lunes, 15 de agosto de 2011

El gran derrotado no es Duhalde o Alfonsín, sino Magnetto










Un inmenso rechazo a la corporación mediática y un abrazo estremecedor a políticas independentistas, de ese poder de los diarios y canales dominantes, pero también de los países que dominan el mundo y ante los cuales América del Sur solía estar de rodillas, dignificó la atmósfera de la Argentina, al cabo de una de las jornadas más democráticas y emocionantes que recuerda el país. ¿Cuánto le ha valido al actual gobierno el abrazo americano a los del Sur y el trato de igual a igual con los del Norte?
Haber tomado distancia del Fondo Monetario Internacional e impedir que se entrometa en sus políticas públicas, esas recetas que ahora devastan al mundo, ¿cómo podría no ser considerado en el momento de la evaluación del asombroso resultado de este domingo? El contexto internacional, el mismo que, como si fuesen piezas de un dominó volteaba las economías regionales, vino a convertirse en un aliado fenomenal del gobierno de Cristina Fernández, porque dejó constancia de que el anhelo de libertad de los poderes de otrora vino acompañado de un acierto que ni el más optimista seguidor de la presidenta, ni acaso ella misma, consideraron factible. El componente intuitivo y dignificador de aquellos divorcios de las tóxicas relaciones, que en América Latina han sido un denominador común y nefasto, es parte de la catarata de estas elecciones y de la frustración de la oposición. Una oposición que no eligió su camino, sino que permitió que este fuera trazado por los grupos mediáticos, a los cuales, por ser parte de las corporaciones económicas, les encanta el FMI, les gusta pedir plata afuera, aborrecen estatizaciones como las de la Anses, despotrican contra los Bancos Centrales que actúan en favor de las políticas de sus gobiernos.
Y cada vez que el Grupo les marcó en la agenda que tenían que hablar cada día, fuese Sadous, Schoklender, ADN o Papel Prensa, o lo que el diario dispusiera, se sometieron a los dictados del hombre que desde las sombras supo manejar al país como una empresa, su propia empresa. Un gran contador, por cierto no un periodista, que se las ingenió para colocar bajo su mando a esos trabajadores que, por radio y televisión, hablaban sin poder disimular lo amargo del brebaje que les ofreció el domingo menos deseado de sus vidas profesionales.
Al gran derrotado no hay que buscarlo por el lado de Duhalde o Alfonsín. El que perdió con la fealdad del que corre haciendo zancadillas e igualmente es vencido, se llama Magnetto. El cronista no pone el nombre completo porque al momento de escribir la nota sinceramente no lo recuerda. Es Magnetto a secas.
Magnetto, alcanza. Su solo nombre explica lo que se quiere entender en estas horas. El decálogo de lo que Binner debe hacer para aumentar el interesante capital que le depararon las primarias es muy sencillo: a) no ir a la casa de Magneto a recibir instrucciones, b) no convertirse en un panelista de los programas de TN, c) no permitir que lo hagan hablar de lo que a ellos les interesa. Si el gobernador de Santa Fe comprende que debe proyectarse desde la sinceridad política, ser opositor en nombre de sus convicciones y no de lo que a Clarín le interesa (que le devuelvan el fútbol, que no se aplique nunca el artículo 161, que le mantengan Fibertel, que no investiguen la sangre que chorrea de las maquinas de Papel Prensa, que Cablevisión cobre el doble de lo que corresponde, que no pague dividendos de las acciones que se compró a precio inflado en los tiempos de las AFJP), puede dar pelea. Si, como los ayer vapuleados en las urnas, se suma al coro de los que hablan lo que Magnetto libreta, es muy probable que se convierta en uno más de los que con un 12% de adeptos, se quedan hablando de sus propuestas. Las que en la mayoría de los casos no llegaron a enunciar, creyentes de que en el altar de Magneto estaba la respuesta para sus ambiciones. Y se equivocaron de credo.
Hay causas más nobles.
  TIEMPO, EL ARGENTINO

sábado, 13 de agosto de 2011

MANIFESTACIONES SOCIALES

Sociales

Por Sandra Russo
 
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Las manifestaciones sociales en Londres y Santiago, Chile, esta semana, corrieron un velo. Las dos, tan diferentes, expresiones de idiosincrasias y de historias tan distantes, mostraron algo descompuesto. Es lo mismo que en Estados Unidos provocó un tembladeral al que Obama quiso emparchar con la reafirmación del liderazgo mundial, diciendo que su país fue y será siempre triple A. El presidente norteamericano le dejó a la retórica lo que no puede lograr con sus políticas.
Lo que dejaron al desnudo las dramáticas manifestaciones sociales en un punto y en otro del planeta es precisamente la impotencia, la ineficacia, la capitulación de la política frente esa absurda naturaleza de las cosas a la que sigue aferrado el centro del mundo. La naturaleza neoliberal de las cosas indica que lo social no existe. Indica que las decisiones se toman pensando en otra cosa. No en la gente. En otra cosa. En números, en papeles, en pantallas, en porcentajes.
El presidente chileno lo puso en palabras: “Nada es gratis en la vida”, dijo, con la brutalidad del inconsciente. ¿De dónde ha sacado eso Piñera? ¿Quién que no esté hechizado, obnubilado por su propia manera –neoliberal– de ver las cosas puede sostener esa oración corta, tremenda y categórica, esa frase acuñada al calor de la falacia neoliberal por excelencia y que indica que el esfuerzo personal tiene su premio? En los países neoliberales el esfuerzo personal no sirve para nada.
Para el pensamiento dominante en el mundo, lo social, y esto es, la sociedad, los seres humanos que la integran, las personas con nombre y apellido, son apenas algo para recortar. Recortaron siempre ahí. Ajustaron siempre en los cuerpos, nunca en las abstracciones numéricas de las finanzas. La lógica que los mueve es tan ilógica, tan dramáticamente disparatada, que ahora lo social les estalla en la mano, como un petardo mal encendido.
Este sistema llegó hace décadas para dejar caer su cuchillo sobre lo social. La salud, la educación, los derechos laborales, las jubilaciones, todo lo que esos gobiernos privatizaron tenía por destino lo social, el desarrollo social, el ascenso social, la movilidad social. Privatizar es des-socializar.
Lo que hubo fueron manifestaciones sociales en el más técnico de los sentidos. Fue lo social que habló. Las dos protestas fueron protagonizadas por la misma generación. Más del 60 por ciento de los detenidos en Londres tenía entre 15 y 25 años. Son o deberían ser esos chicos británicos estudiantes secundarios o universitarios. Pero no incendiaron varias ciudades de Gran Bretaña pidiendo por su derecho a tener un proyecto de vida. Eso lo hicieron los jóvenes chilenos. Otra prueba fehaciente, una más y van muchas, del cambio de paradigma. Los jóvenes chilenos están mejor parados. Tienen más conciencia de sí. Más camino hecho. Tienen más ideas, tienen delegados, tienen historia y símbolos. Los jóvenes británicos por ahora sólo comparten la rabia.
Los chicos británicos emiten sus ladridos desde el lugar de los excluidos de la sociedad de mercado. Son europeos y aspiran a plasmas, no a latas de tomates y paquetes de yerba, como los que envolvían con sus brazos los saqueadores argentinos de los finales de los mandatos de Alfonsín y De la Rúa. Aquí sabemos de saqueos fogoneados, de saqueos como el golpe de gracia de gobiernos que a los poderes fácticos les convenía arrasar. No por casualidad esos dos gobiernos democráticos cayeron en el medio del humo de neumáticos. Pero qué curioso. Londres ardiendo y nadie preguntándose por la gobernabilidad de Cameron. Esa parte del mundo no ha pasado todavía a la fase de la ingobernabilidad, pero al ritmo en que van las cosas, ya llegará. Por ahora, lo que se ha visto es que los jóvenes británicos son profundamente infelices, que no tienen fe, que no aspiran a conseguir un buen trabajo porque no consiguen ninguno, y encima tampoco pueden comprarse las zapatillas nuevas que valen doscientos euros y sin las que sus identidades se diluyen. Si no tienen esas zapatillas no saben quiénes son. Han sido reducidos a consumidores impotentes.
Los chicos británicos ladran porque no tienen futuro, como los punks de los ’90. El de Margaret Thatcher fue el primer gobierno democrático que aplicó de lleno un programa neoliberal. El de Augusto Pinochet fue, en Chile, el primer globo de ensayo en dictadura. Le siguió la Argentina.
Los ’90 fueron hechizantes. Tal fue la conmoción mundial por la caída del Muro de Berlín y por un solo pensamiento triunfal flameando en Occidente, que no hubo resistencia posible. Fueron los años en los que se puso en marcha lo que algunos llamaron “la nueva Edad Media”. Torretas y bárbaros. Countries y villas. Nobles y descastados.
Lo que iba a morir en media parte del mundo en esa década era la aspiración al progreso. Los sectores populares dejaron de soñar con llegar a vivir como los sectores medios. Los sectores medios, políticamente seducidos para identificarse con los sectores altos, fueron disciplinados culturalmente para mantener a raya a los sectores populares. Los piqueteros, los trapitos, los cartoneros definen un universo que mucha clase media, alentada por los medios masivos de derecha, identifican con el peligro, la amenaza, el delito, la falta de valores morales. Pero mientras unos dejaban de tener derecho a soñar con vivir mejor, los que los despreciaban vivían cada vez peor.
El politólogo español Juan Carlos Monedero escribió esta semana en relación con la situación británica que “el reclamo de la época es la igualdad, aunque, como siempre, el verdadero fin es la libertad (la que busca ese ser consciente que lo único que sabe con certeza es que se va a morir)”. La frase interpela el falso eje sobre el que se han hecho girar nuestras ideas sobre la igualdad y la libertad, toda vez que quienes vienen serruchando lo social desde hace décadas lo hacen en nombre de la libertad. Pero nunca hablaron de la libertad de las personas reales, las que penan, aman y no duermen por el hambre o las preocupaciones.
“El auge del mercado, los cientos de canales de televisión, Internet, los teléfonos móviles, el desarrollo en transportes y comunicaciones –escribió Monedero–, poder elegir entre Coca-Cola y Pepsi Cola, viajar, el alargamiento de la adolescencia, el sensacionalismo de una información supuestamente infinita servida en tiempo real, la soberanía de los consumidores son todos elementos que hacen pensar que nunca tanta gente fue tan libre en la historia de la humanidad. Pero esa libertad se ve coartada por la falta de acceso real a esa promesa de vivir como monarca absoluto. Se les había olvidado que sin súbditos no hay reyes. Es entonces cuando surge el enojo: ser feliz es tener acceso a todo lo que me da felicidad, pero no llego. Y no voy a llegar mañana tampoco. Así que lo quiero todo y ahora. Como sea.”
En todo el mundo hay una generación que pregunta a los gritos qué le han hecho a su futuro, cómo es posible que se pretenda de ellos que renuncien a sus ilusiones personales, que sean extras en una larga y terrible película protagonizada por las pantallas de la Bolsa.

Página12

lunes, 8 de agosto de 2011

Cómo es la relación de Bergoglio con la ONG que denunció a Zaffaroni

Con la bendición del arzobispo

El respaldo del cardenal a La Alameda se remonta al año 2008. Desde entonces, todas sus actividades cuentan con el beneplácito del jefe de la Iglesia Católica argentina. Cómo se gestó el vínculo. El papel del MTE. La búsqueda de Bergoglio de patas territoriales.

Por Andrés Osojnik
 
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Bergoglio se acercó a la ONG de la mano de Grabois, dirigente del Movimiento de Trabajadores Excluidos.
La visita con frecuencia, participa de sus actos, le reza al menos una misa por año y bautiza a los chicos que nacen allí. Jorge Bergoglio, el arzobispo de Buenos Aires, es el hombre que respalda a La Alameda, la organización que motorizó las denuncias contra Eugenio Raúl Zaffaroni porque departamentos suyos terminaron alquilados a mujeres que ejercían la prostitución. El cardenal primado de la Argentina le dio la bendición a la entidad en 2008, el año del conflicto sojero. No fue casual: el jefe máximo de la Iglesia argentina buscaba sumar patas territoriales a la construcción de su poder político.
La primera misa que ofreció Bergoglio organizada por La Alameda fue el 1º de julio de ese año. Fue en una iglesia de La Boca comandada por curas villeros y el público fueron cartoneros, mujeres en estado de prostitución, trabajadores víctimas del trabajo esclavo. El arzobispo explotó en la homilía el discurso de la crítica por la situación social. Ese mismo día, Bergoglio tuvo otra actividad: se reunió con Julio Cobos en su despacho en el Senado. El vicepresidente se venía desmarcando del Gobierno, la crisis con las patronales del campo ardía y faltaban 17 días para el voto no positivo.
La incorporación del cardenal a la agenda de La Alameda había llegado de la mano de Juan Grabois, un dirigente del Movimiento de Trabajadores Excluidos, que reúne principalmente a cartoneros. Con trabajo social en varias villas, el MTE ya había sellado el año anterior una alianza con La Alameda, que dirige Gustavo Vera, para llevar adelante denuncias sobre situaciones de explotación laboral y trabajo esclavo en talleres clandestinos. Juan –hijo de Roberto Grabois, dirigente en los sesenta y setenta de Guardia de Hierro, la derecha fascistoide del peronismo de aquella época– es también militante católico y protegido de Bergoglio.
La Alameda se había iniciado en los días de la crisis de 2001. Se conformó como la asamblea popular “20 de diciembre”, en Parque Avellaneda, y ocupó el bar de Directorio y Lacarra (La Alameda), que estaba cerrado y en proceso de quiebra. El espacio fue abierto para convertirse en un comedor popular al que llegaban principalmente inmigrantes bolivianos que trabajaban en la zona. Su situación de víctimas del trabajo esclavo llevó a Gustavo Vera y sus compañeros a empezar las denuncias sobre los talleres textiles clandestinos y la trata de personas para explotación laboral. La Alameda se conformó como una cooperativa de trabajo en la que se ocupan costureros y costureras, la mayoría de nacionalidad boliviana. Años después, sumaron la denuncia sobre trata para explotación sexual.
A partir de aquella misa de 2008, Bergoglio repitió el oficio cada año, siempre organizado por La Alameda y el MTE. Vera llegó a comparar al arzobispo con Carlos Mugica y los sacerdotes palotinos asesinados durante la dictadura militar: “La Iglesia, en sus últimas homilías, está reencontrándose con lo mejor de su tradición, como Mugica o los palotinos que lucharon por la dignidad de las personas”, dijo el dirigente de La Alameda al analizar la actuación de Bergoglio en aquel momento.
En septiembre del año pasado, el cardenal visitó de nuevo la sede de la organización para bautizar a las hijas de una costurera. “Hoy vine a respaldar a Gustavo y las personas que lo acompañan. Necesitaba expresarles toda mi solidaridad por la notable labor que realizan”, devolvió gentilezas el arzobispo.
También en 2010, La Alameda patrocinó la denuncia de una policía que acusó a sus superiores de regentear una red de prostíbulos. Bergoglio recibió a la mujer mientras era custodiada por la Gendarmería Nacional. Ese mismo año, La Alameda creó una marca de indumentaria “libre de trabajo esclavo”. A su presentación, en junio del año pasado, asistió otra vez el cardenal, que se sumó a un público que incluyó a varias Madres de Plaza de Mayo.
La Alameda creó lazos también con un grupo de vecinos de Liniers, con quienes elaboró un mapa del delito de la zona en el que se identifican prostíbulos, talleres clandestinos, puntos de venta de droga y mercadería robada y lugares “liberados por la policía”. Para brindar un nuevo respaldo, Bergoglio les ofició una misa, esta vez en la iglesia de San Cayetano, el domingo 5 de junio pasado.
Otro apoyo político que recibieron Vera y Grabois fue el de la diputada Fernanda Gil Lozano, que en los últimos tiempos estuvo acompañando a la organización. En ese marco aparecieron las denuncias contra el juez de la Corte Suprema. Vera y Grabois fueron a la Justicia. Gil Lozano, a la Cámara de Diputados: allí pidió que se cite a Zaffaroni para que dé explicaciones. Luego, Elisa Carrió hasta habló del juicio político.
Después de dos semanas en los que un sector de la prensa y la oposición se montaron en la campaña contra el magistrado, ahora La Alameda se llamó a silencio: dijo que ninguno de sus dirigentes hablaría más del tema “hasta después de las elecciones” del domingo próximo.

Página12

sábado, 6 de agosto de 2011

Llegar a ser humanos

Por Osvaldo Bayer
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Desde Bonn, Alemania

Agosto, verano. Bien temprano. La naturaleza sonríe. Nos invita a un romanticismo goethiano y a la paz eterna de Kant. Recojo el diario. Título: “La miseria de los niños”. “En Somalia mueren trece niños de hambre por día, por cada diez mil habitantes. Doce millones de africanos no tienen qué comer”. Siguen otros títulos: “En Siria otros cien muertos en la represión”. “Japón: Fukushima, cada vez más peligro nuclear.” “Hambre en Estados Unidos.” “Italia y España ante más desocupación”. “Bestial represión contra los estudiantes en Chile.” “En la Argentina continúa la represión contra pueblos originarios, el caso Ledesma.”
Cierro el diario. No me decido si quiero leer una poesía de Goethe o abro un libro de Kant. No. Me meto en el mundo. Leo a Marcia Pally, la docente en ciencias culturales de la Universidad de Nueva York. Describe, en un escrito titulado “Hurto famélico en Manhattan”, cómo la gente sin trabajo, en Estados Unidos, va a los parques estatales a buscar alimentos. Escribe: “No son gente sin techo. No, son de clase media: Y no revuelven la basura, sino que se llevan hojas, plantas y frutas de los árboles de los parques para la cena. Gente vecina al Parque Kissena, de Queens, informó que ha desaparecido un árbol entero de cerezas y se llevaron los peces y las tortugas de las fuentes. La búsqueda de alimentos ha alcanzado mientras tanto niveles increíbles. El gobierno podría acabar con los sueldos extra que se paga a la policía y repartir ese dinero entre la gente. Mejor se los mete presos y por lo menos comen la comida de la prisión”. Ironías plenas de rabia en el país que tiene tropas en todo el mundo y que es el máximo exportador de armas, el 34,6 por ciento de todas esas exportaciones provienen de Estados Unidos, cuyas empresas ganan miles de millones de dólares en un país que ahora se descubre que no puede ni alimentar a todos sus habitantes. No, ni siquiera en una novela podría ser creíble esto. Pero es la realidad. Claro, los economistas del sistema le quitan importancia señalando con voz grave: “No, se trata sólo de una crisis”. Y la pregunta es: ¿Cómo no es posible prevenir las crisis en el país más rico del mundo? No, la verdadera respuesta es: se trata de la irracionalidad del sistema.
Lo vemos en la Italia de Berlusconi. Este político, que ante la oposición dijo: “¿Crisis? No, ¿de qué crisis me hablan?”. La misma derecha italiana, su aliada, acaba de sentenciar a Berlusconi diciendo que “él mismo provocó su suicidio político”. Berlusconi, aquel de que “el capitalismo lo soluciona todo por sí mismo”. Los diarios del sistema lo califican hoy de “desconcertado en la crisis”. Un lunfardiano argentino lo hubiera bautizado tal vez mejor: “Chanta ante la realidad”.
Sí, porque la realidad está dada en el consumo irracional y en la explotación de las fuerzas del trabajo. Harald Welzer, director del Center for Interdisciplinary Memory Research en Essen, ha escrito un texto sabio sobre derechos humanos.
Comienza con una cita. La declaración general sobre Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948. Repetimos, 1948. Recorrámosla una vez más en toda su sabiduría: “Cada uno de los seres humanos tiene derecho a un nivel de vida que le asegure a él y su familia salud y bie-nestar, inclusive alimentos, vestuario, vivienda, atención médica y servicios sociales, así como el derecho a seguridad en el caso de falta de trabajo, enfermedad, invalidez o viudez”. En contraposición a eso, Welzer muestra la realidad: “Una séptima parte de la humanidad está desnutrida, dos mil millones de personas no tienen atención médica alguna, mil millones no tienen acceso a agua limpia, 200 millones de niños son soldados, o están prostituidos, o son trabajadores nómadas o trabajan 18 horas por día tejiendo alfombras. Enfrente, las estadísticas dicen que 1200 personas poseen más del 3 por ciento de la fortuna privada mundial, mientras que la mitad de la humanidad apenas cuenta con el dos por ciento de esos bie-nes”. Todo esto en un mundo sin soluciones: con poblaciones hambrientas, niños que mueren por falta de comida, un planeta infectado por el mal uso de las materias de la naturaleza, con cada vez más autos de lujo y menos trabajo. La cantidad de ropa nueva comprada en el mundo occidental se ha duplicado en la última década, para no hablar de los aparatos técnicos de consumo, y en Europa y en Estados Unidos el 40 por ciento de la comida sobrante es tirada a la basura. Además, el armamentismo crece. Basta un ejemplo: en los Emiratos Arabes Unidos se está formando un ejército mercenario que está costando 500 millones de dólares. Lo organiza una empresa norteamericana. Los soldados contratados provienen en su mayoría de Alemania y Colombia, con muy buenos sueldos. Los oficiales provienen de Estados Unidos, Francia, Sudáfrica y Alemania. Para los Emiratos el principal enemigo es Irán. Todo esto a pocos kilómetros de Somalia, donde mueren niños de hambre.
Planeta Tierra, año 2011. Hay algo muy urgente que solucionar ya mismo. Los niños que mueren de hambre en Africa. Hay que hacer un llamado a la moralidad universal. Los países que explotaron como esclavos durante siglos al pueblo africano deben sentirse hoy con el deber de terminar con el hambre allí. Las iglesias cristianas todas, que callaron cuando se realizó el tráfico de esclavos, deben poner toda su organización en llevar alimentos a esos pueblos. Ni hablar de todos los países que tuvieron a la esclavitud durante siglos como algo normal. No repitamos lo que ahora aparece en televisión cuando llega a Somalia un avión con alimentos para tres mil personas como algo digno de hacer conocer. No, debe ser una cadena aérea que asegure la alimentación básica y con expertos que promuevan proyectos de producción de alimentos para el futuro.
¿Y cómo solucionar la crisis mundial? Seamos un poco utopistas. La crisis es demasiado grande, la injusticia reina desde hace siglos. El sistema vota a Berlusconi y a Macri. Pero ganemos distancia y veamos el futuro con fantasía, esa fantasía que nos muestra a todos los seres humanos que es posible un mundo sin hambre, sin guerras, sin fronteras, un mundo que quiere saber por fin lo fundamental: de dónde venimos, qué somos, qué es todo esto, la vida, la naturaleza, los pensamientos, el nacer y el morir. Para llegar a la utopía de la gran solución llamar a congresos mundiales. Como base, Naciones Unidas. Un congreso de filósofos, sociólogos y politólogos que busquen la forma de unir a todos los pueblos en un mundo sin fronteras, sin ejércitos, donde se respeten todos esos derechos proclamados por Naciones Unidas. Una sociedad mundial. Al mismo tiempo, un congreso de todas las religiones junto a científicos representantes de los adelantos de las ciencias, para que lleguen a un acuerdo a fin de seguir adelante y explicar esa duda universal sin contestación alguna: de dónde venimos, qué somos, qué es el universo, y a responsabilizarse de no llevar adelante ninguna agresión religiosa más y terminar leyendas de culto que han agraviado la paz entre los hombres. Encuentros donde tengan valor las palabras amplitud, generosidad, comprensión, grandeza.
Llegar a ser humanos.

Página12