miércoles, 28 de noviembre de 2012

GRUPO DE CURAS EN LA OPCIÓN POR LOS POBRES


Del juez Griesa a la denuncia de Clarín

Una serie de acontecimientos recientes nos interpelan y creemos que debemos decir una palabra ante esto:
- Repudiamos la sentencia del juez neoyorquino Thomas Griesa, consecuencia obvia del neoliberalismo que cedió potestad jurídica a estrados fuera de la Argentina con el falaz nombre de “seguridad jurídica”, alentando la especulación, el avasallamiento y la carroña buitre sobre un país soberano.
- Repudiamos –y nos solidarizamos con ellos– la denuncia a periodistas no dependientes de un grupo monopólico por manifestar su desacuerdo, y críticas a una empresa que impulsa un “discurso único”, que alienta cualquier manifestación, incluso violenta, a fin de no perder su posición dominante no sólo en la prensa televisiva, oral y escrita, sino especialmente en las mentes y corazones argentinos.
- Repudiamos cualquier declaración que aluda al actual gobierno como “dictadura” o “dictadura con votos”, ya que reconocemos la plena libertad en los medios de comunicación para decir cualquier cosa, o publicar incluso tapas vergonzosas y ofensivas, y de manifestar las propias opiniones sin impedimento; creemos que afirmar eso es un verdadero atentado a la voluntad popular, más allá de la opinión que cada una/o tenga acerca del actual gobierno.
Por eso celebramos y aguardamos esperanzados la llegada del próximo 7 de diciembre, en el que pretendemos que los actores casi todopoderosos de la prensa se adecuen a una ley de la democracia, votada por amplia mayoría del Congreso y que alienta a la desaparición de un discurso único, permitiéndonos ejercer el derecho de escuchar muchas y muy variadas voces en muchos y muy variados medios. Alentamos a todos los responsables de la política, felizmente recuperada, en los diferentes ámbitos judiciales, legislativos y ejecutivos, a no arrodillarse –como se hizo otrora, y muchos pretenden repetir– ante los poderosos del globo, ante el Dios dinero y sus ministros, y defender con toda la sangre y la alegría la vida digna de los pobres de la Patria.

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lunes, 26 de noviembre de 2012

La periodista Sandra Russo ante la denuncia del multimedios



“Quieren penalizar una opinión”


La columnista de Página/12 advirtió que la demanda del Grupo Clarín busca una “condena ejemplificadora” dirigida a los trabajadores de la comunicación “para que nadie más hable en contra de ellos”.


Por Ailín Bullentini
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Apenas enterada de la demanda que el Grupo Clarín les impuso a ella, a otros comunicadores y a funcionarios por considerarlos “instigadores y determinadores del delito de incitación a la violencia colectiva” en perjuicio de la empresa “y de sus directivos en particular”, la periodista Sandra Russo consideró que la acusación busca una “condena ejemplificadora” hacia todo el colectivo de trabajadores de la comunicación “para que nadie más hable en contra de ellos”. Columnista de este diario y panelista de 6,7,8, Russo relacionó el tema directamente con la puja por la aplicación de la ley de medios audiovisuales: “Denuncian que no hay libertad de expresión y al mismo tiempo persiguen periodistas. No somos estúpidos. Clarín está operando en contra de esa libertad”, denunció.
–¿Cómo se inscribe este episodio en la discusión por la libertad de expresión?
–Fue una sorpresa la primera lectura general. Me parece cuanto menos bizarro que Clarín, después de haber hecho su defensa con respecto a la ley de medios con el eje puesto en la falta de libertad de expresión, ahora pida nada menos que cárcel para periodistas. Habría que rastrear en qué país se dio algo así. Seguramente habrá sido en una dictadura, ya que esto no se condice con ningún sistema democrático. En noviembre de 2009 en Argentina se derogó el delito de calumnias e injurias, que fue combatido durante muchos años por haber sido una traba para la investigación periodística y, sin embargo, el delito preveía de un mes a tres años de cárcel; era excarcelable. La figura a la que está remitiéndose Clarín en este momento prevé hasta seis años de prisión lo cual es un despropósito sobre todo porque –por lo que leí en los medios, no vi la querella aún– lo que se me atribuye es una opinión que no incluye absolutamente ninguna incitación a la violencia. Fue un comentario a la violencia que había ocurrido en la marcha del 13 de septiembre. Cuando hablé entonces de veneno me refería a las esvásticas que recorrieron esa marcha, a las amenazas de derrocamiento, a los deseos de muerte a la Presidenta y a los golpes que habían recibido mis compañeros y que después recibieron en Malvinas Argentinas los colegas de Crónica y de Télam. Me estaba refiriendo a ese veneno. No logro detectar con un sentido común normal dónde está la incitación a la violencia. Es simplemente querer penalizar una opinión.
–¿Cree que ése fue el objetivo de la denuncia?
–Creo que se relaciona con un ejército de abogados que está trabajando en diferentes estrategias; ya veremos cómo estas partes se irán armando en un relato judicial. Nos atribuyen a mí y a (el ex director de Tiempo Argentino, Roberto) Caballero declaraciones hechas en 6,7,8; a (Javier) Vicente declaraciones en Fútbol para Todos; tiene que ver con negarnos la entidad de periodistas. Ese es el mismo espíritu que, en las últimas marchas, ha permitido que se les pegue a periodistas que no son del Grupo Clarín. Por eso decía, entonces, que no había que naturalizar esas agresiones y que me llamaba la atención que desde las agrupaciones de periodistas y que los trabajadores de la corporación no salieran a decir nada... Los golpes son golpes, la violencia es violencia. Todos los que estamos a favor de la ley de medios jamás hemos llamado ni hemos dicho nada que tenga que ver con que nadie pierda su lugar de trabajo ni con ejercer violencia sobre nadie. Es al revés.
–¿Considera que la denuncia es un paso más en una guerra que comenzó cuando se aprobó la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual?
–Tiene que ver con tratar de mostrar que se está instigando a la violencia contra el Grupo Clarín, cuando lo único que está sucediendo es que gran parte de la sociedad y algunos periodistas –nos incluimos dentro de ese grupo– le está pidiendo al Grupo Clarín que se adecue a la ley.
–¿Cómo afecta el hecho al colectivo de trabajadores de la comunicación?
–Eso es lo que más me preocupa. De una vez por todas, ante esta especie de clímax, es un momento importante para hacer una apelación a todos los trabajadores de prensa para que establezcamos todos un límite. Hoy me tocó a mí, pero si esto prospera mañana le puede tocar a otro y entonces estaríamos viviendo en una pesadilla en la que deberíamos cuidarnos de no mencionar al Grupo Clarín en ninguna de nuestras observaciones públicas porque nos podría caer una querella o una denuncia penal.
–Además, marcaría un precedente para todos los casos más chicos y menos resonantes de denuncias de empresas a trabajadores de la comunicación por opinar.
–Llegamos a un punto de inflexión en el que las marchas, las reivindicaciones, las columnas de opinión que nos vienen del lado del monopolio tienen que ver con la libertad de expresión y, al mismo tiempo, están persiguiendo periodistas y nos quieren mandar presos. No somos estúpidos. A partir de hoy, el que se hace el estúpido es porque quiere. La realidad es muy clara. Estás a favor de la libertad de expresión o no. Clarín está operando en contra de esa libertad. Salvo que admitamos que los únicos que tienen derecho a expresarse son los empleados del monopolio. Debe haber una condena explícita. Ese es el límite y lo deberán marcar los colectivos periodísticos que no hayan sido cooptados por la patronal, es así de corto. Se tienen que expedir las comisiones internas, me gustaría saber qué piensa Fopea, si está de acuerdo con que se denuncie penalmente a periodistas. Hay muchos trabajadores de Clarín, de Perfil, de La Nación que leen esto como lo que es: una enorme apretada y amenaza a nuestra profesión.
–¿Cómo se aborda el tema teniendo en cuenta el derecho a la información?
–Siempre que se ha atacado a 6,7,8 contesté que no somos un programa que genera una opinión que no existe en la sociedad, sino que es el emergente de una posición política, cultural y de medios que existe. Cuando piden que se levante el programa se olvidan de que dejarían a un público sin escuchar a voces que le interesan. Nosotros no pedimos que desaparezcan los programas de TN, lo que pedimos es que hayan otras voces además. En realidad, con la denuncia quisieron que tuviéramos miedo de hablar y que nuestro caso sea una condena ejemplificadora para que nadie más hable en contra de ellos. Lo que está claro después de esta demanda es que a Clarín no le interesa la libertad de expresión. Cuando hablamos de libertad de expresión, hablamos tanto del que opina como yo como del que opina todo lo contrario. Yo pienso todo lo contrario a Clarín y tengo derecho a no sentirme amedrentada por emitir mi opinión públicamente. Estoy a favor de un modelo de país en el que no se calle nadie, en el que me dejen hablar a mí también. Hoy estamos viendo la rémora de un país en el que sólo puede hablar quien obedece a la línea editorial de Clarín.

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domingo, 25 de noviembre de 2012

Clarín. Un invento argentino - Capítulo 01 - HD




Publicado el 24/11/2012
Primer capítulo doble, emitido por la TV Pública, de la serie documental "Clarín. Un invento argentino."

1. Noble y su hijo macho (1902-1945).

Clarín nació el 28 de agosto de 1945. Su surgimiento se explica, primero a partir de la biografía de Roberto Noble, su fundador. Noble -dice su hija- era "la oveja negra" de una familia conservadora, atraído por la bohemia porteña hasta que se vinculó con el Partido Socialista Independiente, fundado por Antonio De Tomaso y Federico Pinedo. Inició su carrera política a partir de su participación activa en el Golpe de Estado de 1930, su labor como Diputado nacional y luego como Ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires durante la gobernación de Manuel Fresco. En 1945, pocas semanas antes del 17 de octubre, Noble fundó Clarín, inaugurando una nueva etapa en el periodismo argentino. Aunque la historia oficial que él mismo se encargó de difundir sobre su surgimiento tuvo poco que ver con la realidad.

2. ¿Un diario peronista? (1945-1956)
Clarín surgió como un diario antiperonista, pero se adaptó enseguida a la nueva coyuntura política tras el triunfo electoral de Perón. En 1951 aprovechó la estatización del diario La Prensa para quedarse con lo que sería, durante décadas, su principal sostén económico: los clasificados. Tras el derrocamiento de Perón, Clarín se acomodó a la nueva coyuntura para apoyar a la dictadura encabezada por Eduardo Lonardi y luego por Pedro Eugenio Aramburu, y obtener así diversas ventajas que le permitieron comenzar a afianzarse como un gran diario.

http:/www.tvpublica.com.ar


sábado, 24 de noviembre de 2012


COMUNICADO DEL GRUPO DE LAICOS CRISTIANOS PARA EL TERCER MILENIO

Contra las “omisiones” del Episcopado


Por Washington Uranga


Los laicos católicos, que el 19 de octubre pasado exigieron a los obispos un pronunciamiento a raíz de las declaraciones del dictador Jorge Videla en relación con la actuación de la jerarquía eclesiástica acerca de violaciones de los derechos humanos, emitieron ahora un nuevo comunicado en el que se lamentan por “la dolorosa insatisfacción que nos producen las ambigüedades y omisiones del mensaje episcopal” del 9 de noviembre, titulado “Carta al Pueblo de Dios”. Además, demandan al Episcopado católico que no sólo se exija a los capellanes militares y de las fuerzas de seguridad la entrega de toda la información que tengan sobre los niños y adultos secuestrados y desaparecidos, sino que también abran todos los archivos que posee la Iglesia para facilitar las investigaciones en búsqueda de la verdad sobre violaciones a los derechos humanos, tarea con la que los obispos dicen querer cooperar.
El documento, en forma de carta dirigida al titular del Episcopado –el arzobispo santafesino José María Arancedo–, lleva la firma de Hernán Patiño Mayer, Angel A. Bruno, Alicia Pierini, Gustavo Bottini, Ana María Biancalana, Rodolfo Luis Brardinelli, Cristina Domeniconi, Ricardo Mc Loughling, Ana Cafiero, Rodolfo Valerio Briozzo y Fernando Portillo, integrantes del equipo coordinador de lo que a partir de ahora comenzó a denominarse Cristianos para el Tercer Milenio, actuando en representación de los aproximadamente cuatrocientos laicos cristianos que firmaron el primer mensaje a los obispos el pasado 19 de octubre. Este texto es la segunda réplica que recibe el documento episcopal del 9 de noviembre, que había sido ya enérgicamente rechazado por el Grupo de Curas en la Opción por los Pobres apenas dos días después de haberse conocido.
La polémica se inició cuando se conocieron las declaraciones de Videla en un reportaje concedido al periodista Ceferino Reato, en las cuales el ex militar reconoció la complicidad de la jerarquía eclesiástica en los delitos de lesa humanidad por los cuales fue condenado. Esta situación fue desmentida por los actuales obispos, quienes prefirieron una actitud comprensiva respecto de sus antecesores, aunque de condena formal a las violaciones a los derechos humanos y de tibio reconocimiento de posibles errores por parte del Episcopado, mientras mostraban su disposición a la búsqueda de la verdad, aunque sin promover ninguna medida efectiva. Revelaciones periodísticas hechas por Página/12 habían dado cuenta ya de documentos existentes en los archivos del Episcopado que podrían echar luz sobre la actuación de la jerarquía y aclarar casos de desapariciones.
Ahora los Cristianos para el Tercer Milenio comienzan diciendo que “somos conscientes de que la Carta es una forma de reconocer la validez de las cuestiones planteadas en nuestro documento” y rescatan “la claridad con que afirma que es necesario poner empeño en la búsqueda de la verdad”. Pero advierten que “este propósito, sin embargo, aparece empañado por una serie de ambigüedades y omisiones”. Quizá por ser fruto de una “prolongada discusión”, sostienen que la carta de la jerarquía parece “privilegiar la ‘unidad formal e institucional’ por encima de la fidelidad a la Palabra y la vocación profética”. Después de reiterar la “dolorosa insatisfacción” que les ha generado la respuesta episcopal, los firmantes vuelven a reclamar a los obispos –a quienes nombran como “nuestros pastores”– que “hagan cesar el público pecado de escándalo que se configura hoy, cuando un criminal convicto y confeso de delitos de lesa humanidad, sin arrepentirse ni manifestar voluntad alguna de reparación de las atrocidades cometidas, tiene acceso al sacramento de la Eucaristía”. Al mismo tiempo piden que “no sólo exhorten sino que exijan a los capellanes militares y de las fuerzas de seguridad, sacerdotes, religiosos, religiosas y cristianos en general que brinden toda la información que tengan sobre los menores secuestrados o sobre el destino de los desaparecidos”. Dicen que los obispos “ayudarán así a poner fin a la tortura moral de las Abuelas o, al menos, a devolver a las familias la mínima paz del destino conocido”.
Los laicos agradecen el reconocimiento hecho por el Grupo de Curas en Opción por los Pobres, valoran “su testimonio y compromiso ministerial” y también el acompañamiento de otros, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos consagrados “que comparten los valores que nos movilizan”. Por último, expresan, en un lenguaje que puede resultar muy próximo a la comprensión episcopal y reconociéndose ellos mismos como integrantes de la Iglesia, que “esperamos que como parte de la búsqueda de verdad, reconocimiento, arrepentimiento y reparación a la que felizmente se comprometieron, puedan nuestros obispos, con la asistencia de Nuestra Señora de Luján, Patrona de nuestra Patria, dar pronta respuesta a estos reclamos y hagan cesar situaciones escandalosas que confunden y debilitan al Pueblo Peregrino del que formamos parte”.

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Finalmente, triunfa la ética


Por Osvaldo Bayer

Siempre me gusta repetir una frase que he comprobado que se hace realidad a través del tiempo. A veces tarda años, siglos, pero finalmente la ética en la Historia da su última palabra, es el juicio final que queda para siempre. En la Argentina lo estamos comprobando en el caso de los dictadores de la desaparición de personas. Y, al mismo tiempo, la Historia está dejando al desnudo a una figura tenida casi como nuestro héroe máximo (ver el tamaño de nuestros monumentos, por ejemplo). En este aspecto me refiero a cómo los historiadores, los docentes y muchos sectores de la población han reaccionado contra Julio Argentino Roca y han empezado a dudar de los valores absolutos que se adjudicaron siempre a un Sarmiento, a un Mitre y a otros protagonistas de aquel período del denominado “progreso” argentino.
Bastaría, por ejemplo, describir el acto que se acaba de realizar en el Teatro Español de Santa Rosa, La Pampa. Estuvo presente hasta el propio intendente de la ciudad, Luis Larrañaga, y hablaron representantes de todas las etnias indígenas de esa región. Pude participar para leer algunos documentos que lo dicen todo: que la denominada Campaña del Desierto fue un verdadero genocidio que desgraciadamente cometieron los propios argentinos con los habitantes originarios de estas extensas tierras. Campaña que se hizo con la co-financiación de la Sociedad Rural Argentina y que al final terminó con la entrega de 40 millones de hectáreas a estancieros de esa entidad. Esto por supuesto causó la muerte de miles de habitantes de nuestras pampas. Además, un hecho que manchará para siempre la figura de Roca y la del presidente Nicolás Avellaneda es que con esa campaña se restableció la esclavitud en la Argentina (eliminada por esos patriotas de la Asamblea del año XIII), esclavizando no sólo a los hombres indígenas, sino también a sus mujeres y a sus niños, a los cuales se los entregó a familias de Buenos Aires como “mandaderos”.
Los argentinos, pues, fuimos capaces de esa infamia que habían establecido los conquistadores españoles en las distintas formas esclavizantes: encomienda, mita, yanaconazgo, etcétera. Occidentales y cristianos.
En el acto pampeano, territorio parte de la campaña de exterminio de Roca, se propuso que la avenida Roca, continuación de la misma avenida llamada San Martín en sus comienzos, pasara a llamarse en todo su trayectoria con el nombre de nuestro Libertador. Pero claro, siempre hay una oveja negra en el rebaño. Fuera del acto, el viceintendente Angel Baraybar hizo declaraciones contrarias con los argumentos falsos de siempre. Dijo que Roca no fue autor de un “exterminio”, porque todavía “hay indios”. Una cuestión de léxico para el señor “representante del pueblo”. Como si no fuera lo mismo matar a 15 mil personas que a 20 mil. Como sostienen algunos: “Hitler no mató a 6 millones de judíos, fueron sólo 2 millones”. O como sostienen otros: “Los turcos no mataron a más de un millón de armenios, sólo a 60 mil”. Como si no fueran los mismos crímenes matar a 2 mil o a 10 mil. Además, sostuvo el estúpido argumento de que “los mapuches no eran argentinos, eran indios chilenos”. Señor Baraybar: los pueblos originarios no tenían “fronteras”, son etnias, no tenían marcados límites con murallas o con hitos vigilados por miles de uniformados en la irracional tarea de cuidar “esto que es mío”. No eran ni argentinos, ni chilenos, ni bolivianos, eran etnias distintas. Además, señala que a Roca le debemos la frontera definitiva con Chile. No, Roca habría sido un héroe racional si hubiera cumplido con el sueño de aquel gran libertador, Bolívar: los Estados Unidos Latinoamericanos, y no estar divididos con fronteras totalmente artificiales. Para qué fronteras. Para darles una tarea a los ejércitos, ya que en vez de las armas entre los pueblos debería existir sólo la mano abierta.
Pero el egoísmo, el ansia de posesión, la muerte del otro como medio de lograr honores no pasan a la historia definitiva. Sólo aquellos que tratan de cumplir con los principios de Igualdad, Libertad, Fraternidad son los que pasan a la Historia definitiva. Y esto quedó claro en el acto de Santa Rosa, cuando hablaron con el mismo objetivo representantes de diversas organizaciones étnicas y nosotros, los que “bajamos de los barcos” y que somos argentinos tanto como los que pueblan estas tierras hace miles de años.
Y así, día tras día, se van sucediendo los actos en todo el país de los que desean terminar con el racismo oculto y no dar razón a los que finalmente se quedaron con la generosa tierra gaucha y le pusieron alambrados para decir “esto es mío, mío, mío”. Por ejemplo, el acto que se llevó a cabo en la ciudad bonaerense de Coronel Rauch, que lleva el nombre de ese despreciable militar y mercenario europeo contratado por Rivadavia para “exterminar a los indios ranqueles”, como dice el decreto de ese primer presidente argentino. Fue un acto vibrante, pleno de docentes, padres, madres, jóvenes, empleados, obreros, hombres de los sindicatos, es decir, gente de pueblo. Todos quieren vivir en una ciudad que no tenga el nombre de un mercenario asesino sino de alguien que dejó para siempre señales de respeto a la vida y a la naturaleza y luchó por el bienestar de todos y de la cultura. ¿Por qué hay ciudades y pueblos en la llanura bonaerense que tienen nombres de los oficiales de Roca y no poseen los hermosos y poéticos nombres con que los pueblos originarios denominaban esas regiones, lagos y ríos? ¿No es más bello el nombre de Nahuel Huapi, para un lago, que lago Perito Moreno, lago Roca, lago Gutiérrez o lago Fagnano, como fueron bautizados por aquellos que fueron beneficiados por la llamada Campaña del Desierto? Por supuesto, en la Argentina dominan nombres de militares, de presidentes, de curas o de dueños de la tierra. Y no la ética, la poesía, la música de la naturaleza como principio fundamental de la vida, sino los cargos, la devoción ante los que mandan. En la iglesia central de Bariloche, una ventana tiene la figura vitral del general Roca, y en otra, la del presidente Avellaneda, el mandatario que aprobó la campaña genocida “del Desierto”, de Roca. Está todo dicho. El genocida y su aliado civil como ejemplos a seguir, en la Casa de Dios.
Pero no sólo el pasado histórico está siendo revisado sobre el comportamiento ético de sus personajes, sino también nuestra historia más reciente. En el colegio secundario Julio Argentino Roca –sí, tal cual, en el barrio capitalino de Belgrano R– se recordó a los 18 estudiantes desaparecidos por la última dictadura militar. Fue muy emocionante. Al comenzar el acto, alumnos pasaron al frente con los retratos de esos jóvenes luchadores por un país igualitario. Los “desaparecieron” las bestias uniformadas y sus secuaces civiles, los torturaron bestialmente, los arrojaron vivos desde aviones al mar. Y ahí están ahora, aplaudidos por todos. Hablaron docentes, el presidente del Instituto para la Memoria, alumnos y escritores. Y uno de ellos puso el dedo en la llaga. Dijo que cómo ese colegio podía llamarse Roca, el desaparecedor de los pueblos originarios, y su retrato colgado en las paredes junto a los de los alumnos desaparecidos. Ironía macabra del destino. Ese vergonzoso actuar de los genuflexos que premiaron a un genocida todavía es aceptado por los que afirman que “en Historia hay que mirar para adelante”, como dice el señor Macri, cuando la ética nos enseña que hay que aprender de la Historia para jamás volver a cometer errores tan oprobiosos. Pero, a pesar de los que la niegan, vemos que, finalmente, la ética siempre triunfa.

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viernes, 23 de noviembre de 2012



Israel, lo judío, los palestinos y los dilemas de la historia


Por Ricardo Forster
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En un ensayo medular, George Steiner despliega una honda y perturbadora reflexión alrededor del equívoco inevitable que atraviesa de lado a lado a esa extraña nación que llamamos Israel (digo extraña porque suele medírsela con una vara muy distinta a la que se utiliza con el resto de las naciones del mundo, una vara signada por lo absoluto, por la pureza total de la que debería dar cuenta por su origen o la del más brutal de los envilecimientos que acaba por transformarla en la patria diabólica, en la nueva encarnación del mal; nada, cuando se habla de Israel, es directo ni ingenuo). Cito, entonces, a Steiner: “En el manifiesto fundacional y secular del sionismo, el Judenstaat de Herzl, el lenguaje y la visión imitan orgullosamente al nacionalismo de Bismarck. Israel es una nación en grado máximo: vive armada hasta los dientes. Para sobrevivir día a día, ha obligado a otros hombres a vivir sin hogar, los ha convertido en seres serviles, desheredados (durante dos milenios, la dignidad del judío consistía en ser demasiado débil para hacer que otro ser humano viviese de forma tan inhóspita y difícil como él mismo). Las virtudes de Israel son las de la sitiada Esparta. Su propaganda, su retórica del autoengaño son tan desesperadas como las de cualquier nacionalismo de la historia. Bajo una presión externa e interna, la lealtad se ha atrofiado dando paso al patriotismo, y el patriotismo ha dado paso al chovinismo. ¿Qué lugar, qué excusa cabe en esa plaza fuerte para la ‘traición’ del profeta, para el rechazo de Spinoza a la tribu? El humanismo, dijo Rousseau, es ‘un hurto cometido contra la patrie’. Bien cierto”. (“El texto, tierra de nuestro hogar”.)
Desde la lejanía de su historia, el pueblo de Israel ha sabido atravesar diversas vicisitudes tanto espirituales y materiales como políticas, culturales y sociales; ha conocido al dios de la guerra y de la venganza del mismo modo que supo escuchar la voz clara y potente de los profetas que clamaban contra las injusticias cometidas en su nombre; conoció el reino davídico-salomónico, ese que sería convertido en leyenda y en promesa restitutivo-mesiánica olvidando las penurias de los “constructores de los palacios”, esas masas anónimas que siempre fueron explotadas a lo largo de la historia, para enaltecer la majestuosidad de los poderosos amparados por el “brazo fuerte” de Yahvé; pero también conoció el exilio, la dispersión de las tribus, el sometimiento a los distintos imperios de la antigüedad; supo de la resignación y de la rebeldía; conoció la palabra única y desafiante de Amós y de Isaías que supieron desgarrar los velos de las mentiras y de las injusticias fundando una tradición que se continúa hasta nuestros días; desplegó los lenguajes de una nueva ética que supo hacer del huérfano, de la viuda, del pobre y del extranjero el eje central de la hospitalidad y del acogimiento del otro; supo construir la patria en el Libro cuando perdió la tierra natal.
En su seno convivieron el deseo tribal, ese que recogía los mitos y los símbolos de un pueblo único, fuerte, capaz de someter a otros pueblos y de erigirse en una nación poderosa, junto con la universalización de la promesa mesiánica, esa que se transformaría en el humus de las siembras más significativas que se hicieron en nombre de la libertad y la igualdad de todos los seres humanos. Pueblo girado sobre sí mismo, enclaustrado en su autorreferencialidad; pueblo de la escritura y de lo abierto, hijo de un nuevo cosmopolitismo asociado a la interpretación interminable del libro; pueblo del desarraigo convertido, por los poderosos de ayer a lo largo de dos milenios, en extranjero eterno, en paria, en labrador de palabras en el viento porque carecía de tierras para cultivar. Pero pueblo también, ahora que encontró su propia pesadilla nacionalista, capaz de ejercer formas brutales de violencia y sometimiento contra otro pueblo. Dilema que desgarra una historia que no le ha ahorrado ninguna dificultad incluyendo la de poner un límite a sus propios extravíos. Auschwitz, ese nombre maldito, no puede ser convertido en justificador eterno ante acciones que en el presente cuestionan sus mejores tradiciones humanistas y libertarias. La razón de Estado acaba transformándose, y con Israel está sucediendo, en el pantano de los ideales. Cada quien tendrá que dar cuenta de su propia miseria moral. Y hoy los palestinos, en especial los que mal viven en Gaza, son las víctimas de una terrible injusticia. Que otros se ocupen de analizar los males ajenos (que están allí y no pueden ni deben ser minimizados), a mí me preocupa y me ocupa cuestionar una violencia que no sólo le hace daño al pueblo palestino sino que termina por dañar profundamente al propio Israel. Difícil regresar del envilecimiento militarista y del poder brutal de las armas cuando la asimetría es imposible de ocultar. Un pueblo-paria capaz de convertirse en su antípoda.

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Un pueblo, como escribía –en 1916 y desde el frente de batalla– el filósofo judeo-alemán Franz Rosenzweig en La estrella de la redención, que al renunciar a dar la sangre en defensa de la tierra se convirtió en el pueblo de la eternidad del tiempo (por esas paradojas de la historia y de las pasiones, Rosenzweig pensaba que el destino del judaísmo se había sellado con esa renuncia que le había permitido sustraerse al olvido que la historia les tenía reservados a la mayoría de los pueblos de la antigüedad que decidieron dar sus vidas, derramar sus sangres, para defender un pedazo de tierra o un Estado, lo mismo da, transformándose apenas en una nota a pie de página en los libros de historia. Renunciando a ese acto guerrero los judíos se transformaron radical y absolutamente haciendo de la diáspora y de la lectura el laberinto inconcluso de una patria sin dominios ni violencias que se fue construyendo alrededor y en el interior de ese libro quemado por los poderes cristianos a lo largo de siglos y siglos y que lleva el nombre de Talmud –libro sin potestades definitivas ni principios de autoridad demarcatorios y censores; libro de márgenes y glosas, de interpretaciones inacabables, de discusiones que subvierten la continuidad del tiempo–).
A la sombra de ese libro inabarcable y de las escrituras bíblicas se levantaría, en los años dominados por la cristiandad medieval, la sabiduría de los cabalistas, maestros no sólo del lenguaje y de sus misterios, sino portadores de una interrogación inagotable capaz de hurgar en los secretos del mundo mientras la hostilidad y la violencia se cegaban con los cuerpos y los libros del pueblo errante. De esa saga de lectores infatigables, de buceadores de perlas en los fondos oceánicos de la vida y de las escrituras, saldrían los heterodoxos y los herejes, los fieles cultores del ritual y los forjadores de nuevas sendas. Allí se inscribirían los nombres de Maimónides y de Spinoza, de Mendelsohn y de Marx, de Rosa Luxemburgo y de Walter Benjamin, de Sigmund Freud y de Franz Kafka. Nombres para recordar la rama dorada de un humanismo en vías de extinción, amenazado desde adentro y desde afuera por una sociedad de la depredación económica, cultural, militar y social. Hace tiempo que Israel ya no responde a esas tradiciones, sino a la reinante razón de Estado, como la mayoría de las naciones del planeta. La vía nacional-militar que viene emprendiendo con mayor intensidad desde la Guerra de los Seis Días ha herido muy duramente a lo mejor que esa sociedad guardaba dentro de sí. Lo que le queda ahora es la mitificación y la sordera ante el dolor del otro, del despojado, del expropiado, del nuevo paria. ¿Era esa la razón de ser de los sueños de Martin Buber y de Gershom Scholem, de Ahad Haam y de Leibowitz?
Para Rosenzweig, que escribió y vivió antes de la Shoá, la alternativa planteada por el sionismo se desviaba de lo que él consideraba las fuentes y las riquezas del judaísmo diaspórico, esa extraordinaria cualidad de habitar la eternidad del tiempo sin plegarse a las idolatrías nacionales. Discutió amargamente con Gershom Scholem quien, en esos años previos al nazismo, eligió dirigir sus pasos hacia Jerusalén para defender allí, junto a algunos otros entre los que se encontrarían el fundador de la Universidad Hebrea y Martin Buber, la idea de una nación para dos pueblos, la búsqueda de la convivencia judeo-palestina. Los sueños de Scholem y de Buber, también en parte los de Einstein, de aquello que se llamó el sionismo cultural y que aspiraba a un hogar compartido, quedarían seriamente dañados por el triunfo de la opción de un sionismo nacionalista y signatario de la Realpolitik que se apresuró a aniquilar cualquier posibilidad de diálogo y de entrelazamiento con las poblaciones árabes nativas, que también guardaban en su seno sectores que se oponían a cualquier acuerdo (vale la pena recordar las negociaciones con la Alemania hitleriana del muftí de Jerusalén –máximo representante palestino– para no pecar de ingenuidad histórica volcando la balanza y la responsabilidad de un solo lado). Un corte trágico se iniciaba, un corte que volvía a confrontar, en el interior de la experiencia judía, su núcleo tribal-nacional con su otro núcleo cosmopolita-universalista. En estos días de violencia despareja parecería que el primero de esos núcleos terminará por anular sin piedad al segundo.

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Hace unos pocos años, sacudido por la guerra del Líbano, escribí en este mismo diario las siguientes líneas que quisiera volver a citar: “Toda guerra es miserable y dolorosa; nada justifica la muerte de civiles, la destrucción de ciudades, el horror del bombardeo permanente. Matar en nombre de cualquier fe, religiosa o secular, es, siempre, un crimen. El ejército israelí mata, Hezbolá mata, Hamas mata, Siria mata, Irán mata, Estados Unidos mata... y la lista es mucho más larga, casi inacabable, y atraviesa la geografía entera del planeta. La guerra, en sus múltiples versiones y justificaciones, nos deja desamparados en tanto seres humanos, nos comunica con la crueldad que llevamos muy dentro de nosotros. Por supuesto que no todas las guerras son iguales, ni todas las muertes representan lo mismo. Ha habido guerras inevitables, guerras brutales, guerras en nombre de la libertad que acabaron por expandir la opresión, guerras contra el totalitarismo, guerras de liberación nacional que expulsaron al opresor para imponer otro régimen de dominación tanto o más cruel y represivo. Israel no es la excepción, ni es la Cenicienta de las naciones ni es el diablo, ese monstruo en el que lo quieren convertir algunos de nuestros progresistas. Israel ha librado distintas guerras, ha matado y ha sufrido, ha intentado tejer la paz y también la ha boicoteado, ha tenido en su interior voces ejemplares que llamaron y lo siguen haciendo insistentemente a la concordia entre los pueblos, que reclaman el derecho a un Estado palestino, y voces reaccionarias que sueñan con el Gran Israel proyectado desde las escrituras bíblicas y transformados, esos sueños, en delirios de dominación y destrucción. Israel es un país complejo, abigarrado, pleno de contradicciones, sus calles han sido y siguen siendo escenarios de debates políticos, de manifestaciones de distinto tipo, de exigencias en nombre de la paz y de la guerra”. Hoy, cuando escribo estas otras líneas mi pesimismo ha crecido indignado y hondamente dolido ante lo que el ejército israelí, como fuerza de opresión, está haciendo con el pueblo palestino y esto más allá de la excusa que se llama “Hamas” (que no representa los valores democrático-humanistas que ha sabido cultivar ese pueblo sufrido, que, antes bien, ha sido y sigue siendo un factor de violencia en nombre de otras formas del fanatismo). Se trata, ahora, en este preciso momento, de la supervivencia moral del pueblo y de la sociedad israelí, que ha optado en su mayoría por cerrar los ojos ante el sufrimiento del otro para cebarse en su propia ira profundamente atravesada por el prejuicio, la intolerancia y el olvido de su propia historia. Sin paz, sin derecho palestino a su Estado, sin abrir Jerusalén como ciudad de la hospitalidad, todos, tarde o temprano, y en especial los judíos, volveremos a ser extranjeros. Una supervivencia que, aunque lo niegue, depende de renunciar al sometimiento de los palestinos en nombre de una seguridad nacional atrofiada por una derecha nacionalista israelí que sólo parece querer buscar el camino de la guerra asociándose a quienes, del otro lado, también desean su perpetuación.

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jueves, 22 de noviembre de 2012


Un sujeto en plan de nacer


Por Pablo Semán *

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Creamos a todo el mundo en su verdad y tendremos un absurdo a reducir: la dictadura kirchnerista no reprimió el golpe de Estado 8N. La verdad es que tanto como no hay una dictadura, el 8N es algo mucho más complejo que golpismo. El momento, tenso, es también propicio y necesario para salir de algo que me parece está siendo autointoxicación. Lamento decirlo, pero creo que hay que entender que muchas caracterizaciones de la manifestación 8N y sus orígenes afines al kirchnerismo (y me considero en ese conjunto) confunden la realidad con el deseo de que la manifestación fuese más miserable moralmente, más confusa políticamente y más pequeña de lo que realmente fue.
Respecto de la cantidad: debe haber sido una de las diez manifestaciones más importantes desde que retornó la democracia en 1983. No dejaría de decir que había muchos jóvenes que, tal vez, pueden significarle a la oposición lo que los jóvenes de 2008 fueron para el kirchnerismo. Algo más: la oposición ganó la calle y opera contra el Gobierno en la misma lógica que lo hizo el peronismo en los ’80, mientras nosotros nos quedamos en la reivindicación del porcentaje legitimante.
Pero hay algo más importante: es improductiva la crítica a la contradicción entre su carácter declaradamente espontáneo y su organización metódica y sistemática. El señalamiento de esa supuesta incoherencia, amén de tener la potencialidad de santificar el lado más antipolítico del proceso 8N, se pierde la oportunidad de captar lo que revela su organización en la dimensión ignorada de su carácter de proceso. La marcha del 8N estuvo muy bien organizada, aprovechando tecnologías de comunicación y organización disponibles (tanto como en su momento lo hizo el kirchnerismo). Y lo estuvo tanto que se dio pautas para procesar su propia heterogeneidad y sus aspectos más capaces de deslegitimarla. Y esa organización ha sido eficaz: la automoderación del gorilismo y el golpismo que la habitan en grados diferentes, la elevación de reivindicaciones toscas a un reclamo más presentable, da lugar a una voluntad política todavía indefinida, pero menos caótica y rabiosa que al inicio del proceso en que esto surgió. Organizar y conducir políticamente es la tarea que cuando se cumple con éxito tiene por resultado la emergencia de un sujeto político que posee, en este caso, una particularidad: es una movilización/sujeto. El espíritu de oposición al Gobierno ha dado un paso importantísimo: salió a la calle, salió de su posición defensiva. Se reconocen entre ellos, tal como nos pasó a nosotros, por ejemplo, en la salida de 2008. Aun cuando sólo fueran cualitativa y socio-demográficamente los mismos de siempre, ya no son lo mismo de hasta hace unos meses por las relaciones que han establecido. Han puesto algo en común entre ellos y en eso reside la posibilidad a futuro de articular una voluntad más definida. Su grado de confusión decrece y no hay que hacer de la confusión supuesta un standard tan claro: ¿en qué sentido el kirchnerismo, el peronismo, el centroizquierda, en su conjunto, son “claros”? En ese mismo paso, no hay que negarlo, ese mismo espíritu se ha extendido y se regocijado con esa extensión.
Desconocer el carácter procesual de lo que está sucediendo, ignorar que tiende a desplegarse y enriquecerse, corre el riesgo de incidir de la peor manera posible en ese proceso: estigmatizándolo como menor, golpista, consumista y despolitizado se logra al mismo tiempo confundirnos entre nosotros y aumentar la carga de agravios sobre el adversario (cuando muchos de los que estaban ahí podrían haber estado al menos en su casa y algunos, tal vez, de nuestro lado).
Ha quedado oscurecida otra cuestión: el 8N y sus posteriores despliegues surgen de algo más complejo que el odio y el resentimiento gorila o la nostalgia de la convertibilidad. Y mucho más importante que eso: no importaría tanto de dónde vienen si no fuera porque importa a dónde van.
Entre las políticas del Gobierno que provocan el 8N (desde las correctas e inevitables hasta los errores no forzados y los automatismos –muy necesarios de evitar–) y las propensiones de las diversas vertientes del 8N surge un “frente amplio por la libertad” con el que habrá que disputar y competir. No me caben dudas: ese sujeto –aún cuando no tenga hoy una articulación partidaria o electoral– la tendrá. Y no sólo (o no ineluctablemente) entre alternativas opositoras unificadas o divididas. A nombre de la libertad tributan y acreditan vocaciones muy diversas, pero capaces de hacerse eco entre sí, de permutarse y de agrandarse. A esta “marcha de la libertad” se suman, y en ella se “purifican”, los que creen que no pueden viajar al exterior y los que creen que bancan el país con sus impuestos como si a ellos el país no les diera nada (¡que prueben a ver cómo se puede producir y exportar soja sin Estado!). Pero también están los que se han sentido agraviados por el trato minimizante que estoy discutiendo y quiero ceñir más decididamente ahora.
Sólo daré un ejemplo que ayuda a ilustrar lo que está pasando. Porque, si en algún lado están los ánimos conspiradores, no todos los que marcharon necesariamente buscan destitución y no hay que llevarlos a esa búsqueda. La inflación, no importa cuál sea su número, afecta dramáticamente la sensibilidad de muchos de ellos. No es para reírse. La clase media cifra su satisfacción en la posibilidad de ascender y hacer ascender a sus hijos. Ese horizonte, cuyo techo amplió el kirchnerismo en sus primeros años, parece estar bajando porque la estructura casi invariable del consumo de una parte de la clase media sube más (o al menos más rápido) que los ajustes salariales. Y al mismo tiempo se raja el piso que el kirchnerismo aseguraba, cuando el mercado de empleo se resiente, cuando el mercado inmobiliario se pone cada vez menos posible (más allá de que éstos sean fenómenos que exceden el control del Gobierno y que asumir un nuevo costo para el sueño patrimonialista de la clase media es un “garrón” que casi inmerecidamente se tiene que comer el gobierno de turno). La angustia de estos sujetos aumenta más allá del dólar como obsesión, cuando comprada toda la línea blanca, no saben cómo hacer para mantener al valor del peso que sobra y que se obtiene con tantos esfuerzos y angustias como el mango que no sobra en las casas populares.
Es cierto que pocos de los indignados ponen en la canasta de la libertad que glorifican el problema de la violencia policial, la seguridad de los militantes de organizaciones sociales populares o las posibilidades vitales de las generaciones de excluidos de nuestra nación. Pero es factible que en su proceso de autocorrección para emerger con legitimidad se den cuenta de que no pueden pedir cualquier cosa ni de cualquier manera. El universo simbólico de la democracia y la autonomía, de la tolerancia y de la paz, cada vez más denso desde 1983, también los ha ganado (en otros tiempos parte de esta gente formaba comandos civiles). Es cierto que el pueblo agraviado por la inflación, también está influido por todo lo que dicen los medios de la cadena nacional del desánimo. Y por eso el hecho de que una tapa de Clarín no derrumba un gobierno no debe confundirse con que 3248 tapas de Clarín sí logran instalar una animadversión que los descuidos alimentan a espaldas de los descuidadores. El reclamo que se le desconoce al 8N en muchas caracterizaciones está entre estas causas profundas (y la que di es sólo un ejemplo) y lo que ayuden a interpelar las jugadas de las organizaciones políticas (oficialismo incluido). No es la primera ni la última vez que aparece un movimiento que habilita esa dialéctica política y no creo que el kirchnerismo no tenga nada para hacer ahí.
Ernesto Laclau, el intelectual que la oposición ama odiar, puso de manifiesto de qué manera el peronismo condensaba todas las reivindicaciones populares hasta transformarse en su bandera. El mecanismo de desplazamientos, igualaciones y producción de sentido que su teoría ayudaba a iluminar es el que, paradójicamente, parece beneficiar a la oposición en la formación de un populismo de la libertad a su manera. La política móvil, sorprendente y en definitiva despolarizante del kirchnerismo 2011 podría combatirlo mejor que la actual confusión de consignas transformadas en diagnósticos. Eso y, claro, la gestión que sigue siendo lo principal.
* Antropólogo.

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