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miércoles, 2 de abril de 2014

Por Bernardo Kliksberg *

Una confrontación silenciosa


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Doscientas mil personas son actualmente los dueños, según un banco suizo, de casi la mitad del producto bruto mundial; el 50 por ciento, 3500 millones de personas, tienen sólo el uno por ciento. Mientras el uno por ciento más rico ganó en 2013 1746 millones de dólares promedio cada uno, los pobres recibieron menos de 1000. Tienen insuficiencias alimentarias, viven en tugurios lóbregos, carecen de agua potable, no tienen instalaciones sanitarias; los niños tienen que trabajar desde muy pequeños y la gran mayoría deserta de la escuela.
Las desigualdades resultan de determinadas políticas. Hay políticas que las aumentan y otras que las reducen. Los ciudadanos de América latina lo saben muy bien. Durante las dictaduras militares y los ’80 y ’90, en donde primaron los modelos económicos ortodoxos, vieron cómo aumentaban y hacían crecer la pobreza.
Se ha intentado legitimar el aumento de las desigualdades mediante paradigmas para los cuales son “inevitables para el progreso” o “sólo una etapa transitoria mientras se produzca el derrame”, y “atacarlas generaría el caos”.
No importa que la realidad haya desmentido dichos paradigmas, ha habido un “negacionismo sistemático” de las evidencias en contrario.
Los latinoamericanos vivieron sus efectos y por eso reclamaron en todo el continente, por diversas vías, economías que dieran respuestas colectivas y redujeran efectivamente la pobreza y las desigualdades. Se pusieron en marcha y, si bien falta mucho, las cifras cambiaron. La pobreza bajó de más del 40 por ciento al 28 para toda la región, mucho menos en algunos países. En ellos –como entre otros Argentina, Brasil, Uruguay– millones de personas salieron de la pobreza y se ampliaron las clases medias.
No “llovió inclusión”, sino que hubo reformas sociales profundas apoyadas por la mayoría de la ciudadanía, que significaron ingresar en otro paradigma diferente del pregonado por el uno por ciento más rico.
Por debajo de los grandes debates sobre políticas, hay hoy una confrontación silenciosa de paradigmas.
Así, entre otros aspectos, para el paradigma dominante en los ’90, que seguía puntillosamente el llamado consenso de Washington sobre cómo debía conducirse una economía, la pobreza era en definitiva parte de la historia. “Pobres hubo y habrá siempre”, decían algunos de sus líderes, a pesar de que no debería haberlos en una América latina que, además de un subsuelo inmensamente dotado de materias primas estratégicas, tenía la tercera parte de la superficie disponible para el cultivo sustentable y la mayor proporción de recursos hídricos renovables del mundo. Para la ortodoxia es inadmisible que haya crecido el gasto público en la región en la ultima década, más allá de que ello significó acercarse a lo que representa en los países más de-sarrollados y a que la mayor parte del crecimiento fue en inversión social, central para reducir la desigualdad.
El paradigma que propugna políticas de recorte profundo del gasto público enfatiza a voz en cuello cuánto va a significar ello en ahorro de recursos y reducción de déficit que “tranquilizará a los acreedores”, pero no es nada transparente respecto de los costos que ello representa para la vida diaria de la gente.
Estudios sobre Italia, España y Grecia encontraron que el aumento del desempleo al que contribuyó la receta de retracción del gasto público incidió en un aumento de la tasa de suicidios en los tres países.
Las obras incluidas en la Colección Cuestionando Paradigmas, que Página/12 publicará a partir del domingo, están dedicadas a confrontar paradigmas que se presentan con frecuencia como la “verdad infalible” frente a la cual toda pretensión de crítica sería anacrónica y técnicamente inaceptable.
No les interesa discutir evidencias, están mucho más confortables en la mera discusión sobre dogmas.
Tratan de que el debate permanezca siempre en los términos que lo plantean como “esto es una elección entre la libertad, el libre mercado o el populismo”, “la pobreza se combate con crecimiento, no con programas sociales”, “los programas sociales son asistencialismo”.
Se ven en dificultades serias cuando se les cambia el marco del debate. “La elección es entre economía para unos pocos o economía inclusiva”, “debe promoverse el crecimiento, pero no basta para eliminar la pobreza”, “los programas sociales participativos, y con buena gerencia social, empoderan a las comunidades pobres”.
Pero, sobre todo, tratan de eludir toda discusión ética seria sobre los resultados finales de lo que se está proponiendo. La ética “fastidia” a la economía ortodoxa. Trae mucho “ruido”, con su énfasis en los “muertos y heridos” que deja a diario en el camino. Para que no moleste se presenta a la economía como una cuestión “puramente técnica”.
Las políticas públicas cambiaron en muchos países de América latina, pero los cambios culturales son mas difíciles de hacer y más lentos. Los paradigmas ortodoxos siguen muy vigentes, desconociendo la crisis mundial de 2008/9 que mostró sus insuficiencias estructurales, negando sus causas, relativizando los niveles de desigualdad y pobreza y diseminando a diario estereotipos, prejuicios, mitos y falacias sobre los pobres y las políticas de cambio.
Parte de la lucha por construir países para todos pasa por “dejar al rey desnudo”, confrontando con hechos concretos las lógicas subyacentes en las doctrinas “infalibles” en que se ha tratado de inculcar en los ciudadanos en las últimas décadas.
La colección que empieza este domingo se dedica a hacer esa tarea de crítica desmistificadora, al mismo tiempo que a presentar, como siempre lo he hecho en toda mi trayectoria, experiencias y propuestas alternativas.
En la primera obra se introduce la presencia de Los parias de la Tierra; en la segunda se muestra Una lectura diferente de la economía; en la tercera, Discutiendo lógicas, se reexploran temas claves; en la cuarta, Otra economía es posible, se indaga sobre su perfil y, en la última, se trabaja sobre Herramientas para construir una economía con rostro humano.
Es posible salir del “túnel de la desigualdad y la pobreza” en que está atrapado gran parte del género humano. No es un destino irremisible de la historia. Pero para avanzar hacia una libertad real, en donde libres de pobreza los seres humanos puedan desarrollar sus capacidades a plenitud, es imprescindible librar la lucha por el conocimiento de la realidad. Ese conocimiento fue casi condenado a la “clandestinidad” por el paradigma ortodoxo. Es necesario recuperarlo.
* Gran Maestro de la UBA. Presidente de la Red Latinoamericana de Universidades por el Emprendedurismo Social. Este artículo está basado en la Introducción a la Colección Bernardo Kliksberg, Cuestionando Paradigmas, que Página/12 publicará a partir del próximo domingo.
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jueves, 31 de enero de 2013



Excesos


Por Bernardo Kliksberg *
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Taro Aso es el ministro de Finanzas del nuevo gobierno conservador del Japón. Declaró (25/1/13) que hay que cambiar el sistema médico de manera que “se mueran pronto” muchos de los pacientes terminales que utilizan “el dinero del gobierno” para sus caros tratamientos. Llamó a los enfermos como “la gente del tubo”. Claro, él tiene asegurada su atención. Es multimillonario y su conglomerado familiar tiene 70 empresas, desde minas hasta un banco.
John Mackey es el presidente de la exitosa empresa Whole Food, que vende alimentos orgánicos a precios altos. The New York Times le preguntó (20/1/13): “La gran queja sobre su empresa es cuán cara es, ¿por qué no bajan los precios para hacer más felices a los clientes?” Contestó: “La gente siempre se queja de que los precios son altos... La gente no está históricamente bien informada acerca del precio de los alimentos. Gastamos solo cerca del 7 por ciento de nuestro ingreso disponible en alimentos; 50 años antes era el 16”. No es el caso del 50 por ciento de la población del planeta, que gasta más de la mitad de sus ingresos en alimentos.
Mackey sorprendió diciendo que el gobierno de Obama era fascista, por su ley de reforma de la salud. Ya en 2009 se opuso duramente a la ley, y entonces algunos consumidores de Whole Foods organizaron boycotts. Que la ley posibilite dar seguro de salud a 35 millones de personas que no tienen ningún seguro sería para él “fascismo”.
Estados Unidos está conmocionado por el asesinato de 20 niños y 4 educadores de un jardín de infantes en Newtown. Fue posible matar a tantos inocentes antes de que nadie pudiera intervenir porque el asesino portaba un arma de guerra que se vende sin ninguna traba y puede disparar 1000 balas por minuto. Era del mismo tipo de las utilizadas en Columbine, donde se asesinó a 12 jóvenes y un profesor (1999), en la matanza de 33 estudiantes en el Virginia Tech (2007) y en el asesinato de 12 personas en un cine en Aurora (2012).
The New York Times (27/1/13) muestra cómo la industria de armas, ante la declinación de la venta de armas deportivas, redobló sus estrategias de marketing para vender armas a los niños. Entre ellas, “regalar armas de fuego, municiones y dinero a grupos juveniles, debilitar las regulaciones estatales sobre la caza por niños, mercadear rifles estilo militar a buen precio para ‘jóvenes tiradores’, patrocinar competencias de tiro con armas semiautomáticas para jóvenes, desarrollar un videojuego que promueve las marcas de armas, con enlaces a las páginas de sus fabricantes”.
La lista de “excesos” en el capitalismo salvaje puede continuar.
Están los Fondos Buitre a la cabeza, la implacable industria del tabaco, el mayor asesino mundial según la OMS, los laboratorios, hoy con demandas masivas por haber ocultado la información sobre los efectos graves para la salud de medicamentos que eran “buen negocio”, los expendedores de comida rápida repleta de grasas ultrasaturadas, que generaron una epidemia de obesidad infantil, y hay mucho más. Son expresiones de hasta dónde puede llevar la “codicia desenfrenada”, como la llamó Obama, y la ausencia de un Estado regulador que defienda el interés colectivo.
Cuando aparece la ortodoxia económica, lo califica de “invasor” a “restrictor de las libertades individuales”, pasando por “fascista”.
¿Hay reacción?
Sí, creciente. Varias ONG suizas organizan la entrega anual de los “Premios Ojos Públicos” a las empresas más irresponsables del planeta. Lo acaban de ganar Goldman Sachs y Shell. Según informa ServiMedia de España (27/1/13), la primera por “su papel dentro de la actual crisis financiera”, la segunda “por su presencia en situaciones controvertidas como es la explotación comercial de las reservas petroleras aprovechando el deshielo que se está produciendo en el Artico”. Había otros candidatos.
Uno de los costos de la irresponsabilidad es, en el caso de los bancos, la degradación de la confianza, central para su operación.
Edelman (2013) realizó una encuesta a profesionales exitosos, ubicados en el 25 por ciento más rico, que siguen las noticias. Cuando se les pregunta “¿Ud. cree que lo que los bancos hacen es correcto?”, contestan afirmativamente sólo el 15 por ciento en Irlanda, el 22 en España, el 26 en Alemania, el 29 en Gran Bretaña y el 32 por ciento en Italia. En Argentina el porcentaje es también bajo, el 36 por ciento.
Algunos de los bancos líderes del mundo fueron acusados criminalmente hace poco, por la Justicia americana, por manipular los datos estadísticos en base a los cuales se produce la tasa Libor, tasa de referencia de las operaciones financieras en muchísimas áreas. Admitieron que lo hicieron y se les impusieron multas multimillonarias. Manipulaban las cifras para maximizar sus beneficios, no importa los perjuicios que causaban.
Cuando se aplican políticas económicas que abogan por la minimización del Estado, la desregulación total, la no interferencia en las prácticas monopólicas, la “flexibilización laboral”, como las que tuvo Argentina en los 90 y tiene buena parte de Europa actualmente, se incentivan los “excesos” porque hay plena impunidad para ellos.
La combinación es tóxica y puede derrumbar cualquier economía. La población fue pauperizada brutalmente en la Argentina por esa toxicidad, en los 90. La economía griega lleva seis años de caída en picada.
La institución de políticas públicas que van en dirección contraria, fortaleciendo la regulación, impidiendo los monopolios, protegiendo los derechos laborales y suprimiendo incentivos y espacios para “los excesos” produce resultados muy concretos que están a la vista hoy en países como Argentina, Brasil y Uruguay. El Banco Mundial ha destacado recientemente que esos países consiguieron sacar a vastos contingentes de la pobreza e integrarlos a las clases medias, entre 2003 y 2009.
En el caso de la Argentina, estima que la clase media creció en ese lapso de 9.3 a 18.6 millones. Una escuchada consultora privada, SEL (Newsletter, diciembre 2011) señala que al final del primer mandato de la actual Presidenta, “no menos de un quinto y posiblemente cerca de un cuarto de la población ha emergido de la pobreza y se ha incorporado (o reincorporado) a la clase media baja desde el pico de la crisis posconvertibilidad”. Hay mucho por hacer, pero es en esta dirección, la de profundizar, como se avanzará en construir una economía con inclusión universal, y cerrar todos los agujeros a los protagonistas de los incalificables “excesos”.
* En impresión, la nueva obra del autor: ¿Cómo enfrentar la pobreza y la desigualdad? Una perspectiva internacional, publicada por el Ministerio de Educación y la Unesco (basada en la Biblioteca que escribió para Página/12, auspiciada por la Unesco).

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