miércoles, 7 de noviembre de 2012


Las paradojas de la protesta

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Por Iván Almeida *

Celebración de la democracia

Para el 8 de noviembre se están congregando, en forma más o menos organizada, grupos heterogéneos de personas que quieren manifestar en contra del gobierno nacional. En las convocaciones aparecen consignas de no provocar y de no dar entrevistas a la prensa. Es decir que hablarán sólo las pancartas y las cacerolas.
Ni intereses ni ideales comunes congregarán a esas personas. Tampoco el lenguaje promete ser homogéneo. Algunas pancartas manifestarán el odio, otras, la desesperanza o simplemente el cansancio. Un estilo respetuoso podrá frotarse con evocaciones al nazismo, con insultos, y hasta con augurios de muerte. Lo que circunstancialmente reúne esta heterogeneidad es sólo el enojo frente al actual gobierno y el deseo, o la invitación, o el proyecto, de que quienes lo componen vuelvan cuanto antes a sus casas. Eso no significa que todos coincidan en una opción de reemplazo. Implícitamente sostienen que cualquier gobierno sería mejor. Ese ya es un punto de coincidencia. El segundo es una razón compartida que los lleva a querer expulsar al Gobierno; con distintas tesituras, volúmenes de voz y modalidades de agresión o de argumentación, todos afirman que en este país se ha perdido la libertad, o incluso que se trata de una dictadura. Estos parecen ser los hechos a los que, sin mayores sorpresas, deberíamos atenernos.
Personalmente, propongo vivir ese acontecimiento como una alta, irónica, y jubilosa celebración de la democracia. En efecto, todas esas personas, ciudadanos libres de un país libre, independientemente del grado de agresión o de racionalidad de sus carteles, podrán hacer escuchar sus voces sin ninguna represión. Viven en un país en el que, curiosamente, está prohibido por ley perseguir penalmente no sólo a quien difamare a un funcionario público, sino incluso a quien lo calumniare. En Francia, cuna de los derechos humanos, no hace mucho un ciudadano fue detenido simplemente por usar, respecto del presidente Sarkozy, la frase irrespetuosa que este mismo había pronunciado contra un pasante. En la Argentina de hoy, eso no podría ocurrir. Tal vez porque Francia es una democracia y Argentina, una dictadura.
Una leyenda de la historia de la filosofía cuenta que, allá por el siglo IV a. de C., Diógenes el Cínico, escuchando una clase de Zenón que negaba el movimiento, se puso a caminar repitiendo que el movimiento no existe. Era su forma paradójica de “celebrar”, con su acción de caminar, el movimiento que su discurso negaba. Y ya en nuestra era, Wittgenstein sostenía que el lenguaje tiene dos funciones, decir y mostrar, y que a veces (como ocurría en su propio Tractatus) puede mostrar lo contrario de lo que dice.
El 8 de noviembre, miles de personas sin duda, en forma más o menos responsable y digna, refutarán el contenido de sus improperios escritos, por el hecho mismo de manifestarlos sin temor a represión. Al decir que en este país no hay libertad, estarán celebrándola en acto. Hasta se podría soñar que, en un futuro más o menos lejano, el 8 de noviembre de 2012 sea celebrado como una fecha histórica, como el día en que, frente al resto del mundo, los más recalcitrantes opositores al gobierno argentino, los reclamadores de libertades perdidas, salieron a la calle a exhibir la paradoja, a mostrar con sus actos, que en Argentina hay una total libertad de pensamiento y de expresión.
* Doctor en Filosofía.

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martes, 6 de noviembre de 2012

lunes, 5 de noviembre de 2012

Los sentidos de las cacerolas



Malestares, dicotomías


Por Alejandro Grimson *


¿Es posible hoy en Argentina escribir algo que no genere inmediata irritación de uno o varios sectores? ¿Es posible plantear argumentos que permitan leer en la coyuntura problemas que la trascienden? ¿Es posible que esas ideas no sean consideradas contorsiones discursivas de intereses mezquinos o preguntas fanatizadas?
La emocionalidad de la política constituye un rasgo decisivo del momento actual. Ha inaugurado una crisis interpretativa que nunca habíamos visto en años recientes. El mismo dato, una medida de gobierno, una frase de la Presidenta, provocan cinco o diez interpretaciones distintas.
Las movilizaciones del 13 de septiembre expresaron una agregación de demandas altamente heterogéneas que deben ser cuidadosamente analizadas. El hecho de que sean movilizaciones cuyo sesgo sea una crítica y un reclamo en varios aspectos preocupante, e incluso el hecho evidente de que un sector de los manifestantes estuviera cuestionando la legitimidad democrática del Gobierno con profunda intolerancia, no puede enceguecer el análisis ni contribuir a estereotipaciones. Si se escogiera este camino se renunciaría a comprender los motivos que permitieron ese fenómeno y se contribuiría a su fortalecimiento.
Lo que debe llamar a la reflexión es por qué sectores preocupados por temas puntuales han quedado articulados en una movilización heterogénea donde participa y vocifera también el minoritario grupo que odia a este Gobierno. De ninguna manera todos los que pueden haber simpatizado con esa protesta son racistas o misóginos, pero en la protesta los había. ¿Se entiende que ambas cosas son ciertas?
Ahora, ¿de dónde sale ese racismo, ese odio, esa crítica a políticas sociales? Sabemos que es un fenómeno antiguo de la Argentina. Pero digamos también que décadas de fuerte segregación urbana, de crecimiento de la educación privada, de la salud y la seguridad privada han fortalecido islas en la sociedad argentina. Existe una parte minoritaria pero importante que no tiene la más remota idea de las vivencias y sufrimientos de los sectores populares. Y mucho menos se pregunta por sus derechos, ni los reconoce como tales.
Cada vez que sectores de la oposición apuestan a la agregación de demandas antikirchneristas, acaban presentando una mezcolanza que le impide presentar un proyecto consistente. Esto se agrava por la consolidación de un microclima antipopulista, donde se pierden de vista todos los matices y los contextos. En la oposición hay claras diferencias políticas, pero la fracción que está definida por su antikirchnerismo ha perdido el registro de cambios muy significativos.
Hay otros malestares sociales que deben ser comprendidos. Una crisis económica internacional nunca es buena para ninguna sociedad, ni para ningún gobierno. Difícilmente en un contexto de ese tipo no haya alguna erosión de capitales políticos. Pero la misma sociedad que apoyó con amplias mayorías la nacionalización de YPF y muchas medidas en la misma dirección, ve con preocupación otros procesos económicos, con implicancias sociales y culturales.
Frente a la opción de generar una creciente polarización considerando a las movilizaciones como un todo homogéneo, se trata de asumir el desafío de comprender aquello que no podemos compartir, para distinguir críticas de una derecha consolidada de otras críticas y malestares que tienen explicaciones más complejas. No se debe unificar lo heterogéneo.
Es necesario, a la vez, entender que por más que haya poderes que pretendan movilizar a la sociedad, sólo pueden conseguirlo en circunstancias muy específicas. Comprender esas circunstancias y revertir aquellas que es posible revertir contribuirá a quitarle espesor a un tipo de manifestación que puede apuntalar un proyecto que socave muchos de los avances logrados en estos años. Si la derecha tuviera un poder infinito, ¿por qué no organizaron estas protestas en 2010 o en 2011?
Hay una crisis internacional grave que está golpeando muy fuerte. Hay errores del Gobierno propios de 2012. Amplios sectores sociales (muchos que no participarían nunca en este tipo de protestas) tienen la inquietud, la duda, acerca de si el Gobierno registra tales errores o los ignora.
Un tema que considero decisivo se refiere a las distancias perceptivas. Quitando los discursos “anti”, es clave que el Gobierno analice el modo en que sus funcionarios se posicionan ante las injusticias que hay hoy en el país. Las reacciones frente a la desigualdad existente en el transporte público es contrastante con la sintonía que lograba el presidente Kirchner cuando decía “estamos en el infierno” o “pasamos al purgatorio”, generando percepciones compartidas entre la ciudadanía y sus líderes. Resulta clave reducir al mínimo las distancias perceptivas. Una de las mayores distancias, que ayuda al malestar que apuntala estas protestas, se genera con la cuestión de la inflación. Nada cabe agregar a la visión planteada hace unas semanas por el Plan Fénix.
Otra distancia perceptiva está generada por la manera de entender a la propia economía. El dólar o la inflación son fenómenos multidimensionales, sociales, políticos y culturales. Implican memorias culturales y son percibidos a partir de criterios de justicia o injusticia. Ninguna de estas y otras cuestiones son analizadas por la mayoría de los economistas. Hay medidas económicas que tienen consecuencias culturales y políticas que los economistas no saben calcular pero, más grave aún, no saben que deberían ser calculadas. No se trata sólo de choques de intereses matemáticamente calculables en función de posiciones estructurales, sino de intereses cultural y hegemónicamente constituidos a partir de matrices perceptivas.
Es imposible que la Argentina se desarrolle con una fuga de capitales equivalente a la que tuvo en su historia reciente. Pero eso no significa que haya medidas de estricta justicia (nadie puede comprar dólares con ingresos no declarados) y medidas donde la ausencia de criterios claros y previsibles torne potencialmente injusto el acceso a las divisas. Divisas que se necesitan para varias actividades completamente legales y relevantes para la economía y la cultura. Desdolarizar la economía y el ahorro exige un plan complejo y una ejecución cuidadosa, que incluye la creación de formas sólidas de ahorro. La “cultura del dólar” es el resultado de las vivencias históricas de 1975, 1989 y 2001, donde no sólo se transfirieron ingresos de los sectores populares a los poderes concentrados. También, en cada episodio, hubo injusticias horizontales, entre amigos y familiares de la misma clase social. En aquellas oportunidades los que menos confiaron en el Estado y en el peso salieron ganando. Revertir esa dolarización será un trabajo lento que exige extremo cuidado en las formas de instrumentación.
Evidentemente, entre los “malestares” hay muchos otros temas que las oposiciones han logrado instalar en un sector de la sociedad. La cuestión de la re-relección parece ser la más unificadora, para lo cual necesitan desconocer las palabras de la Presidenta en Harvard. Pero entre sus varias aristas, cabe preguntarse en qué país hay gobernadores de grandes provincias declarando su postulación presidencial con tres años de antelación. Respecto de la democratización de la comunicación, resulta claro que hay un amplio consenso social en función de que todas y cada una de las voces puedan estar en el espacio público. Aquellos que aman escuchar a los periodistas más opositores obviamente tienen pleno derecho a hacerlo. Y los que desean escuchar a otros, también. Toda la contundencia que el Gobierno aporte para insistir en las garantías de que ninguna voz será acallada, le quitará peso a esta cuestión. Ningún argumento ni hecho adicional que apuntale esa garantía estará de más.
Acompañando un contexto de crisis internacional, las limitaciones y los errores pueden ser más notorios. Aunque haya quien pueda pensar que contando con amplio apoyo electoral los errores son secundarios, el término “secundario” puede ser interpretado de dos modos muy diferentes. En un sentido, “secundario” significa que el balance desde el 2003 es claramente positivo, lo cual me parece indiscutible. En otro sentido, “secundario” significa que los errores son irrelevantes, lo cual es falso. Escuchar las críticas no para cambiar el rumbo, pero sí para distinguir lo que debe ser corregido, implica retomar la vocación hegemónica en el sentido gramsciano. La construcción del bloque histórico siempre implica analizar si se puede conceder en lo no esencial para preservar lo esencial.
Para comprender un fenómeno tan heterogéneo, es crucial también analizar los temas por los cuales no protestan quienes organizan el 8N. Podemos comprender mejor los significados de esa movilización entendiendo lo que no está en su agenda. No hubo el 13S fotos de Mariano Ferreyra ni de Roberto López (el qom asesinado en Formosa), ni de Cristian Ferreyra ni habrá el 8 de Miguel Galván, del Mocase de Santiago del Estero. Tampoco consideran riesgos para la república que una jueza intente impedir un aborto en oposición a la Corte Suprema, ni les preocupan temas relacionados a la minería, que implicaría reclamar por más regulación del Estado.
Un 54 por ciento de los votos otorga no sólo una legalidad contundente para cumplir el mandato constitucional, sino que expresa una amplia legitimidad. Si sectores de la derecha creen que esa legitimidad se ha perdido, se sorprenderán en cualquier momento, porque los sectores populares no están dispuestos a perder nada de lo logrado. Más allá de que sea una consigna, sustancialmente la idea implicada en el “nunca menos” debería ser comprendida por cualquier proyecto de oposición que pretenda interpelar a las grandes mayorías. Con todos los problemas que pueda tener este o cualquier gobierno, sigue sedimentada una mayoría de argentinos que de ninguna manera está dispuesta a retornar al modelo que hizo estallar al país.
Al mismo tiempo, la construcción de hegemonía es un proceso siempre inacabado, abierto, que nunca puede darse por sentado. La coyuntura actual exige que los grandes lineamientos políticos sean acompañados por una genuina sintonía fina de la gestión, tarea que sólo puede ser llevada a cabo por equipos con jerarquías claras. Una sintonía que reconozca problemas, que torne transparentes los datos y los procesos, que planifique acciones y que se rija para todos los casos con principios de justicia y equidad.
Hay un punto ciego del debate político actual. Es un gran misterio con qué gobiernos de la historia argentina comparan los opositores al actual. Tampoco se sabe con qué gobiernos actuales es comparado el gobierno argentino, salvo que sean los neoliberales que trabajan en un rumbo diferente al elegido por la mayoría. Es muy fácil hacer críticas descontextualizando, haciendo como si no hubiese crisis económica internacional, como si no hubiese diversos poderes sociales, como si la Argentina hubiese tenido en el siglo XX muchos gobiernos maravillosos. Cualquier acción política adquiere sentido sólo en un contexto específico. Actuar sin leer adecuadamente los contextos sólo puede alimentar la crisis interpretativa.
* Antropólogo.

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domingo, 4 de noviembre de 2012


Competitivos


Por Mariano Kestelboim *  página 12

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Los análisis más difundidos del nivel de competitividad de la economía sólo comparan la evolución general de los precios locales con el comportamiento del peso en relación con el dólar. La medición omite otras variables relevantes, como la tasa de depreciación de las monedas de economías con significativo intercambio comercial; el saldo comercial; el nivel de precios respecto de otros países de la energía, del transporte y de los alimentos con alta incidencia en los costos, y el grado de desarrollo productivo alcanzado.
Esa simplificación contribuyó a generar en el mercado local una fuerte presión devaluatoria. Dado que, entre 2010 y 2011, la suba general de los precios, medidos por los institutos estadísticos provinciales y las consultoras privadas, era más elevada que la tasa de depreciación de la moneda nacional, grupos especulativos y pequeños ahorristas esperaban que, tras las elecciones presidenciales de octubre de 2011, se produjera un fuerte ajuste del tipo de cambio. Este análisis, entre otros indicadores, dejaba de lado que, bajo el tipo de cambio promedio de 2011, la economía alcanzó un superávit comercial de 10.014 millones de dólares, cifra que superó holgadamente a todos los registros de la convertibilidad y que fue apenas 9,6 por ciento inferior que el mínimo de la actual gestión (2007). Desde ya, el aumento de los costos internos, provocado por el crecimiento de la demanda más importante de la historia nacional, deteriora la competitividad precio. Sin embargo, la excesiva concentración en ese único indicador es un error.
Los estudios de mayor repercusión tampoco incluyen la evolución creciente de la inversión que, en el último año, llegó a representar el 24,5 por ciento del PBI, el nivel más alto de los últimos 35 años. Si bien la construcción, uno de sus componentes, había crecido aceleradamente, el rubro más dinámico fue la incorporación de equipo durable de producción que pasó de representar un tercio de la inversión total en 2003 al 50 por ciento en 2011. La ampliación y modernización de la industria impulsó, entre 2003 y 2011, un incremento de la productividad laboral del 46 por ciento, lo que implicó una sustancial mejora de la competitividad real. Parte de esa mejor productividad también se obtuvo por economías de escala, obtenidas por los aumentos de los volúmenes de producción destinados a abastecer una demanda interna que, en el referido período, casi duplicó su tamaño y la exportación, donde las manufacturas industriales crecieron 263 por ciento y las de origen agropecuario aumentaron 183 por ciento.
Por otra parte, la moneda nacional, en términos nominales entre 2003 y 2011, se depreció en relación con el dólar 40 por ciento más que el peso chileno, 44 por ciento más que el peso uruguayo y 76 por ciento más que el real de Brasil.
Un eje fundamental de la política económica de sostenimiento de la competitividad, compatible con una mayor equidad distributiva, ha sido el mantenimiento de precios de los combustibles, del transporte público y de alimentos básicos por debajo de los de la mayoría de las economías de la región, medidos en dólares. De este modo, la producción interna posee un piso asegurado de competitividad-precio con equidad social que se puede confirmar observando la cantidad de unidades de alimentos, combustible o transporte que un trabajador puede adquirir con un salario mínimo en distintas economías de América del Sur (ver cuadros).
Más allá de que la evolución de esas variables contribuye a la competitividad local, manteniendo controlado el valor de importantes componentes de los costos de la industria, el desarrollo del complejo productivo es un determinante central del grado de competitividad. Para ello, además de haber establecido un orden macroeconómico favorable a la inversión productiva en detrimento de la financiera, se buscó facilitar la ampliación de la oferta mediante líneas de crédito subsidiadas. Como los bancos privados no acompañaron este proceso, a partir de la reforma de la Carga Orgánica del Banco Central, el Gobierno los instó a orientar parte de los depósitos del sistema al otorgamiento de créditos accesibles para inversión.
Lejos de lo que pregonaban muchos analistas, la devaluación no habría implicado una mejora de la competitividad. Por el contrario, la pérdida de valor del peso habría contraído la demanda interna y habría provocado una transferencia de ingresos desde el sector de los trabajadores y de los de menor capacidad de negociación (jubilados, pensionados y gran parte de las pymes) hacia los sectores exportadores, especulativos y de mayor poder de mercado. Un proceso de esas características habría generado, además, una alta inestabilidad que habría perjudicado las decisiones de inversión.
La contracción del poder de compra de los trabajadores habría liberado un saldo mayor de exportación y, al mismo tiempo, habría reducido la demanda de importaciones, con lo cual el país podría haber dispuesto de un caudal mayor de divisas para satisfacer, en alguna medida, la demanda especulativa de dólares.
El escenario de fines de 2011 se complementaba con el debilitamiento de la demanda global, con las mayores exigencias del pago de la deuda en 2012 y con la revalorización del dólar a nivel mundial. Ante ese contexto, el Gobierno decidió restringir la compra de dólares para atesoramiento. Unos meses después, la necesidad de administrar las divisas se intensificó por la pérdida de más de una cuarta parte de la producción agrícola como consecuencia de la sequía, por la caída de los precios internacionales de los granos y las oleaginosas y la reducción de la demanda externa de nuestros productos industriales, sobre todo de Brasil.
Si no se implementaba el esquema de administración cambiaria que orienta la utilización de las divisas disponibles principalmente para el pago de la deuda y el desarrollo productivo, la suba del dólar por factores especulativos y de precaución se podría haber descontrolado. El hecho de que las corridas cambiarias se hayan transformado en una patología de la economía nacional, sumado al pico histórico de actividad de 2011 y a las constantes mejoras del poder adquisitivo de la población implicaba que el riesgo de desestabilización por una excesiva compra de dólares fuese demasiado alto. La variante era resignar una buena parte de reservas del Banco Central, lo cual habría implicado un debilitamiento de la soberanía alcanzada en los últimos años en materia de política económica. Por otra parte, el notable desarrollo de las telecomunicaciones de la última década, que agilizaron operaciones, y un contexto como el actual, donde el poder de los medios de comunicación está siendo disputado abiertamente, hacía más riesgosa aún que volvieran a repetirse profecías de mercado autocumplidas.
El eventual deterioro del valor del peso habría provocado que subieran los precios de los bienes de exportación que se comercializan en el mercado interno y los de los productos importados. Además, los grupos económicos que no se comercializan en el exterior, pero que tienen una alta cuota de poder de mercado, tanto por el efecto de la concentración como porque operan en sectores donde existen cuellos de botella, también habrían tratado de subir precios para no perder participación en el ingreso nacional. En suma, todo aquel con la capacidad de ajustar precios rápidamente habría ganado una cuota de mercado, en perjuicio de los que no tienen esa posibilidad. Muy distinto fue el efecto de alterar los precios relativos en un marco de baja utilización de la capacidad productiva, precariedad laboral y pobreza como el de 2002, que permitió que trabajadores desempleados hayan comenzado a reinsertarse en el sistema con salarios muy reducidos.
En los países en los que se presentaron las mayores subas de los precios de sus productos tradicionales de exportación, como Chile, Perú y Brasil (más que se quintuplicaron sus valores, entre 2003 y 2011; los de la soja subieron la mitad), se acentuó la reprimarización productiva. En Argentina, en cambio, a través de la aplicación de distintas políticas económicas, se logró potenciar el crecimiento del mercado interno y redirigir parte de los recursos extraordinarios del mayor ingreso de divisas al proceso de reindustrialización con inclusión social. Desde ya, las mejoras salariales, más allá de que implicaron un crecimiento del mercado interno, también afectaron la competitividad precio sobre todo en las ramas dinamizadoras de la industria más dependientes de un uso intensivo de mano de obra y con alto impacto distributivo. No obstante, estos sectores son preservados en cierta medida de la competencia internacional, en condiciones desleales, a través de la administración comercial.
La regulación del mercado de cambios mejoró la competitividad de las empresas formales; pueden acceder a los insumos y bienes de capital externo que requiere su producción al valor oficial del dólar, con lo cual se ha configurado un escenario interesante para el desarrollo de inversiones. El precio de la incorporación de tecnología externa, en relación con el costo laboral, es el más bajo de los últimos 30 años en la mayoría de los sectores y se mantuvo un sólido mercado interno.
La elevada volatilidad y las severas crisis del pasado, además de haber facilitado un proceso de concentración y extranjerización productiva, fomentaron estrategias empresariales cortoplacistas en detrimento del desarrollo. Alterar patrones de comportamiento mediante una mayor intervención estatal es un enorme desafío que requiere recursos y una gran capacidad de gestión, sobre todo en una economía donde prevalece un alto grado de extranjerización de la cúpula empresarial.
En la actual etapa, la mejora de la competitividad debe avanzar a través de una “sintonía fina”, que consiste en la generación de más políticas que estimulen la inversión en pos de una mejora real de la estructura productiva, que permita mantener los niveles salariales. Esas políticas deben seguir redistribuyendo recursos generados desde los sectores que, en el proceso de ampliación del mercado interno, han obtenido rentas extraordinarias sin una contrapartida en materia de crecimiento productivo hacia otras áreas con un mayor potencial de desarrollo y que hoy son cuellos de botella para el crecimiento general y sostenido de la economía
* Director ejecutivo de la Fundación ProTejer. Economista del GEENaP.


El 8N y algunos sinceramientos necesarios


Por Mempo Giardinelli

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Faltan pocos días para la marcha del 8N, que se anuncia como protesta multitudinaria, pacífica y respetuosa, lo cual es deseable. Al menos, la mayoría de las más de cuarenta páginas y grupos en red convocantes se cuidan de no ser copados por maximalistas violentos y eso está muy bien. Los organizadores tienen todo el derecho a manifestarse y es bueno que lo hagan con cuidado. No de otro modo se fortalece la democracia.
Lo cuestionable, en todo caso, es la insinceridad de algunos de sus promotores. Porque más allá de blogueros y entusiastas de las redes sociales, es evidente que detrás de ellos se esconden actores políticos silenciosos, por llamarlos de algún modo, que pertenecen a partidos u organizaciones y que no dan la cara. También tienen derecho a manifestarse, desde luego, pero mejor sería que sinceraran su presencia.
Descartada además toda supuesta espontaneidad (tampoco fue espontánea la manifestación del 13S), hay que reconocer que la planificación ahora se hace con más cuidado. No obstante lo cual, el 8N es una movida política montada sobre algunas falacias, como la de que representan al 46 por ciento de la ciudadanía. Eso no es verdad, pues lo que hubo en las elecciones de hace un año fue un 15 por ciento, y un 11, y un 7, y varios 3 y aún menos, y es obvio que todavía hoy no están unidos ni representan una voluntad común.
Además llama la atención que esta convocatoria no ofrece más propuesta que la movilización en sí, y tanto sus reclamos como sus íconos inconfesados también adolecen de insinceridades. Los afiches que convocan no lo admiten explícitamente, pero sólo mencionan en grandes letras los vocablos “reforma, inseguridad, inflación, impunidad, mentiras, corrupción, patoterismo, adoctrinamiento”. Todo lo cual es obvio que está subsumido y supeditado a la frase clave que confiesan apenas en letras muy, muy chiquitas: “Con un gran 8N no hay 7D”.
Esa es la cuestión. Ahí está el sentido último, profundo, de esta marcha. Y es claro que también tienen derecho, pero lo chocante es la insinceridad. ¿Por qué no lo dicen? ¿Por qué no reconocen que están en contra de la ley de medios y convocan a esta marcha como inicio de la desobediencia activa que planea el Grupo Clarín?
Y en materia de íconos también hay insinceridades, como la del señor Macri, que además de echar culpas y vetar leyes intenta mostrarse progre cuando es tan profundamente conservador, y así su partido no apoya la marcha, pero sí la apoya. Como hicieron el 13S. O como la señora Patricia Bullrich y su partidito. O el señor Luis Barrionuevo, al que le “encanta Lanata” y entonces va a ir el 8N. O como los señores Moyano y Micheli y Buzzi, que con todo oportunismo ahora se suben al barco. ¿Por qué no admiten que su ya anunciada marcha del 20N va en el mismo sentido que ésta, y con el mismo afán de servir a los desobedientes de la ley de medios?
Lo que molesta del 8N es que no sólo no hay propuestas, sino que además mienten. Por lo que así como es indiscutible el derecho a manifestar en ambas fechas, uno tiene el derecho a exigir que sinceren intenciones.
Y es tonto, además, porque el gobierno nacional tiene claroscuros. Es indudable que se han cometido yerros y metidas de pata. Pero si se puede cuestionar casos de corrupción, por ejemplo, debe tenerse en cuenta que este mismo gobierno propuso una Corte Suprema insospechada como jamás habíamos tenido. Y fue el que acabó con el negociado de las AFJP. Y el que les cerró el negocio de la deuda a muchos economistas del establishment. Y el que ahora destapó el negociado de las cúpulas de Gendarmería y Prefectura.
Debieran recordar también que es este gobierno el que desmontó la impunidad que instalaron las leyes de obediencia debida y punto final, y el que impulsó los juicios a los genocidas y la búsqueda de hijos y nietos apropiados. Por todo eso se ganaron los tremendos enemigos que tienen. Y es por eso que a la Presidenta le tiran con adjetivos y puteadas. Pero porque no tienen otra cosa. Que yo sepa, no le han probado corrupción alguna. Y más allá de que su fortuna personal a mí tampoco me gusta, no parece mal habida porque si no ya la habrían querellado. Y además la tiene declarada, y año por año.
Y si le tiran con eso es porque sus consignas están vacías. Como cuando reclaman libertad de expresión. Mueve a risa; en toda la historia argentina no hubo tanta. Entonces discuten si la Presidenta es soberbia o da conferencias o habla por cadena nacional. O si Moreno es maleducado y Aníbal provocador. Da risa hasta que uno empieza a imaginarse lo que sería este país gobernado por los señores Macri o Moyano. Madre mía.
Es el 7D lo que los vuelve locos. No sé ustedes, pero yo nunca los había visto tan enojados a los que marcharon el 13S y ahora van por el 8N. Fíjense que con Menem a lo sumo se reían, pero no los vimos putear tanto cuando regaló YPF o cuando nos dejó sin trenes, sin gas, sin teléfonos, sin barcos ni puertos, sin aviones ni carreteras y la lista es infinita. No estaban tan enojados cuando los gobiernos se bajaban los lienzos ante Bush y el FMI. O cuando el señor Cavallo una y otra vez les metía el dedito ahí atrás. Ni los vimos tan enojados cuando la leche podrida y los negocios de Al Kassar, ni cuando la voladura de la ciudad de Río Tercero. Y no digan ahora que ésas son “cosas viejas”, que no por viejas son menos significantes.
En cambio ellos, muchos de ellos, sólo repiten lo que les inoculan periodistas y conductores televisivos que nunca muestran pruebas de sus acusaciones, que no han iniciado una sola causa legal y que no pueden mostrar sentencia alguna en contra de la Presidenta.
Debieran saber, además, que esta urgencia, esta desesperación por acabar con el Gobierno es peligrosa y antidemocrática. La pretensión de “echar” a la Presidenta, de “sacarla” o “expulsarla”, es conjugar todos verbos contrarios a la Constitución Nacional.
Y que no se confundan: esto está muy por debajo de la vieja consigna “que se vayan todos”, que fue válida en un momento de anarquía y de un carnaval de cinco presidentes.
Creo indispensable decirles estas cosas a promotores y manifestantes. Que irán a la marcha del 8N con camisas blancas y sin carteles, como dicen, pero igual se van a encontrar con la señora Pando, el hijo del gordo Porcel o el gendarme Meza. Aunque se disfracen, van a estar ahí. Y seguramente a la noche, tarde, el señor Macri dejará de rascarse y aparecerá en TN diciendo obviedades, mientras los suyos se chorean la ciudad inmobiliariamente.
Mejor sería que se organizaran para vencer al Gobierno en las próximas elecciones. Para lo cual deberán tener mejores propuestas.
Y ahora que vayan a la marcha, muy bien. Pero sabiendo que nosotros sí sabemos por qué van.

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miércoles, 31 de octubre de 2012

Ignacio Copani - Video clip "Cacerola de teflón"

 


PASARON CUATRO AÑOS PERO 

SIGUE TENIENDO ACTUALIDAD

martes, 30 de octubre de 2012

Guerra Guasú - Capítulo 02





GUERRA GUASU  cap.  2

Segundo capítulo de la serie documental Guerra Guasú, realizada íntegramente por la TV Pública de la Argentina. Un documental, una muestra histórico-artística, la visita del Presidente depuesto Fernando Lugo, charlas con especialistas y toda la información sobre este proyecto en www.tvpublica.com.ar/guerraguasu
¡Te invitamos a participar!

Una serie documental de cuatro capítulos de una hora de duración, que busca interrumpir largos años de silencio en la producción cultural argentina a propósito de la guerra más importante que vivió América Latina y que liquidó al Paraguay del siglo XIX, la experiencia política y social más igualitaria y celosa de su soberanía que quedaba en pie en la región.
La Triple Alianza, conformada por el imperio del Brasil, la Argentina mitrista y el Uruguay de Venancio Flores, necesitó cinco años, enormes esfuerzos y cuantiosos empréstitos ingleses para derrotar a una sola nación, a un país campesino que quería modernizarse sin perder su autonomía. Probablemente este sólo dato sea útil para dar cuenta de la realidad que ya era Paraguay, atacado con el argumento de terminar con la que llamaban la tiranía del presidente Francisco Solano López. De los 600.000 habitantes del Paraguay de entonces, apenas sobreviven 200.000.

La pretensión de este documental es instalarse de lleno en la misma guerra. Sigue la marcha de los ejércitos que, mucho más que tropas regulares y profesionales, eran multitudes armadas. Nombrar lo que se omitió. Poblar de imágenes lo que se quiso desterrar de la memoria. Recuperar las huellas que sobrevivieron a la Historia de los vencedores y sus saqueos. Dar la palabra a hombres y mujeres que viven donde el fuego de una guerra injusta como pocas, fue la ráfaga de Historia más cierta que los abrasó. Ir al momento y al lugar donde el destino de una Nación y un pueblo se torció y aún hoy es difícil augurar el día en que vuelva a retomar la senda de justicia y soberanía.
Ficha técnica:

Dirección: Alejandro Fernández Mouján y Pablo Reyero.

Investigación y Contenido Histórico: Javier Trímboli.

Guión: Mariana Iturriza y Fernando Ansotegui.

Música Original: Abel Tortorelli.

Voz Narradora: Liliana Herrero.

Voz de citas: Pascual Menutti.

Productor Ejecutivo: Walter Soffiantini.

Equipo de Producción: María de los Ángeles Ceruti; Victoria Pérez y Dalmiro García.

Postproducción: Adrián Zobkow y Esteban Mariotti.

Postproducción de sonido: Adrián Barnes.

Arte Digital: Postproducción VFX.

Animación y concepto estético: Fabián Valdivia, Mariano Reyero Silva, Nicolás Karpow y Gastón Thibaut.

Diseño Gráfico: Maximiliano Martín

Postproducción de sonido para arte digital: Sebastián Castronuovo

Coordinación: Horacio Suárez y Arturo Fernández.

Fotógrafía: Nadia Ingaramo.

Equipos de Exteriores:

Paraguay (Zona Sur): Producción: José María Alaniz y Ricardo Ottone. Realizador: Sebastián Fontana. Sonido: Juan Carlos Tremsal. Conductor de cámara: Santiago Clausen. Microfonista: Mauro Llorente. Reflectorista: Ariel Toledo.

Paraguay (Zona Norte): Producción: Guillermo Aguilar y Martiniano Cardoso. Realizador: Santiago Falcucci. Sonido: Octavio Morelli. Conductor de Cámara: Hernán Barrientos. Microfonista: Daniel Hermosa. Reflectorista: Francisco Dorado.

Provincia de Corrientes: Producción: José María Alaniz e Ignacio Cari Dechat. Realizador: Sebastián Fontana. Sonidista: Eduardo Aranda. Conductor de Cámara: Santiago Clausen. Microfonista: Pablo Flogliarini. Reflectorista: Fernando Sosa. Chofer: Feliciano Valenzuela

Provincia de Entre Ríos: Producción: Jorge Canali y Marcelo Tejeira. Realizador: Santiago Falcucci. Sonido: Octavio Morelli. Conductor de Cámaras: José Tarallo. Microfonista: Mauro Llorente. Reflectorista: Francisco Dorado. Chofer: Marcelo Martínez

Ingesta VTR y conversión de formatos: Fernando Díaz y Nicolás Cabaddías. Operadores de VTR: Triana Leborans, Diana Csipka, Germán Mariotti, Brian Oddone, Andrea Gerace y Lautaro Rodríguez. Envasados: Carlos Pons, Raúl Ifran, Felipe Gómez y Carlos Sánchez.