domingo, 7 de junio de 2015

(EL PROYECTO ECONOMICO DE MACRI Y LA OPOSICION)

GENETICA DE LA ALIANZA UCR-PRO-CCL Y DEVALUACION DE MASSA

Buitres y guanacos

Entre el pago a los buitres de Macrì y la rebaja de salarios del cazador de guanacos Lucas Llach, es posible imaginar cómo gobernaría esa alianza PRO-UCR-CCL. Por suerte Carrió se desentiende de la economía, ocupada en defender al renunciante golpeador De Narváez y a la República Perdida. Massa se paraliza ante el vacío sádico de Macrì, que cada día le baja el precio y ya ni gratis lo acepta. La batalla de los republicanos contra la corrupción no cabe en la canasta de Recalde.

Por Horacio Verbitsky

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Nicolás Caputo, amigo, consejero y testigo.
Dentro de dos semanas, justo cuando se cierre la inscripción de aspirantes a la presidencia de la Nación, se cumplirá un año del fallo de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos que dejó firme la decisión del juez de Wall Street Thomas Griesa a favor de los fondos buitre.
Maurizio Macrì visitaba Israel. Gracias a las seis horas de diferencia estaba bien despierto cuando recibió un llamado desde la radio del Grupo Clarín. Pero no lo parecía: “Habrá que pagar al contado”, opinó. También dijo que lo había hablado con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Sin querer, el diálogo se puso humorístico:
–¿Y qué le dijo Netanyahu?
–Sólo asintió, porque es un hombre de pocas palabras.
En cambio el gobierno mantuvo invariable la propuesta que Cristina comunicó en la celebración rosarina del Día de la Bandera, de “un acuerdo beneficioso e igualitario para el ciento por ciento de los acreedores”. Ni los buitres ni su juez lo aceptaron, la Argentina mantuvo su posición y no sucedió ninguna de las catástrofes vaticinadas por medios, políticos y economistas opositores. Esto fortaleció a los candidatos del FpV que, con matices menores entre ellos, prometen continuar con las mismas políticas de CFK. El viernes, un nuevo fallo de Griesa sumó otros 5400 millones de dólares a la cuenta que la Argentina debería pagar a quienes no renegociaron en 2005 o 2010, una prueba adicional de que el rechazo oficial fue acertado. Hasta ahora, Macrì no dijo esta boca es mía.
El presidente del bloque de diputados bonaerenses de la Coalición Cívica Libertadora, Walter Martello, explicó entonces que quien influyó a Macrì para fijar aquella posición tan instantánea como disparatada fue su amigo de infancia, asesor, testigo de boda y financista, Nicolás Martín Caputo. Para avalarlo, reprodujo una frase significativa del balance que en esos días presentó el Grupo Caputo: “Se aguarda para el 2015 una solución rápida del conflicto con los holdouts que permita revertir la actual tendencia negativa en el nivel de actividad”. Caputo tenía entonces en ejecución una cartera de obras para la Ciudad y la Nación por 1.500 millones de pesos, agregó Martello para que se comprendiera el sentido del consejo. Pero desde que Elisa Carrió sentenció que “Macrì es corrupto pero republicano” y se integró a la alianza que irá a las PASO con la UCR y el PRO, la información ya no está accesible en esa página. Los negocios por encima del interés colectivo, el Estado como gestor de esos beneficios particulares. Nada sorprendente porque así nació la PROpuesta Republicana. Caputo tiene menos éxito con su amigo cuando se trata de decisiones políticas, como el acercamiento que propugna a Sergio Massa.

El talón de Aquiles

Ernesto Sanz anunció que su candidato a vicepresidente será Lucas Llach, quien ya estaba coordinando los equipos técnicos del senador mendocino. La diligente prensa escrita y televisada permitió saber que se trata de uno de los hijos del ex viceministro de Economía de Menem y ex ministro de Educación de De la Rúa, Juan Llach, y que realizó un posgrado en Harvard. También se divulgó que corre descalzo, apoyando el pie en los metatarsianos y no en los talones, pero es tan sofisticado que lo denomina barefoot running. Además supimos que postula como ideal la dieta de hace ocho mil años y que la puso en práctica en un Mesón de Comida Paleolítica bautizado con el ingenioso nombre Como Sapiens, que Llach comparte con Cecilia, hija del diputado de PRO Federico Pinedo. Con los mismos aires del infante Froilán, Llach propuso una carrera “Persiguiendo al guanaco 2015”, hasta que los camélidos cayeran muertos por agotamiento y deshidratación, pero no llegó a realizarla por la sensata prohibición del gobierno de Chubut. Los malditos peronistas, siempre interviniendo desde el Estado en las iniciativas privadas. Además inventó TipType, un teclado virtual para Android y apostó 500 dólares a quien pudiera escribir más rápido en el telefonito. Martín Lousteau puede respirar aliviado de que su colega y amigo no se postule para gobernar la ciudad de Buenos Aires, inagotable incubadora de freaks y nerds, y en cambio se arriesgue a reclamar el voto de bonaerenses, salteños, riojanos y sanjuaninos. El haber elegido a Llach también demuestra que Sanz no se propone capitalizar la extensa estructura partidaria en la competencia con Macrì, sino ponerla a disposición del precandidato neocon. Ni siquiera le molesta la contradicción con su compañero de fórmula sobre temas centrales, como la Asignación Universal por Hijo, que Sanz denigró como promotora del vicio y Llach encomió como el mejor aporte del kirchnerismo.
Lo curioso es la omisión generalizada sobre el pensamiento económico de Llach, y no porque él lo haya ocultado. Por el contrario, lo difundió en dos libros sobre historia económica escritos en colaboración con Pablo Gerchunoff, el jefe de asesores del ministerio de Economía en los gobiernos de Raúl Alfonsín y Fernando De la Rúa. Especialista en privatizaciones, reforma del sector público y del mercado laboral, hace quince años Gerchunoff defendió ante estupefactos diputados radicales y del Frepaso la rebaja de sueldos a 130.000 empleados públicos como única alternativa para no despedir a 30.000. Los radicales no conciben ajustar más que sobre los asalariados, de modo que su horizonte intelectual se limita a la opción binaria entre el hambre y las ganas de comer, siempre ajenos, claro.

El enemigo principal

En Como Sapiens, Llach sostiene que “la agricultura y la domesticación de animales permitieron que aumentara la población. Pero más no siempre es mejor”. Este razonamiento es idéntico al que la oligarquía aplica desde el golpe de 1955, cuando el segundo ministro de Hacienda del dictador Aramburu, Roberto P. Verrier, descubrió que éste era un país espléndido pero le sobraban cinco de sus veinte millones de habitantes, cosa que en 1991 le recordé en una entrevista al padre de Llach, al entonces peronista y hoy radical Javier González Fraga y al ex viceministro radical Adolfo Canitrot, quienes disimulaban con distintas tácticas su afinidad profunda con Verrier. En las seis décadas transcurridas desde la Revolución Fusiladora, la política del mal llamado liberalismo argentino consistió en excluir de la civilización, el consumo y/o los derechos políticos a esa masa bárbara que hoy, si se mantuviera aquella proporción, pasaría de los diez millones. Agrega Llach en Como Sapiens que “la dieta llena de harinas, arroces, azúcares es una alimentación muy diferente a la que nuestro cuerpo está genéticamente preparado para recibir”, basada en carnes, frutas, verduras y frutos del mar. Esta pleitesía al determinismo genético no es traída a colación aquí en forma caprichosa, porque se reitera en los ensayos económicos del candidato. En el segundo de sus libros (Entre la equidad y el crecimiento. Ascenso y caída de la economía argentina, 1880-2002, de 2004) Llach y Gerchunoff afirman que existe un “rasgo genéticamente igualitario de la Argentina”, acentuado “a partir de la inauguración de una democracia auténtica” con el Yrigoyenismo, que contradice las tendencias “más favorables al crecimiento”. Es posible que en plena campaña electoral, Llach no sea tan explícito y delegue las explicaciones en su predecesor en la candidatura vicepresidencial de 2011, González Fraga. La semana pasada, ante una convocatoria de la Unión Industrial, JGF, expuso la discontinuidad con la política económica actual que propone su partido. Para conseguir lo que denominó “un shock de confianza” recomendó “eliminar las retenciones y las trabas al comercio exterior, poniendo fin a los controles de precios”. No hace falta mencionar los salarios para que los entendidos adviertan que esta batería de medidas reduciría su poder adquisitivo en forma drástica. En la misma línea, JGF también planteó el pago a los fondos buitre (con una quita del 50 por ciento, dijo) y la reconciliación con el FMI, con la idea de que así se produciría “un fuerte ingreso de capitales”.

El pecado original

La primera respuesta al planteo de Llach y Gerchunoff la firmó Axel Kicillof, quien entonces sólo era docente e investigador de la UBA e integrante del Centro de Estudios para el Desarrollo Argentino, que sesionaba en una habitación del estudio jurídico de Héctor Recalde. En un artículo que se publicó en este diario el 5 de septiembre de 2004, dijo que la obra vestía con modernos ropajes las vetustas ideas de José Alfredo Martínez de Hoz y Roberto Cortés Conde, que a la manera de los relatos de la Teología atribuyen todas las desgracias a un pecado original: la abundante tierra y la escasa población, que redundaron en salarios excesivamente altos en el paraíso agroexportador perdido en 1930. Los primeros habitantes se acostumbraron a ese estado de bonanza y convirtieron la equidad en un “valor político prioritario” que fue transmitiéndose de padres a hijos durante más de cien años. Este punto de partida generó una dinámica fatal, porque “para los autores el crecimiento requiere bajos salarios y una completa apertura comercial que permita aprovechar la especialización primaria a escala internacional”. Pero los argentinos, escribió Kicillof, “en lugar de someterse a su natural destino reclamaron obstinadamente altos salarios, lo que sólo pudo lograrse mediante medidas proteccionistas, industrialistas y deficitarias. De esta forma Gerchunoff y Llach sostienen que la búsqueda de equidad se contrapone al crecimiento”. El actual ministro explicó que en los periodos de sobrevaluación de la moneda (como la convertibilidad), el salario medio es alto en dólares pero no implica un elevado nivel de vida para la población. En un anticipo de los debates actuales, Kicillof dijo entonces que Llach y Gerchunoff cargaban la baja creación de empleo, el déficit fiscal crónico y el endeudamiento externo a la debilidad de los gobiernos de Menem y De la Rúa para oponerse a la abominada pasión igualitaria. “El dogma neoliberal según el cual el crecimiento no es compatible con la ‘equidad’ fue desmentido por todas las experiencias de desarrollo mundialmente exitosas. Pero, ciegos ante toda evidencia, y sordos ante todo cuestionamiento de las bases teóricas sobre las que se sustenta, esta afirmación se convirtió en el caballito de batalla de los intereses que a toda costa y en toda circunstancia se oponen al desarrollo industrial y promueven la caída de los salarios”. Para esta concepción, el salario sigue siendo el enemigo principal, ayer, hoy y mañana.
En 2005 otras dos investigadoras de CENDA, Cecilia Nahón y Mariana González (quienes ahora son embajadora en Estados Unidos y Subsecretaria de Coordinación Económica y Mejora de la Competitividad), desmenuzaron en un trabajo académico la obra de Llach y Gerchunoff y la tradición ideológica que la sustenta: “Aquella que celebra melancólicamente el período agroexportador, condena el proceso de industrialización local y justifica como incuestionables y naturales el ajuste regresivo y la liberalización de las últimas décadas. En un momento en que se alzan fuertes críticas hacia las políticas de apertura, liberalización y desindustrialización implementadas desde la dictadura militar, los autores defienden su continuidad. Se trata de un intento de justificar una vez más las eternas recomendaciones de política económica del dogma neoliberal. En lugar de profundizar en el debate acerca de las alternativas reales para el desarrollo de la Argentina, los autores insisten con viejas recetas cuyos resultados están a la vista: treinta años de fiel devoción neoliberal han arrojado al país a la mayor crisis económica, política y social de su historia”. En sus conclusiones, Nahon y González señalan que “la regresiva redistribución del ingreso de los últimos treinta años parece no ser suficiente para los autores: se insinúa que se requería aún más desigualdad para que florecieran los resultados de las acertadas políticas neoliberales. La década del noventa hubiera sido un verdadero éxito si la sociedad hubiera aceptado con sabia resignación una caída aún mayor de los salarios (...) La remanida receta de Gerchunoff y Llach no involucra una disyuntiva entre la equidad y el crecimiento, sino el riesgo de una nueva década pérdida en ambos sentidos. Se trata del eterno retorno de fórmulas ya fracasadas. Hoy, en cambio, es tiempo de planificar el desarrollo económico nacional priorizando la mejora en las condiciones de vida de los trabajadores”. Llach prefiere perseguirlos, descalzo pero con su botellita de agua, hasta que caigan muertos como guanacos por agotamiento y deshidratación.
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sábado, 16 de mayo de 2015

ELECCIONES NACIONALES

Capital político

Por Luis Bruschtein

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Si hay dos candidatos peronistas y otro que no lo es, y se baja o se pincha uno de los peronistas, el que se favorece es el otro peronista. Los votos no peronistas y los peronistas más anti k de Massa hace mucho que se fueron a Macri. Lo que le queda es un voto que está más cerca de Scioli o de Randazzo que de Macri. En ese contexto, las encuestas ya dan por ganador con varios puntos de diferencia (pero pasando a segunda vuelta) al candidato oficialista. Al bajarse o pincharse Massa, sus votos se reparten, pero van a aumentar la diferencia del oficialismo sobre Macri. Si Massa se uniera a Macri, sucedería lo mismo, porque los votos de Massa son más peronistas que su candidato. Y la imagen laboriosamente construida de Macri tiene tanto de atractiva para el electorado porteño como de rechazo para el peronista clásico.
Más allá de las internas en el Frente Renovador y de las ambiciones personales de sus principales figuras, Darío Giustozzi, el dirigente de Almirante Brown, en la tercera sección electoral bonaerense, la más grande de la provincia, y el intendente que le proporcionó más votos a Massa, no se pasó a la trinchera de Macri, sino que como pudo regresó al espacio peronista. Lo hizo siguiendo sus votos. En 2011, cuando Cristina Kirchner obtuvo el 54 por ciento, Giustozzi había ganado con poco más del 70. En el 2013, cuando se fue con Massa, ganó con poco más del 40 por ciento, a diez puntos del FpV. Tras la sangría en sus filas hacia el macrismo, las últimas encuestas lo mostraban un poco por abajo del Frente para la Victoria. Si seguía con Massa perdía su distrito, razón por la cual el actual intendente Daniel Bolettieri había empezado a negociar una forma elegante de volver al redil.
La declinación de Massa y la anterior de Francisco de Narváez ponen en duda la idea de un peronismo ubicuo y oportunista detrás de ganadores con poder independientemente de sus propuestas. Es una imagen que se mereció el peronismo cuando se encolumnó masivamente detrás del liderazgo desperonizante de Carlos Menem, una versión de folklore peronista de patillas y astucia pero de un neoliberalismo extremo. El peronismo tiene otros defectos, pero nunca antes había ido en ese rumbo que pudo significar su muerte. Sin embargo, que no se haya congelado en esa etapa de despersonalización lo redime en parte también y abre una discusión hacia el futuro. El kirchnerismo no es todo el peronismo, pero comparte la mayoría de sus genes con el amplio espacio de lo que se llamó movimiento peronista. Hay allí una identidad en tensión con los vicios del conservadurismo neoliberal que dejó el menemismo. La diferencia es grande. En el peronismo interactúan los sectores populares a partir de un proyecto de nación inclusiva que contiene sus intereses y reclamos. El conservadurismo neoliberal, en cambio, usa la demagogia para atraer a esos sectores a políticas que van en contra de sus intereses, como si fueran una masa amorfa en alquiler, que es la imagen “populista” –como degradación de lo “popular”– con la que describen al pueblo peronista los antiperonistas, incluyendo los que se definen como progresistas.
La declinación de candidaturas que en su momento parecieron imbatibles, como las de Massa y De Narváez, sin que se produjeran fugas masivas en las bases ni cuadros medios del oficialismo, tiende a demostrar que la identidad peronista no es tan superficial. A su vez, el surgimiento abrupto y las deserciones aceleradas que sufrieron estos liderazgos tan fugaces tienden a demostrar que al mismo tiempo subsisten rasgos que dejó el menemismo. Esa tensión definirá la potencialidad del peronismo como una opción nacional y popular dentro de los cauces en los que fue fundado, a la que el kirchnerismno agregó nacional, popular y democrático.
Pero no se trata de un tablero de ajedrez de negras contra blancas, sino que los escenarios tienden a invadirse y superponerse. Hay entradas y salidas y actitudes cruzadas dentro y fuera. La candidatura de Scioli activa esas zonas grises porque él mismo se define más como aliado del kirchnerismo y no tanto como parte de él y además porque es un candidato que se propone atraer votos ajenos a ese espectro que deberá disputárselos a Macri. Tendrá que reafirmar la confianza del voto kirchnerista sin perder su capacidad de atracción del no peronista. Dos maniobras simultáneas que no serán fáciles.
Su aparición en el programa de Tinelli fue un ejemplo. Le hace perder puntos por un lado y ganarlos por el otro. La llegada de Scioli a la política durante el menemismo le hace más costosa esa tarea porque su presencia en el programa retrotrae a ese recuerdo y a la farandulización del menemismo. Es difícil saber si ganó algún punto, pero demostró que, si bien es fiel a su recorrido junto al kirchnerismo, tiene su propio camino.
Florencio Randazzo, su adversario en la interna presidencial del oficialismo, no carga ese lastre. Si iba, no detonaba ninguna historia de su pasado, pero prefirió enfatizar la diferencia negándose a participar. La apuesta del ministro está en su capacidad como administrador, en la gestión de pasaportes y DNI y en los ferrocarriles.
Son los dos aspirantes a la máxima candidatura en el Frente para la Victoria que mejor miden en las encuestas y los que finalmente quedaron en carrera después de la exhortación de la Presidenta a reducir la oferta electoral a los más competitivos. En los sondeos Scioli lleva la delantera, y Randazzo ocupa un lugar que lo mantiene en carrera.
Hay una diferencia todavía grande en el conocimiento popular. Scioli construyó su imagen en el deporte desde los años ’80 y su bella mujer era modelo desde aquella época, fue ministro en los ’90, vicepresidente de Néstor Kirchner y gobernador bonaerense. Randazzo se proyectó como el ministro kirchnerista que facilitó y abarató requerimientos ciudadanos como la documentación, que antes era una obligación burocrática, compleja y cara para el Estado. Y abordó la problemática supuestamente imposible de los ferrocarriles con lo que benefició a millones de pasajeros.
Son dos candidatos en carrera y los dos (o ninguno) juegan con aval presidencial. Cristina Kirchner no ha intervenido en esa competición. En Brasil, Lula terminó su mandato con una alta imagen positiva, igual que Cristina Kirchner, y a pesar de que su partido es más chico que sus aliados del PMDB, tuvo la posibilidad de designar a Dilma Rousseff como su sucesora. Es cierto que el mismo PMDB se retiró de esa discusión. En la historia argentina, Cristina Kirchner culmina su mandato con una imagen positiva mayor al 50 por ciento. Una fortaleza que sólo comparte como presidenta democrática con su antecesor Néstor Kirchner. Esa cualidad es nada más que el síntoma de algo más, es la punta del iceberg que cualquier político hubiera querido tener, de una energía política que se proyecta mucho más allá de su gestión. Y además, a diferencia de Brasil, la fuerza que representa será sin duda la mayor de cualquier alianza que conforme. Sin embargo, las circunstancias determinaron que no haya podido ser la que designe a su sucesor.
El poder tiene esos recortes en política porque depende de infinidad de factores. La Presidenta está en condiciones de pedir “un baño de humildad” para reducir la oferta electoral del FPV y en menos de 48 horas se bajan tres candidaturas presidenciales y tres a gobernador bonaerense. Pero no va a inclinar la balanza entre los candidatos que queden, aunque como jefa política puede reclamar el derecho a intervenir en el armado de las listas legislativas y en lo equipos de colaboradores.
Como no se instaló previamente un candidato visibilizado y consensuado, al no intervenir ahora en su designación directa, resguarda su liderazgo de las heridas y resentimientos que provocaría esa elección. También preserva ese lugar de conducción pospresidencial al intervenir en la confección de las listas de legisladores y colaboradores.
Es cierto que hay una disposición de neutralidad en la competencia por la candidatura presidencial. Pero si se toma en cuenta el contexto, esa actitud pierde el aspecto de un movimiento de retirada y se muestra más bien como de consolidación y preservación para un cambio de lugar. Cristina Kirchner está resguardando su fuerza, quiere sumar y no restar porque se prepara para otra tarea. Toda la atención está puesta en las candidaturas y ella no está eligiendo a su sucesor, está fuera de foco, a un costado de ese escenario que ha capturado el interés de amigos y enemigos. En ese escenario se mantiene al costado porque prepara el terreno para mantener una conducción estratégica. Es un lugar difícil que está vacante en el peronismo desde hace varias décadas, pero cuenta a su favor con el fuerte impulso de estos doce años de gestión, un inmenso capital político que sólo ella puede usufructuar.
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lunes, 6 de abril de 2015

situacion politica argentina

Meditación sobre el desaliento, el odio y el futuro

Por Mempo Giardinelli

Es difícil hoy dictaminar que estamos en el final de la era kirchnerista, como se esperanzan, agrandados, en la oposición. Pero también es difícil asegurar que el así llamado “modelo” va a continuar. Y más arduo aún es saber cómo. Esa es la sal de la política, la fascinación de los grandes procesos sociales.
Pero éste, si miramos la realidad circundante, la catadura de algunos protagonistas y el inmenso poder global que los apaña, exige extrema mesura y serenidad.
Entre 2003 y 2015, la ciudadanía asistió a varias pulseadas que hoy deben ser leídas con cautela y realismo. Porque la polarización actual, que sin dudas se exasperará en los próximos meses, no resume todo lo malo. Será un rasgo característico de la política argentina de este tiempo, sin dudas, pero lo malo por venir puede ser mucho peor e incluso de una perversidad nunca vista, y eso que los argentinos la vimos lunga, si cabe el lunfardo.
Lo peor que le puede pasar a un país, a toda nación del mundo, es que el pueblo asuma y adopte los discursos más miserables. Bien empaquetados por mentirosos profesionales disfrazados de periodistas, dirigentes o candidatos, sólo van a conducirlo al cadalso, pero el pueblo no lo sabe. No lo ve, no lo cree, y entonces puede suicidarse electoralmente. Ha pasado. En la Argentina pasó. Y decirlo no es menosprecio popular, sino crudo realismo.
El actual estado confrontativo puede ser sólo una pantalla que confunde a las clases populares, a los desposeídos de siempre, a las nuevas clases medias de súbito enceguecidas y confundidas por los predicadores de TN y otros exégetas de la pequeña horda de candidatos porteños, ambos intendentes y de muy poca cultura los dos. Es el resultado perverso del astuto juego de la oposición, que confrontó al Gobierno acusando al Gobierno de confrontativo.
Les salió bien, y en parte porque el Gobierno no supo responder con serenidad y calma, con información dura y sin diálogos por elevación. La historia pasará a todos las facturas de sus errores, pero hoy lo que importa es reflexionar sobre el difícil presente y un futuro incierto, acaso ominoso. Y en el que es relevante el papel que juega el odio, que es un sentimiento inferior, mediocre y destructivo. Peor incluso que el resentimiento y la envidia, que también son lamentables características argentinas de hoy y que pueden explicar violencias e inseguridades. Pero es el odio lo temible, porque el odio es letal, difícilmente curable y de otra clase. Literalmente. Y cuando llega a una sociedad, suele quedarse. Y a veces por generaciones, porque no es un fruto genético sino cultural.
Quizá haya que empezar a analizar desde esa premisa los contenidos reales del así llamado “abismo” que ha partido en dos a la sociedad argentina. O sea: desde ahí revisar algunos hechos fundamentales que ensombrecen el futuro argentino.
Por ejemplo, cuando en 2013 el presidente de la Sociedad Rural inauguró la exposición agroganadera, dejó en claro esa polarización: el modelo político y económico al que adhieren los dirigentes criollos, del “campo” o no, es exactamente el mismo que impuso en 1976 la dictadura y luego perfeccionó el menemismo en los ’90. Bueno, con ese modelo coinciden hoy los señores Duhalde y Sanz, De la Sota y Aguad, Morales y Carrió, Stolbizar y Bi-nner, De Narváez y Solá, obviamente Macri y Massa, y lamentablemente casi todo el deslucido radicalismo actual. Y si no es así, que lo digan; pero no lo dicen.
Lo que los une es el odio de no haber podido detener las transformaciones sociales que implantó el kirchnerismo. Desprolijas algunas, incompletas otras, poco o nada transparentes muchas, pero transformaciones que cambiaron el país. Típicamente peronista, el kirchnerismo es desordenado y caótico y, parafraseando a Perón, podría ufanarse de que en la Argentina “todos somos peronistas” y en todo caso “no es que nosotros seamos buenos, sino que los otros son peores”. Apotegma fácilmente comprobable: antes y después del kirchnerismo sólo hubo y habrá gobiernos peores. Nada que celebrar, si quieren, pero a ver quién sostiene con fundamentos lo contrario.
Ahí andan decenas de economistas y abogados que fueron funcionarios de esos gobiernos, rodeando a los apellidos arriba mencionados. Apoyados por periodistas lameculos, fundaciones y consultoras todo terreno, son lo peor del establishment, y de a poco van saliendo del placard y cacarean nuevamente sus recetas. Los resultados de las cuales fueron hasta 2002 social y económicamente espantosos.
Pero el Gobierno no siempre sabe cómo rebatirlos, lo que es más riesgoso en plena lucha sucesoria. Daniel Scioli no gusta a todos, no enamora, pero debe reconocerse que fue perrunamente fiel en todos estos años. Florencio Randazzo, aparente favorito, crece a ritmo ferroviario y luce gestión ministerial aunque con poco territorio. Los otros candidatos (Urribarri, Taiana, Aníbal y Rossi) corren de atrás, pero ninguno de ellos desmerecería el favor presidencial. Y no incluyo en la lista al gobernador de mi provincia, seguro vicepresidenciable que todos irán a buscar a la hora de definir fórmulas.
Ahora habrá que esperar las PASO, en las que el kirchnerismo deberá eludir el tremendo error de ir “unido” y sin presentar alternativas. Y es que la vieja, absurda manía peronista de la “unidad” no sólo va en contra de las PASO, sino que cierra opciones, y la ciudadanía hoy quiere eso: optar.
En los próximos meses habrá que repetir hasta el cansancio que el odio solamente confunde. Difícil neutralizarlo, una vía será señalar con calma y en todo momento los peligros que conlleva: liberalización absoluta del mercado; endeudamiento externo sin control; sometimiento a los buitres; enfriamiento de la economía; reprivatizaciones; recortes en el gasto público; disminución de salarios; ajustes y despidos, y otra vez un Estado idiota salvo para reprimir las protestas que van a surgir.
Y es que son demasiados los intereses que los K afectaron. Es comprensible aunque no justificable: cómo no iban a ser odiados.
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Jorge Altamira


La confesión de Altamira en Harvard


Jorge Altamira anduvo por la Universidad de Harvard, donde dio una conferencia y socializó con estudiantes y docentes. Al tratarse del máximo dirigente de la “izquierda” argentina en visita a la principal universidad de los Estados Unidos, esto podría constituir en sí una contradicción, al menos desde cierto punto de vista que considera toda que toda izquierda debe ser antiimperialista.

Pero lo que aquí se quiere discutir no es esa contradicción, que es solo aparente. Lo más importante de lo expresado por Altamira a los estudiantes de Harvard es una confesión, de las que confirman lo que hace mucho se viene denunciando en este espacio: el trotskismo no es de izquierda, sino de derecha; es la expresión política del neoliberalismo, pero con retórica socialista y envase de color rojo.

Es posible que, al estar tan lejos de la Patria y tan cerca del Imperio, a Altamira le hayan faltado los filtros, tan necesarios en la actividad política; o simplemente quizá ya no le importe blanquearse a esta altura de su vida. Sea como fuere, esto es lo que dijo Altamira en los EE.UU.:

“(…) nosotros somos antiestatistas. Y esto es interesante porque todo el mundo piensa ‘si son de izquierda, son estatistas’. No. La izquierda o el marxismo tienen por finalidad la abolición del Estado. Somos más liberales que los liberales norteamericanos.”

Más allá de semejante interpretación finalista del marxismo (que omite todo lo que está en el medio, o sea, el propio marxismo) estas declaraciones suscitan las siguientes preguntas: ¿quién podría ser más liberal que los liberales yanquis? ¿Quién, en todo el arco político, podría desear más que la derecha liberal de los EE.UU. la destrucción del Estado nacional? Solo hay en el mercado dos corrientes que expresen dicha ideología: el anarcocapitalismo, por una parte, y por otra el neoliberalismo.

El anarcocapitalista no suele participar en el juego democrático político más que de una manera marginal y, en algunos casos, oscura. Por su propia naturaleza anárquica, no suele agruparse en partidos ni participar en elecciones. Un famoso activista de dicha ideología es principal socio capitalista y dueño de Facebook, el escurridizo Peter Thiel. Sí, el poder fáctico.

No, Altamira y el trotskismo no son del palo de Peter Thiel. Están organizados en un partido relativamente estable (todo lo estable que pueden llegar a ser los trotskistas) e incluso participan en elecciones, aunque sin mucho éxito. Altamira y sus secuaces son en realidad neoliberales porque persiguen un Estado mínimo, un Estado que conserve apenas sus fuerzas de manutención del orden y de la propiedad privada, es decir, los aparatos de policía, y nada más. Todo lo demás, para los trotskistas, debería regularse por la “mano invisible” del mercado.

¿Por qué quieren eso? Porque para el trotskismo la revolución solo es posible si es un acto desesperado, si es un manotazo de ahogado. El “cuanto peor, mejor” enunciado por Lenin para describir el escenario revolucionario ideal en la Rusia de 1917, en la opinión de los trotskistas, debe aplicarse en todo tiempo y lugar. Esa “izquierda boba del todo o nada” piensa que en un régimen neoliberal extremo, de total polarización de clases (una pequeña mayoría concentrando toda la riqueza y todos los demás en la más absoluta miseria), el pueblo, muerto de hambre, desesperado y sin nada que perder, se levantaría heroicamente y haría la revolución redentora de manera espontánea, estableciendo de una vez y para siempre el comunismo final sin Estado ni clases. El sustrato antipolítico y cristiano de esta concepción podría discutirse en otro artículo.

Esta es la razón por la que el trotskismo se siente más cómodo con gobiernos de derecha que con gobiernos de izquierda y populares: el progreso sostenido de las clases trabajadores, sus conquistas políticas en el tiempo y su movilidad social ascendente van alejando a los pueblos del “cuanto peor, mejor” y, por lo tanto, del escenario revolucionario soñado por los trotskistas. Ellos se sienten más cómodos en el menemismo que en el kirchnerismo, en una palabra.

Así es como, finalmente, la “extrema izquierda” empalma en el arco político con la extrema derecha: ambas tienen por objetivo el fracaso de las clases populares. La Revolución bolchevique (que resultó luego en el mayor proyecto político de la historia, la Unión Soviética) ocurrió hace ya casi un siglo y tuvo lugar en Rusia. Pretender que esas mismas condiciones se repitan en la Argentina del año 2015 es algo que únicamente puede concebir un trotskista neoliberal. Ya es hora de madurar y dejar de llamar “izquierda” a estos muchachos.

labatallacultural.org/2015/04/el-empleado-de-la-cia.html

domingo, 5 de abril de 2015

OPINION sobre la izquierda

El neocolonialismo intelectual

Por Emir Sader

La izquierda occidental tuvo siempre un fuerte acento eurocentrista. Las mismas definiciones de izquierda y de derecha en Europa se han difundido por todo el mundo. La izquierda europea fue básicamente socialista –o socialdemócrata– y comunista. Tenía como sus componentes esenciales a sindicatos y a partidos políticos con representación parlamentaria, disputando elecciones, aliados entre sí. Y grupos más radicales, en general trotskistas, que eran parte del mismo escenario político e ideológico.
Como uno de sus componentes –que se volvería un problema–, el nacionalismo fue clasificado como una ideología de derecha, por su modalidad chauvinista en Europa. La responsabilidad atribuida a los nacionalismos en las dos guerras mundiales ha consolidado esa clasificación. En otros continentes, especialmente en América latina, esa clasificación aparecía como esquemática, mecánica. La inadecuación de ese esquema se fue volviendo cada vez más clara, conforme surgían fuerzas y liderazgos nacionalistas. Ocurre que en Europa la ideología de la burguesía ascendente fue el liberalismo, oponiéndose a las trabas feudales para la libre circulación del capital y de la mano de obra. El nacionalismo se ubicó a la derecha del espectro político e ideológico, exaltando los valores nacionales de cada país en oposición a los de los otros países y, más recientemente, a la unificación europea, porque debilita a los Estados nacionales.
Mientras que en la periferia del capitalismo, el nacionalismo y el liberalismo tienen rasgos distintos, hasta opuestos a los que tienen en Europa. El liberalismo fue la ideología de los sectores primarios exportadores, que vivían del libre comercio, expresando los intereses de las oligarquías tradicionales, del conjunto de la derecha. El nacionalismo, al contrario de Europa, siempre tuvo un componente antiimperialista.
La izquierda europea tuvo grandes dificultades con el nacionalismo y el liberalismo en regiones como América latina. Como uno de los errores provenientes de la visión eurocéntrica, líderes como Perón y Vargas fueron comparados por PC de América latina con dirigentes fascistas europeos –como Hitler y Mu-ssolini– por su componente nacionalista y antiliberal. A la vez, varias fuerzas liberales latinoamericanas fueron aceptadas en la Internacional Socialista porque estarían defendiendo sistemas políticos “democráticos” (en realidad, liberales) en contra de “dictaduras”, que serían protagonizadas por líderes nacionalistas con sus carismas y su supuesta ideología “populista” y autoritaria.
Procesos como las revoluciones mexicana, cubana, sandinista, y liderazgos nacionalistas como los mencionados, fueron difícilmente asimilables por la izquierda tradicional, y por sus improntas eurocentristas. Lo mismo ocurre, de cierta forma, con las características de la izquierda latinoamericana del siglo XXI, con la cual la izquierda tradicional europea tiene dificultades para comprender su carácter y sus luchas. Esas mismas limitaciones afectan a la intelectualidad de izquierda europea, que ha heredado el eurocentrismo y lo ha adaptado a sus visiones de América latina. Por una parte están los intelectuales socialdemócratas que, conforme esa corriente ha asumido el neoliberalismo, han perdido cualquier posibilidad de comprender a América latina y la izquierda posneoliberal de nuestra región.
Pero hay también intelectuales vinculados con corrientes de ultraizquierda europea, que lanzan sus análisis críticos sobre los gobiernos progresistas latinoamericanos, con gran desenvoltura, diciendo en qué esos gobiernos se equivocan, lo que deberían hacer, lo que no deberían hacer, etc., etc. Hablan como si sus tesis hubieran sido confirmadas en algún lugar, sin poder presentar ningún ejemplo concreto de que sus ideas hayan cuajado y demostrando que se adecuarían mejor a la realidad que los caminos que siguen esos gobiernos. Se preocupan de las tendencias “caudillistas”, “populistas”, de líderes latinoamericanos, juzgan a esos procesos a partir de lo que dicen que serían los intereses de tal o cual movimiento social o de una u otra temática. Tienen dificultad para comprender el carácter nacionalista, antiimperialista, popular, de los gobiernos posneoliberales, sus procesos concretos de construcción de una hegemonía alternativa en un mundo todavía muy conservador. Sobrevuelan las realidades como pájaros, elogian algo, luego critican, sin identificarse profundamente con el conjunto de esos movimientos, que son la izquierda del siglo XXI. Se comportan como si fueran “conciencias críticas de la izquierda latinoamericana” y como si necesitáramos de ellas, como si no tuviéramos conciencia de las razones de nuestros avances, de los obstáculos que tenemos por delante y de la dificultades para superarlos.
Mientras que sus voces no sólo no pueden presentar resultados de sus análisis ni en sus propios países –que pueden ser Francia, Portugal, Inglaterra u otro país– en que se supone que sus ideas debieran tener resultados, como tampoco logran explicar –y ni siquiera abordar– las razones por las que en sus propios países la situación de la izquierda es incomparablemente peor que en los países latinoamericanos criticados por ellos.
Son actitudes que cargan todavía el paternalismo del eurocentrismo y que se dirigen hacia América latina no para aprender sino con una postura de profesor, como si fueran portadores de un conjunto de conocimiento y de experiencias victoriosas, a partir de las cuales dictarían cátedra sobre nuestros procesos. Representa, de hecho, a pesar de las apariencias, formas de la vieja izquierda, que no ha hecho la autocrítica sobre sus errores, derrotas y retrocesos. Que no están abiertos a aprender de las nuevas experiencias latinoamericanas. El aura académica no logra esconder las dificultades que tienen para comprometerse con los procesos concretos y, a partir de ellos, participar de la construcción de las alternativas.
Las posturas críticas permanecen en el plano de teorías intrascendentes, sin ninguna capacidad de adueñarse de la realidad concreta, menos todavía de transformarla. Para retomar el viejo y siempre actual esquema: sus ideas jamás se transforman en fuerza material, porque nunca penetran en las masas.
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