domingo, 24 de abril de 2016

¿Qué es hoy el kirchnerismo?


El futuro del kirchnerismo

Por José Natanson *

Es, en primer lugar, una cultura política. Durante años confinada a un rincón de la academia, que la consideraba una forma apenas disimulada de referirse a ese pescado resbaloso que los peronistas originarios llamaban “ser nacional”, la cultura política fue rescatada por los estudios pioneros de Gabriel Almond y hoy goza de un status científico equivalente al de variables en apariencia más cuantificables y explicativas. Medida a través de complejas investigaciones de opinión, estudios de comportamiento y grupos focales, la cultura política refiere básicamente al modo en que una sociedad organiza sus intereses y valores, tramita sus conflictos y se da a sí misma un orden que refleja su idiosincrasia y que es, por lo tanto, un saldo provisorio de su historia.
La encuesta de orientaciones ideológicas elaborada por Flacso-Ibarómetro es, en este sentido, contundente. De acuerdo a la investigación, un porcentaje mayoritario de los argentinos (61,8 por ciento) prefiere la intervención del Estado en la economía antes que la mano invisible del mercado, elige las alianzas con los países de la región antes que con las potencias del primer mundo (53,6 por ciento), apoya los juicios por violaciones a los derechos humanos (61,4) y cree que la búsqueda de la igualdad, más que la libertad, debe ser el principal objetivo de un gobierno democrático (50,5 contra 32,8).
Estos resultados, que hubieran sido muy diferentes en otros momentos de nuestra historia, por ejemplo en los 90, son también distintos si se los compara con los de otros países. Y confirman una evidencia: las principales orientaciones políticas de la década kirchnerista definen un núcleo básico de ideas compartido por un porcentaje mayoritario de la población. Ideas que, curiosamente, se encuentran todavía más afianzadas en los sectores medios: el mismo estudio revela que la clase media –definida por ingresos y nivel educativo– apoya estas políticas en porcentajes aún mayores que el promedio social. Como el gallego que habla en prosa sin saberlo, la clase media es kirchnerista sin darse cuenta.
Probablemente aquí radique la principal explicación del súbito “giro estatista” decidido por Mauricio Macri antes de su elección como presidente, que incluyó la promesa, honrada hasta el momento, de mantener bajo control público las jubilaciones, YPF y Aerolíneas. Y seguramente también se encuentren aquí los motivos que dan cuenta de las continuidades entre una gestión y otra, difíciles de apreciar a un lado y otro de la grieta pero no por eso menos reales.
Avancemos con cuidado para evitar los botellazos.
Es cierto que el diseño macroeconómico del macrismo es ostensiblemente neoliberal, que se mueve a dos velocidades –muy rápidamente para transferir recursos a los sectores privilegiados y muy lentamente para compensar los costos– y que su apuesta, en última instancia, consiste en la creación de empleo por vía del crédito para obra pública (es decir deuda) y la inversión privada (es decir derrame). Pero también es verdad que ha decidido sostener en lo esencial el amplio entramado de protección social construido durante el kirchnerismo, tal como demuestran los anuncios formulados por el presidente hace diez días: aunque tardíos e insuficientes para enfrentar una situación que a todas las luces se deteriora, incluyeron mejoras en derechos otorgados durante la década anterior (Asignación Universal y jubilaciones) y una innovación importante (la devolución del IVA a los sectores más vulnerables). Incluso se anunció un aumento para los cooperativistas del plan Argentina Trabaja, considerado clientelismo puro y duro durante la campaña.
Del mismo modo, tan cierto es que el desempleo, consecuencia de los despidos en el Estado y la recesión económica, seguramente aumentará durante el año, como que no se han impulsado iniciativas de flexibilización o precarización de la legislación laboral al estilo menemista, se siguen aplicando los Repro, aunque con menos entusiasmo, y hasta se ha llegado a un “pacto de gobernabilidad” con los movimientos sociales que garantiza la paz de los territorios. El hecho de que en cuatro meses de gestión Macri haya recibido a los líderes sindicales más veces que Cristina en todo su segundo mandato no convierte a su gobierno en un gobierno de los trabajadores sino en uno que se muestra dispuesto a hablar con sus referentes. Hasta cuándo puede durar esta estrategia es la pregunta del momento.
Como sea, estos trazos de continuidad, presentes en materia social y educativa y en menor medida laboral, confirman que el macrismo es algo nuevo, diferente a la vieja derecha conservadora pero también al menemismo de los 90, lo cual –sigamos caminando despacio– no debería leerse como un apoyo sino como un intento por reconocer la forma exacta del animal político en cuestión, así sea para no repetir errores: quizás uno de los principales motivos de la derrota del Frente para la Victoria en las elecciones de octubre haya sido el dogmatismo inconducente con el que concibió a su adversario.
Recuperando el razonamiento inicial, digamos que la prolongación de algunas políticas públicas de una gestión a otra es la reacción pragmática del gobierno ante el conjunto de orientaciones afianzado durante la década kirchnerista. Y como la política no es un arte de intenciones sino de hechos, y como los dirigentes no son juzgados por sus deseos sino por lo que finalmente hacen con ellos, importa menos si el macrismo cree de verdad en las políticas sociales que la evidencia de que las está aplicando.
Sucede que la cultura política opera entre otras cosas como una frontera que define lo que es posible hacer y lo que no, que dibuja, por así decirlo, el perímetro de la tolerancia social: así como la cultura política alfonsín-cafierista desterró el recurso a la violencia como forma de resolver los conflictos sociales, la cultura política pos-neoliberal excluye el ajuste sin compensación: cirugía pero con anestesia. Esto se refleja en la curiosa división de tareas del macrismo: en un gabinete dotado de una homogeneidad social, profesional y fonética inédita desde recuperación de la democracia, los ex gerentes de multinacionales se ocupan de las áreas duras de la gestión (finanzas, energía, empresas públicas), en tanto que aquellos que provienen de la sociedad civil se hacen cargo de las zonas blandas (desarrollo social, medio ambiente). En el particular juego de rol del macrismo, los CEO ajustan y los ONGistas compensan.
Pero hablábamos del kirchnerismo, de su sobrevida como cultura política y como su otra forma principal: el kirchnerismo como minoría intensa. Provisto de un conjunto de recursos institucionales, un liderazgo y un programa (oposición dura), la reaparición de Cristina le devuelve al kirchnerismo parte de la vibración épica y la conexión emocional que había logrado en el período más brillante de su largo ciclo en el poder, aquel que comenzó con una derrota (el voto no positivo) y concluyó con una tragedia (la muerte de Néstor), y que incluyó la estatización de las AFJP, la ley de medios, la ley de matrimonio igualitario y los festejos del Bicentenario.
Mi impresión es que el kirchnerismo se sintió demasiado cómodo en ese papel poco exigente, y que incluso después de haber obtenido el 54 por ciento de los votos siguió funcionando más como oposición de la oposición, como dice Martín Rodríguez, que como una fuerza hegemónica que incorpora e incluye, tal como confirma la trayectoria descendente de sus dos grandes dispositivos simbólicos: el programa 6,7,8, necesario en un contexto defensivo pero que se fue volviendo nocivo conforme iba pasando el tiempo; y el one-hit-wonder Carta Abierta, que tras su célebre hallazgo (el famoso “clima destituyente”) emprendió un camino sinuoso que lo llevó a respaldar al gobierno cuando era el momento de cuestionarlo (cuando era fuerte y estaba a tiempo de introducir correcciones) y a criticarlo (el “voto desgarro”) cuando había llegado el tiempo de apoyarlo más allá de toda crítica.
Con un despliegue hiperactivo aunque un poco redundante en las redes sociales y mucha presencia mediática (que no siempre suma), el kirchnerismo recuperó su centralidad tras la vuelta de su líder, obligó al resto del peronismo a definirse y confirmó que es el único actor político capaz de movilizar multitudes. Y sin embargo, el argumento “Cristina moviliza más que Macri” no es del todo pertinente, porque la estrategia del gobierno no consiste en oponer una movilización a otra sino, más sencillamente, no hacer movilizaciones (no se trata de contestar un cacerolazo con un acto masivo sino de evitar el cacerolazo). Las pruebas están al alcance de la mano (literalmente): Macri no quita a Evita del billete de cien pesos para hacer ingresar a Frondizi o Alsogaray sino para hacerle lugar a la ballena y al hornero. No quiere ganar la batalla cultural: quiere sobrevolarla, y trasladar sus tropas al nuevo teatro de operaciones de las finanzas, la economía y la obra pública.
El regreso de Cristina repuso el clivaje kirchnerismo-anti-kirchnerismo que había empezado desdibujarse. Y su reto a los manifestantes que insultaban a Bossio (“Así no van a convencer a nadie”), así como su propuesta de Frente Ciudadano (nebulosa pero que pareciera apelar a una cierta apertura), demuestra que es más inteligente que el kirchnerismo sunita que la rodea y aplaude. Pero ocurren dos cosas: por un lado, como escribió Verónica Gago, la orden de autogestionar un nuevo espacio resulta contradictoria (la autoorganización desde arriba es un oxímoron). Por otro, no está claro aún cuál será el mecanismo político, la astucia de la razón que traducirá la activación militante, el sustrato afectivo y el ascendente social que conforman el capital político del kirchnerismo en una opción de poder real, lo que en un sistema democrático significa en última instancia una opción capaz de disputar y ganar elecciones.
Concluyamos, también con cuidado.
Como ningún otro ciclo político desde la recuperación de la democracia, el kirchnerismo logró sobrevivir a su desalojo del poder. Y sin embargo, transformado hoy en una cultura política y una minoría intensa, no puede proponerse simplemente como un guardián de las conquistas del pasado, como un eco reivindicante de la década, por más ganada que haya sido. Para que no se reduzca a “un conjunto de personas con algunos recuerdos en común”, como decía Ricardo Sidicaro, el kirchnerismo necesita reinventarse apelando a nuevos sectores, recursos y discursos, una tarea pendiente desde el 2010 pero que debe encarar cuanto antes si quiere superar la derrota, que no es un accidente de la historia ni una conspiración de los poderosos sino el lugar en el que lo puso la sociedad tras las últimas elecciones.
* Director de Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur www.eldiplo.org
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lunes, 7 de marzo de 2016

Por Mempo Giardinelli

De buitres, silencios y Terminators


Los retrocesos políticos, económicos y sociales que vive nuestro país, y que en sólo tres meses se perfilan devastadores, son gravísimos, constantes y sobre todo peligrosísimos para la paz y la democracia. Que son los valores más importantes de esta República y que estuvieron bien garantizados desde la crisis de 2001-2003 hasta ahora.
Y es que ya empieza a haber víctimas de la represión policial abierta y sobre todo encubierta. No andan en Falcon o equivalentes, todavía, pero este fin de semana ya hubo un brutal y oscuro ataque de enmascarados en una villa porteña, y balaceras en locales kirchneristas de Mar del Plata y de Villa Crespo, éste con heridos graves; y en Santiago del Estero se reprimió bestialmente una movilización de miles de docentes. Todo eso, mientras el Sr. Urtubey dice que “a la Argentina le hará bien” el acuerdo con los fondos buitres, e inesperadamente el senador Abal Medina “aconseja” dar quorum en Diputados. Y como a la vez en Brasil se humilla al ex presidente Lula, que hizo un poco menos injusto a ese inmenso país, aquí ya es evidente que el Sr. Bonadio intentará lo mismo con Cristina Kirchner el próximo 14 de abril, para festín de buitres y violentos, “casualmente” el mismo día en que vence el arbitrario “plazo” impuesto por su colega el Sr. Griesa.
Es obvio que todo está coordinado y que estamos en peligro. Por lo que hace este gobierno y por lo que hacen algunos que hasta ayer nomás eran lameculos de CFK. Y también por el sórdido silencio macrista ante esto.
Se dirá que la política es así, pero estas cosas no son asuntos de política, sino de moral. Que es la condena que corresponde e incluso la más alta, como cabría a esos legisladores hoy oficialistas que durante años se juramentaron para no votarle absolutamente nada al anterior gobierno y practicaron todo tipo de trabas antidemocráticas, pero ahora no se les mueve un pelo y buscan corromper –porque el intercambio de dádivas a cambio de votos también es corrupción– a dirigentes opositores.
Infame modo de la política degradada, hay que decirlo, que consienten también en firme silencio los hasta hace poquito vociferantes intelectuales orgánicos del macrismo.
En una misma semana, la decisión de entregar a los fondos buitres miles de millones de dólares que no tenemos y que nos endeudarán por dos o tres generaciones, y a la vez nombrar a dos cortesanos macristas en la Corte Suprema de Justicia, sería algo así como un cáncer empezando a hacer metástasis en la todavía joven democracia argentina. No es exageración decir que se trata de un enorme retroceso de 33 años, contados desde aquel esperanzador 1983.
En estas tres décadas nuestro país vivió un paulatino, lento y contradictorio ascenso desde los cadalsos de la dictadura hasta la democratización de una sociedad que oscila siempre entre la maravilla y la estupidez, la credulidad y la rebeldía, la mansedumbre y el resentimiento, la soberbia y la furia, pero nunca logra centrarse en la armonía de la paz, el trabajo, la buena educación y los valores éticos como emblemas del orgullo de ser una nación.
Diego Maradona, con su simpleza elemental, acaba de sintetizar el presente en esta frase: “Por todo lo que pasa hoy en la Argentina no hay que echarle la culpa a uno; tenemos que echarnos la culpa a nosotros”. Pensamiento binario y simple, desde ya, que argumentativamente puede responderse con sólo enumerar la extraordinaria complejidad de la vida colectiva, que en una democracia incumbe a millones de personas de todas las ideas, pensamientos, creencias, razas, ignorancias y también necedades fenomenales. Así son las sociedades: complejas y múltiples. Así es eso que siempre se llamó “el pueblo” y ahora quienes gobiernan llaman “la gente”.
El FpV, el PJ, el kirchnerismo o como se quiera llamar a lo que fue gobierno entre 2003 y 2015, tiene ahora una responsabilidad enorme. Quizás como nunca. Está en manos de sus diputados y senadores poner freno a los nuevos Terminators que –estos sí– vienen por todo. Economistas ultraconservadores y burguesías racistas, empresarios voraces y sindicalistas traidores de clase, muchos de ellos son corruptos doble faz: o sea que corrompen, los unos, mientras los más coimean, como hicieron toda la vida, padres e hijos desde las juntas militares hasta acá. Son asiduos asistentes a los más intratables programas de la telebasura, complacientes servidores de los mentimedios e incluso columnistas de libretos preformateados en los que todos dicen lo mismo.
En patota autoritaria pero de cinco tenedores, buitres, cortesanos y Terminators dejan sin trabajo a miles de argentinos, cierran fábricas y abren importaciones y reciben seguras coimas, mientras atacan como buitritos locales el patrimonio colectivo, o sea, como ya se anuncia, Aerolíneas Argentinas, YPF, Conectar Igualdad y tanto más. Y todos alentados por medios mentirosos que se ocupan de mantener anestesiados a millones de ciudadanos. Ya lo estableció Chomsky hace años, como acá lo sabemos por lo menos desde Scalabrini Ortiz, Jauretche, Puiggrós, Galasso y muchos otros pensadores.
Desdichadamente para la democracia, los radicales se suicidaron y hoy juegan un patético rol de comparsas que ofende las memorias de Yrigoyen, Illia, Alfonsín y Luis “El Bicho” León. Y lamentablemente los socialistas también, ahora erráticos y perdidos en retóricas y oportunismos que insultan la memoria de Juan B. Justo, Alfredo Palacios y tantos dignos legisladores e intelectuales que también han de revolverse en sus tumbas.
Son entonces los diputados y senadores que hasta hace poquito eran K hasta la médula los que deberían salvar a esta Nación, y de una sola manera: votando NO frente a las dos perspectivas horrorosas que serían el triunfo de los buitres y una nueva corte de los milagros como en los 90.
Otras resistencias por ahora son difusas, no se visualizan bien. Salvo algunos medios e intelectuales contestatarios, y unos pocos políticos/as con sentido patriótico y los debidos atributos en las entrepiernas, los demás son ovejas de rebaño: urtubeyes, massas, bossios y pichetos, opositores de plástico garantes de la destrucción ya iniciada.
En tanto, en algún lugar del Sur, nuestro Chauncey Gardiner quizá llegue a jugar al golf con el Sr. Obama.
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lunes, 1 de febrero de 2016

Por Mempo Giardinelli


Para que nunca más llore 

por nosotros la Argentina


En cualquier conversación los arrepentidos se cuentan por miles. Son trabajadores de todas las ramas de la producción despedidos masivamente, junto con votantes del FpV también cesanteados, e innumerables otros trabajadores del sector público, considerados todos y al boleo “ñoquis”.
En menos de dos meses hay decenas de miles de desempleados, volvió la represión policial y se desmadraron los abusos jurídicos como la cárcel para Milagro Sala en Jujuy.
Sin embargo, casi todos los dirigentes sindicales hasta noviembre tan “combativos” –en particular Hugo y Facundo Moyano, Luis Barrionuevo y el “trabajador rural” Venegas– ahora hacen un silencio miserable. Y no son los únicos distraídos a la hora de defender a las bases.
Es evidente que el gobierno del Sr. Macri, con la típica ferocidad de los restauradores que siguen al pie de la letra el guión que le dictan sus patrones, retrocede 30 años no sólo en legislación laboral y social sino también en materia de Derechos Humanos, siguiendo el también miserable libreto de un pérfido sujeto de penosa actuación delarruista y un ministro con cara de piedra.
Desde un antiperonismo que atrasa medio siglo, al modo de algunos articulistas de La Nación y de casi todos sus fanáticos, horribles “comentaristas”, muchos votantes macristas celebran que el presidente arrase con la Constitución Nacional y se invente a medida una Corte Suprema de Justicia adicta y servil. Ni los dictadores se atrevieron a tanto.
Es enorme también el odio y resentimiento revanchista, que ya se conocían, es cierto, pero no se esperaba que fuesen tan groseros, urgentes y violentos. Eso conlleva el peligro de que semejante conducta gubernamental no genere otra cosa que odio y resentimiento inversos. Así, la “grieta” tan cacareada por los mentimedios y casi todos sus periodistas a sueldo podría degenerar en imposibilidad de mantenimiento de la paz social. El riesgo, cabe repetirlo, es que todo termine mal, o sea violentamente.
Y es que no se puede gobernar con tan necio criterio empresarial, ni con ceguera de patrón de estancia que reparte los porotos tan estúpidamente desabalanceados. La historia argentina está llena de ejemplos que estos no miran, como no los miró CFK el último año y así nos fue. En la política y sobre todo cuando se está en la cima del poder, hay que abrirse, hay que escuchar, hay que ceder un poco y moderarse, y a la vez hay que erradicar dogmatismo y fundamentalismo. De lo contrario se los va a llevar el tren, como dicen en México cuando una crisis se descarrila.
Es patético que este gobierno, que no lleva en la Rosada ni dos meses, se mueva con cero tacto y tanta soberbia. Como si tuvieran el apoyo incondicional de enormes mayorías y consensos, y fueran a gobernar para siempre.
Hay que ser muy pavos para no darse cuenta de que están jugando con fuego. Y el fuego popular argentino, nada menos, que ya se sabe no es de fosforitos. Debieran preguntarle a los memoriosos del alfonsinismo, el menemismo y el delarruismo, por lo menos. Y sobre todo debieran no confundirse si ahora el kirchnerismo está grogui y el pejotismo en oferta. Eso pasa, es circunstancial. Los elefantes, cuando se ponen de pie, siempre hacen temblar el piso.
Ha de ser cuestión de tiempo, nomás. Porque el pueblo argentino siempre acaba del lado de la soberanía y la autodeterminación. Por más basura periodística y televisiva que le tiren, al final siempre reacciona, llena las plazas y expulsa a los que lo explotan o medran con el sudor de los laburantes. La historia se repite desde 1945. Es pura necedad si el macrismo lo olvidó.
Obvio que es por eso que están tan apurados con esa reforma política de morondanga que les validan urtubeyes, massas, pichetos y algunos distraídos. A la primera reunión asistió una mayoría de cadáveres políticos, partiditos casi inexistentes como “Renovador Federal”, “Tercera Posición”, “Nacionalista Constitucional” y “FE”, junto a otros que son apenas sellos con historia, como el Demócrata Cristiano, el MID y el Socialista Auténtico. Parece broma que todos “coincidan” con la boleta única, el voto electrónico y la mar en coche, olvidando que con el vigente sistema electoral jamás una elección presidencial nacional fue fraudulenta, ni siquiera la que ganaron ellos.
La verdadera reforma política que este país necesita ya fue propuesta por diversos colectivos, y entre ellos El Manifiesto Argentino en 2002. Pero a ésa no la va a hacer jamás este gobierno, ni sus aliados y lameculos, porque no se lo permitirían sus patrones y publicistas.
Es sospechable, además, que si llegan a imponer estas patrañas tecnológicas –que rechazaron Alemania y otras naciones del llamado primer mundo– los costos serán enormes y los negociados de los amigos del Sr. Macri y demás endeudadores serán fabulosos y obviamente tapados por Clarín y La Nación.
No hay que olvidar, ni por un segundo, que la campaña para las elecciones legislativas de 2017 y las nacionales de 2019 ya empezó. Por eso urge renovar el kirchnerismo, el FpV, el peronismo y -ojalá los dioses escuchen- también el radicalismo, el socialismo y los diversos movimientos populares de provincias.
El macrismo ya está contagiado de la misma, vieja y lamentable tara infantil de la política de este país: creer que el poder es perpetuo y que los demás no se van a dar cuenta. Sería graciosísimo si no fuese insensato. Claro que el kirchnerismo tampoco se vacunó frente a esa tara (y bien haría en meditar el asunto). Pero por ahora, en pleno festival de decretos, autoritarismo, despidos y quebrantos a la Constitución Nacional, incapaz de aprender esa lección, quizá el macrismo esté caminando alegre, irresponsablemente, hacia su propio funeral político. Será en uno, dos o cuatro años, y dejando detrás un nuevo desastre político, económico y social.
Eso sí: ojalá que sea en paz y sin más compatriotas inmolados. Para que nunca más llore por nosotros la Argentina.
pagina12.

lunes, 28 de diciembre de 2015

MEMPO GIARDINELLI


Paisaje después de la batalla y la
autocrítica que falta 

Luego de la carta pública al Presidente esta columna recibió una oleada de apoyos pero también otra de enojos, agravios, insultos y amenazas. Pequeña metáfora de la Argentina actual, o de la llamada "grieta", el panorama se aclara según pasan los días y es un hecho la entrega del destino nacional al así llamado "mercado", esa mera suma de intereses de pocos, ricos y mezquinos.

En menos de diez días se aceleran despidos y se limitan derechos, se acosa la libertad de expresión y el aluvión de decretos presidenciales evoca prácticas dictatoriales. Velozmente se traicionan promesas, se arrasa con el Congreso Nacional, se implanta una Corte Suprema inconstitucional y servil, se recortan presupuestos y se desmantela la ANSES, lo que presagia represión a reclamos populares que llamarán "combate a la inseguridad" y otros eufemismos.

La fría consigna del nuevo gobierno es debilitar al Estado y reendeudarnos. Matar el ALBA y la UNASUR, que fueron lo más digno que pasó en el continente, y retornar a relaciones de genuflexión como sucede en Chile, Colombia y México, naciones hermanas hoy sumidas en la dependencia y con pavorosas desigualdades sociales.

Por eso este columnista lamenta el voto del pueblo el 22N y sostiene que es necio enojarse con quienes pensamos, decimos y escribimos, con muchísimo respeto y sin ánimo de ofender a nadie, que las consecuencias de la decisión popular pueden ser, como parecen ya, costosísimas. Por eso es saludable comprobar, como se observa, que muchos que votaron a Macri o en blanco (de hecho fue lo mismo) ya están arrepentidos y lo admiten. Incluso en los comentarios de los mentimedios. Esto evidencia una vez más que no es cierto, como jamás lo fue, que los pueblos nunca se equivocan.

Pero lo importante ahora es no sólo la denuncia, que es irrenunciable, sino también la autocrítica que está faltando y que siempre se pide y tanto cuesta practicar. Sólo así se podrá entender que el nuevo gobierno no llegó al poder por puros aciertos publicitarios. También por errores propios, que es menester identificar. Si se deja por un momento la mirada melancólica sobre todo lo plausible que se hizo en los últimos 12 años, se verá que tanto el kirchnerismo, el FPV y lo mejor del peronismo, como la ex presidenta como máxima figura, también tomaron decisiones que, aciertos aparte, fueron gruesos errores. Señalarlos puede y debe ser una oportunidad de superación.

Cabría enumerar algunas y en primer lugar, quizás, no haber sabido tejer alianzas, lo que es básico en política. El autoencierro fue letal. CFK no confió en su propio talento para invitar, dialogar y seducir a los opositores y proponerles agendas de negociación. Cierto que sufrió un hostigamiento feroz, pero un estadista igual se sienta y discute, propone, logra acuerdos mínimos. Que eso es la famosa gobernabilidad.

Sin dudas el kirchnerismo hizo una revolución democrática con innovaciones políticas, reformas institucionales, económicas y sociales, y todo frente a una prensa mundial hostil, enervada desde medios locales de una miserabilidad sin precedentes. Y sin dudas estos 12 años fueron una fiesta para vastos sectores populares. Pero entonces la pregunta es por qué también desde esos sectoresse votó a quienes ahora serán sus verdugos.

uizás se pudieron atender algunos cuestionamientos de los críticos que acompañamos el proceso. Quizás se hubieran salvado errores como la falta de una política de transparencia que reconociera que la corrupción es endémica en este país y está instalada en todos los estamentos. Por no hacerlo, ahora serán los zorros los encargados de vigilar el gallinero, lo que ya hacen cacareando la "pesada herencia" y otras retóricas. Habría que revisar también el aislamiento, que llevó a CFK a dirigirse siempre a los ya convencidos, porque no hubo política de diálogo con los diferentes.

Por citar sólo un ejemplo, así como supo reacomodar con inteligencia su discurso, actitud y conducta cuando Jorge Bergoglio devino Papa y figura mundial, la expresidenta no supo hacer lo mismo hacia dentro de la casa. Y esto hay que decirlo y nadie tiene por qué ofenderse. Fue ella quien debió convocar a los radicales, incluso a los más doblados. Y llamar al socialismo al diálogo. Y a la izquierda ni se diga. Y aunque hubiese logrado poco, otra hubiese sido su imagen en la opinión pública, desmereciendo los motes de autoritaria o autosuficiente. Y otro error fue elegir a dedo demasiadas veces y con dedo equivocado. Así como desatender la cuestión ambiental y por eso ahí están ahora, intactos y felices, Monsanto, Barrick Gold y otros nombres letales.

Si más de la mitad del electorado optó por el voto castigo a una gestión, no es sensato protestar contra ellos si no se acompaña de una revisión de las propias malas decisiones. No en la gestión económica y social, seguramente los puntos más altos del kirchnerismo, y sin dudas no en materia de Derechos Humanos y conquistas igualitaristas, pero sí en otros rubros: la elección del candidato obviando las PASO; o elegir a Macri como el enemigo más "fácil" de vencer porque era un candidato frívolo, empresarial y de pocas luces, a despecho de que era sostenido con mucha inteligencia por un aparato colosalmente poderoso. Haber perdido las provincias de Buenos Aires y Córdoba de manera abrumadora impone autocrítica. Y también no tener en cuenta que además de que la ciudadanía fue sometida al sistemático engaño de los Mentimedios, también se cansó de errores insostenibles como no haber reconstruido el INDEC.

Las autocríticas son necesarias aunque a algunos les moleste y otros cuestionen "la oportunidad". Pero si primerean pidiendo renovaciones el Sr. Urtubey, gobernador salteño amigo de Macri y de los fondos buitres, y alguno que otro sindicalista desteñido, ¿quién puede cuestionar que un insignificante que ni siquiera es militante K escriba de buena leche estas reflexiones? Exitismo y soberbia nunca ayudan. Y menos en la derrota y el dolor.


Dijo uno en mi barrio: "Mire si llegamos a ver la foto de Macri reponiendo el cuadro de Videla". ¿Vamos a esperar hasta eso, mirando para otro lado, en lugar de fortalecernos desde la verdad y de propuestas superadoras?" *


PAGINA 12 , 21 de diciembre 2015

sábado, 28 de noviembre de 2015

Jueves, 26 de noviembre de 2015


El peronismo, la prensa y Occidente

Por Eduardo Febbro
Desde París

Bajo la sombra de unos árboles casi generosos, en pleno Montmartre, la solitaria estatua del Caballero de La Barre proyecta su leyenda sobre el presente: ¿terminaremos como él, condenados a muerte, decapitados por no postrarnos ante la malcriada procesión de la monarquía consensual que preside los destinos del mundo?
François-Jean Lefebvre de La Barre fue decapitado en 1766 por no haberse sacado el sombrero durante una procesión. Lo enterraron con un libro proscripto en ese siglo: el diccionario filosófico de Voltaire. Estaban, ambos, opuestos al oscurantismo masivo de su época. El sol de este otoño pasivo que baña su estatua y alarga su tenue sombra en la vereda remite al asedio ideológico, la calumnia, los despropósitos y la vulgaridad de que es objeto la Argentina en la prensa occidental. No hay diario o semanario, de izquierda o de derecha, que no arremeta con la más infame de las demostraciones contra nuestra historia más reciente y contra un movimiento político, el peronismo, ciertamente complejo pero en ningún caso responsable de los horrores que se le atribuyen. Como si, a imagen y semejanza del Caballero de La Barre, estar en disidencia o no entrar del todo en la resonancia del mundo mereciera la proscripción, el embuste y, muchas veces, la ofensa a toda una nación. La atracción negativa que ejerce la Argentina y el peronismo entre los plumíferos de la derecha liberal y sus alumnos progresistas de Occidente es pavorosa. Ninguno de los inabarcables dictadores que visitan París y compran perfumes y armas ha merecido un tratamiento tan degradante, un repertorio de adjetivos tan vil. En la prensa latina, El País, en España, y Le Monde, en Francia, han caído en la más sucia de las falacias y el agravio. La metodología de ambos diarios es la misma: el desprecio y la omisión histórica como regla de oro. A la presidencia saliente la han calificado de “patética”, “antioccidental”, “desubicada”, de “expoliar a los acreedores”, de gobernar con un autoritarismo digno de las dictaduras, de “caudillo de pacotilla”. Al peronismo se le ha atribuido todo el peso de las catástrofes nacionales sin hacer, jamás, la más lejana mención a las espantosas, criminales y antinacionales dictaduras que postraron al país y, menos aún, a la crisis de 2001, a la agresión bancaria mundial que la precipitó, a los muertos por la represión, a la potencia imaginativa y la solidaridad con la cual la sociedad se levantó de aquellos abismos. “Si debiésemos mencionar una causa única del ocaso argentino indicaríamos el peronismo”, escribió en Le Monde Jean-Pierre Petit, economista y director de la revista Les Cahiers Verts de l’Economie. La prensa nacional, aquella que descubrió la democracia en 1983, exhibe esos análisis como un trofeo. La capacidad de olvido y transformación de esos medios internacionales es pasmosa. Durante la crisis financiera de 2008, las agencias de calificación y los fondos buitres eran enemigos universales. Pero cuando la Argentina los enfrentó, el adversario incordioso fue la Argentina. Los pluri escribidores han mezclado insolentemente Nación, Estado, Sociedad y Gobierno y omitido no sólo nuestra historia, sino la de ellos. Hemos leído editoriales moralistas de The New York Times exigiendo justicia por la muerte del fiscal Nisman sin siquiera mencionar la deuda que el mismo Estados Unidos tienen con su propia verdad para esclarecer el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy. En un vejatorio editorial publicado por el diario El País y titulado “Lloro por ti Argentina”, firmado por Xavier Vidal-Folch, director adjunto del periódico y presidente del World Editors Forum, el diario plasma una apocalíptica visión de los últimos 12 años. Sería inadecuado darle vuelta el espejo, por respeto a la sociedad española. Señor Xavier Vidal-Folch, hace ya mucho que los republicanos del mundo lloramos por esa noble España estafada por sus propios bancos y bañada por una corrupción globalizada. ¡No llore por nuestro país, por favor! La Argentina ha protagonizado una transición moderada, sin dudas crítica para el partido que pierde, como siempre suele ocurrir, pero es una conquista política de la sociedad, no una venganza en nombre del Occidente liberal. Occidente ha celebrado la derrota electoral del kirchnerismo como una victoria propia. A Mauricio Macri no lo eligió el mercado global, sino la sociedad argentina. Es producto del cambio de la burguesía argentina que se inscribió en la melodía democrática, salió electo por una mayoría nacional y no por unos lacayos a sueldo del imperio. A Néstor y a Cristina Fernández de Kirchner no los eligieron en un círculo cerrado de populistas, sino en la misma sociedad que hoy apostó por otro rumbo. ¿Acaso aún pretenden que después del ultraje del 2001 viniese un poder pactista y consensual con sus propios verdugos? Jamás se leen tantos horrores sobre ningún otro país del mundo, con tanto atrevimiento, con una falta de modestia tan ostentosa. Le hacen pagar al poder saliente todas las veces que les dijo “no”. ¿De dónde saca su legitimidad analítica ese charlatán de foros liberales que es Mario Vargas Llosa? ¿Cómo un diario como El País puede aún publicar una crónica tan agresiva contra una nación, la Argentina, y su gobierno? El Premio Nobel peruano es capaz de escribir sobre el papa Benedicto XVI, la guerra en Afganistán, el conflicto en Osetia del Sur, el precio de la soja o el otoño en Lviv con la misma petulancia. Plumíferos de sillón giratorio que reparten notas de moralidad a través del planeta sin haber puesto los pies en ningún de los lugares que retratan. Escriben como si lo hicieran desde el Evangelio, y no desde países con sus propios sistemas políticos carcomidos por la corrupción, la penalización de los más pobres, los negocios con las más tristes dictaduras y las prácticas bancarias más escabrosas.
Cientos de miles de jóvenes celebraron en París el fin de los dos mandatos (1981-1995) del difunto presidente socialista François Mitterrand y la victoria del conservador Jacques Chirac. Otros tantos cientos de miles de jóvenes hicieron lo mismo en la Plaza de la Concordia cuando Chirac dejó el poder (1995-2002) al cabo de dos mandatos. Festejaron como el comienzo de una nueva vida la victoria del joven y prometedor liberal Nicolas Sarkozy. Cinco años más tarde, en 2012, cientos de miles de personas se embriagaron de alegría hasta la madrugada en la Plaza de la Bastilla tras la derrota de Sarkozy y el acceso a la presidencia del socialista François Hollande. Así es la rotación del poder. Pero cuando se trata de la Argentina, parece que fuera una guerra, una suerte de conflicto a todo o nada entre la barbarie y la libertad. A la barbarie ya la conocimos con botas, a la libertad la gozamos desde 1983, con todas sus complejidades. Hay, en los medios de Occidente, una histriónica nostalgia por una Argentina blanca y liberal que ha dejado de existir hace mucho. Toda particularidad, todo rasgo de no resonancia con el modelo planetario, es vista como un crimen y acechada con el verbo del castigo, el exceso, la vulgaridad y la ignominia. Cualquier proyecto nacional es tildado de nacionalista y populista. ¿Qué dirían hoy del general De Gaulle que refundó Francia después de la Segunda Guerra Mundial inventando una doctrina nacional, en disenso con el resto de las potencias? Más allá de las presidencias democráticas pasadas y con la mente en la que viene, tal suma de humillaciones retóricas plantea la relación de la Argentina con el mundo y pone al desnudo un paradigma: Mauricio Macri representa a una Nación, no a un Mercado. Insalvablemente, en algún momento dirá que no. ¿Qué ocurrirá entonces cuando la híper proteccionista Unión Europea intente imponer concesiones que ningún mandatario puede aceptar? Lo viene haciendo desde hace décadas, además de falsear los mercados con sus millonarias subvenciones agrícolas. ¿Se volverá un caudillo inepto a ojos de Occidente, un dirigente “liberal populista” porque no hace bien los deberes? Lástima que nuestra derecha nacional sea tan pobre intelectualmente y no tenga dientes para, al menos, anteponer su propia filosofía ante agresiones de la magnitud que se han ido leyendo en los últimos meses. Si el diario La Nación pide la libertad para los genocidas y publica, en primera plana de su edición de Internet, un espacio de diálogos y debate auspiciado por ese ente planetario de lavado de dinero que es el banco HSBC, nada se puede esperar de esa derecha. Menos aún de Clarín, cuyas mentiras y manipulaciones obscenas entrarán en los manuales del periodismo como horizonte del contraejemplo que ha manchado a una profesión mágica y noble. Toda oposición política es legítima, pero el hurto de la verdad no puede ser su escenario. Al menos, la derecha francesa tiene una filosofía propia, nacional, inscripta en la globalización pero arraigada a su tierra. El peronismo más reciente ha desencadenado un odio inédito en los medios del mundo, un irrespeto a la identidad de un país entero, a su historia, a sus electores, a sus dirigentes políticos, a sus mayorías y sus minorías, a su alma, a sus tragedias y sus aciertos. Cómo no recordar ante esta estatua las desaventuras trágicas del caballero François-Jean Lefebvre de La Barre, al propio general De Gaulle que se ocupaba de pagar sus cuentas domésticas, a todos aquellos que murieron en la represión bancaria del 2001. Somos América, somos el peronismo, el PRI en México, Evo en Bolivia, el chavismo en Venezuela, somos Bachelet en Chile, el lulismo en Brasil, somos Cuba y el Papa, somos Juan Manuel Santos en Colombia, el tango y la salsa, somos nuestros dictadores y nuestros revolucionarios, las FARC y las extremas derechas militaristas, somos Evita y Juana Azurduy, somos indígenas y, mezclados, somos el bolero y los mariachis, somos Macondo y Borges, no somos un mercado de títeres. Somos un sueño de libertad y la seguimos construyendo. No lloren por nosotros.

efebbro@pagina12.com.ar

viernes, 20 de noviembre de 2015

Néstor le habla a Daniel... Casi una premonición



Néstor le habla a Daniel Scioli y al pueblo

No se quien es el autor. Pero gracias por tomarte 

este trabajo inmenso. Emocionante 

Que loco, quedó como si le hablara a Scioli y en 

realidad se refería a Filmus...

 Vale la pena escuchar.

martes, 3 de noviembre de 2015