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lunes, 4 de junio de 2012

Del petróleo a la política


La recuperación de YPF y sus implicancias nacionales y regionales


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Nacionalismo, YPF y Malvinas

Por Rubén Dri *

Un nuevo y peligroso enemigo asoma en el horizonte según se desprende de la lectura de connotados intelectuales de La Nación y Clarín. Se trata del “nacionalismo” exaltado por una pasión desbordante, impulsada por el kirchnerismo, o mejor, por Cristina, mediante movidas como las de las Malvinas e YPF. No dejan dichos intelectuales de traernos a la memoria la máxima expresión de ese nacionalismo exaltado por la pasión que fue el nazismo.
Antes de enfocar el tema del nacionalismo, es necesario detenerse en la consideración de la relación entre eros y logos, sentimiento e intelecto, pasión y razón. El surgimiento de la Modernidad estuvo caracterizado por la escisión de los citados ámbitos. Se consideraba que hasta ese momento la realidad había estado dominada por el oscurantismo de la razón sometida a los dictados de la pasión o de los ciegos sentimientos. Surge así el movimiento ilustrado, que tiene como premisa la claridad y distinción establecidas por Descartes. La conciencia se conoce plenamente a sí misma. Desde esa suprema claridad se propone iluminar el universo entero, llevando a la práctica la propuesta spinoziana: non lugere nec detestari sed intelligere. No llorar ni detestar sino entender. Afuera los sentimientos, sobre todo la pasión. Sólo el intelecto.
Con ello queda afuera todo el ámbito del sentimiento, de la pasión, de los símbolos, de los mitos, de las religiones. Apolo triunfa completamente sobre Dionisos. No es de extrañar, en consecuencia, que Dionisos saliese por sus fueros planteando sus reivindicaciones. Surge así el Romanticismo, que levanta todo el ámbito que el movimiento ilustrado había condenado al ostracismo. Hegel toma cuenta del problema generado y se da a la tarea de buscar la solución, que no podía ser otra que la “superación”, operación que implicaba, por una parte, la eliminación del problema en el nivel en que se había planteado para replantearlo en otro nivel, en el cual intelecto y sentimiento, cerebro y corazón, razón y pasión, Ilustración y Romanticismo, fuesen consideramos como lo que son, “momentos” de la totalidad del sujeto.
El sujeto, por otra parte, no es algo que está, que lo tenemos enfrente, que lo podemos representar. Nunca está, nunca “es”. Los objetos están o son, el sujeto deviene, pero no como podemos decir del tiempo que deviene, porque su devenir depende de él, de su impulso, de su “querer” devenir. El impulso no puede proceder del intelecto sino del corazón, del sentimiento, de la pasión. El problema es que no se trate de una pasión desligada del intelecto, sino revestida del mismo, al modo del despliegue de la lógica hegeliana, que es la “lógica de la pasión”, como acertadamente la nombrara Raurich, o del “amor Dei intellectualis” de Spinoza, en contraposición con su método matemático.
Cuando hablamos de sujeto está claro que no nos referimos sólo a los sujetos individuales que somos cada uno de nosotros, miembros de la sociedad civil, sino que incorporamos en el concepto a los sujetos colectivos, familias, asambleas, gremios, iglesias, partidos políticos, comunidades de base, comisiones vecinales, movimientos sociales. Todos estos sujetos, individuales y colectivos, quedan englobados como “momentos” de un sujeto mayor que denominados “nación”, sujeto cuyo nacimiento ubicamos en el contexto del surgimiento de la Ilustración y su contrapartida, el Romanticismo. Ni lo sujetos individuales ni los colectivos pueden realizarse plenamente como tales si no se encuentran a sí mismos como momentos de una nación. Sólo desde ella pueden los diversos sujetos afirmarse como tales.
Ahora bien, el tiempo en que se construyen las naciones es, al mismo tiempo, el de la construcción del capitalismo que, como es sabido, se despliega necesariamente, por su lógica intrínseca, como “imperialismo”, lleve éste el nombre de Holanda, Inglaterra o Francia. Los imperios no se construyeron sólo con el intelecto. Una inmensa pasión de dominio, un gran amor a la riqueza, un deseo desenfrenado de fama ha impulsado a sus autores para llevar a cabo la empresa. Esta pasión imperial siempre se encontró enfrentada a la pasión con la que los pueblos sojuzgados defendían su propia independencia, su propia manera de realizarse como sujetos. Guerras, masacres, destrucción y muerte fueron necesarias para sojuzgar a los pueblos. Pero ello no era, no es, suficiente. Es necesario que éstos “quieran” la dominación, que amen al dominador, que se sometan voluntariamente.
Es un hecho gratificante que hoy el pueblo en su mayoría cante las estrofas del Himno Nacional a pleno pulmón, que agite con entusiasmo la bandera nacional, que participe de las efemérides patrias con renovado fervor, que sienta con orgullo ser argentino. Es lógico que esto sea así, tal vez se nos diga. Sí es lógico, pero no era así. De hecho, los símbolos de la nacionalidad parecían de otros, de las Fuerzas Armadas que habían perpetrado el genocidio, de las corporaciones que dominaban la escena nacional. El pueblo había perdido su subjetualidad, se lo habían llevado puesto. Hoy eso se ha revertido y la recuperación de los símbolos es la manifestación de la recuperación de la subjetualidad perdida. Esa recuperación es tanto pasional como racional. Inmediatamente se nos recordará, desde la vereda de los sectores que se expresan en la prensa hegemónica, que de esa manera nos deslizamos hacia al nazismo. Lo insinuó Beatriz Sarlo, lo dijo Mariano Grondona, quien vio en la masiva participación juvenil el rostro espantoso de las juventudes hitlerianas.
Con respecto a ese tema, lo primero que hay que tener cuenta es la diferencia entre la afirmación de lo nacional que se hace desde los centros del poder y la que se hace desde la periferia. La que se hace desde los centros de poder implica la dominación, mientras que la que se hace desde la periferia tiene como premisa fundamental la liberación de dicha dominación, para lo cual lo primero es reponerse como sujeto, recuperar la identidad perdida por la asimilación al dominador. Efectivamente, premisa fundamental de toda dominación es que el dominado la introyecte, que la acepte como algo natural, más aún, que la experimente como un bien, como una promoción, como un salto de la periferia al centro, del Tercer Mundo al Primero. Las “relaciones carnales” no sólo no son humillantes, sino enaltecedoras. Cuando eso se logra, la dominación está asegurada.
Premisa fundamental de la liberación es sacudir el dominador introyectado, romper el “sentido común” de la dominación. Para ello se requiere el despertar de la conciencia y el cambio de rumbo de una pasión encendida. El falso orgullo de pertenecer al Primer Mundo debe cambiarse por el verdadero de pertenecer a las propias raíces, a la propia historia. Sólo desde nuestras propias raíces podemos realizarnos individual y colectivamente. Si las falseamos, si pretendemos ser otros que no somos, nos cerramos el camino para ser sujetos o, en todo caso, abrimos la puerta para la esquizofrenia.
Pertenecemos a una nación del continente latinoamericano que por mucho tiempo miró a Europa, que estuvo orgullosa de pertenecer a la órbita del imperio británico, llamándose granero del mundo, que en la década del ’90 abandonó a sus compañeros del Tercer Mundo, imaginándose en el Primer Mundo, ilusión que se disipó en forma violenta y catastrófica en las jornadas del 19-20 de diciembre de 2001.
Desde el 2003 comienza un proceso de recuperación de sus raíces que ahora se descubren no sólo como nacionales sino como latinoamericanas. El nacionalismo ahora se ensancha. Ya no se encierra en los límites de la nación sino que se abre a la Patria grande latinoamericana. La pasión nacionalista es la pasión latinoamericana. En consecuencia, se recupera YPF no sólo para Argentina, sino para Latinoamérica, y mucho más vale eso para la recuperación de Malvinas. No se trata sólo de las islas, sino de todo el Atlántico Sur y su riqueza, que pertenece al continente latinoamericano. Una política “inteligente” motorizada por una gran pasión argentina y latinoamericana son premisas fundamentales para su recuperación.
* Profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

Ser otro y la nada, el PRO e YPF

Por Rocco Carbone *
No parece una derecha confesa. Mejor: el macrismo representa la concreción de la ideología del rechazo del Otro. Cuando no la ideología de la prohibición: esto último acontece cuando su color ideológico baja al nivel –plebeyo y saludable– de la calle y se apropia del amarillo de los cordones. Color del partido. Una forma del ser.
Ser significa ser para otro y a través del otro para sí. Mirando dentro de sí el hombre mira en los ojos del otro o a través de los ojos del otro. No puedo prescindir de él, no puedo devenir/ser yo mismo sin el otro. Y si esto es un postulado, en el caso del macrismo hay que invertirlo.
Hay innumerables ejemplos. Propongo tres apenas: dos situados en un pasado reciente, otro que tiene apenas un par de días, para mostrar que estamos frente a una línea de continuaciones.
Uno: simpaticón y divertido, podemos experienciarlo en la “literatura” capusottiana y en el discurso –“macrista”– de Micky Vainilla. De divisiones nos habla: “Unidos, pero no juntos” en la ciudad, vallas mediante, en función de la clase, alrededor del Obelisco. Pero también enfatiza con sus sketches la limpieza y la seguridad. Expresiones de clase que nos verifican la emergencia del desprecio por los “morochos”, “cabezas” y cualquier sector postergado puede ocupar esta categoría: populares.
Sectores sobre los que la gestión Macri articuló la dimensión del hombre como lobo del hombre a través de las rondas de la UCEP. Principio de discriminación y principio unificador, también, de los regímenes clásicos de derecha. Rondas, de nuevo, que meses ha, tendían a un “apartheid”. Un ghetto para aquellos que, según el jefe de Gobierno porteño, atentaban contra las buenas costumbres de la Buenos Aires que estaría buena. Propuestas de sanciones contra “vagos, ociosos y malentretenidos”, seres omnipresentes que representan el correlato, bajo el perfil de infractores, de la ciudad puertomaderizada (prótesis menemista en la ciudad actual). Movimientos nocturnos que ubicaban a ese otro en el terreno de lo “espurio”, “defectuoso”, “inferior”; en ese contexto, irracional defenderlo u ocuparse siquiera de él. Como complemento: a las víctimas, también, se les deslizaba que su comportamiento –es más: su misma existencia– era irracional. Contraria a las reglas. Por el revés, la opresión de sus derechos devenía racional. En definitiva: una forma de “indiferencia” hacia un otro con menos medios, menos cultura, menos capacidad de afirmar sus derechos. Y en cuanto a los derechos, la política, en un sentido fuerte –tal como suele repetir un educador argentino– es lo que nos hace transitar de la postulación de un derecho en abstracto a la práctica efectiva y la concreción, al ejercicio, de ese derecho abstracto, ahora, realidad.
La ideología del rechazo PRO se hace cuerpo en su postura frente a las políticas del gobierno nacional. La política energética, sin más, y en la repuesta “no positiva” del macrismo a la expropiación del 51 por ciento de las acciones de YPF. Esto es: a la recuperación del control estatal sobre una de las compañías emblemáticas del desarrollo productivo. Con ese voto “no positivo”, complementariamente, el PRO se ha desambiguado (mejor: se ha confirmado en su tejido una vez más). El economista Ricardo Aronskind lo pone así en su Facebook: los del PRO, “de pretender una imagen difusa de ‘buena onda’, han pasado a comportarse como los menemistas residuales que son”.
La conciencia política y civil de las democracias modernas no puede sino mantener abierto el canal de comunicación y comprensión hacia su propia historia –nacional y subcontinental en la sincronía porque la memoria y el sentido de la historia no pueden soslayarse si se quieren aprehender de antemano el alcance y los efectos de las señales de rechazo del otro a futuro–, sobre todo cuando se trata de recobrar soberanía. Soberanía alrededor de la cual en los días pasados se articuló una comunidad política moderna, abierta, de aceptación y respeto de las diferencias ideológicas –pese a algunos y previsible deslices–, que desarticula la arcaica –pero aún no domada– pulsión de deformar, perseguir o aniquilar lo distinto: el otro.

* Universidad Nacional de General Sarmiento, Conicet.

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domingo, 29 de abril de 2012

Por qué no lo expropiaron a Eskenazi


RAZONES POR LAS CUALES EL GOBIERNO SOLO AVANZO SOBRE REPSOL EN YPF

La oposición sostiene que fue para “favorecer a los amigos”. En cambio, razones de orden político, práctico y hasta jurídico justifican la decisión oficial.

Por Raúl Dellatorre
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Enrique Eskenazi, cabeza del grupo Petersen.
Desde diversos sectores de la oposición partió el cuestionamiento hacia la forma de expropiación elegida por el gobierno nacional. ¿Por qué el 51 por ciento de acciones pertenecientes al grupo Repsol y no avanzar sobre las del Grupo Petersen? ¿Era una forma de “proteger a los amigos”, aludiendo a la familia Eskenazi? Hasta las autoridades de Repsol, con Antonio Brufau a la cabeza, utilizaron el argumento para hablar de “discriminación” en su contra respecto de otros accionistas. Algunos especialistas cercanos a la definición de la forma de expropiación sostienen lo contrario. “La fórmula de la expropiación está lejos de beneficiar al grupo Eskenazi”, sostienen, y lo fundamentan. Además, los hechos y los números demuestran que la familia Eskenazi no saldrá bien parada de la resolución del cambio de manos del control del capital de YPF. Para el Estado, en cambio, la opción elegida aparece –a la luz de no pocos analistas– como la más conveniente.
El análisis de “por qué las acciones de Repsol sí y las de Eskenazi no” podría partir de dos enfoques. Uno, desde la necesidad de tomar el control de la compañía y la solución más eficaz para lograrlo. Otro, desde la situación legal del accionista (y el paquete de acciones) a ser expropiado.
Desde el primer enfoque, es decir planteado por el objetivo de recuperar el control de YPF, la solución adoptada –según observadores ajenos al Gobierno– se resolvió con un sentido práctico y político. Si el grupo controlante, Repsol, fue además el responsable de la política de la empresa desde la privatización hasta ahora, con los resultados conocidos, era lógico (políticamente) ir sobre él. Si además ese grupo ostentaba la propiedad de más de la mitad del capital (57,5 por ciento), expropiar sólo el 51 por ciento de ese único accionista despejaba la operación (desde un punto de vista práctico) de los inconvenientes que podría haber generado avanzar sobre los activos de pequeños accionistas, fondos de inversión extranjeros, otros tenedores institucionales del país y del exterior, además del paquete en manos de Eskenazi, con las dificultades que se explican más adelante en esta misma nota. Es fácil de suponer los cuestionamientos judiciales que tal operación “masiva” hubiera provocado en los tribunales de Estados Unidos o con organismos bursátiles del país y el exterior. El “mano a mano” de la actual disputa con Repsol (y el gobierno español, podría agregarse incluso) es infinitamente más sencillo que aquella otra alternativa. Tanto en sentido práctico como político. La solución hallada resuelve el control del paquete accionario y –a través del decreto de intervención– el control inmediato de la gestión de YPF.
El segundo enfoque consiste en analizar la situación en que se encuentra el 25 por ciento del paquete en manos (¿en manos?) del grupo Eskenazi. Repasando el origen del ingreso de Eskenazi a YPF, cabría recordar que se concretó en dos operaciones: una primera compra del 14,9 por ciento del paquete a Repsol por un valor estipulado de 2235 millones de dólares, y una segunda compra de otro 10 por ciento (ya el año pasado) por valor de 1400 millones. En la primera operación, el grupo Eskenazi apenas aportó 100 millones de dólares, por el resto se asumió una deuda de 1018 millones de dólares con un pool de bancos (Crédit Suisse, Goldman Sachs, BNP Paribas e Itaú) y un préstamo del propio vendedor del paquete, Repsol, por 1017 millones. Por la segunda operación, Eskenazi (o grupo Petersen) se endeudó por el total, repartido en 670 millones con otro pool de bancos (Itaú, Standard Bank, Credit Suisse, Santander y Citi) y 730 millones otra vez con Repsol.
De ese conjunto de deudas, Eskenazi apenas pagó con su participación en los dividendos de YPF de los últimos años aproximadamente 600 millones de dólares al primer pool de bancos, arrastrando a la fecha una deuda de 1170 millones de dólares con los bancos y 1747 millones con Repsol (esta última no acumula intereses). Las acciones de Eskenazi, como consecuencia de estas operaciones no saldadas, están caucionadas a favor de los bancos acreedores en un caso y puestas como garantía en el caso del acuerdo con Repsol en otro, a cuyas manos volverían en caso de no ser cancelado el préstamo. Es decir que, salvo por el estrecho margen correspondiente a los 100 millones de dólares aportados inicialmente y los 600 millones cancelados con posterioridad, Eskenazi no tiene disponibilidad sobre el 25 por ciento del paquete ni, en rigor, tan siquiera podría ser considerado “dueño de pleno derecho” de las acciones.
¿Qué habría pasado si el gobierno nacional hubiera decidido expropiar las acciones del grupo Petersen? En principio, no podría haber capturado acciones que en la práctica no están en manos del grupo, sino caucionadas por los bancos acreedores o atadas en garantía a favor de Repsol en otro. ¿Podría haber avanzado sobre ellas sin reparar en manos de quién están? De hacerlo, el Estado habría quedado prisionero de una controversia jurídica en cuanto a los derechos de cada parte, respecto de quién es el titular de las acciones y otras cuestiones que hubieran llevado, en definitiva, a un enredo todavía más complicado que el que se hubiera derivado de expropiar el 100 por ciento de las acciones, apuntado más arriba.
¿Cuál es la consecuencia para el grupo Petersen por la expropiación del 51 por ciento, respecto del resultante de haber sido incluido su paquete en la expropiación? La toma de control de YPF por el Estado implica que, de aquí en más, las utilidades se destinarán prioritariamente a reinversiones y no a la distribución de dividendos, con lo cual se le cancela el principal recurso (o el único) con el que contaba para pagar su deuda por la compra de las acciones. Según los observadores, no hay dudas de que terminará perdiendo las acciones. “Y parte de ellas terminarán en manos del Estado, o de YPF, con el que el grupo Eskenazi también arrastra deudas”, apuntó a este diario un destacado funcionario. Si, en cambio, el Estado hubiera expropiado sus acciones, le habría dado al grupo Petersen un argumento para discutir judicialmente si le hubiera correspondido hacerse cargo de los compromisos con los acreedores o si, por el contrario, éstos pasaban a manos del “nuevo dueño” del paquete.
“Lejos de beneficiarse, el grupo Eskenazi sale peor parado en la solución adoptada que en cualquier otra alternativa que hubiera elegido el Gobierno”, sostuvo, con sobrados fundamentos, un especialista en análisis de empresas. Paradójicamente, la “solución” planteada por algunos sectores de la oposición que denuncian “connivencia” del Gobierno con el grupo Eskenazi hubiera terminado siendo la más favorable para este último.

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