martes, 30 de septiembre de 2014

Ignacio Guido Montoya Carlotto

CUANDO IGNACIO CONOCIÓ A GUIDO

Cuando hace casi dos meses se supo que Estela de Carlotto había recuperado a su nieto Guido, la conmoción fue tremenda y la expectativa que generó la conferencia de prensa en la que aparecieron juntos frente al público, tan emocionante como inolvidable. Ahí, la Argentina y el mundo se fueron enterando de que Ignacio Guido Montoya Carlotto tiene 36 años, es pianista, toca en un septeto y lleva grabados varios discos, fue adoptado en Olavarría y en esa ciudad enseña música y dirige una escuela municipal. El próximo miércoles dará un concierto en el marco del Primer Encuentro Nacional Arte por la Paz, en el Espacio Cultural de la Memoria Haroldo Conti, y el 1º de noviembre tocará en el ND/ Teatro. En esta entrevista, Ignacio Guido recuerda su infancia en el campo, habla de su vida actual antes y después de la gran noticia y explica el lugar de privilegio que ocupó la música antes, durante y siempre.

Por Juan Pablo Bertazza

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Después de que su abuela le diera la palabra, justo tras los aplausos, apenas antes de chequear el micrófono y largar el iniciático saludo “hola, buenas tardes”, Ignacio Guido tuvo un gesto que habría resultado notable –o, al menos, mucho más evidente– si la tremenda emoción de aquella conferencia de prensa, su presentación en sociedad, no lo hubiera acaparado todo. Tomó aliento y respiró hondo durante un eterno instante como quien se dispone a sumergirse bajo el agua. Fue un suspiro que dejó el tiempo en suspenso, tal vez como en esas únicas cinco horas que pasó con su madre, Laura (“Cinco horas de milagro en el medio del infierno/ sin goteras monocordes ni sabor a Armagedón/ sin suplicios ni traslados, sin oscuros simulacros/ cinco del azul celeste entre las nubes del horror”, según describe la flamante canción de la banda platense La Caverna), un parar la pelota con múltiples significados: afrontar las filtraciones de semejante noticia y disponerse, como él mismo dice, a todo esto –dar una conferencia de prensa– que no es lo realmente importante (“lo que importa es el encuentro íntimo”) pero que también es importante (“porque si no ¿para qué vienen?” como les dijo esa tarde a los periodistas). Y también una forma de abordar el escenario y salir a la cancha y sumergirse en aguas artísticas, en esa condición anfibia de la creación que oscila entre lo público y lo privado, entre la instancia íntima y solitaria del repliegue para comprender lo que ni siquiera se puede nombrar y luego arrojarlo hacia afuera.
Respirar hondo significó para él sumergirse definitivamente en ese pasado que (también presente, también futuro, tan círculo) lo alcanza, y en esos libros de Historia en los que (queriéndolo o no) ya sabe que va a entrar (“y es un peso que hay que llevar”). En definitiva, en ese gesto que marca el momento de mayor expresividad de toda la conferencia de prensa podría cifrarse el encuentro de Ignacio con Guido.
“Claro que me acuerdo de ese momento. Y sí, lo de tomar aire, es cierto, es el mismo gesto que tenés cuando vas a tocar: respirar y hacer lo mejor posible. Yo tengo en claro que esa conferencia fue más importante para los demás que para mí. Igual fue un momento iluminado, todo lo que tenía para decir lo dije ahí y no sé sí lo voy a poder hacer mejor”, reflexiona Ignacio Guido Hurban Montoya Carlotto, sentado en un banquito junto al piano donde, entre mate y mate, irá a buscar alguna nota a manera de ejemplo o de apoyo cuando se queda sin palabras, o en los muy escasos momentos en que no hace un chiste o no esboza esa sonrisa que ilumina un día lluvioso. La entrevista transcurre en la Escuela Municipal Hermanos Rossi de la ciudad de Olavarría, a 353 kilómetros de Capital Federal. Ignacio Guido es el director de la escuela y Olavarría es una ciudad que, al parecer, se toma con calma la convulsión por el juicio por los crímenes del centro clandestino de detención Monte Peloni (que comenzó el martes pasado y que tiene como querellante a su tío Remo Carlotto), y por la noticia de la aparición de Guido, desde ahora su personalidad más destacada, al que la estación de micros de Olavarría parece rendirle un involuntario pero poético homenaje con la misteriosa presencia de un piano cerrado con llave, arrumbado en un rincón junto a discos de vinilo de Strauss y Beethoven, en una suerte de living con viajeros y perros que rompe el protocolo de cualquier estación y donde también se apura en dar la hora una especie de reloj cucú sin cucú.
¿Te preguntabas si iba a aparecer el nieto de Estela?–Sí, pensaba mucho en eso. Me acuerdo una vez de que estaba con mi mujer en la cama, con el control en la mano, y le dije: “Mirá vos, pobre mujer, nunca más lo va a encontrar al nieto, quizá se muere sin llegar a verlo” y era yo, te comés el flash de tu vida. Y más loco aún habría sido si antes nos hubiéramos encontrado y sacado una foto. En realidad eso pasó con una chica que trabaja en el área de investigación de Abuelas, esposa del músico Mintcho Garrammone: justo vinieron a dar una clínica acá y en un momento estuvimos todos sentados. Cuando se dio la noticia la jodían diciéndole: “Vos no encontrás una vaca en la cartera porque lo tuviste ahí”. Y después no sabés cómo se puso cuando me vio. La historia es muy increíble.
¿Cuándo comenzaron tus dudas?–Los ruidos estuvieron siempre y encontré un par de cosas que me llevaron a sospechar aún más. Quizá sería mejor para mí y para todos tener un momento concreto y poder decirte que a partir de ahí me di cuenta. Pero no, fue mucho más gradual, como una sucesión de nudos. Como el ruido de fondo de esas luces que sólo percibís cuando las apagás y te das cuenta de cuánto te hinchaba las bolas y no sabías, como un nudo que tenés en algún lugar y se abre, son cosas que las venís trayendo: es muy fuerte, evidentemente, lo que traés. No sólo el parecido físico, son los llamados a hacer cosas que no tendrías por qué haberlas hecho: como ser músico, como terminar tocando todos los 24 de marzo en el Día de la Memoria y no saber por qué –yo no soy un militante ni mucho menos–, como escribir “Para la memoria” y sentirla tan propia.

VIDAS EXTRAORDINARIAS

Con letra y música de Ignacio, “Para la memoria” –la canción en cuestión– tiene una gramática compleja que dice, entre otras cosas: “Cargando en ancas los hombros/ vanse quedando los años/ no se han cerrado las puertas/ ni las heridas de antaño”. Ignacio, que desde el momento en que se enteró de que era adoptado va a una psicóloga (“es excelente, no creía mucho en eso pero la verdad que está buenísimo”) la escribió poco antes de un 24 de marzo, aunque aclara que hacía tiempo la venía rumiando y terminó de salir luego del impacto que le causó la muestra fotográfica Ausencias, de Gustavo Germano.
Ignacio, que construye día a día el vínculo con sus dos abuelas –Estela y Hortensia–, con las que habla muy seguido, asegura que “Para la memoria” entró en su disco Musa rea casi por la ventana, como si no tuviera mucho que ver. Como no hubo tiempo para que la cantara nadie, la terminó cantando él.
¿Te habías enterado del libro sobre tu mamá y de la película sobre tu abuela en su momento?–Ahora mismo estoy leyendo Laura, porque me lo regaló Maru Ludueña, la autora, hace muy poco: está muy bien escrito y sirve para encontrar más información y entender por qué hicieron lo que hicieron y tomaron esas decisiones. La película la había visto antes, pero por accidente: habíamos ido con mi mujer a ver Elefante blanco en el Festival Lucas Demare y me equivoqué de horario. Ahora me la acercó Nico Gil Lavedra, porque el 2 de octubre, al otro día del concierto, vamos a grabar una especie de escena final en la que yo salgo tocando el piano para cerrar la película, y la verdad que me di cuenta de que no me acordaba demasiado.
¿Qué te provocan los comentarios que dicen que todo está armado?–Las teorías conspirativas son muy seductoras. Yo, desde mi computadora, soy el único en el mundo que me doy cuenta de algo y no estoy contaminado por la mentira de todos. Me mandaron al Twitter algunos mensajes diciéndome “yo sé que vos sos una mentira”. Ellos sabían, ellos sabían todo, a ellos no los iba a engañar... también la insultaban a Cristina. La tapa de Barcelona fue alucinante: “El siniestro plan del Gobierno para restituir nietos cada vez que se pudre todo”.
¿Aceptarías un cargo político?–No, no, no tengo vocación para eso y no lo sé hacer, capaz que por ahí una elección te la gano, pero ¿qué hago después? Aparte yo lo dije en la conferencia: la actividad musical es también una actividad política.
Con Estela fueron invitados a visitar al papa Francisco en el Vaticano. ¿Cómo es tu relación con la fe?–Voy a hacer mía una frase muy linda del Negro (Carlos) Aguirre: yo creo en Dios pero aun no sé cómo se llama. Siento en la piel que hay una energía, una religiosidad, una espiritualidad a la cual nos tenemos que acercar, pero no le encuentro nombre todavía. Yo tuve una educación religiosa muy estricta porque me crié en la Colonia San Miguel, una comunidad alemana con un catolicismo muy practicante y yo hice todo el tour religioso, desde el bautismo hasta la confirmación, y cuando pude empezar a decidir un poco me alejé de eso. De todas formas, entiendo mi vida como una búsqueda espiritual constante.
¿Cómo elaborás la figura de tus padres biológicos? Porque, en algún punto, para vos nacen y mueren al mismo tiempo.–Sí, es un duelo que hay que hacer: conocerlos para hacer el duelo; pero también lo que es muy fuerte es saber que tus viejos eran más chicos que vos, flash total. Es parte de lo que significa esta cosa tan extraña, extraordinaria. Y ahí está la confusión, ¿viste? Porque mi vida ahora es extraordinaria, lo cual no significa que yo sea extraordinario, porque en realidad no existen personas extraordinarias sino vidas extraordinarias. Mi caso es un ejemplo muy claro de eso.

LA ISLA DEL TESORO

Conocer algo de la vida de Ignacio Guido (saber, por ejemplo, que le gustan mucho las series Breaking Bad, Black Mirror y The Walking Dead, o que siempre ve a Capusotto) implica algo similar a lo que ocurre cuando se vuelve a ver una de esas películas cuyo final sorprendente termina resignificando cada una de las escenas. En la conferencia de prensa, cuando le preguntaron si tenía algún recuerdo de aquellas cinco horas con Laura, dijo rápidamente, y con su característica honestidad, que no. Pero, al mismo tiempo, estableció una inmediata y directa relación entre ese pasado que vuelve y el hecho de dedicarse a la música.
–Es que es muy fuerte. Siempre había tenido esa pregunta sin respuesta, como una cuenta pendiente: ¿por qué te dedicaste a la música? Más teniendo en cuenta las características de donde vengo. No es para criticar, pero el campo tiene sus particularidades, esa situación rural a la que agradezco porque me dio un paisaje y una tranquilidad que me enseñaron cosas que no hubiera aprendido de otra forma. El paisaje rural tiene una cosa que termina girando sobre sí misma: la gente que está ahí también trabaja y son muy felices porque es su hábitat, de la misma forma que en la ciudad las personas viven contentas casi sin espacio, o por lo menos todos se quejan pero nadie se va. Entonces siempre me hizo ruido esa contradicción: yo crecí en el campo y tomé este rumbo tan particular y ajeno a ese medio ambiente –no sólo por la música sino por el jazz, por vivir a la búsqueda de lo nuevo, de cierta vanguardia, un espíritu de búsqueda constante que no me podía explicar–.
¿Qué aprendiste en el campo?–A tener otro contacto con las cosas y conmigo mismo. Yo me crié muy solo pero no lo digo desde un lugar de queja, está buenísimo: la soledad como disparador creativo. Lo veo ahora que tengo edad y que, si bien aún no soy padre, con mi mujer estamos pensando un poco en eso. También porque veo cómo crecen los hijos de mis amigos. Cuando yo me retrotraigo a esa infancia primera me veo inventando todo lo necesario para divertirme, algo que hoy no es común porque la cosa viene más inventada para los chicos, ¿viste? No sólo por internet, antes, inclusive. Los juguetes... yo me fabricaba mis cosas, leía mucho, inventaba mi mundo y veía en esa llanura que había todos los castillos necesarios para que pasaran las aventuras que yo eligiera.
¿Pasabas muchas horas solo?–Sí, porque en el campo trabaja el padre y la madre y los chicos tienen algunas actividades pautadas pero después hay un montonazo de tiempo libre, sobre todo en los veranos, cuando no había que ir a la escuela. Dibujaba y leía muchísimo.
¿Te acordás de qué leías?–Mirá, me acuerdo de que empecé con esas colecciones amarillas de Robin Hood. Había una biblioteca en la casa de los patrones producto de las mudanzas. Me acerqué a esa biblioteca y empecé a leer sin ningún tipo de condicionamiento, porque me gustaban las tapas. Me leí todos, me gustaba mucho Salgari, hasta que llegue a un libro que me fascinó y es el que más veces leí y voy a leer en mi vida: La isla del tesoro de Stevenson.
¿Y por qué te gustó tanto?–La historia es indestructible, es un libro tremendo que hay que recomendar. Está escrito en primera persona, bajo la voz y la mirada de un niño que vive en una posada medio fundida hasta que llega un pirata con un mapa y arranca la historia. Me gusta porque no es nada grandilocuente. Y hay otro libro menos conocido que se llama La vuelta a la isla del tesoro, que lo escribió otro tipo. Lo loco es que primero leí La vuelta... y después, sí, la primera parte, que tiene un final bastante abierto. Entonces llega este otro loco que lo sigue muy bien, es un libro muy poco difundido: yo tengo una copia y lo quise comprar original, pero no lo conseguí. A partir de ahí empecé a leer un montón: leí la Biblia como si fuera una novela porque nadie me había explicado qué era, me aburría un poco, adelantaba y seguía, después me asustaba un poco, viste que cuando vas llegando al final se empieza a pudrir todo...

HACE DIEZ MUNDIALES QUE TE ESTAMOS BUSCANDO

Luego de que en las redes sociales se propusiera un adjetivo para describir el talento de Lionel Messi, la palabra “inmessionante” terminó figurando en el último diccionario Santillana. Quizá sólo un neologismo puede ayudar a describir en todo su esplendor lo que significa la aparición de Guido, que, de hecho, fue celebrada con humor como “el Messi de los nietos”. Además, no bien se supo la noticia, muchos de los mensajes en las redes sociales (que incluyeron los festejos del propio 10 de Barcelona y de Diego Armando Maradona) coincidían en que “éste era el Mundial que había que ganar”.
Lo cierto es que aquella frase según la cual “la vida es lo que sucede entre Mundial y Mundial” tiene también notables resonancias en el caso de Ignacio Guido: nació en cautiverio poco después de que Argentina saliera campeón de ese Mundial en eterna tela de juicio y terminó de recuperar su identidad poco después de uno de los mundiales más atractivos de los últimos tiempos.
¿Cómo viviste el Mundial de Brasil?–Antes del Mundial había mandado la planilla con los datos y poco después se confirmó todo. El Mundial fue terrible, hermoso, se jugó muy lindo en líneas generales y es cierto eso de que los chicos de doce años pudieron ver todos los partidos del campeonato por primera vez. Yo me puse el pack de DirecTV con todas las cámaras y los veía sentado en el sillón como un pajero. En los partidos de Argentina soy muy cabulero: me ponía muy nervioso y empezaba a limpiar, a fregar, como loco. Para mí fue un Mundial increíble y estuvimos ahí, la puta que lo parió. Lo que nos cagó fue que no estuvo Di María y que los delanteros estaban todos rotos.
Vos que sos el Messi de los nietos, ¿qué pensás de él?–Y, cuando el equipo estaba para atrás, él hizo todo. No es sólo que el tipo haga goles, también es lo que provoca en el rival desde que está en el vestuario, pensando que el petiso le puede pintar la cara en cualquier momento. A mí me parece que le pedimos a Messi que sea Maradona, y después tampoco nos bancamos a Diego: pedimos su irreverencia pero después no la soportamos. Aparte Messi es un genio, el más genio de todos, y poder verlo es como haber sido contemporáneo de Bach y haber ido a esas misas, es un privilegio que se ponga la celeste y blanca, es un chabón que lo único que le importa es jugar al fútbol, nada más que eso.
¿Y de Maradona?–A Messi y a Maradona los definen dos cuentos. A Messi lo define “Messi es un perro”, de Hernán Casciari. Está en YouTube. El tipo lo único que quiere es correr la pelota. Y no tiene por qué tener lo otro, es magia pura. Y Maradona es el cuento “Me van a tener que disculpar”, de Sacheri, que habla de lo que significaron sus goles a los ingleses. Ese cuento es terrible, yo no lo puedo leer sin llorar. Hay que perdonarle todo, hay que dejarlo en paz con sus cosas. Como a Messi, que no te puede mirar cuando habla, pero qué te importa. A mí me contaron los chicos de La Garganta Poderosa que, cuando lo entrevistaron, el pibe respondía todas las preguntas mirando al piso y el único momento en que miró para arriba fue cuando le dieron una pelota para hacer jueguito.
Hace poco estuviste en la cancha de River con Estela. ¿Cómo viviste el descenso?–Fue tremendo (se tapa la cara con las manos y se queda varios segundos en silencio). Me volví fanático en el 90 y pico, con ese equipo que ganó todo. Después me desenganché y volví a verlo cuando el avión estaba en problemas. Me convencí de que nos íbamos a la B cuando en los partidos de Promoción le hacen una nota a Passarella y dice: “Nosotros no nos podemos ir a la B”, como suponiendo que iba a pasar algo externo y mágico. Pero lo peor vino después, cuando jugamos con Boca Unidos, ésa fue tremenda: ese club con ese nombre de mierda. El que nos hizo el gol, en el último minuto, se llama (Cristian) Núñez, Núñez, ¿entendés? Además era tan fanático de River que le puso al hijo Radamel y, como si todo eso fuera poco, al otro día Boca sale campeón invicto. Acá terminó todo, pensé, mientras empezaba a ver con cariño otros deportes.
¿Y vos hacés deportes?–Bicicleta, de chico andaba a caballo pero no podía hacer demasiado porque no tenía con quién, igual no cambies de tema. Volvimos, volvimos y yo pensé que iban a pasar catorce mil años hasta que volviéramos a ser campeones y Ramón lo consiguió no sé cómo, y de golpe el equipo ahora está jugando divino. No sabés el otro día que fui al Monumental con Tigre el cagazo que tenía: si llegábamos a perder iba a quedar para toda la vida como mufa, ya me imaginaba los memes con mi carita. Al final ganamos con dos goles de Mora.
Te salvaste–Me re salvé, una fiesta total. Después, te digo que la abuela tenía más nervios que yo. Ella es de Estudiantes, pero había ido hace unos años a un partido en Italia entre Juventus, que era local, y Roma, porque le hicieron un homenaje de la Juventus. Se fue en medio del partido porque tenía miedo de eso, de quedar como mufa, La Juve iba perdiendo 3 a 1, después empataron.

EL PIANISTA

Lo que el fútbol es a Messi, la música es a Ignacio Guido, que antes de ser Guido ya se había hecho un lugar en la música compartiendo grabaciones con artistas como Liliana Herrero, Carlos “Negro” Aguirre o Raly Barrionuevo. Y próximamente habrá dos grandes oportunidades de disfrutar su talento. La primera sucederá el próximo miércoles a las 20.30, nada menos que en el Espacio Cultural de la Memoria Haroldo Conti (ex ESMA), un encuentro íntimo y simbólico teniendo en cuenta las características del lugar (la entrada es gratuita y está sujeta a la capacidad limitada de la sala). El segundo, al que va a poder acceder mayor cantidad de personas, tendrá lugar el sábado 1º de noviembre en el ND/Teatro (Paraguay 918), y las entradas ya están a la venta en www.plateanet.com
Ignacio Guido dará a conocer el trabajo que viene realizando desde el 2008 con su septeto –Florencia Otero en voz, Valentín Reiners en guitarra, Ingrid Feniger en clarinete, Luz Romero en flauta, Nicolás Hailand en contrabajo, Juan Simón “Colo” Maddio en batería e Ignacio Montoya Carlotto en piano, composición y arreglos–, con muchas canciones de sus discos y también algunas novedades en el repertorio, pero no en su manera de encarar lo que mejor sabe hacer: “La música para mí es un eje determinante. El otro día un compañero me decía: ‘No vamos a cambiar ahora’, cuando en verdad teníamos que cambiar porque nos cagábamos de hambre, pero seguimos haciendo la misma música, no nos vamos a convertir ahora en Agapornis”.
Y así como no cuenta con un momento preciso en el que haya advertido que era adoptado, hubo en su vida un momento bisagra en el que descubrió no sólo que iba a ser músico sino que, fueran cuales fueren las dificultades, no iba a hacer ninguna otra cosa:
–A los nueve o diez años iba con mis viejos adoptivos a unos bailes que se hacían en clubes chiquititos por acá. Una de esas veces fuimos al club Independiente de Colonia San Miguel, donde tocaba en vivo la banda de los hermanos Martel, que se llamaba Aldaba. Yo no había escuchado nunca música en vivo, una cosa rara, aparte yo accedí tarde a la tele y teníamos radio pero llegaban muy pocas FM, así que descubrí muy tarde todo aquello con lo que hoy los chicos crecen, y flasheé muchísimo con esos tipos tocando en vivo. A partir de ese día nada fue igual.
¿Ese mismo día te decidiste por el piano?–Sí, creo que me enganché con el teclado porque esa banda tenía dos. Era una época funesta, con Riki Maravilla sonando por todos lados, pero estos flacos tocaban muy bien: hacían tango, temas de onda melódica, valses, cumbia y milonga, y para mí eran la sinfónica de Londres. Les insistí a mis viejos para tomar clases y finalmente empecé con uno de los tecladistas de esa banda. Me acuerdo de que el primer día me enseñó un par de cosas sobre las notas, su ubicación y yo salí con la sensación de que había entendido todo. Pero no lo que me había explicado: entendí la vida. Mi viejo me compró un piano a pila porque no teníamos luz eléctrica y me re entusiasmé, iba dos veces por semana y tenía que hacer como 15 kilómetros en bici durante los cuales trataba de no distraerme porque tenía que memorizar todo lo aprendido. En la secundaria me encontré con un compañero que tocaba guitarra y él me incentivó a estudiar, y ahí me empezaron a pasar las primeras cosas de jazz y volé. Supe que no iba a hacer otra cosa y eso que me recibí de maestro mayor de obra con buen promedio. La pasé bien en la secundaria, me hice un grupo de amigos al que sigo viendo: un camarógrafo, un músico y un piloto de avión. La secundaria era industrial y como mi especialización era de noche, no me daban los tiempos y me fui a vivir a Loma Negra, a la casa donde estoy viviendo ahora.
¿Y cómo terminás estudiando en el Conservatorio de Avellaneda?–En realidad me fui con Esteban, un hermanazo que estuvo en la conferencia de prensa, a vivir a Quilmes y estudiar en Avellaneda. Teníamos 17, 18 años. Eramos dos paisanitos sin experiencia, fue una época de mucho descubrimiento porque, más allá de lo lindo que es vivir acá, Dios atiende en Buenos Aires. Estudié en el Conservatorio Roma, de Avellaneda, hasta el 2001. Tampoco tuve mucha tutela durante esos años, mis viejos estaban para ayudarme pero no venían mucho. Ellos pensaron que iba a seguir algo más en la línea de lo que venía estudiando, pero en ese sentido la década del 90 me ayudó, porque si un ingeniero civil manejaba un remís yo podía hacer lo mismo pero apostando a lo que me gustaba y ahí ellos me recontra bancaron, se pusieron a buscar otro laburo porque siempre es difícil mandar un hijo a Buenos Aires, y la música tiene ese estigma estúpido e irreal del de-qué-vas-a-vivir.
¿Cuándo pudiste comprarte el piano?–En el campo había una pianola que estaba hecha bolsa por las inundaciones. Hubo dos, que se llevaron puestas incluso a los pianos. El piano lo compré recién el segundo año que fui a Buenos Aires, en una casa de usados. Yo tuve un profesor muy bueno, Leandro Chiappe, en esta misma escuela de música que antes funcionaba en la calle Necochea (ahora está en Pringles). Hoy es el tecladista de Javier Calamaro y toca fenómeno. El me dice: “Vos andá a Buenos Aires, y yo te doy clases gratis”. Un titán. Me re bancó, llegué a juntar mil dólares, que para mí era una fortuna, y con él encontramos un Rönisch hecho mierda. Pero muy buen piano, como comprar un Mercedes-Benz destruido. Recién lo pude arreglar hace seis años. El piano en la vida de un pianista es un hito, porque es muy caro y te lo comprás una vez. El piano es una decisión.
¿Pensás que todo esto que pasó puede repercutir en tu música?–Sí, más vale. Porque aparte esta situación me agarró en un lugar que estaba bastante bueno, a nivel artístico muy estable y cómodo, haciendo lo que quería con quien quería. Y los primeros días, sobre todo, pensé que este cimbronazo podía tener efectos devastadores sobre mi música, hasta que volví a tomar contacto con los ensayos, con los conciertos, proponiendo algún tema y me di cuenta, tocando, siempre tocando, que estaba todo en su orden exacto, que la vida tenía que ser así. De hecho, con los chicos jodemos porque la letra, los textos, todo toma ahora otro significado. Entonces me puse a pensar que puede haber una conexión entre lo que había, lo que hay y lo que va a haber, y me sentí tranquilo. Esta es la música, no hay otra música y no hay necesidad de cambiar, lo que cambia en todo caso es el público y las condiciones, vamos a tocar en lugares más lindos, con mejor sonido, con más gente y va a replicar más. Cuando toco me siento muy bien y además siento que ésa es la verdad más verdad que tengo hoy.
¿Sos consciente de que pueden ir a ver tus conciertos por razones extramusicales?–Cuando tenés en tu espalda una historia tan poderosa está el riesgo de que se termine poniendo por encima de la estética musical. No por la mirada ajena sino por lo que le pasa a uno durante la búsqueda. Quizá la preocupación pasa por no convertirse en esos libros que hablan de temas loables pero están mal escritos. “Mirá cómo habla de la abuela, qué tierno...” Estoy más tranquilo porque el repertorio es lo que yo soy y habla de mí desde un lugar que no tiene nombre ni apellido.
Quizá también todo lo termines transformando en música.–Es lo que estaba pasando antes y sigue pasando ahora. Lo que me puse a componer es igual que antes, no es que ahora se me iluminó el cielo para que yo me ponga a pedir a gritos nuevas partituras. Cuando uno escribe o crea pasan cosas. Del “Decálogo del buen cuentista” de Horacio Quiroga lo que más me llama la atención es que recomienda no escribir pensando en el lector. A mí ahora eso me resulta difícil porque antes venían a verme cuatro tipos y ahora lo que haga va a rebotar. De todas formas, me cuesta, sí, pero aprendo a resolverlo.
¿Cómo?–Toco lo que me gusta. Hago lo mismo de siempre: me divierto como antes. Para mí componer es como jugar a la Play, no hay nada más divertido que eso. Lo que me hace estar tranquilo es que, en algún punto, yo ya sabía: con la música supe quién era antes de saber quién era.
El Primer Encuentro Nacional Arte por la Paz se lanza el martes a las 19 en el CC Haroldo Conti con Estela de Carlotto, León Gieco y Raúl Porchetto. Participarán, entre otros, Susú Pecoraro, Adriana Varela, Rep y la Compañía Nacional de Danza Contemporánea.
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lunes, 22 de septiembre de 2014

gobernabilidad

La furia y los porqué

Por Mempo Giardinelli

Esta semana quedó claro que se agudiza la obsesión por desplazar al Gobierno. No lo llamen nuevo intento golpista, si quieren, pero cuando el sol brilla en el cielo es que el día está soleado.
Y además hay que comprender la furia y el resentimiento, desde luego. Que no se justifican, como jamás se justifica el odio, pero se entienden ciertos sentimientos. Como los que parecen inspirar ahora a los así llamados sectores concentrados de la economía, los poderosos y siempre dispersos grupos empresarios, algunos de sus sindicalistas servidores y una larga lista de especuladores ahora llamados buitres locales.
Evidentemente asistidos por genuinos halcones domiciliados en Nueva York, todos ellos están pisando fuerte los aceleradores para que el molesto camión llamado kirchnerismo se estrelle y vuele en pedazos y los deje tranquilos en el arduo trabajo de incrementar sus siempre grandes y sagradas ganancias.
Y es que si un gobierno los provoca, en su lógica ellos no tienen más remedio que responder. Y vaya que el Gobierno los viene provocando. Vean nomás todo lo que ha hecho y sigue haciendo esa señora, que ahora ordena sancionar por el Congreso una ley que pone límites a los abusos empresarios y demás especulaciones antipopulares. Y a quién le importa si la mayoría legislativa que tienen es legítima y constitucional. Igualmente será combatida mediante jueces amigos porque, en este país, vamos, a nadie se le niega una cautelar.
Además descubren ahora más de 3000 cuentas secretas de argentinos en bancos suizos, que la AFIP está empezando a investigar. Habrase visto semejante osadía. Y encima ella sigue denunciando –aunque solamente denuncia– las retenciones especulativas de granos. Y ya sabemos que se enfrenta desde hace años a las grandes corporaciones mediáticas y a las poderosas corporaciones del agro y de la industria, con lo que sólo genera odio y se gana horribles apelativos equinos. Y todo eso en el marco de una política exterior de reafirmación de arcaicas retóricas llamadas soberanía e independencia, con lo que nos ha sacado del mundo que siempre conocimos y admiramos para hacernos formar parte de nuevos y sospechosos colectivos internacionales.
Y además de ademases, para completar el repertorio de provocaciones, sigue buscando modos de profundizar sus demagógicas políticas de inclusión social, mediante planes de construcción de decenas de miles de casas de interés social; de adquisición de automóviles con créditos blandos; de actualizaciones constantes a millones de jubilados.
Y encima todo eso lo hace soportando el ataque de honrados inversores, extranjeros y locales, que no hesitan en acudir a un juez amigo y que pone las cosas en su lugar, pero ella no hace caso, seguramente influenciada por “ese chico” insolente que tiene como ministro de Economía.
Y para colmo a todo eso lo hace cometiendo errores como el sostenimiento durante años de un secretario de Transporte hoy juzgado por corrupción, y a un vicepresidente multiprocesado; y con extraviadas políticas ambientales, torpezas varias y una manifiesta complacencia y mano blanda hacia los presumibles abusos y corruptelas que hay en al mundo del deporte más popular del país.
Entonces, si no se va tenemos que sacarla, parecen decir. Y por eso ahora van todos contra la gobernabilidad y como cantando en secreto, al modo peronista: “Todos unidos triunfaremos”. Las amenazas proferidas por el señor Barrionuevo la otra semana fueron un globo de ensayo en este sentido. Y acaso habrá más, señoras y señores, porque no la soportamos más.
Ese fue más o menos el paisaje político de la semana, con la compañía American Airlines rebautizada por la Presidenta como “Buitres con turbinas” porque supone o cree que esa aerolínea es parte de una campaña de “mentiras, malas expectativas y ataques especulativos sobre la moneda”. Y campaña que comenzó –dicen en el Gobierno– con las declaraciones del encargado de negocios de la embajada norteamericana, el señor Kevin Sullivan, pidiendo que “Argentina abandone el default” y “retorne a la senda” de crecimiento que marca su gobierno.
Aunque de inmediato el Banco Central negó restricciones para que las empresas aeronáuticas que operan en el país giren divisas por ventas de pasajes, la dirigencia opositora hizo lo de siempre: primero silencio, y después de leer los diarios lanzar sus dardos verbales. El macrismo oponiéndose en el Congreso junto con el bloque de izquierda. Radicales y socialistas desde una conferencia de prensa en la que expresaron su principal coincidencia: las críticas al kirchnerismo, que parecen ser lo único que los une.
Y una sociedad que mira todo eso con enorme paciencia e implacable indiferencia, en espera de depositar su voto en 2015. Un voto que hoy, más allá de encuestas y apuestas, nadie puede seriamente imaginar ni sospechar cómo será.
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domingo, 7 de septiembre de 2014

OSCAR UGARTECHE, EXPERTO EN FINANZAS MUNDIALES, SOBRE LA PELEA CON LOS BUITRES


“Tendrías que estar chiflado para emitir hoy un bono en Nueva York”

A pocos días del debate en la ONU sobre una convención especial para la deuda, uno de los mayores especialistas latinoamericanos en el sistema financiero mundial sostiene que Singer también dañó al propio sistema y a Nueva York como sede de emisión.

Por Martín Granovsky

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Economista, el peruano Oscar Ugarteche investiga en la Universidad Nacional Autónoma de México y preside ALAI, Agencia Latinoamericana de Información. De paso por Buenos Aires, fue uno de los expositores en el encuentro de análisis sobre los buitres organizado por Clacso, Giges y Latindadd.
–¿Contra quién es la pelea con los fondos buitre?
–El marco es mundial. La Argentina es la metáfora del conflicto entre cierto sector del capital financiero internacional y los Estados soberanos. Y la muestra de que la arquitectura financiera internacional tal como está ya no sirve.
–¿Los buitres son una banda marginal del sistema financiero o pertenecen al corazón de ese sistema y parecen marginales por su estilo?
–Las formas agresivas del capital financiero se expresan mejor en este tipo de fondos, que podemos llamar fondos de cobertura. NML Elliott, en particular, es solo uno más en el sector de punta del capital financiero internacional. Es su sector más dinámico, con intervención en commodities, en monedas, en aseguramiento de créditos, en seguros de default... Estos fondos actúan de un modo menos elegante que los demás. Compran los papeles de la deuda cuando el país en cuestión ya arregló su deuda. Y compran un monto muy pequeño, pero la rentabilidad calculada es de un 1600 por ciento. No está mal ese margen para un negocio, ¿no?
–Aunque sean diez años.
–Aunque sean diez años, sí. El punto es que esa rentabilidad se extrae con coerción, más que cobrada. El caso más dramático fue el del Congo. Un país inmensamente pobre al que estos miserables le practicaron hasta trabajos de inteligencia como mínimo privados y no sé si también mixtos, público-privados, chantajes, cambios de legislación, cargamontones...
–Traducido del peruano al argentino sería patoterismo.
–Si exageran con esa forma, deslegitimarán el dólar como moneda de crédito, las cortes de Nueva York como sitios de resolución de conflictos de crédito y los mecanismos de refinanciación de deuda. O sea que no le dispararon a la Argentina sino a la médula de cómo opera el complejo financiero internacional. Es muy serio. No solo trataron de dañar al país sino que lograron dañar las propias tripas.
–¿Por qué lo hicieron? ¿Son suicidas?
–En la falta de escrúpulos olvidaron un detalle: si tú le cobras al último deudor y el juez falla que la cobranza a favor del último acreedor puede ser diferente que la del primero, sentará un precedente peligroso. La violación del principio de pari passu es precisamente eso: “Al primero le pago cinco y al último cien”. ¿Por qué los demás no te van a pedir el cien? Si un fondo buitre gana un juicio así, en el momento de ganar invalidará todos los mecanismos de reestructuración de la deuda de los últimos doscientos años.
–¿Los fondos buitre ignoran esos doscientos años por qué motivo?
–Es una parte no calculada de su acción. No creo que a Elliott le interese deslegitimar el dólar como la moneda de crédito internacional y a Nueva York como el centro jurídico para operaciones financieras. Pero ya lo hizo. De ahora en más, cualquier gobierno pensará tres veces dónde emitirá el bono. Si eres sudamericano, tendrías que estar chiflado para emitir en Nueva York. Emitirás en Londres, en San Pablo, en Buenos Aires... Donde sea.
–Sin embargo, un país puede llegar a la conclusión de que no le conviene emitir deuda en Nueva York pero podría suceder que la correlación de fuerzas le impida tomar una decisión conveniente.
–Ahí juega la ideología. Pero hablando de política real y de finanzas reales, el que toma prestado tratará de reducir su riego lo más posible. Es fundamental disminuir el riesgo de que operen estos agentes.
–Decías antes que los fondos buitre se meten cuando ya hay un principio de solución de la deuda y no antes.
–Así pasó con Perú, con el Congo, con Panamá, con Ecuador y con Brasil. Compraron cuando los Estados habían entrado en el Plan Brady.
–El Brady también contemplaba una quita.
–También era parte de los doscientos años de historia. Un banco agente compra todos los papeles sueltos en el mercado, se los entrega al Estado y canjea unos bonos por otros. En el caso del Perú, cuando el banco elegido, el Swiss Bank, le entrega al Estado el paquete de la deuda, quedaron fuera cuatro instrumentos que sumaban veinte millones de dólares. Los compraron a precio vil, al cinco por ciento de su valor. Una pregunta es ¿cómo supieron que esos cuatro instrumentos existían? Otra pregunta es: ¿por qué no entregó el Swiss Bank esos cuatro papeles que obligarían al pago junto con los otros 3984 que sí entregó? La tercera duda es sobre los tiempos. Perú todavía estaba en el período de quince días que va del cierre del swap a su finalización. Sin embargo, no se presentaron en esos quince días. El resultado es que luego esos cuatro papeles fueron llevados a la Justicia y comenzó un juicio contra el Perú por el monto íntegro del valor nominal de los papeles más todos los intereses acumulados desde 1983. El juicio terminó quince años después, en 1998. Habían pagado diez millones de dólares. Cobraron 166 millones. Magnífica rentabilidad. La manera en que lograron cobrar fue luego de embargar las cuentas peruanas de los bancos. Usaron el sistema Swift. Como era un monto pagable, el Estado peruano pagó, aunque tuvo que hacerlo tras operaciones de coerción. Los abogados designados por el Perú hicieron todo lo posible por argumentar que el fondo había comprado los papeles con la finalidad de enjuiciar al Perú para cobrar. En su defensa, ellos dijeron que habían comprado para cobrar y no para enjuiciar. Ridículo: no se puede cobrar sin juicio. Pero bueno... Así desvirtuaron el principio Champerty. Surgió de la jurisprudencia neoyorquina y dice que una deuda comprada con la finalidad de enjuiciar al cliente para cobrar de mala manera no debe ser respetada. En algunos casos de países africanos la Justicia aplicó ese principio y en otros casos no. Dependía de los montos en juego. Paul Singer logró que la Justicia dejara de lado el principio Champerty.
–La etapa decisiva del juicio fue contra el gobierno de Alberto Fujimori convertido ya en dictadura. Argentina es una democracia que renegoció la mayoría de su deuda ¿Los fondos distinguen políticamente sus blancos?
–Su objeto es hacer dinero. Si el juicio escala puede entrar la política, porque entonces buscan penalizar a alguien argumentando que hizo algo que a ellos no les gusta. Como Singer pone los abogados, los inversionistas aportan cada uno de los amicus curiae ante la Justicia para que declaren a favor de los buitres. Allí también actúan funcionarios del Departamento de Estado. ¿Por qué? ¿Por dinero propio o por mandato del Departamento de Estado? Y si actúan por mandato, ¿cuál es el mensaje? Tal vez sería que el deudor no se olvide de las cortes neoyorquinas en la solución de problemas de deuda. No olvide que el dólar es la moneda de contratación. No olvide que si no se porta bien pasan estas cosas. Mi impresión es que con el Perú el mensaje era éste: “Recuerden que su deuda estuvo impaga durante 16 años. Es un período muy largo y no lo aceptaremos”. En el caso argentino el metadiscurso es aún más complicado.
–¿Cuál sería?
–“No nos gusta lo que ustedes están haciendo.” En la prensa internacional sale una parte de la realidad, como la inflación, pero no qué hacen los buitres. Un artículo miserable de The Economist dijo que la Argentina tenía problemas de deuda. Mentira. Lo que tiene la Argentina es un juicio llevado de mala manera.
–¿Cuál es el destinatario del metamensaje?
–El universo. Ecuador salió corriendo muy rápido y pagó toda la deuda suelta con los buitres. Liquidó el tema antes de que reventara.
–¿Hizo bien o hizo mal?
–No lo sé. Sé que tomó el mensaje y resolvió el tema cuando pudo. Era poco dinero. Pero el mensaje también estaba dirigido a España, a Italia, a Grecia, a Portugal, a Irlanda: No se les ocurra seguir el camino argentino de reducción importante de saldos. La Argentina de hecho termina jugando en la cancha europea. El de Ecuador fue un caso de realpolitik. Decidieron no perder tiempo ante un costo tan insignificante. No tenían los ecuatorianos el problema de la Argentina, de que el 92,4 por ciento de los bonistas reclamara por un arreglo.
–El Congreso peruano investigó ya hace más de diez años la cuestión de los bonistas y a Singer.
–Tuvo contactos con el banco agente del Perú que hacía las operaciones para el canje del Plan Brady, con abogados peruanos de influencia en el Estado y, pensamos, aunque nunca lo logramos demostrar, con inversionistas peruanos. Singer se conecta con el Departamento de Estado, el del Tesoro, la gran banca y la prensa. Y naturalmente con el Fondo Monetario. La gran prensa termina haciendo campañas de desinformación y así alimentan a los jueces. Si el juez lee seguido que el grueso de la deuda quedó impaga, algo terminará reteniendo.
–¿Para qué le sirve a Singer su influencia en el Congreso ganada por medio de las donaciones de campaña?
–En primer lugar, para conseguir legislación útil a sus propios intereses. Como quienes controlan el Congreso son los republicanos, les ponen la plata a los republicanos. Si fuera al revés les pondrían el dinero a los demócratas.
–¿Qué relación tiene esto con la arquitectura financiera internacional?
–Trabajé ocho años en un libro que acaba de salir en la UNAM. Logré aprender que los cambios se producen cuando los niveles de riesgo ya no los resuelven las instituciones existentes y entonces hay que crear nuevas instituciones. El juicio contra la Argentina hizo visible que no funcionan ni para una parte de los banqueros. Para George Soros, por ejemplo. Y el juicio se produce al mismo tiempo que surgen fenómenos como la creación del banco de los Brics y su fondo de estabilización. ¿Habrá un clearing que sustituya o complemente el sistema Swift? ¿Nuevos mercados donde emitir los bonos? ¿Otra jurisprudencia? ¿Otros sitios para la solución de las controversias? ¿Una nueva apelación a la Doctrina Drago?
–Pero la Doctrina Drago de 1902 hablaba contra la posibilidad de cobrar las deudas mediante la presión bélica y la guerra.
–Por eso hablé de una nueva apelación.
–Todas las preguntas dan la sensación de preguntas retóricas. ¿Debo suponer que la respuesta a cada una es afirmativa?
–Claro, mi respuesta es sí. Sí podemos hacer un gran cambio en la arquitectura para reflejar mejor la estructura de poder global.
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sábado, 6 de septiembre de 2014

“Desenterrar las palabras. Transmisión generacional de la violencia "

Saber y hablar

Por Sandra Russo
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Una enfermera de Zaragoza dedicada a cuidados paliativos se acercó hace poco a la activista Clara Valverde en una presentación de su último libro, y le contó que no es inusual que enfermos de edad muy avanzada, a punto de morir, se pongan de pronto a gritar cosas sobre la guerra civil, desabrochando la angustia que han arrastrado en silencio durante todas sus vidas.
Ese libro de Clara Valverde Gefaell tiene un título que ayudará a comprender por qué esa enfermera puso en palabras esa escena repetida y mantenida hasta ahora en silencio. El libro se llama “Desenterrar las palabras. Transmisión generacional de la violencia política en el siglo XX en el Estado español. Clara Valverde Gefaell, enfermera e instructora de enfermeras, involucrada de lleno en el 15-M, especialista en biopolítica, estuvo exiliada durante varios años en Canadá y allí hizo un extenso trabajo de campo de transmisión generacional sobre violencia política con miembros de la etnia subártica de los cri, a quienes les dedica el libro. Ella dice que fueron años “mágicos”, porque con los cri trabajaron el trauma de haber sido colonizados y, a través de sus rituales y sus relatos sobre sus emociones al respecto, pudo ver cómo un pueblo que había sido sometido decidió elaborar su trauma colectivo y lo hizo a través de la palabra. Valverde trabaja sobre el efecto de los discursos sobre los cuerpos y las mentes. Su libro anterior se llamó No nos lo creemos. Una lectura del lenguaje neoliberal.
Ahora, Valverde propone desenterrar las palabras que han quedado trabadas en alguna parte del inconsciente del pueblo español, que pese a haber sido protagonista de una sucesión de episodios de los más violentos del siglo XX –más de medio millón de muertos, y centenares de miles de desaparecidos–, ha optado por el silencio, no sólo en la esfera pública, sino especialmente en la privada. Hay relatos que nunca salieron de la boca de esas víctimas, que fueron los abuelos de la generación de Valverde. Ella sostiene que ese silencio se convirtió en una negación y que esa negación no es gratis. Se traduce en malestares recurrentes, patologías diversas, en angustia inexplicable, en agujeros negros de la memoria. Como si la violencia política del pasado, encapsulada en recuerdos no transferidos, fuera hoy el soporte de una herida colectiva que no ha cerrado y que obstruye tanto la lectura del pasado como la del presente.
“Somos los nietos. El producto de un siglo con mucha violencia política. Nuestros abuelos y nuestros padres estuvieron demasiado desbordados para poner en palabras sus emociones o para poner emociones en sus palabras. Todo eso se acumuló en sus inconscientes, y lo hemos heredado”, dice ella, que agrega que para desenterrar los hechos están los historiadores, los politólogos, los políticos, pero para desenterrar las palabras está esta disciplina, que es la psicología política. El resultado del silencio pertinaz es, dice Valverde, comportamientos individuales y grupales temerosos, vergüenza, victimización, rabia explosiva, entre otras manifestaciones de “lo no dicho”.
Además de a los cri del subártico, Valverde le dedicó su libro a su abuelo, Wilhelm Gefaell Fiel, el protagonista de una historia de silencio atronador en el corazón de su propia familia. Ella y todos los primos de esa rama familiar se han abocado desde hace años a la reconstrucción del árbol genealógico de los Gefaell, ayudados por una especialista en ramas familiares desperdigadas en el Holocausto. El abuelo, Willy, era un ingeniero vienés que llegó a España a principios del siglo pasado para trabajar en la construcción de una represa en Barcelona. Se enamoró allí de Pilar Gorostegui, la abuela de Valverde, y tuvieron diez hijos.
Willy era judío pero no se lo dijo a nadie, tampoco a su mujer. Le venía de antes: en su infancia en Viena, para cantar en el coro de niños, había ocultado su identidad judía. Su familia iba muy seguido a España a ver a los nietos, pero como los austríacos no hablaban español y Pilar no hablaba alemán, nunca se enteró de que su familia política era judía. Cuando el nazismo se empezó a hacer sentir mal en Austria, Willy le propuso a su familia que emigraran a España, pero su madre y sus hermanos le contestaron: “No, Willy, esto no llegará mucho más lejos, ¿qué más nos pueden hacer?”. La madre de Willy, dos de sus hermanos y muchos otros familiares de la rama Gefaell terminaron siendo asesinados en campos de concentración. Recién entonces la mujer de Willy, Pilar, la madre de sus diez hijos, y su propia familia, supieron la verdad.
Cuando Willy murió en 1953, al vaciar su despacho, la familia encontró muchas cartas procedentes de Estados Unidos. Fue entonces que se enteraron de que en los últimos diez años de su vida, Willy se había dedicado a falsificar pasaportes y había financiado el viaje a muchos judíos austríacos para que escaparan de Europa. La hija de Willy, es decir la madre de Valverde, recordó entonces vagamente que, en su infancia, habían recibido en la casa varias veces a hombres de la Gestapo. Pero nunca se había hablado de eso. Había quedado en una nebulosa. Junto con el Holocausto y la verdad del judaísmo de la familia Gefaell sobre la mesa, llegó el silencio. Nunca más se volvió a hablar del tema.
Valverde se queda reflexionando sobre las últimas palabras de su bisabuela, antes de decidir no emigrar a España. “Esto no llegará mucho más lejos, ¿qué más nos pueden hacer?”. Y uno evoca otros tiempos, otras latitudes, otros contextos históricos, en los que otros hombres y mujeres, acorralados por la violencia política, intentaban tranquilizarse pensando lo mismo, que el horror era tal que no podía ser mayor. Y fue mayor.
La historia de la rama materna de Valverde aporta otro tipo de silencio vinculado con la violencia política. José María Valverde Cano, su abuelo materno, fue un poeta republicano que tuvo disidencias con los republicanos y fue encarcelado por ellos. Otro tipo de dolor, otro tipo de trauma. Valverde relata que su propio padre nunca se refería al pasado, y que sólo, en algunos momentos de mucha intensidad emocional, contaba una anécdota: él tenía 10 años y con dos de sus hermanos apenas mayores debieron huir a Francia porque se habían quedado solos y tenían hambre. Cuando su padre contaba eso lloraba, y nadie en la familia era capaz de preguntar detalles.
A lo largo de los años, Valverde ha tratado con muchos españoles a los que les ha preguntado qué había pasado en sus familias durante la guerra. La mayoría no lo sabía o, mejor dicho, sabía vagamente algo que nunca se había animado a esclarecer, porque el dolor había sido tabicado en esas familias. Ella llegó a la conclusión de que ese trauma aún resuena en la sociedad española, porque nadie salió de un repollo y lo que hay es un nudo de silencio.
Sobre los nuevos ánimos para reabrir causas e investigar qué sucedió durante el franquismo, que se chocan con la pared generalizada que se espanta, como diciendo: “Ha pasado tanto tiempo, ¿investigar ahora? ¿Para qué?”, Valverde dice: “Eso es lo que quieren los gobiernos que tenemos. Que dejemos el pasado. Que no intentemos hacer justicia. Que no molestemos con querellas como la argentina. A callar y morir. Pero es que es imposible. No sólo porque algunos queremos conscientemente que se hable, que se lleven a cabo procesos de verdad y reparación. Es que aunque no queramos, en los nietos de cualquier trauma de violencia política ocurre ‘el retorno de lo reprimido’. Sale, no se puede evitar. Dos generaciones heridas han tenido que aguantar y olvidar, pero sus inconscientes hablan en sus nietos”.
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jueves, 28 de agosto de 2014

premonitorio

Tan lejos, tan cerca

Por Emilio Crenzel *


Los cuatro hombres posan, abrazados, frente a la cámara. Es la noche del sábado 31 de mayo de 2014. Dos son periodistas y los otros dos músicos. Están en un estudio de radio, en Buenos Aires. El programa tiene un nombre sugerente: Instinto de conversación. Acaba de concluir la entrevista. Durante una hora, intercalada con piezas de la banda, se habló sobre música popular. Intercambiaron opiniones sobre la relación del jazz con la identidad, comentaron sobre las sonoridades diferentes que adquiere un mismo género según dónde sea interpretado y se preguntaron si podía sentirse propio un ritmo, surgido en una geografía y una cultura extrañas, habiendo nacido en otro lugar. Hablaron de cómo comenzaron a tocar blues y sobre la chacarera. Coincidieron, finalmente, que aquello que hermanaba estos géneros disímiles era su raíz sufriente, propia de canciones de la clase trabajadora, más allá de que se tratase de cosecheros de algodón del sur de los Estados Unidos o del Litoral argentino. Los músicos, también, contaron sobre los orígenes de la banda, sobre sus trayectorias personales y sus presentes. Uno de ellos, Valentín, mencionó sus viajes entre Olavarría y Buenos Aires para dar clases. A los 8 minutos 24 segundos del programa, uno de los periodistas, Rodolfo Yanzón, preguntó: “Ignacio, ¿vos tenés también esta vida errante que mencionaba Valentín?”. El músico aludió, entonces, a la situación de los habitantes de algunas ciudades del interior que “estamos lejos pero a su vez no estamos tan lejos para ser autónomos y no estamos tan cerca como para que nos quede cerca venir a Buenos Aires”. Pero esos viajes, continuó, habilitan tiempos de reflexión. Ese ir y volver, remarcó, se convierte en una ceremonia dedicada a pensar y eso ayuda a sortear los tiempos suspendidos entre clases o conciertos. En alusión a esos largos recorridos, le dieron como nombre a su grupo la Orquesta Errante.
A los 32 minutos del programa, el mismo periodista preguntó: “Los pibes que se acercan a hacer música en Olavarría, que es el lugar de ustedes, ¿de dónde vienen, de qué tipo de familias son?”. “Hay de todo”, respondieron coincidentes los músicos.
La foto retrata con fidelidad el clima del encuentro que le precedió. Los cuerpos, distendidos, parecen apoyarse uno en el otro. Los rostros esbozan sonrisas cansadas pero satisfechas. El lenguaje realista de la foto parece certificar, plenamente, lo ocurrido. Barthes ha dicho, categórico, que la fotografía produce un efecto de testimonio, parece decirnos que lo que veo ha sido.
Sin embargo, dos meses después, el martes 5 de agosto, las palabras compartidas y la fotografía tomada aquella noche adquirieron otro sentido y dimensión. Fueron trastrocadas por la irrupción, sin permiso, de una nueva verdad pública. Se descubre que uno de los hombres de la foto, Ignacio Hurban, pianista de la Orquesta Errante, es hijo de Laura Carlotto y Oscar Walmir Montoya, desaparecidos y asesinados por la dictadura militar, y nieto de Estela, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. De remera azul con un redondel celeste, a modo de disco de vinilo en el pecho, Hurban rodea con sus brazos a Rodolfo Yanzón y a Félix Crous, los periodistas que lo entrevistaron minutos antes. En medio de la conmoción pública que produce la noticia, se difunde en la web la existencia del programa de radio, junto a la foto, y se invita a escuchar en línea la voz del nieto recuperado. Quien desee, lo puede escuchar: http://radiocut.fm/audiocut/ignacio-hurban-instinto-de-conversacion-radio-del-plata-parte-12.
Excepto sus nombres, poco se añade sobre quienes abrazan a Hurban. Vale la pena detenerse en ellos. Se trata, a su izquierda, de Rodolfo Yanzón, abogado querellante en juicios emblemáticos a los perpetradores de las violaciones a los derechos humanos, la megacausa ESMA y la causa del Primer Cuerpo de Ejército, entre otras. Crous, de barba canosa y pullover a rombos, dirigió la Unidad de Asistencia para las causas vinculadas con el terrorismo de Estado y fue fiscal ad hoc en el juicio por la verdad llevado por la Cámara Federal de La Plata, entre otras intervenciones. Han mediado, como dije, sólo dos meses entre la entrevista radial y la foto y el descubrimiento de que Ignacio Hurban tuvo otro nombre, Guido, que nunca fue inscripto en un documento oficial, pero sí trasmitido con la tenacidad que abreva en el deber de memoria.
Un día intermedio entre la realización de la entrevista radial y el descubrimiento de la identidad ocultada, Hurban decidió extraerse una muestra de sangre para que se determinarse si era hijo de desaparecidos. Antes, en algún momento, comenzó a dudar sobre su filiación. Ignoramos cómo se constituyó esa duda. Qué confrontaciones tuvo que librar, contra silencios y medias palabras, para tratar de despejarla. Qué preguntas se formuló y quiénes lo ayudaron a encontrar respuestas. Lo cierto es que la duda se transformó en una incomodidad que decidió enfrentar. Su voluntad de verdad se enlazó con la lucha, inclaudicable, de las Abuelas, clave para que esa búsqueda tuviese destino, para que haya encontrado escucha en el Estado. Encontró, también, una escena pública donde esa búsqueda ha alcanzado una legitimidad notable y un marco institucional, gestado durante diversas administraciones, que otorgó un lugar central a los derechos humanos como política pública, una de cuyas expresiones es el Banco Nacional de Datos Genéticos. A todo ello contribuyeron militantes anónimos o con nombre y apellido, como los abogados-periodistas que abrazan a Ignacio antes de que supiera, supieran ellos y sepamos nosotros, que una vez, antes que lo arrancaran de los brazos de su madre, fue Guido. El descubrimiento de esta filiación condujo a otro. Invirtiendo el orden de las generaciones, permitió establecer quiénes fueron sus padres y el lazo que los unió. Provocó, inmediatamente, una profunda conmoción. Las lágrimas brotaron fáciles, fruto de la empatía ante la historia desgarrada pero, también, con una búsqueda, larga e incesante, que culminó con un encuentro conmovedor. Es un nieto más, igual a los otros recuperados y a los que faltan, pero una de sus abuelas es un símbolo. Y, por ello, no es uno más.
Escuchar la entrevista a los músicos de la Orquesta Errante a la luz del conocimiento de la filiación restituida de Ignacio Hurban estremecerá a los oyentes atentos a los sentidos escondidos en los pliegues del lenguaje. Contemplar nuevamente la fotografía tomada tras ese reportaje habilita, de igual modo, su relectura. En ella, ahora, se vislumbra la perversidad de la desaparición forzada, la indeterminación de la presencia-ausencia como su rasgo distintivo. Aquella condición simultánea, observable e invisibilizada, que estremece. También, la foto pone en primer plano la complejidad que revistió y reviste el proceso de elaboración de conocimiento sobre los atributos, naturaleza y legados de este crimen. Allí están, juntos sin saberlo, Guido y dos destacados abogados defensores de los derechos humanos. La ignorancia manifiesta toda su capacidad de velar aun la presencia intensa del pasado, la densidad de su horror. Logra, macabra, tornarla inadvertida. El descubrimiento de la filiación de Ignacio y su contraste con la foto, tomada cuando aún se la desconocía, nos deja perplejos porque nos permite reconocerlas, dar cuenta de ellas.
Finalmente, esa discordancia entre la imagen fotográfica y el conocimiento elaborado sólo un par de meses después desmiente el argumento de quienes, ante las políticas de verdad, justicia y memoria, sostienen la necesidad de dar vuelta la página, dejar atrás el pasado y “mirar hacia adelante”. ¿Acaso Ignacio podía dar vuelta una página, la que hoy apenas comienza a atisbar, cuya propia existencia desconocía?
Las fracturas históricas y subjetivas que produjo la desaparición forzada quebraron la linealidad del tiempo y tornaron banales los intentos de normalizar su recorrido. En este marco, las nociones de “atrás” y “adelante” no permiten captar la naturaleza específica de este crimen, ni su huella perdurable. Este pasado criminal fue retratado en el Nunca Más, se tramitó y tramita en los tribunales; se lo representa en libros, películas y se lo explica en manuales escolares; se le dedican museos, fechas conmemorativas y monumentos, se lo debate, se lo recuerda en homenajes y con marchas en las calles. Pero, además, discurre errante, como la orquesta. Convive en un juego de cercanías y distancias, como en la foto tomada tras la entrevista, sepámoslo o no, con todos nosotros.
* Investigador del Conicet, profesor de la UBA. Autor de La historia política del Nunca Más. La memoria de las desapariciones en la Argentina, cuya segunda edición Siglo XXI publicará en septiembre.
pagina12.

viernes, 22 de agosto de 2014

LA NIETA 115

  "ANA LIBERTAD BARATTI DE LA CUADRA"


Por Sebastián Lacunza.-

Una abuela, Licha, y su nieta, Ana Libertad

Por Sebastián Lacunza.- En la madrugada del 6 de diciembre de 1977 fueron secuestrados más de cien niños. Se trató de operativos conjuntos en Buenos Aires, La Plata, Mar del Plata, Córdoba, Mendoza y las provincias de Entre Ríos y Misiones. Horas después, Marta Vásquez, cuya hija embarazada estaba desaparecida, vería cómo un camión del Ejército cargaba los muebles robados de un departamento en Callao y Juncal, el mismo en el que una patota del Batallón 601 se había llevado a adultos y niños.

Por: Sebastián Lacunza




En la madrugada del 6 de diciembre de 1977 fueron secuestrados más de cien niños. Se trató de operativos conjuntos en Buenos Aires, La Plata, Mar del Plata, Córdoba, Mendoza y las provincias de Entre Ríos y Misiones. Horas después, Marta Vásquez, cuya hija embarazada estaba desaparecida, vería cómo un camión del Ejército cargaba los muebles robados de un departamento en Callao y Juncal, el mismo del que una patota del Batallón 601 se había llevado a adultos y niños.

Ese mismo día por la mañana, un grupo de mujeres había pautado una reunión para elaborar listas de familiares desaparecidos. Entre otras, concurrirían Vásquez, Eva Márquez de Castillo Barrios,María Casinelli de Irureta Goyena(consuegra de Juan Gelman), Nora Cortiñas y Alicia Zubasnabar de la Cuadra. Esta última, Licha, tenía a esa altura dos hijos exiliados en Italia,Luis Eduardo (amenazado por la Triple A) y Soledad; un hijo desaparecido desde agosto de 1976,Roberto José, obrero de YPF y compañero de militancia de Raúl Bonafini; otra hija, Elena(embarazada, estudiante de magisterio), y un yerno, Héctor Baratti, desaparecidos desde febrero de 1977; y otros dos jóvenes parientes políticos secuestrados en Mar del Plata. Ana Libertad, hija de Elena y Héctor, había nacido el 16 de junio en cautiverio.

Aquella reunión de diciembre de 1977 congregó a parte del núcleo que meses más tarde formaría Abuelas de Plaza de Mayo. Licha, ama de casa, correntina de nacimiento, venía actuando como nexo de unas cuantas mujeres de La Plata que buscaban a hijos y nietos. Así fue como, por esos días, golpeó a su puerta María Isabel Chorobik de Mariani, Chicha, y en 1978 lo haría Estela Barnes de Carlotto"Abuelas se fundó en un sillón de tu casa", sería una gracia que escucharía Licha decenas de veces dentro de los organismos de derechos humanos. Casi como consecuencia lógica, Licha de la Cuadra fue la primera presidenta de Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, nombre original de la organización que el martes pasado recuperó a Guido Montoya Carlotto.

De lo que Licha no estaba al tanto en aquella reunión del 6 de diciembre de 1977 era de que entre los secuestrados ese día se encontraban otro de sus yernos, Gustavo Fraire (sería arrojado al mar), pareja de Estela, y el pequeño hijo de ambos. Sin embargo, a diferencia de Ana Libertad, éste fue devuelto por los represores, como casi todos los niños capturados aquel día de fines de 1977.Estela de la Cuadra, militante en el Partido Comunista Marxista Leninista, como sus hermanos desaparecidos, partiría al exilio junto a sus hijos, primero en Brasil, luego en Suecia y finalmente en Italia.

"Mi madre nunca los va a perdonar y los va a perseguir", les dijo Laura Carlotto a sus torturadores en el campo de concentración de La Cacha, en La Plata. Héctor Baratti (arrojado al mar en diciembre de 1978, su cadáver fue identificado por el Equipo Argentino de Antropología Forense en 2007), yerno de Licha, tendría otro intercambio, de esos que marcan la conciencia de un país, con el sacerdote torturador Christian von Wernich, según reconstruyeron testigos alojados en la Comisaría 5ª de la capital provincial: "Ustedes nos acusan de subversivos, pero de qué pueden acusar a niños que tienen tres o cuatro días". "Los hijos pagarán el pecado de los padres", respondió Von Wernich, quien hoy pena prisión perpetua y da misa en el penal de Marcos Paz.

El camino de la búsqueda de los De la Cuadra llevó a los hermanos exiliados en Italia a pedir auxilio al españolPedro Arrupe, jefe de la orden jesuita. Arrupe le encargó a Jorge Bergoglio que colaborara en la búsqueda. Finalmente, un obispo auxiliar de La Plata, Mario Picchi, realizó averiguaciones entre los servicios de inteligencia. "La nena está con una buena familia", fue el mensaje de Picchi, quien luego se revelaría como un colaboracionista de los represores.

Licha de la Cuadra dejó de ser presidenta de Abuelas en 1982, cuando cedió el puesto a Chicha Mariani. Ese mismo año, su hija Estela regresó del exilio para luego trabajar en la detección de enfermedades transmisibles a través de la sangre en un hospital de La Plata. La familia siguió dos pistas que podrían haber dado con Ana Libertad, pero una de ellas resultó fallida y la segunda correspondió a otra familia de desaparecidos.

Hoy jubilada, le pregunto a Estela cómo era la relación de su madre con Estela de Carlotto y Chicha Mariani. "Se armó un espíritu colectivo, estaban muy embebidas una de otra. Mamá también mantuvo relación con Hebe (Bonafini), pese a las posiciones públicas que asumió".

"Busco a dos hijos, dos yernos y una nieta". Esa frase, difícil de escuchar, no es imposible de decir. Al menos, sale de los labios de Licha de la Cuadra en un documental. Quienes la conocieron la recuerdan con dulzura. Alicia Zubasnabar de la Cuadra era una persona que sonreía.

Estela sigue muy ocupada prestando testimonio, siguiendo los juicios, buscando a su sobrina. Entre sus últimas prioridades menciona la recuperación de un departamento en el Abasto que la dictadura le robó. Sus otros dos hermanos regresaron de Italia. Luis Eduardo, docente de teatro, en 2000, y Soledad, en 2008.

La aparición de Guido Montoya Carlotto le abre a Estela nuevas esperanzas. Lo dice su voz calma desde La Plata: "Nunca me olvido del martirio de los papás de este joven. Feliz por Estela, por las Abuelas y, por supuesto, por Guido. Me parece hermoso y va a influir muchísimo para que se acerquen muchos chicos con dudas sobre su identidad".

De las tres presidentas que tuvo Abuelas, Licha falleció en 2008 sin recuperar a Ana Libertad; Estela se reencontró con Guido el miércoles; y Chicha Mariani sigue buscando a Clara Anahí, arrancada de su propia casa en La Plata.

@sebalacunza      
 AMBITO FINANCIERO 22-08-2014
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Abuelas confirmó una nueva restitución de la identidad

Una búsqueda que empezó con una notita anónima

A la abuela "Licha" le dejaron un papelito debajo de la puerta de su casa, en julio de 1977. “16/6 la señora tuvo una nena, que no saben dónde está la nenita, los padres están bien, de la Cuadra”, decía. Ese fue el primer paso de la búsqueda de su nieta. Su hija Elena dio a luz a Ana Libertad el 16 de junio de 1977 en un calabozo de la Comisaría 5ª de La Plata.
  • Alicia “Licha” Zubasnabar de la Cuadra y su hija Elena, madre de Ana Libertad.
  • Alicia “Licha” Zubasnabar de la Cuadra y su hija Elena, madre de Ana Libertad.
  • Alicia “Licha” Zubasnabar de la Cuadra y su hija Elena, madre de Ana Libertad.
Por: Infojus Noticias
En julio de 1977 Alicia “Licha” Zubasnabar de la Cuadra encontró un papelito debajo de la puerta del departamento donde vivía en La Plata. “16/6 la señora tuvo una nena, que no saben dónde está la nenita, los padres están bien, de la Cuadra”, decía el anónimo que le confirmó que su hija Elena, secuestrada con cinco meses de embarazo, había dado a luz. Y ella se convirtió en la primera presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, la institución que hoy anunció con felicidad que una joven accedió a realizarse el estudio de ADN que confirmó que es hija de Elena y Héctor Carlos Baratti.
Cuando se llevaron a Elena y a Héctor la familia de la Cuadra ya sabía qué hacer. Para entonces sus hijos eran intensamente buscados por las fuerzas de la represión. Elena y Héctor militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML), el 23 de febrero de 1977, poco después de la noche, los secuestraron junto a otras personas con las que estaban reunidos en un consultorio odontológico de La Plata. Cinco meses antes, el 2 de septiembre de 1976, una patota había secuestrado a Roberto José, el hermano de Elena.
Como ellos militaban en el el PCML y participaba del movimiento obrero en la región. A Roberto José se lo llevaron de la casa de sus padres, Licha y Roberto de la Cuadra. En el ‘77, también cayó Gustavo Fraire, esposo de Estela, otra de las hermanas de la Cuadra que entonces se vio obligada a partir al exilio. Y también el concuñado de Estela, Juan Raúl Bourg y a la esposa de éste, Alicia Rodríguez de Sáenz.
Dos días después del secuestro de Elena, sus padres presentaron un habeas corpus por ellos. Y contactaron a un obispo que los mandó a ver al vicario castrense Emilio Graselli. En 2011, cuando Estela de la Cuadra declaró en el juicio por el plan sistemático de robos de bebés ante Tribunal Oral Federal Nº 6 llevó una valija con apuntes de esa búsqueda. Estaba el hábeas corpus y, de puño y letra los apuntes que Roberto de la Cuadra tomó de la reunión con Graselli.
“Dice que Elenita estaba bien, que estaba en los alrededores de La Plata”, leyó Estela ante los jueces y aclaró que el vicario castrense les aconsejó dejar la búsqueda. También les dijo que volvieran, que si Elena pasaba a disposición del Poder Ejecutivo entonces, quizá, podía ayudarlos.
La valija que llevó Estela al juicio demuestra que no lo hicieron, no dejaron de buscar a sus hijos, ni a su nieta. En el archivo de la familia de la Cuadra está cada anónimo que recibieron con noticias de Elena, de su esposo Héctor y de la bebe que nació en cautiverio y llamaron Ana Libertad. También los datos de su historia que pasaron de boca en boca entre los detenidos desaparecidos que compartieron cautiverio con ellos en la comisaría Quinta de La Plata, un centro que funcionó bajo el mando del entonces coronel Ramón Camps, y de la Dirección General de Investigaciones a cargo de Miguel Etchecolatz.
En agosto de 1977, Luis Velasco, uno de estos sobrevivientes se contactó con la familia de Elena. Les contó que había estado con Héctor en la comisaría, y que “él estaba obsesionado porque si alguno salía con vida le avisara a los abuelos del nacimiento de Ana Libertad”. Por el testimonio de otros liberados, entre ellos Adriana Calvo, la familia de la Cuadra pudo saber que la nena estuvo unos días con su madre en esa comisaría, después la pesaron y la arrancaron de sus brazos.
En 2012, en el juicio por Circuito Camps ante Tribunal Oral Federal 1 de La Plata, Osvaldo Lovazzano, otro sobreviviente, contó que sin bien no conoció ni a Héctor, ni a Elena, cuando lo liberaron una mujer que continúa desaparecida le rogó que se comunicara con los “de la Cuadra, acordate de la calle, del cordón, (l)e decía”. Al tiempo venció el miedo y se acercó hasta la Plaza San Martín frente a la gobernación, donde Licha y otras Madres hacían la ronda. A los 92 años, Licha falleció sin haber encontrado a su nieta, pero sus tías y primos la siguieron buscando.
Elena dio a luz a Ana Libertad el 16 de junio de 1977 en un calabozo de la Comisaría 5ª de La Plata. Nunca más se supo de ella. En diciembre de 2009, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó el cuerpo de Carlos Baratti: había sido enterrado como NN en el cementerio de General Lavalle. Su cuerpo había sido arrojado al mar en un vuelo de la muerte.
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Martes, 3 de mayo de 2011
De la Cuadra mostró las cartas que su padre intercambió con el jesuita en 1979 mientras buscaba a su hija

“¿Por qué no citan a Bergoglio?”

Estela de la Cuadra, hija de la primera presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo recordó que el cardenal declaró que hace diez años supo del robo de bebés cuando en realidad su padre le pidió ayuda en plena dictadura. La fiscalía pidió que se cite a Bergoglio.

Por Alejandra Dandan
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El cardenal Jorge Bergoglio se entrevistó con el padre de Estela de la Cuadra en 1979.
Licha de la Cuadra era Alicia Zubasnabar de la Cuadra, la primera presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Ayer, durante casi cuatro horas, el Tribunal Oral Federal 6 escuchó el testimonio de una de sus hijas, que llegó a la audiencia con una enorme valija de viaje. Adentro de la valija, Estela de la Cuadra tenía papeles que uno a uno sacó durante todo el relato, papeles con los que las Abuelas documentaron la búsqueda desesperada de sus nietos con originales de las solicitadas, las cartas a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, al entonces arzobispo Raúl Primatesta y al ahora cardenal Jorge Bergoglio. Estela, que aún sigue buscando a Ana, la hija de su hermana, volvió a preguntarle al Tribunal lo que pregunta en cada uno de los juicios: “¿Cómo es que Bergoglio dice que hace sólo diez años sabe del robo de bebés?”. Y preguntó varias veces: “¿Por qué no lo citan? ¿No amerita que diga qué pasó con Ana de la Cuadra?”. El fiscal Martín Niklison recogió el mensaje al final de la audiencia y acompañado por las querellas de Abuelas de Plaza de Mayo y de María Isabel Chorobick de Mariani pidió al Tribunal esa misma citación.
Estela declaró en nombre de sus padres, que empezaron con la búsqueda de su hija y de su nieta, pero ahora están muertos. Elena de la Cuadra cayó secuestrada el 23 de febrero de 1977, con un embarazo de cinco meses. Con ella se llevaron a otros compañeros y a su pareja, Carlos Baratti. “Los vecinos dicen que sale primero una mujer embarazada, un hombre alto y otras personas. Por supuesto que con el tiempo sabíamos que esa mujer embarazada es mi hermana Elena de la Cuadra.”
Elena estuvo en la Comisaría 5ª de La Plata, convertida en centro clandestino. Para entonces, eran una de las familias perseguidas de la zona. La patota se había llevado a uno de sus hermanos, Roberto José, militante del Partido Comunista Marxista Leninista, compañero de la pareja de Elena y obrero de YPF. La escena del secuestro es una de las imágenes que muestran el rol que Licha ocupó poco después, entre los familiares de los desaparecidos: “La patota llegó a buscarlo a la casa de mamá”, dijo Estela. Allanaron la casa y como él no estaba se llevaron a la madre. “Cuando Licha llega al hall de entrada, mi hermano estaba apoyado contra el portero eléctrico, apretado por la patota.
–¿Este es tu hijo? –preguntaron a la mujer.
–No –dijo ella–. Yo nunca vi a esta persona.
En ese momento, su hijo la miró. Desde algún otro lado alguien corría diciendo que era quien era, la patota le encontró los documentos y lo identificó.”

La búsqueda

Dos días después del secuestro de Elena, y ya entrenados en la búsqueda, los padres presentaron hábeas corpus. Contactaron al obispo Serra, que los mandó a ver al secretario del vicariato castrense, Emilio Graselli: “Graselli dice que Elenita estaba bien, que estaba en los alrededores de La Plata. Mis padres le pidieron precisiones, pero él les dijo que no: ‘Va a ser peor para ella, ustedes van empezar a dar vueltas, y eso es peor’”. También les dijo que volvieran, que si Elena pasaba a disposición del Poder Ejecutivo entonces, quizá, podía ayudarlos.
Desde ese momento hasta comienzos de julio de 1977 –cuando se produjo el nacimiento de Ana– e incluso después, la familia recibió mensajes por abajo de la puerta de la casa o al teléfono con noticias de Elena y del nacimiento de la niña. Uno de los mensajes –supieron años después– se los dejó Adriana Calvo, ex detenida-desaparecida. En julio les dejaron uno de los papelitos que Estela guardó y ayer sacó de su enorme valija: el “16/6 la señora tuvo una nena, que no saben donde está la nenita, los padres están bien, de la Cuadra”.
Licha empezó a reunirse con las Madres en la Plaza los jueves mientras su marido daba vueltas en la vereda, alrededor. Parte de la familia se había disgregado. Además de los dos hijos desaparecidos, otros dos emigraron a Italia. El 6 de diciembre, los visitó un servicio: “No sé si eran servicios o algo así –dijo Estela–. Le dicen a papá que Elena está mejor, que ahora se la trata bien, que está junto con la nena, liberada, pero oh casualidad –explicó enseguida–, ese mismo 6 de diciembre la patota levanta a mi marido y a mi hijo mayor, para llevarlo al circuito del Atlético, Banco, Olimpo”.

Bergoglio

La familia De la Cuadra mantenía una relación histórica con la Iglesia. Una parte de la familia, fundadores del pueblo de Balcarce, había donado campos a la Iglesia. Y por entonces ellos tenían relación con Pedro Arrupe, general de la Compañía de Jesús, que había estado en Argentina y se había ido a Japón becado por los De la Cuadra. En ese contexto, el padre de Estela les pidió a los hijos que estaban en Italia que lo busquen para pedirle por la niña. Los hermanos lo hicieron. Tuvieron una audiencia en Roma. Arrupe les dijo que no había problema: “Que iba a conectarse con el provincial de los jesuitas, Bergoglio, en una reunión próxima en Buenos Aires”.
La reunión se haría uno o dos meses más tarde. Arrupe le pediría a Bergoglio que se ocupe de la situación. “Mis hermanos le comentan el resultado del encuentro a mi padre, pasa el tiempo y mi padre intenta ver a Bergoglio, hasta que finalmente es recibido por Jorge Bergoglio. Acá –dijo Estela– tengo la notita. Bergoglio le dio una carta a mi padre en la que le dice, claramente, al obispo auxiliar de La Plata que interceda y se ocupe del caso.”
Con esa carta, Mario Piqui –el arzobispo de La Plata– recibió al padre de Estela. “Voy a ir a ver al vicegobernador”, le dijo y en ese encuentro supo que la niña había nacido y había sido regalada. “Espere un poco”, le dijo al padre de Estela. “En diciembre, con el cambio de jefatura, va a subir alguien que fue alumno mío y no me va a negar una gauchada.” Lo hizo, pero el resultado fue la misma contestación: que la tenía “un matrimonio bien, no hay vuelta atrás, eso es lo último que se tiene”.
El año pasado, Bergoglio declaró como testigo en la causa ESMA, en el marco de la investigación por el secuestro de los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics. La abogada Myriam Bregman le preguntó si sabía del robo de niños. Bergoglio –recordó Estela en la audiencia– dijo que lo supo hace diez años.
“Yo creo haber demostrado con las cartas que mandamos a la Conferencia Episcopal en el año ’79 el conocimiento y la preocupación que había; también hay documentos respecto de cómo se divulgaron las noticias de la desaparición de personas y de los niños: nadie puede decir que no conoce”, indicó. La negación, dijo, “es inmoral, eso es burlarse de las cosas que estos hombres y mujeres hicieron. El no sabe dónde están, pero qué pasó y cuál es el mecanismo tiene mucho para decir y acá está la carta de mi padre”. En ese contexto, pidió que lo citen, preguntó de viva voz a la Fiscalía si lo haría y luego al Tribunal. La presidenta María del Carmen Roqueta esperó los tiempos del ritual judicial, y cuando la Fiscalía formalizó el pedido, explicó que iban a analizarlo.
Estela también se exilió pasado unos meses. Recuperó a su hijo un día después del secuestro; su marido, Gustavo Fraire, continúa desaparecido.
En diciembre de 2009, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó el cuerpo de Carlos Baratti: había sido enterrado como NN en el cementerio de General Lavalle. Estela está convencida de que sus restos ahora van a servir para seguir buscando a su hija. “Los ojos expertos en la lectura de los huesos dicen que fue muy torturado en momentos muy cercanos a ser tirado al mar, que fue tirado vivo, y que una cosa son las heridas de cuando te tiran del avión y que otra son las heridas vivas que estaban cicatrizando antes del avión.”
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