazis en Alemania, y con voluntad de alumnos aventajados la pusieron en práctica aquí. Treblinka, Auschwitz, Maidanek fueron campos de exterminio; la ESMA, El Olimpo, La Perla, también. Los jerarcas del gobierno nazi de Alemania debieron responder por más de seis millones de asesinatos. Los jerarcas del gobierno nazi de la Argentina, por treinta mil. Varía el número de muertos; no la forma en que se cometieron los crímenes. Las tropas aliadas juzgaron a los criminales alemanes; el gobierno de Raúl Alfonsín juzgó a algunos criminales argentinos, a otros les otorgó el beneficio de “la obediencia debida”, más tarde el gobierno de Carlos Menem indultó a todos; luego fiel a su estilo, el gobierno de Fernando de la Rúa optó por el silencio y finalmente los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner pusieron las cosas otra vez en su lugar: los responsables de crímenes de lesa humanidad, tantos militares como civiles, volvieron a someterse a la Justicia.
Los soldados del Tercer Reich destruían a la familia completa: asesinaban a los abuelos, a los padres y a los hijos. Los soldados del Proceso se propusieron imitar esa metodología –en 1977 el general Ibérico Saint Jean proclamó eufórico: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos–, aunque más tarde optaron por otro modo de destrucción: asesinaban a los abuelos y a los padres; pero en lugar de matar a los hijos, los vendían o los canjeaban en pos de algún beneficio. Más de un verdugo se quedó con esos niños. Se dio así la paradoja de que represores y torturadores criaran con ternura “maternal” a los hijos de los padres que habían asesinado. Ahora algunos de esos hijos adoptados se niegan a la certeza de descubrir a sus verdaderos padres; otros van más lejos: aceptan a sus padres asesinos y repudian a sus padres asesinados.
A lo largo de la historia de la humanidad no se había dado una perversión de ese calibre. Durante siglos logramos respuestas culturales para el incesto, para el parricidio, para el genocidio. Hoy nos enfrentamos a nuevas categorías, desde la negación de la identidad hasta la alabanza a los asesinos de nuestros propios padres, que a simple vista parecen un diabólico disparate pero que, sin embargo, comienzan a producir preguntas inéditas. Se hace difícil, terriblemente duro y difícil, elaborar las respuestas.
sábado, 17 de julio de 2010
La ostra cerrada
La ostra cerrada
Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn
Los diarios alemanes informaron a página entera sobre la ley que acaba de aprobar el Parlamento argentino sobre el matrimonio de personas del mismo sexo. Bueno, por lo menos ya no dedican ese tamaño importante, como antes, sólo cuando se producían dictaduras militares en nuestro país o cuando habla Maradona. Ahora fue en algo muy serio y de gran responsabilidad ética y política. El Frankfurter Zeitung titula: “Argentina permite –como primer país latinoamericano– el matrimonio entre personas del mismo sexo. Y el General Anzeiger, de Bonn, lo titula –con ironía– con un término de la Iglesia Católica argentina: “Un proyecto demoníaco”, y aclara: “Argentina permite, contra la dura protesta de la Iglesia Católica, el casamiento de personas del mismo sexo”. En la crónica detalla la furiosa oposición de la Iglesia Católica contra esa ley. Justo en este momento, cuando la Iglesia Católica ha quedado en una posición ética muy difícil, al difundirse los casos de pedofilia de sus sacerdotes y monjes en escuelas y establecimientos educacionales con menores de edad.Aquí, en Alemania, los medios les han dado un lugar de privilegio a todos esos casos y a los que van quedando en descubierto en todos los países donde el credo católico es mayoría. Y lo hemos visto, hasta el Vaticano ha tenido que reaccionar ante tantas denuncias comprobadas, en las que han caído hasta obispos. Justamente, como segunda noticia en la misma página que trae ese triunfo de la racionalidad y la libertad en Argentina, el Vaticano anunció la elevación de penas en el Derecho Eclesiástico a todo aquel que cometa delitos de pedofilia y abuso de enfermos mentales. (Pero aprovecha la ocasión y también incluye “a todos aquellos clérigos que consagran como sacerdote a una mujer, a quienes también se los excomulgará”. Como se ve, no pueden con sus discriminaciones, en lo que a la mujer atañe.)
¿Y por qué esto? Porque ya se escuchan muchas voces dentro de la Iglesia Católica que piden, como primera medida para acabar con los delitos sexuales de pedofilia y otros de violaciones que se han producido, terminar con algo tan discriminante como exigir la castidad a todos los sacerdotes y monjes.
Esto se puede comprobar en la actualidad: la Iglesia Protestante alemana –que tiene un parecido número de sacerdotes (pastores) que la Iglesia Católica– no ha tenido ni la quinta parte de casos de pedofilia en sus líneas de las que han tenido hasta ahora, y según las últimas investigaciones, los católicos. Es porque los religiosos protestantes pueden casarse y la mujer puede ejercer también el papel del sacerdocio y ocupar las más altas jerarquías. Por ejemplo, hoy mismo acaba de renunciar la primera obispa protestante, María Jepsen, porque se la ha acusado de no haber actuado con severidad ante denuncias contra un pastor de su iglesia. Una actitud que muestra su sentido del honor y la responsabilidad.
Al contrario de lo que ocurre en la Iglesia Católica, ya que en vez de comenzar con el gran debate que cada vez más se está originando entre los católicos en cuanto a la llamada “castidad” y a la discriminación de la mujer, lo que ha hecho el Vaticano fue aumentar las penas de castigo a los curas pecadores. Como si en los países donde impera la pena de muerte hubiera menos crímenes que en aquellos en que se ha desterrado para siempre esa pena irracional.
Debemos reconocerle a la sociedad alemana que ya hace tiempo ha terminado con la discriminación de los homosexuales. Se nota en los cargos políticos. Actualmente, por ejemplo, el Dr. Westerwelle, viceprimer ministro del gobierno nacional, es un declarado homosexual; lo mismo que los gobernadores de Hamburgo y Berlín, que nunca lo ocultaron. Los que los votaron –en este caso, las mayorías de esas dos grandes ciudades– no vieron ningún impedimento en que ellos pertenecieran al llamado “tercer sexo”. Es que negarlo es caer en una discriminación ante lo natural, caer en la irracionalidad de verlos hijos del diablo o del pecado, o santiguarse cuando se sostiene que tal persona es o no es. Hay que reconocer que la naturaleza los hizo así, son plenos hijos de la naturaleza y hay que aceptarlos como miembros igualitarios de la sociedad. Pero está claro que pese a su actitud, la jerarquía del Vaticano se ve venir tiempos de mucho debate. Aquí ya se ha iniciado. Y sorprende que intelectuales siempre subordinados a la disciplina católica hayan salido en los últimos tiempos a tomar como tema de polémica ese lado oscuro del catolicismo. Por ejemplo, el intelectual del Partido Conservador Demócrata Cristiano, quien fue dos veces ministro para la Ciencia y el Arte, y presidente del Comité Central de los Católicos Alemanes, Hans Joachim Meyer, acaba de sostener públicamente: “Los casos de pedofilia de sacerdotes y monjes en escuelas católicas es algo muy terrible. Yo siento –como todo católico que cree en su religión– que es la consecuencia de la falta de transparencia en las decisiones de la Iglesia. El primer caso ya tendría que haber servido de alerta para debatir y tomar las medidas adecuadas. En el nombramiento de puestos clave existe falta de visión y arbitrariedad, tanto en los obispados como en Roma. Los sucesos nos demuestran con toda claridad que es necesario proceder a reformas. Y en especial a todas aquellas reformas que ya comenzaron a debatirse en al Segundo Concilio Vaticano. Por ejemplo, los laicos tienen que intervenir en la designación de los obispos. Porque la Iglesia vive en la comunidad y en el mundo, al mismo tiempo. El celibato para todo el clero debe terminar. La Iglesia puede caer para siempre porque ya no está cumpliendo con su misión pastoral. Sobre ese aspecto no se puede tomar una medida general para todos. Lo mismo que la posición de la Iglesia ante la mujer. Eliminarlas de todos los cargos espirituales no es nada tranquilizador. Se sigue un falso camino si no comienza a discutirse el tema. Ya esto no lo puede ignorar, porque siempre estará presente”.
Sí, es que ya hasta la mujer católica está reaccionando contra esa política de negarla totalmente y seguir con la leyenda de la Virgen María, Madre de Dios. Virgen y Madre. ¿Por qué? ¿Acaso la unión de los cuerpos no es algo natural y bello más aún cuando a esos cuerpos los une el amor?
Pero se sigue con la discriminación y las medidas del Medioevo. Acaba de producirse un hecho que causó indignación pública: el médico director del Hospital Católico de Dusseldorf fue despedido porque se casó por segunda vez. El médico inició un juicio y la Justicia lo repuso en el cargo. En las directivas del hospital está también que será despedido todo aquel profesional que participe de un aborto. Los comentarios están de más.
El pronto reemplazo por el Papa del obispo de Augsburg, Mixa –acusado de golpear a niños de un internado de huérfanos y de otros casos de pedofilia– por un nuevo obispo, Konrad Zdarsa, dice a las claras que no pueden mantenerse situaciones que antes se podían esconder. Lo mismo que lo ocurrido en el internado del convento de Ettal y en otros colegios católicos. En todos sus discursos, los obispos dejaron en claro que reconocían los delitos cometidos pero hasta ahora la frase más pronunciada por ellos es: “Hay que volver a comenzar”. No, tal vez lo único que les sirva es pensar esto: “Tenemos que aprender de lo sucedido para que todo esto no vuelva a suceder”.
De cualquier manera, la sociedad ha sabido reaccionar. Y destaca la decisión de la asociación de periodistas alemanes, Netzwerk Recherche, que todos los años entrega un premio llamado la “Ostra cerrada” a los que han callado ante los hechos y mostrado su desprecio por la opinión pública, de otorgar ese premio negativo nada menos que a la Iglesia Católica. En la lectura de la “laudatio”, el periodista orador recordó la figura de San Francisco de Sales quien, para denunciar cómo el calvinismo había sometido a su región, salió a la calle y comenzó a publicar en papel los hechos sin tener miedo a la reacción. Siempre con la verdad y también con la autocrítica. Finalmente, San Francisco de Sales triunfó y el pueblo volvió a su antigua religión. Y añadió el periodista: “San Francisco de Sales hizo lo que la Iglesia Católica no hace más: él sostuvo la verdad, él empleó el idioma propio del pueblo para ser escuchado y creído, cosa que la Iglesia Católica actual no usa más. Una comunidad que vive de la palabra como pocas guarda silencio cuando se habla de sexualidad. La discusión acerca del celibato, junto a la sexualidad de los sacerdotes, es tabú para la Iglesia Católica. También todo lo que atañe a la anticoncepción y protección de la mujer. Cuando existen tantos tabúes quiere decir que ya no existe la verdad, no interesa la verdad”.
En ese discurso –que fue transmitido por los medios– agregó el representante de los periodistas alemanes: “La Iglesia no fue la autora de los abusos sexuales. Pero ella fue y es el refugio de los que cometieron el delito. Ella puso a disposición de ellos los santos lugares en los cuales pudieron actuar sintiéndose tan protegidos y donde las víctimas estuvieron totalmente desprotegidas. Son muchos los eclesiásticos que han sido descubiertos en la impudicia pero, ante todos los hechos, la Iglesia miró hacia otro lado. Y por eso quienes también pagan son los que no practicaron esa violencia, tanto sacerdotes como educadores, ya que siempre serán sospechados. La Iglesia debe tener la responsabilidad de que ningún delito se cometa en su interior y castigar a los autores. Pero no, la Iglesia sencillamente trasladó de lugar a los pedófilos y los ha encubierto durante años. Y recién ahora, cuando hemos comenzado a correr los velos, empiezan a aclarase esos delitos por el coraje de las víctimas y de los medios. Aunque se nos quiere presentar como perseguidores de la Iglesia, como representantes de una ‘energía criminal’, el problema de la Iglesia no son los medios sino la violencia sexual interna y su silencio sobre ello”. Y agregó: “Existe una Iglesia cuya autocompasión es mayor que su compasión por sus víctimas. Por eso le otorgamos el premio de la Ostra cerrada”.
Por último, el orador invitó a la Iglesia a hacer su propio “Glasnost y Perestroika”, cuyo primer paso debería ser el fin del celibato y permitir la ordenación de mujeres. La Iglesia necesita lo que sostienen los médicos: la “restitutio in integrum”, la cura integral. La Iglesia sólo será creída si investiga a fondo las causas de la violencia sexual y su encubrimiento durante siglos.
Los testimonios de quienes siendo niños fueron víctimas sexuales de los que usaron sus títulos de representantes de Dios para imponerse son verdaderamente indignantes. Ojalá que se aprenda y la Iglesia pase a ser aquello con que tanto soñaron esos verdaderos pastores del bien y la convivencia: los obispos Angelelli y De Nevares –para nombrar solamente a dos de tantos otros– que dieron todo para lograr una sociedad sin injusticias, una sociedad de mano abierta, como es la que en verdad tendrían que perseguir siempre las llamadas religiones.
sábado, 5 de junio de 2010
Un momento que demanda lucidez
Un momento que demanda lucidez
Por Daniel Goldman *
La gran mayoría de los judíos nos hemos educado en la idea de la centralidad de Israel como eje espiritual y como concreción de un sueño milenario. Desde la antigua época de los profetas, quienes predicaban sobre la justicia social y la redención, hasta el contemporáneo filósofo Martin Buber aseveraban que el vigoroso núcleo del pueblo judío debía estar dispuesto a retornar a su antigua tierra y construir allí una vida basada en el trabajo independiente, desarrollándose como el elemento orgánico de una nueva humanidad, sin desplazar ni dominar a ningún otro pueblo.
La forma colectiva de la vida socialista del kibutz fue un intento de ello, del mismo modo que el ejemplo de la Histadrut, organización sindical obrera israelí, que diera solución en su forma política cooperativa a caminos de utopía. Y es así que el sionismo como movimiento de liberación brindó el recurso para que cientos de miles de sobrevivientes de la Shoá pudieran encontrar refugio ante un mundo hostil.Muchos de estos valores han encontrado la gran dificultad de su desarrollo en un conflicto, cuya incapacidad de solución se cuenta por décadas, y que como capas de tierra acumulan sedimentos de frustraciones diplomáticas, lógicas de acción política inconducentes, incomprensiones, desconfianza, cálculos erróneos, razonamientos equivocados, y que en estas horas eclosionaron coyunturalmente en el acontecimiento del “Mavi Marmara”.
Evidentemente son días difíciles para todos aquellos que creemos, apoyamos y estamos comprometidos con todo intento de proceso de paz en el Medio Oriente. En este sentido, los sectores intelectuales y progresistas de la sociedad israelí –con quienes me siento identificado y cuento con la amistad de muchos de sus protagonistas– se han movilizado para protestar ante esta lamentable decisión del gobierno israelí. Una vasta cantidad de académicos y artistas se resisten a la tentación de dejarse llevar por las respuestas impulsivas de una derecha que juega con la emotividad y los miedos para reforzar ciertos prejuicios. Escritores de la talla de Amos Oz y David Grossman interpretan que Netanyahu, secundado por figuras que no han puesto al diálogo como prioridad de sus agendas, se niega a pensar de otro modo. Mi amigo Raanan Rein, reconocido profesor de la Universidad de Tel Aviv, cargado de preocupación, acaba de escribirme en estas aciagas horas que lo que quiere el actual gobierno israelí es hundir una esperanza de un acuerdo de paz con los palestinos que implique el establecimiento de un Estado soberano al lado del Estado de Israel.
Analistas del prestigioso diario Haaretz sostienen en los últimos días que el contexto histórico y geopolítico actual, puesto de manifiesto en, por ejemplo, el viraje político de Turquía y en las posiciones de un presidente como Obama, le exigen al liderazgo político israelí en su totalidad que debe, ante todo, interpretar y comprender la realidad de un modo distinto, y no como hace una década. Este es un momento que demanda de mucha lucidez y objetividad. Actuar frente a los nuevos y múltiples desafíos que el mundo presenta requiere de creatividad diplomática, madurez política, grandeza moral y audacia espiritual (como predecía A. J. Heschel). No hay posibilidad de dar pasos reales y ciertos si no hay estrategias de largo plazo ni decisiones firmes. A la par de esto, en esta saga tumultuosa resulta evidente que todo acto terrorista realizado por Hamas y otros grupos debe ser enfáticamente condenado.
Ahora, es difícil saber la dimensión del impacto de este triste incidente en el proceso de paz recién renovado, así como la señal en las relaciones de Israel con la comunidad internacional y en el vínculo entre árabes y judíos dentro de Israel. “Lo que sí sabemos –sostiene Jeremy Ben Ami, presidente del prestigioso grupo J. Street– es que hoy hay un clavo más en el ataúd de las anhelos de concluir con el conflicto palestino-israelí de manera pacífica. Por ello instamos a los líderes internacionales y regionales a que tomen la terrible noticia de estas jornadas como una oportunidad para trabajar, aún con más energía, en los esfuerzos inmediatos para poner fin al vínculo hostil.”
* Rabino.
domingo, 30 de mayo de 2010
El pueblo del Bicentenario
El pueblo del Bicentenario
Por Ricardo Forster *
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Los días argentinos no dejan de sorprendernos. Lo esperado y el azar se entrelazaron para devolvernos la imagen de una historia abierta, compleja, laberíntica, tumultuosa y aluvional. De a centenares de miles, viniendo de todas partes, cruzando las fronteras que separan la ciudad de los suburbios, subiéndose a colectivos y trenes, a subtes y autos o simplemente caminando para apurar las cuadras que los separaban de un centro que, por cuatro días de una intensidad increíble, se reencontró con su pasado mítico, con sus leyendas de arrabales tangueros y de marchas obreras, la multitud invisible se transformó en el pueblo del Bicentenario. Vinieron de esas geografías tematizadas como zonas del peligro, sortearon las prevenciones y los prejuicios de todos aquellos que asimilan masas andantes con disturbios y criminalidad, con violencia y agresión. Multitud abigarrada y festiva, colectivo social multiplicado en millones de personas que manifestaron con alegría y serenidad, que gozaron y cantaron, que bailaron y conversaron, que miraron y preguntaron, que se emocionaron y se sorprendieron. Todos, cada uno de nosotros, fuimos sintiendo la potencia de la transfiguración; pudimos percibir que algo inusual y extraordinario estaba sacudiendo las entrañas de un país siempre anómalo y extraño pero siempre intenso y desafiante.La ciudad se abrió y los cuerpos se movieron con libertad desprendiéndose de los miedos impuestos, de esos trazos de ficción mediática que apabullaron desde pantallas y rotativas la cotidianidad de los argentinos hasta construir la imagen de una sociedad en estado de guerra y de intemperie, asolada por la inseguridad y prisionera de una violencia autodestructiva que, siempre, asumía el rostro del oscuro habitante de esos arrabales transformados, gracias a las retóricas del amarillismo y el racismo, en las zonas del mal. Desde allí vinieron de a miles y miles desmintiendo, como lo han hecho en otras ocasiones memorables de nuestra historia, a quienes, desde el desdén y la más cruda violencia del lenguaje discriminador, no se cansaron de repetir que los mueve el clientelismo y el choripán, la promesa de alguna dádiva o la obligación de no quedar mal con el puntero del barrio. Los velos se cayeron, se derrumbó el discurso hegemónico y monocorde de la corporación mediática. Estalló en mil pedazos la palabra “crispación”. Y las calles del centro mutaron en calles de fiesta y regocijo, de asombro y participación. Así de simple y de complejo... la multitud, los negros de la historia, los incontables, los que pujan desde el fondo de los tiempos por el reconocimiento y la igualdad hicieron acto de presencia y lo hicieron transformando durante cuatro días a Buenos Aires en una magnífica alquimia de ágora y carnaval, de imágenes monumentales desplegadas sin medir riesgos estéticos por la fuerza bruta de la invención artística y la inquieta interrogación por aquello del pasado que sigue insistiendo en el presente. Fue alegría compartida y conmoción ante los dolores y los horrores de nuestra historia, que también estuvieron allí, sin ocultamientos ni narraciones edulcoradas. Y estuvieron junto a las clases medias de los barrios porteños y del Gran Buenos Aires desmintiendo la lógica de los abroquelamientos y los muros invisibles que se fueron levantando utilizando los recursos culturales de medios de comunicación atravesados de lado a lado por la retórica de la ciudad neoliberal, privatizada y fragmentada, de esa que vivió de rapiñar el espacio público poniéndolo a su servicio. Los cuerpos se mezclaron, lo individual y lo colectivo se entrelazaron al riesgo de romper prejuicios y paradigmas dominantes, como recordando otras ciudades en la ciudad del Bicentenario (ciudades de los conventillos y de las esperanzas, de caminatas míticas narradas por la literatura de Borges y Marechal, de Martínez Estrada y Cortázar, de Sabato y Oesterheld, de alquimias de poetas y de vagos, de movilizaciones populares y de tozudas resistencias, de tardes futboleras y de antiguas devociones barriales... ciudades escritas con la diversidad de mil escrituras por sus habitantes que, como si hubieran venido de todos lados y de todas las épocas, se reunieron para recobrarse y mirarse a los ojos en estos días de mayo).
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Allí, en la ciudad libre y lúdica, tumultuosa y festiva, no estuvo la “gente”, ese nombre forjado para excluir e invisibilizar al otro, para restarle su humanidad transformándolo en una amenaza o en la plebe oscura y sin nombre. La “gente” quedó atragantada en la garganta de aquellos periodistas formateados para diferenciar a los lindos de los feos, a los limpios de los sucios, a los ciudadanos que se manifiestan espontáneamente de los oscuros objetos del clientelismo o del piqueterismo. Allí hubo pueblo, diverso y múltiple, portador de lenguas y tradiciones, amalgama de lo distinto y de lo semejante, tumulto de colores y de grafías. Pueblo que recuperaba sueños olvidados, que se dejaba agasajar después de tantas frustraciones y que rompía en mil pedazos el discurso que nos enseñó a establecer una brutal equivalencia entre multitud y homogeneidad, entre pueblo y monotonía autoritaria, entre la masa oscura y las personas pensantes y autónomas. No estuvo un pueblo bucólico, ni un pueblo virginal. No hubo ni hay pueblo puro. Hay luces y sombras danzando a contraluz de la historia argentina como esa que pudimos ver desfilar entre vanguardismos estéticos, giros brechtianos y arquitecturas monumentales que cruzaban, de un modo desafiante, lo artístico y lo político. Allí estuvo el pueblo de la independencia y el de las dictaduras, el de los anarquistas soñadores y el de la locura especulativa, el de la Constitución quemada y el de la fiesta democrática, el del dolor inconmensurable de las Madres, el del infinito reclamo de justicia y memoria y el de los silencios resignados. Pueblo manchado y vital. Como si en los claroscuros de la historia, en el interior de sus pasadizos secretos, la palabra pueblo pudiera narrar lo mítico y lo soñado, lo esperado y lo perdido, la fuerza del acontecimiento que parte aguas y la monotonía de los tiempos de la resignación y el olvido. El pueblo es, también, lo que bordea el peligro, lo que a veces se aventura detrás de lo inesperado que brota haciendo saltar los goznes de una realidad enturbiada y estancada. Otras veces ese nombre fue pronunciado, y algo de eso se contó en los muros del Cabildo y en las avenidas capturadas por el desfile de las carrozas y la contemplación entre deslumbrada y fervorosa de la multitud, para legitimar las páginas más ignominiosas. El pueblo es movimiento, mutación, herencia y memoria, es cuerpo sobre el que las escrituras de la historia van dejando sus huellas indelebles aunque se las intente borrar.Pero el pueblo es también el giro de los tiempos que interpela siempre de un nuevo modo aquello que lo constituyó. Cada generación reinterpreta el pasado de acuerdo a sus necesidades, a sus prejuicios y a sus ensueños de aquello siempre esperado como reparación y oportunidad convirtiéndolo en fuerza vital y en actualidad, dándole sentidos tal vez impensados en otras encrucijadas de nuestra historia. Como si algo de lo excepcional se hubiera derramado sobre este presente para iluminar de otro modo nuestra travesía como nación. Como si eso inimaginado se hubiera encontrado con ese sujeto olvidado y ninguneado produciendo un acontecimiento sobre el que todavía no alcanzamos a descifrar su proyección. Intuimos que lo desplegado en estos últimos años, aquello que fue invirtiendo la marcha decadente y brutal de una Argentina que había sido capturada por la cultura del egoísmo y la especulación del capitalismo neoliberal, tuvo mucho que ver en las jornadas multitudinarias del Bicentenario. Como si lo inaugurado otro 25 de mayo, pero de 2003, con sus intensidades y sus dificultades, con sus apuestas riesgosas, sus aciertos y sus errores, hubiera encontrado el difícil camino que nos fue llevando, tal vez sin preverlo ni imaginarlo de este modo y con tal magnitud, a la reaparición del pueblo.
Una reaparición que se vincula directa y decisivamente con el también arduo ejercicio de rescatar a la política de su envilecimiento, de volver a ponerla en el centro de lo democrático como un instrumento sin el cual las sociedades quedan prisioneras de los arbitrios de las “gestiones empresariales” y de los tecnócratas del establishment. La política como lugar del litigio por la igualdad y como lengua que se instala para desmentir las falsas e ilusorias retóricas de la unidad y del consenso que suelen ocultar la perpetuación de las injusticias y las desigualdades. Porque este 25 de mayo no es apenas un acontecimiento festivo, un baile de máscaras sin rostros por detrás. Es, ha sido, la emergencia de una posibilidad que parecía saldada o extraviada, la posibilidad de situar lo político en el corazón de la democracia sin renunciar a dar la batalla por la distribución de la riqueza, la refundación del Estado, la recuperación imaginativa del espacio público, la reparación de las injusticias del pasado en los tribunales del presente y de inscribir este tiempo argentino en nuestro muchas veces olvidado destino sudamericano.
Hemos sido testigos y partícipes de días luminosos. Días irrepetibles, únicos, que dejarán su impronta en lo por venir. Días que nos de-safían y nos ofrecen el raro privilegio de ser actores de la historia, de esa misma cargada de fantasmas que fueron convocados por el arte y la política, que estuvieron en esa maravillosa galería de los patriotas latinoamericanos, que pasearon entre nosotros bajo los rostros de José Martí, del Che, de Emiliano Zapata, de Túpac Amaru, de Artigas, de Evita, de Allende, de Sandino, de Bolívar, de San Martín y de tantos otros que hacen a la memoria y a la trama subterránea de un continente caliente, desmesurado y libertario. Días del pueblo que dibuja los trazos de una Argentina que quiere ir en busca de la igualdad, la libertad, la justicia y la fraternidad. Algo de eso pudimos sentir en la piel, en el corazón y en la reflexión mientras, como escribió Elías Canetti en la encrucijada de otra historia, nos dejamos llevar por el vértigo y la fiesta de lo colectivo.
* Filósofo, profesor e investigador de la UBA.
sábado, 29 de mayo de 2010
Fiestas patrias
Fiestas patrias
Por Luis Bruschtein
Los ecos del Bicentenario todavía hacen ondas sobre la laguna de la política, pero es difícil entrever bajo el agua. Si la experiencia de estos días sólo sirve para contraponer a los políticos con las masas –todo lo malo de un lado, y lo bueno del otro–, se repite ese discurso autoprofético que tiende a separar las masas de la política. Y tiene bastante de falso, porque en general los políticos provienen y expresan esa complejidad tan diversa. No somos una sociedad tan ejemplar como la que se quiere exaltar tras las fiestas mayas. Es evidente que la cultura política todavía es pobre y así lo reflejan las estructuras de la política argentina. Pero también es cierto que así como hay momentos muy a la baja, hay otros bastante redondos como los que se protagonizaron esta semana.
No fue solamente mérito de la sociedad en general y en abstracto. Hay un mérito importante también en la convocatoria que estimuló y encarriló esa participación. Es cierto que no está directamente relacionado con el voto ni con el pensamiento político partidario de cada uno de los posibles seis millones de personas que pasaron por el Paseo del Bicentenario en la Avenida 9 de Julio. Justamente ése fue un mérito de la convocatoria, por su pluralismo, por su propuesta contenedora. Y el equipo de funcionarios que tuvo a su cargo la organización de todo lo que pasó esos días (Jorge Coscia, Tristán Bauer, Oscar Parrilli y Javier Grossman) bajo la mirada omnipresente de la presidenta Cristina Fernández, en pocos meses debió evitar los ritmos elefantiásicos y los nosepuede de la burocracia.Las lecturas de lo que sucedió estos días se irán sumando y hasta contradiciendo, hasta convertirlos en leyenda, como sucede con los hechos sobresalientes de la historia. Pero ahora sus consecuencias todavía están calientes y la distancia corta es buena para sacar algunas conclusiones aunque sea mala para otras que son difíciles de ver con el escenario pegado a la nariz.
Se puede elegir, por ejemplo, la reacción extendida del público frente a algunas de las escenas que se plantearon en el desfile final a lo largo de todo su recorrido. Por ejemplo, en cada parada, cuando marchaban los Granaderos en el cruce de los Andes, todo el mundo cantó a todo pulmón la Marcha de San Lorenzo. Cuando pasaron los soldaditos de Malvinas y se escuchaban los bombardeos y los muchachos caían y se levantaban las cruces, primero había exclamaciones de asombro e inmediatamente se ponían a cantar “El que no salta es un inglés”. Y cuando llegaba la carroza impresionante con las Madres de Plaza de Mayo caminando bajo la lluvia con sus pañuelos luminosos, primero había un silencio imponente y después estallaban los aplausos.
El momento del desfile final fue cuando más personas se reunieron a lo largo de todo el paseo del Bicentenario, más Diagonal Norte y Plaza de Mayo. Dicen que había más de dos millones de personas. Cualquiera diría que es una muestra más que suficiente de ese mosaico multicolor que es la sociedad o el pueblo. Y en esa diversidad, por lo menos esas tres reacciones se repetían asombrosamente. Hasta el cantito con los ingleses. Fue bastante extraño como fenómeno ver cómo esas escenas producían efectos tan similares. Fue así y no había modo de que fuera preparado.
Que la gente aplaudiera a los granaderos y cantara la Marcha de San Lorenzo, y al mismo tiempo aplaudiera con tanto respeto la alegoría a las Madres, demuestra que diferencia con claridad una cosa de la otra. Que el juicio a los represores es a los asesinos y no a la institución. En todo caso rechaza la forma golpista en que fue instrumentada la institución, pero puede diferenciar una cosa de la otra.
Lo de los soldaditos de Malvinas demostró también que es un tema que debe ser visibilizado por los gobiernos. Malvinas fue una derrota llena de engaños, se usó el discurso patriótico para una guerra irresponsable y todo eso lo convirtió en un tema incómodo, antipático y muy doloroso y la misma sociedad reaccionó con negación, no solamente los dictadores y los gobiernos democráticos posteriores. El patrioterismo de los dictadores, de una patria en abstracto, es enemigo del verdadero patriotismo. Hubiera sido casi imposible que un festejo como el de estos días se hubiera podido hacer en los años ’80, con el recuerdo fresco de ese engaño sangriento. Hablar de patria resonaba a Galtieri. Hablar de Malvinas resonaba a engaño. Después de tantos años, el recuerdo de esos soldaditos muertos en Malvinas tenía que estar entre los momentos sobresalientes de la historia. La reacción popular demostró que fue un acierto. Una forma de separar el patrioterismo chauvinista para recuperar una patria con sentido, para revalorar la palabra patria en contraste con aquellas invocaciones huecas de dictadores y fascistas.
Entre la propuesta del Gobierno y la participación popular, el 25 hubo una expresión de patriotismo como identidad, como hogar, como pertenencia, como tierra, como cultura y comunidad plural. Lo patriótico como sentimiento de inclusión que, a diferencia de fascistas y dictadores, reconoce a pueblos originarios y a pueblos inmigrantes y no los excluye, hostiga ni desprecia. Es el patriotismo que contiene y acepta las minorías en todos los sentidos. El patriotismo que reivindica a los luchadores de las mayorías oprimidas y a las ideas que aportaron justicia, libertad y democracia a lo largo de la historia. El patriotismo que rechaza a usurpadores, dictadores y aprovechados. El patriotismo del Martí de “Nuestra América” o del San Martín del bando del Ejército de los Andes.
La dictadura y los generales golpistas se habían apropiado de un discurso supuestamente patriótico que en todos lados es de los pueblos y no de los dictadores. Aquí la dictadura lo vació, lo dejó sin contenido, lo usó para matar, para torturar, secuestrar y desaparecer a una generación de argentinos, para preparar una guerra con Chile, para lanzarse con motivos mezquinos a otra guerra y para entregar la soberanía y las riquezas del país. Usó un discurso patriótico para hacer todo lo contrario, lo más antipatriótico. Y creó desconfianza en esas palabras. O por lo menos confusión, como le sucedió a esa maestra de La Pampa que eligió al dictador Galtieri como una de las figuras destacadas de la celebración de Mayo.
La popularidad de los stands de las Madres y las Abuelas en el Paseo del Bicentenario, por donde pasaron decenas de miles de personas para expresar solidaridad, respeto, dolor o curiosidad, pero en ningún momento enojo o rechazo, demostró que ese sentimiento patriótico del 25 estaba desintoxicado, que había filtrado el bastardeo grotesco de ese discurso por la dictadura. Pero tenían que estar las Madres y las Abuelas para verificar esa reconversión, para alejar fantasmas. Y la misma constatación se vivenciaba en la celebración de los pueblos originarios y de los inmigrantes o en el festejo de la democracia en el desfile final. Eso es lo que no entendió la maestra de La Pampa.
Se había instalado también la idea de que las manifestaciones populares en espacios abiertos se convertían en batallas campales. Convocar a una muchedumbre en un paseo público fue una apuesta arriesgada, porque los medios describían un clima de rechazo masivo y violento al gobierno nacional. Si se creyera en esa ficción instalada y naturalizada en forma mediática, el peligro de peleas y confrontaciones violentas hubiera sido muy grande. En la convocatoria hubo confianza en el sentido de responsabilidad ciudadana a contrapelo de esa verdad mediática que sugería lo cerrado, lo elitista o lo mediático. Esa decisión fue rápidamente contrastada con la forma que eligió el macrismo para sus festejos en el Teatro Colón, en una especie de copia de la televisión chatarra que tiene altísimo rating.
Se ha interpretado también esa participación popular como una convocatoria a la unidad nacional. Podría ser, en los hechos esa multitud diversa convivió en paz, interactuó, la mayoría seguirá pensando como siempre, otros no. Esa actitud estaba, no fue algo que cambiara en forma consciente. Lo que quedó demostrado, en todo caso, es que el clima crispado de los grandes medios y la truculencia de algunos discursos políticos son forzados, no tienen una base social considerable, o por lo menos, si la tuvieron, la perdieron o no estuvo en el Paseo del Bicentenario.
pagina12.
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