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lunes, 25 de abril de 2011

Debate sobre “Procesos populares o neoliberalismo: la disputa por el futuro”

“Se están dando síntomas profundos”

De la convocatoria de Carta Abierta participaron, arriba del escenario, Osvaldo Bayer, Norberto Galasso, Federico Luppi, Teresa Parodi, Sandra Russo y Horacio González, entre otros. Y más de 1500 personas colmaron la sala Borges, la misma donde había estado Vargas Llosa.

Por Silvina Friera
 
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Los participantes retrucaron, cada uno a su modo, los argumentos de Mario Vargas Llosa.
En el mismo lugar –la sala Borges, donde se presentó Mario Vargas Llosa–, Carta Abierta convocó a una multitud dispuesta a retrucar los argumentos del Nobel peruano. En el escenario, los oradores, Osvaldo Bayer, María Pía López, Norberto Galasso, Federico Luppi, Teresa Parodi, Eduardo Rinesi, Carlos Girotti, Sandra Russo, Vicente Battista, Roberto “Tito” Cossa, Liliana Mazure, Sara Rietti y Horacio González esperaban el comienzo de lo que sería una fiesta –para muchos– inolvidable, que se prolongó durante dos horas. “Compañero Néstor Kirchner: ¡Hasta la victoria siempre! Cristina Presidenta”, se leía en la bandera desplegada de punta a punta en la mesa. A las nueve de la noche del sábado, más de 800 personas estaban adentro, sentadas o de pie, y una cantidad equivalente pugnaba por entrar para poder seguir el debate “Procesos populares o neoliberalismo: la disputa por el futuro”.
Aurelio Narvaja, editor de Colihue y maestro de ceremonia, relataba los pormenores de la odisea de los que tenían la ñata contra el vallado. “Estamos haciendo gestiones para que todos puedan ingresar, previo permiso de los bomberos.” Un pedido comenzó a imponerse: “¡Que entre la gente!”, cantaban y aplaudían, solidarios, los “compañeros de adentro”. Bayer arrancó afirmando que el encuentro era un “desagravio” a González, quien solicitó “con un lenguaje muy claro y humilde” que Vargas Llosa no hablara en el acto de inauguración. “Se hubiera podido alquilar el Colón; el señor Macri le hubiera dado gratis hasta la cancha de Boca para que hablara”, ironizó el autor de La Patagonia rebelde.
“Vargas Llosa quiere que seamos todos liberales porque nos habla de las primeras décadas de la Argentina del siglo pasado, pero esa línea histórica terminó en trece dictaduras militares”, sentenció Bayer. “Los argentinos hemos sido capaces por primera vez de juzgar a los dictadores militares; qué coraje el de las Abuelas y las Madres de Plaza de Mayo, que salieron a la calle y pusieron el rostro.” El historiador aseguró que lo único que puede salvar al mundo es el sentido de la igualdad. “Lo escribió en el Dogma Socialista Esteban Echeverría cuando dijo que no hay democracia si no hay igualdad”, recordó. Federico Luppi dijo que mucho antes de la llegada del Nobel quedaba claro que no venía a discutir sobre los “penosos o gloriosos caminos” de un creador, sino que venía a hacer daño y empobrecer la discusión. El actor agregó que Vargas Llosa “repitió lo que se repite desde que el capitalismo es capitalismo: negar los hechos, inventar los que no ocurren, hablar de experiencias que desconoce”. “Ha trabajado para molestar y para crear una polémica falsa, porque él no es un embajador del liberalismo; el liberalismo no es tan tonto, no puede elegir un embajador con un discurso tan simplista y en algunos casos infantil.”
Cuando llegó el turno de María Pía López, aún muchos compañeros, más de 800, intentaban ingresar a la sala. La socióloga interpretó esta cuestión como “la gran metáfora” de la Argentina. “El signo de este momento es no bajar la guardia porque tenemos que ser conscientes de que todavía hay muchas deudas pendientes y formas muy dramáticas de la injusticia –advirtió–. Pero por primera vez podemos decir que hay formas de reparación y emancipación que se están desarrollando. Estamos ante un momento inédito, estamos ante un umbral, mirando la puerta para ver si finalmente podemos entrar.”
Ante el pedido de la gente de que cada orador se presentara, Roberto “Tito” Cossa lo hizo y se declaró dramaturgo, “si hay palabra fea”, aclaró, ahora sí, ante las 1600 personas que colmaron la sala. Leyó un brevísimo texto en el que recapituló –desde el 17 de octubre de 1945, cuando él tenía 10 años, hasta el presente– la cuestión del populismo en el país. Su padre le decía que todas las leyes laborales del peronismo eran las mismas que reclamaban los socialistas. “Perón las había sancionado, pero era un populista”, se quejaba el padre del dramaturgo, al fin y al cabo “buena gente, pero gorila”. Cossa fue muy aplaudido cuando, instalado en la historia reciente, comentó que soplaron nuevos vientos desde la Patagonia y dos gobiernos populistas “nos devolvieron la esperanza”. A sus 76 años –remató– ya no tiene a su padre para decirle que “me hice populista”. El historiador Norberto Galasso recurrió a una lección de Arturo Jauretche para argumentar sus sensaciones sobre el liberalismo. Jauretche calificaba a los liberales de zonzos o pícaros. “Los zonzos se han tragado la historia de (Bartolomé) Mitre, la idea de la Argentina blanca y europeizada; se han tragado la economía liberal, y por eso gente de clase media vota contra sus propios intereses. A esos hay que ‘desazonzarlos’ –explicó–. Los pícaros, en cambio, defienden los intereses de los sectores hegemónicos. (Héctor) Magnetto no se equivoca, pero está desesperado porque no encuentra un candidato.” Galasso sintetizó el tipo de libertad que defiende el Nobel peruano. “(Juan Bautista) Alberdi decía que nadie ama más la libertad que un déspota: la ama para él y se la niega a todos los demás.”
La presidenta del Incaa, Liliana Mazure, evocó dos momentos del año pasado, los festejos del Bicentenario y los tres días del velatorio de Kirchner, para reflexionar acerca de lo que revelaron esas imágenes. “Nos descubrimos tal cual somos: apasionados, latinoamericanos, desbordados”, ponderó Mazure, quien agregó que el neoliberalismo “mató a todo lo que podía ser contado desde lo profundo de nuestro corazón”. Vicente Battista celebró el debate que disparó el director de la Biblioteca Nacional (BN). “Yo creo que Vargas Llosa se quedó en Billiken”, ironizó el escritor al mencionar algunas de las revistas argentinas que leyó el Premio Nobel durante su infancia. Sandra Russo reivindicó el gesto de la presidenta Cristina Fernández, “una dirigente política que sabe que el pez por la boca muere y que había que dejarlo hablar; que ese discurso iba a mostrar fisuras”. Eduardo Rinesi destacó que el signo de este momento “extraordinario” es la recuperación de la idea de los derechos, la idea del Estado y la idea de la centralidad de la política. “La idea de que la libertad es lo que se opone al Estado es lo que define el tipo de pensamiento que se trata hoy de combatir –planteó el rector de la Universidad Nacional de General Sarmiento–. El liberalismo que hoy se da a sí mismo torpemente el nombre de republicano –porque no tiene la menor idea de lo que es la república–, ignora que el gran pensamiento republicano siempre pensó que el Estado es el lugar en el que se realiza la libertad. No somos libres contra el Estado: somos libre en el Estado y gracias al Estado.”
Teresa Parodi celebró la “mecha fantástica” que encendió el director de la BN. “Esta Argentina hoy de pie, consciente de que debe intervenir activamente en su destino, dice de viva voz nunca menos, y responde a los ataques espurios de los voceros neoliberales, foráneos y locales, con la certeza de la libertad de expresión como no se conociera antes, con la certeza de las políticas de inclusión en marcha, y con la certeza de que un mundo mejor posible ha dejado de ser una promesa electoralista –resumió la cantante–. La batalla que debemos dar ha de ser sin concesiones. La historia, por cierto, continuará.”
Muy ovacionado y aplaudido, González invitó a festejar la “intuición colectiva que nos trajo hasta aquí”. El director de la BN afirmó que “es posible ganar las elecciones de una sola vuelta, y es posible también ganar la Capital”, algo que, confesó, no se hubiera animado a decir antes de este encuentro. “Todos, los ministros, la Presidenta, la oposición, van a tomar nota de que estuvimos aquí. Y la Presidenta sacará las conclusiones de estos síntomas profundos que se están dando. Lo que parecía difícil será difícil, pero quizá sea menos difícil después de esta reunión.” El sociólogo recordó cuando fue a Ezeiza en noviembre del ’72. “Eramos pocos, pero éramos pocos muchos; era difícil llegar. Llovía. Y de repente alguien gritó una consigna, como las consignas que salen de las canchas de fútbol: ‘Vamos, vamos, vamos que llegamos’. No dijo nada de la coyuntura política, del momento dramático que se vivía, de la dictadura, de la vuelta de Perón. Esa rima la recuerdo siempre porque no estaba en ninguna pintada, en ninguna consigna partidaria, simplemente en un grupo humano, en el acto mismo de la fundación de lo político.” Después de cantar el himno nacional la sala de pie coreó: “Vamos, vamos, vamos que llegamos”.

Página12

sábado, 23 de abril de 2011

Keynes vs. Hayek

Por Sandra Russo
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A propósito de la reunión en Buenos Aires de la Sociedad de Mont Pelerin, me puse a releer algunos párrafos de su fundador, el Premio Nobel de Economía 1974, Friedrich Hayek. Descubrí a la Sociedad de Mont Pelerin cuando estaba escribiendo Jallalla, mi libro sobre Milagro Sala. Paradojas. Buscando contexto para hablar de una organización social de excluidos que surgió en los ’90 en la provincia más pobre de un país salvajemente neoliberal, me topé con Hayek. Fue a través del libro Jujuy bajo el fuego neoliberal, editado en 2010 por la Universidad de Jujuy y compilado por el historiador Marcelo Lagos, que accedí al pensamiento de la Sociedad de Mont Pelerin. Era un acierto de ese libro incluir un capítulo introductorio sobre los postulados de ese economista austríaco, era necesario pasar por Hayek para entender la pobreza jujeña.
Se ha señalado en estos días que cuando Mario Vargas Llosa habla de la libertad, se refiere a la libertad de mercado, aunque hable de las libertades individuales, que son mucho más defendibles ante audiencias masivas. Después de todo, también la palabra “liberal” tiene sus yeites: en algún sentido, liberales somos todos los que no somos conservadores. El liberalismo inspiró a Whitman en su Canto a mí mismo. Pero la Sociedad de Mont Pelerin no habla exactamente de poesía.
Para Hayek, el mercado era una “fuerza natural”. Habla de él hasta con cierta lírica, y no importa qué es lo que haya que sacrificarle: el mercado es un dios pagano que exige víctimas propiciatorias. Lo extremo del pensamiento de Hayek fue creer a rajatabla en la sabiduría de los movimientos intestinales del mercado, casi se diría que los confundió con una coreografía celestial. Sin insistir demasiado en la fe democrática, Hayek sí insistió en la idea de mercado como una matemática con leyes propias a cuyo ritmo las sociedades deben abandonarse: éstas son, más específicamente, “las leyes de la desigualdad”.
Hayek defiende la desigualdad. Y cree que el Estado no tiene que hacer nada para remediarla. Ese es el paradigma neoliberal por excelencia, el que nunca se explicita, pero es la consecuencia, la experiencia, la memoria las que nos lo indican como certeza. Veámoslo a Macri.
Pero Hayek era un intelectual y en consecuencia defendió su teoría sin los eufemismos que sus seguidores usan como máscaras, ya que ahora, después de la verdadera experiencia neoliberal –después de todo, Hayek trabajó sólo teoría–, si hicieran campaña diciendo la verdad, nadie los votaría. Ese es el verdadero problema de esa ideología ante las democracias populares latinoamericanas. No los “populismos”. El pensamiento que nació al fragor histórico de los Estados nazi, comunista o fascista, necesita siempre tener enfrente un eje autoritario para erigirse en defensor de la libertad. Y, en rigor, cualquier Estado que defienda a los débiles es para ellos autoritario. El deber del buen Estado neoliberal es privatizar, no estatizar. Y su fortaleza es la impiedad.
“El rápido progreso económico parece ser en gran medida el resultado de la desigualdad, y resultaría imposible sin ella. El progreso a tan rápido índice no puede proseguir a base de un frente unificado sino que ha de tener lugar en forma de escalón, con algunos más adelantados que otros”, escribió Hayek.
Si el Estado interviene para remediar la desigualdad, a eso lo llama “usar la fuerza”, y eso “destruye la libertad”. Y no hay peor enemigo del mercado que la organización social de cualquier tipo. La gente no tiene por qué andar organizándose, y los políticos no sirven para mucho: Hayek decidió que sus seguidores serían intelectuales, economistas, escritores.
Una breve digresión: la prueba y efecto del Pensamiento Unico, y el dispositivo de transmisión de poder que puso en marcha Hayek, es el caso de Aznar y Rodríguez Zapatero, o los partidos a los que representan, el PP y el PSOE. Aznar forma parte de la Sociedad de Mont Pelerin. Zapatero no, pero aplica las recetas neoliberales y España parece tener un gobierno socialista, pero qué importa. Vargas Llosa ahora votará por Humala, que parece de izquierda, pero qué importa: la apuesta siempre será neutralizar a la política, infiltrarse en la realidad como “una fuerza natural” contra la que no se puede hacer nada. Hayek concibió un orden económico defendido por economistas e intelectuales para prescindir de la política. Ese es el espíritu de la Sociedad de Mont Pelerin, el nombre de la estación suiza en la que mantuvieron la primera reunión, en 1944. Entre los presentes estaba el joven Milton Fridman, a su vez Premio Nobel 1976, y quien se cargaría luego todos los dudosos laureles de la aplicación del neoliberalismo.
Aunque en su época existían realmente los enigmas de los regímenes totalitarios, Hayek demostró desde un principio que el suyo era un pensamiento tan radical que no podía virar el eje: pronto se convirtió en el principal detractor de las ideas de otro economista que buscaba respuesta para la Gran Depresión y cuyas ideas fueron las elegidas para dar vuelta la página histórica con el New Deal y luego con el Plan Marshall. El gran duelo económico y político de los años ’30 lo mantuvieron Friedrich Hayek y John Maynard Keynes.
Se me ocurrió googlear Hayek vs. Keynes, y lo que saltó fue un rap. Increíble. Lo produjo John Papola, un creativo ex MTV y Nickelodeon que ahora trabaja en Spike TV. Es un rap educativo, y con una letra que hace constar sus fuentes bibliográficas.
El estribillo es:
(Juntos) Hemos discutido al revés y al derecho por más de un siglo.
(Keynes) Yo quiero dirigir los mercados.
(Hayek) Yo quiero liberarlos.
(Juntos) Hay un ciclo de auge y contracción y buenas razones para temerlo.
(Hayek) Culpa a los bajos intereses.
(Keynes) No... Es el espíritu animal.
En 1974, Hayek compartió el Nobel de Economía con el sueco Gunar Myldar, un inspirador de Keynes. En los ’70, cuando el neoliberalismo ya era aplicado en varios países en democracia y en dictaduras, Myldar renunció a él, y pidió que se anulase el Nobel de Economía. En la ocasión, acusó a Hayek de “carecer por completo de conocimientos epistemológicos”.
En el fondo de esa objeción está el reproche por el fanatismo acrítico a las leyes del mercado, la sobreestimación de la economía y el desprecio por la política, especialmente por aquella que se piense como herramienta igualadora. Hayek no negó el “espíritu animal” del mercado, su salvajismo, la inercia en la que el grande se come al chico. Pero lo avaló, argumentando por ejemplo que muchas veces los países crecen gracias al desempleo, y que en consecuencia el Estado no debe hacer nada para evitarlo. Lo enmascaró con su idea de la libertad, de un modo que hoy suena brutal y pueril: “Cada hombre es libre de morirse de hambre”, aseguró.
El debate Keynes Vs. Hayek no está saldado. Lo demuestra la Sociedad de Mont Pelerin en Buenos Aires, y Vargas Llosa hablando de la libertad. Es bueno saber de qué habla Vargas Llosa cuando habla de libertad.

Página12

domingo, 6 de marzo de 2011

Entrevista a Eduardo Galeano

“A Vargas Llosa no hay que hacerle el favor de atacarlo ni de tirarle huevos podridos”



El escritor uruguayo opina sobre la polémica que surgió con el Premio Nobel de Literatura, analiza el surgimiento del kirchnerismo en la Argentina y critica la decisión de “Pepe” Mujica de seguir instalando pasteras en Uruguay.
  A partir de las primeras décadas del siglo XIX, Occidente comenzó a engendrar uno de los parásitos indisolubles del capitalismo contemporáneo: la burocracia. La literatura rusa de esa centuria, con Nikolái Gógol y Fiódor Dostoievski como referentes esenciales, puso en el centro de la escena a ese hombre aparentemente anónimo, apático y gris que era el empleado administrativo. Pero fue, posteriormente, en la obra de Franz Kafka, cuando lo burocrático apareció como un elemento omnipresente, capaz de atravesar todas las esferas de la vida social. A los tres escritores, la historia del siglo XX les daría la razón con creces. Los tres, sin dejar de estar condicionados por las complejidades de las distintas épocas que transitaron, fueron capaces de desentrañar uno de los rasgos más trágicos e inevitables de la era moderna.
Sin que sus reflexiones apuntaran directamente a un horizonte político, vislumbraron el sombrío desenlace que le esperaba a la humanidad a lo largo del siglo XX. El poder burocrático, el saber técnico-racional que le otorgó razón de ser no sólo se puso al servicio de dos guerras mundiales, sino que desfiguró a revoluciones que emergieron llenas de potencialidad creadora.
Pasada una década del siglo XXI, un escritor nacido en orillas alejadas y sureñas, de importancia ineludible para los pueblos que luchan y no se resignan, resiste a esa forma de vida desapasionada y gélida. Lejos de sentir indiferencia por el orden desigual que impone el sistema, en su faceta neoliberal actual, alguna vez Eduardo Galeano expresó que “al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.
Caminante incansable a través de diversos géneros literarios, constructor de frases que se arraigaron en el imaginario militante, geólogo de la memoria olvidada de un continente debajo de capas cimentadas durante 500 años de opresión, Galeano mantiene una frescura y una sensibilidad extraordinarias. Llano y fraterno, simple y hondo, a la vez, de hablar pausado como buen oriental, el autor de El libro de los abrazos se entregó a una entrevista a fondo con Tiempo Argentino. Sin perder de vista el rumbo, se embarcó en un viaje con varias escalas: su relación con la escritura, la infancia, el exilio, la vida en Montevideo, la polémica que disparó la presencia del premio Nobel en la inauguración de la Feria del Libro, la actualidad política que vive Latinoamérica, los sucesos que conmueven a Medio Oriente y al Magreb e, incluso, motivado por su amor a la redonda, habló sobre el fútbol uruguayo, jugó para el lado de los que defienden la técnica y la fantasía, y les tiró un caño a los que sólo piensan en ganar a cualquier precio.
 
–En varias ocasiones afirmaste tener siempre el mismo pánico a la hoja en blanco, que escribir te cuesta tanto como la primera vez, ¿ese rasgo explica la vitalidad que mantiene tu escritura?
–Así parece. Siento el mismo pánico de la primera vez. Es la prueba de que no me jubilé ni me burocraticé. En el momento de ponerme a escribir me tiemblan las rodillas, transpiro y se me seca la boca como la primera vez. Es como no perder las ganas de hacer el amor e, incluso, sentir como sí fuera la primera vez. Al margen del paso del tiempo, de los muchos libros que escribí, cada página en blanco siempre va a ser la primera página, la primera vez, y así logro que mi escritura le escape a la rutina.
–¿Cuál es el recuerdo del botija que fuiste?
–Tuve una infancia muy mística. Tenía metida la certeza de una especie de deber espiritual. Estaba muy influenciado por la educación católica que recibí. Pero ya de adolescente tomé nota de que lo mío era el pecado (risas). También, como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol pero era un patadura sin redención. Y ahí me quedé navegando sin agua, hasta que empecé a tratar de dibujar y escribir. Lo primero que publiqué fueron caricaturas políticas, a los 14 años, en el semanario socialista El Sol. Pero por ese lado no prosperaba mucho la cosa y empecé a escribir y a sentir ese pánico a la hoja en blanco que me persigue hasta hoy en día…
–¿Qué es lo que perduró de aquel niño y de aquella formación inicial en tu relación adulta con la escritura?
–Supongo que uno es la suma de todas esas búsquedas, que uno anda en la vida dando palos de ciego, hasta que encuentra algo que lo envuelve y lo apasiona. Lo que más me ha marcado son las ganas que tuve y sigo teniendo de pintar y dibujar. Eso lo pude resolver porque pinto escribiendo. Así sea narrar un hecho que ocurrió, una sensación o una idea, tengo que cerrar los ojos y verla como imagen. Si no consigo convertirla en imagen, no logro escribir sobre ella.
–¿Cuáles son los ejes y elementos más esenciales de tu obra?
–Ante todo, la libertad. Nunca me obligué a escribir nada, escribía y sigo escribiendo lo que voy sintiendo. Las pocas veces que cometí el imperdonable pecado de obligar a la mano a escribir lo que la conciencia dicta, nunca me sentí bien. El resultado no era espontáneo ni verdadero. Con los años fui adquiriendo ese derecho a escribir lo que siento de veras, y también la posibilidad material de hacerlo, porque tengo la suerte, el privilegio en este mundo, de que mi vocación coincide con mi trabajo. Vivo de lo que escribo. La mayoría de la gente vive a contracorazón, en actividades que no tienen nada que ver con lo que quisieran hacer.
–¿Cómo vas desarrollando el proceso de la escritura?
–Cada texto minúsculo, chiquito, de esos que me  gustan escribir a mí, es el resultado de muchas tentativas. Escribo tachando. Eso me lo enseñó Juan Rulfo. El escritor admirado y el amigo fraterno. Nos conocimos hace muchos años, entre largas caminatas, charlas y silencios. Rulfo me mostraba los lápices que tienen la goma de borrar atrás y el grafo del otro lado, y señalando el culo del lápiz me decía: “Se escribe con este lado, y señalaba la goma, más que con este, y señalaba el grafo.” Luego, fui descubriendo un estilo propio. Construyo mosaicos en baldositas pequeñas, de diversos colores, que van armando una historia grande cuando se juntan entre ellas. 
–¿Estás preparando un nuevo libro?
–Sí, escribo sin cesar porque es lo único que sé hacer. Pero soy muy lento, como las vacas uruguayas que son de parición lenta. Cada libro me lleva cuatro años, cinco, a veces más. Y no me gusta hablar de lo que escribo, porque después pierdo las ganas de escribir y de contar historias sí las cuento demasiadas veces.
–¿Qué significó el exilio en tu vida?
–El exilio nació como una penitencia y terminó como una etapa de creación muy importante. “Gracias” a la dictadura militar de mi país pude escribir la trilogía Memoria del fuego. Los milicos fueron casi los coautores, porque me obligaron a desprenderme de mis ocupaciones diarias. Ocurre que cuando uno está tan enganchado en las urgencias de la tarea cotidiana y, en aquel entonces yo estaba muy ocupado por el oficio periodístico y por tareas militantes, cuesta encontrar los huecos para la escritura más libre. Y el exilio me permitió armar ese rompecabezas de la historia americana que es Memoria…
–¿Por qué volviste a elegir a Montevideo como tu lugar en el mundo?
–Me gusta vivir en Montevideo. Es la ciudad donde nací, aunque no es por eso porque nadie te pregunta donde querés nacer. Pero, en verdad, elegiría una y otra vez a mi ciudad porque se puede respirar y caminar, dos derechos que no existen en otras ciudades importantes. 
–Grandes escritores, de diversas ideologías, lograron que sus prejuicios, su mirada individual del mundo e, incluso, su posición política se vieran superados por la profundidad y amplitud de su obra. En el caso de la llamada literatura comprometida, ¿cómo lograr que la palabra no quede aprisionada por la realidad inmediata?
–Yo hago literatura comprometida, es lo mío. Me siento muy comprometido con el oficio literario que, para mí, es un oficio solidario. El peligro está siempre en el discurso de cotillón, en convertir lo que uno escribe en una pancarta y eso es completamente inútil, porque uno terminaría escribiendo mensajes para los convencidos. Y nada más que eso. La literatura que llega realmente es la que transmite misterio, electricidad de vida, y las ideas están adentro pero no se tienen que notar de un modo implícito. Por eso siempre digo que trato de plasmar una literatura senti-pensante. Mi lenguaje quiere ser capaz de unir a la razón y el corazón porque la literatura, cuando es nada más que pensante, corre el riesgo de ser frígida, y cuando es sólo sentimental, corre el riesgo de volverse cursi.
–En los últimos días se desató una polémica, en el ámbito intelectual y cultural nacional, acerca de la presencia de Mario Vargas Llosa en la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires, ¿cuál es tu mirada al respecto?
–Creo que, en todos los planos de la vida, las prohibiciones prestigian lo que prohíben. A este señor no hay que hacerle el favor de atacarlo ni de tirarle huevos podridos porque, probablemente, es lo que más le conviene. La mejor publicidad que puede tener algo o alguien, un producto o una persona, lo que sea, es la prohibición. Los ejemplos históricos abundan. La ley seca fue el origen de la fortuna de Al Capone. Recuerdo, en mi caso, lo que paso con Las venas abiertas de América Latina. Apenas se publicó, nadie le hizo caso, ni mi familia lo leyó (risas). Hasta que las dictaduras militares lo prohibieron y, a partir de ese momento, súbitamente el libro empezó a ser interesante, y eso ocurrió como un año y pico luego de salir la primera edición.
–En esta última década, en esta parte del mundo surgieron varias experiencias políticas novedosas y transformadoras. ¿Cómo creés que se insertó, en esta época, la Argentina gobernada por el kirchnerismo?
–Es parte de una ola existente que me parece muy positiva. Por suerte, esto está ocurriendo en muchos lugares de la región. Hay una energía de cambio que está dando resultado, con las formas y realidades propias de cada país.
–¿Y por dónde pasan las posibilidades de cambio estructural para Latinoamérica?
–Hay que recordar que el país más independiente, del siglo XIX, fue el Paraguay de los López, aniquilado por no estar atado a la banca británica, sin depender de esos préstamos que estrangulaban la libertad. Fue el primer país que tuvo un desarrollo hacia dentro, no orientado al mercado mundial dominado por el imperio de turno. Este es un momento muy importante, porque después de aquellos años, se está recuperando progresivamente esa tradición de dignidad. Hay numerosos signos de que este es el camino para seguir avanzando. Hay que decir, también, que el patriotismo parece un privilegio de los países ricos, que predican el librecambismo para afuera pero son ultraproteccionistas puertas adentro. Cada vez que empezamos a preocuparnos por nosotros mismos, a defendernos, nos acusan de populistas, demagogos, porque buscan desgastar estos procesos políticos. 
–¿Cuál es tu balance de lo que viene siendo la presidencia de Pepe Mujica en Uruguay?
–El balance es positivo, sin duda. Pero Uruguay está teniendo la contradicción que más me preocupa y que se encuentra en todos estos gobiernos con ganas de cambiar la Historia. Es la contradicción entre búsqueda de más justicia social y la causa ecológica. Les cuesta reconocer que los derechos de la naturaleza y los Derechos Humanos son dos nombres de la misma dignidad. Entonces, uno se encuentra con gobiernos que están aliviando la pobreza pero, por otro lado, siguen incurriendo en el tradicional pecado latinoamericano de entregar sus recursos a cambio de nada. En Uruguay,  el gobierno de izquierda sigue recibiendo, como si emanaran del cielo, a las plantas de celulosa que arrasan la tierra, que envenenan el aire y te secan el agua. Eso es pan para hoy y hambre para mañana. Es algo que debe cambiarse en toda la región. Por suerte, ahora, países como Bolivia y Ecuador establecieron constitucionalmente que la naturaleza tiene derechos.
–¿Cómo analizás lo que está ocurriendo en Medio Oriente y en el norte de África actualmente? ¿Cuál es la responsabilidad de Occidente en esos acontecimientos?
–Es una sorpresa muy estimulante. Me parece estupendo ese reguero de fuego tan contagioso, que no hay quien lo pare. Nació de la paliza que recibió un vendedor ambulante de frutas y verduras en las calles de Túnez y se convirtió en un fuego popular que está quemando las estructuras de poder de un mundo muy despótico, enemigo de la libertad. Es un incendio emancipador que lleva adelante la gente que se hartó de ser nadie. Es una manera de decir que tienen derechos, que existen y que quieren terminar con esos regímenes absolutistas, absurdos. Dictaduras mimadas por los Estados Unidos y Europa por su riqueza petrolera.
–¿Cuáles son los mayores desafíos que atraviesa la izquierda contemporánea?
–La izquierda debe revitalizarse en la diversidad. Dejar atrás definitivamente los dogmas, la verdad única, los fundamentalismos y abrirse a la diversidad de la realidad. En eso me parece que se avanzó mucho. Se diluyeron ideas ridículas como aquella que sostenía que las mujeres se iban a liberar automáticamente cuando la clase obrera tomara el poder. Es una idea que ya no defiende nadie porque está claro que las mujeres se defienden por su cuenta. Otro dogma insostenible era el que profesaba que la única respuesta ante la omnipotencia del mercado era la omnipotencia del Estado. Esto derivó en la burocratización total de esos países. Por suerte, la Historia no dice adiós, dice hasta luego, y las experiencias resucitan y se transfiguran.

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