miércoles, 12 de diciembre de 2012

marita verón



La sentencia contra Marita o ésta es la justicia que tenemos


Por Mempo Giardinelli

/fotos/20121212/subnotas/na02fo01.jpg
Escribo esto con profunda bronca a la hora del cierre, quede claro. No quiero dejar pasar la furia que siento y que sé, me consta, veo y palpo que sienten en estas horas de dolor millones de ciudadanos y ciudadanas en todo el territorio nacional.
Para sorpresa y espanto del país entero (el país decente, digo, el que mayoritariamente no es corrupto) todos los acusados por el caso Marita Verón fueron absueltos en Tucumán en esta noche ominosa de la Argentina, en una decisión judicial obviamente sospechable de lisa y llana y flagrante corrupción.
Esta es la justicia (desde ahora la escribo con minúsculas) que tenemos. La que impera mayoritariamente en nuestro país. Unica institución republicana que no fue democratizada en serio desde la recuperación de la Democracia. Y que junto con sus socias, las malditas policías y los malditos servicios penitenciarios provinciales, son las únicas que conservan intactas todas las taras formales y esenciales que les inculcó la dictadura.
Porque la democracia significó profundos cambios institucionales en casi todos los órdenes: militares, educativos, de relaciones exteriores, de economía, de sociedad. Pero lo que no se tocó, ni se toca todavía, es lo que huele a podrido. Y este “fallo” –es un decir perfecto: fallo– está llenando de hedor a la Nación entera.
A sabiendas de que toda generalización es injusta y peligrosa –y en conocimiento de que hoy mismo se conoció el noble pronunciamiento de más de 200 jueces, fiscales y defensores públicos que emitieron un contracomunicado que desdice a ciertas catervas de jueces y camaristas viajeros a Miami por cuenta de empresarios, y a los lobbistas marrulleros del Colegio de la Magistratura y a los de esa de nombre imposible Comisión Nacional de Protección de la Independencia Judicial– yo me siento esta noche tentado de homologar esta maldita justicia a las malditas policías.
La que condena nuevamente a Marita Verón y nuevamente procura destruir a Susana Trimarco (pero a la que en realidad e involuntariamente enaltece) es la justicia que hay que cambiar de una vez y yo quiero ver si los opositores tendrán huevos para hacerlo, e incluso si el Gobierno los tendrá, todo sea dicho.
Cambiar de una vez los procedimientos y los plazos; cambiar de una vez el engolamiento y la pretendida santidad de los magistrados; cambiar los tratos y rótulos del siglo XIX para que las Señorías engoladas de hoy que no pagan impuestos empiecen a pagarlos como cualquiera de nosotros, que laburamos y sostenemos este país con esfuerzo y decencia. Y así acabar con mitos como el de la “familia judicial” y el de que los trapos sucios se lavan en casa.
Esa es la justicia que a mí, empleado durante cuatro años en el Superior Tribunal de Justicia de la Provincia del Chaco y joven estudiante de Derecho en la Universidad Nacional del Nordeste –y lo digo por primera vez públicamente–, me llevó a abandonar cuando tenía 21 años la profesión que yo amaba y había elegido a los 16.
Hay que dar los nombres de estas tres “señorías” tucumanas de las que el mismísimo gobierno de José Alperovich sería bueno que dijese su opinión públicamente. Son ellos: Alberto Piedrabuena, Emilio Herrera Molina y Eduardo Romero Lascano. Yo no sé si sus conciencias, si las tienen, los podrán juzgar. Y no me importa. Pero nosotros, la ciudadanía, sí. En democracia y en paz, serena pero definitivamente, tenemos que condenarlos éticamente, a la vez que vincularlos con los mencionados colegios, juntas, consejos, asociaciones y demás grupos corporativos que sólo son puro lobby, para decirlo clarito.
No tienen vergüenza y esta noche en que celebran todos los miles de prostíbulos del país, y todos los proxenetas, y todos los mercaderes de carne humana, y todos los hijos de puta de la trata, y perdóneseme la furia textual, nosotros, los que sí tenemos vergüenza y somos la inmensa mayoría de este país atormentado, por eso puteamos. Por eso LOS puteamos. Con la misma fuerza y convicción con que abrazamos a Susana Trimarco y esperamos un día abrazar a Marita Verón y a todas las Maritas que fueron y seguirán siendo, por desdicha, gracias a estos infames protectores de tratantes de personas.
Malas noches, Argentina.

pagina12

lunes, 10 de diciembre de 2012

domingo, 9 de diciembre de 2012

Documento de los Curas en Opción por los Pobres



“Buenas noticias” para la Navidad


Con un fuerte repudio a “las autoridades eclesiásticas, cómplices del poder de turno”, el grupo hizo un recuento de logros sociales, salarios y ayuda a los chicos como una lista de razones para “cantar”.



Por Washington Uranga
/fotos/20121209/notas/na18fo01.jpg

El 8 de diciembre es la fecha indicada para que las comunidades cristianas comiencen a preparar la Navidad. Para marcar el día, el grupo de Curas en Opción por los Pobres difundió un mensaje “a las comunidades y a la sociedad” que resalta las “buenas noticias”. La carta anuncia que “para Dios los bienaventurados son los pobres y los pequeños” y subraya que “este Dios no está con los gobiernos y poderosos de la violencia; no está con los que eligen la muerte, la desaparición de niños inocentes y la mentira; no está con las autoridades eclesiásticas, cómplices del poder de turno, que eligen ignorar las promesas de Dios y prefieren no acercarse a la pobreza del poder, hablando y pontificando desde palacios y templos; no está con los imperios que amenazan al Niño del Pesebre que ya desde su pequeñez empieza a mostrar el conflicto que con El se desata, y su compromiso ineludible y patente por las víctimas de la historia”. El mensaje contrasta claramente con el difundido días atrás por los obispos de la Conferencia Episcopal, donde se subrayaron los aspectos negativos de la realidad actual.
Los sacerdotes católicos del grupo, a través de su Secretariado Nacional y con la firma de Eduardo de la Serna, sostienen que “en la solidaridad de los hermanos, Dios despliega la fuerza amorosa de su brazo” y que es “en está comunión donde quedan desautorizados los poderosos, los que desprecian a los pobres y sus votos, los que quieren manipular sus mentes y anunciar sólo ‘malas noticias’”. Por eso “tenemos memoria y recordamos que hubo tiempos cercanos en que todo era ‘al revés’ y unos muy pocos cantaban que ‘el dios Mercado derribó de sus puestos... a los humildes y exaltó más todavía a los poderosos’”.
Para los curas que trabajan en medios populares “hoy sabemos, porque lo hemos visto en nuestras comunidades, que las cosas son distintas y lo celebramos” y por ese motivo han decidido “cantar” junto a la Virgen María “las buenas noticias” aunque “hay todavía mucho por hacer”. Entre estas “buenas noticias” destacan “la mayor distribución del ingreso”, porque “la participación de los asalariados creció del 34 por ciento al 44 por ciento del PBI” y porque “vemos en nuestros barrios y pueblos menos gente ociosa porque se crearon 5 millones de puestos de trabajo”.
También subrayan la incorporación al sistema jubilatorio de “2,4 millones de personas que no tenían los aportes suficientes” y el hecho de que las familias “están más cerca de sus hijos” porque “la Asignación Universal por Hijo permitió cambiar la lógica abandónica de un sistema que los excluía dejando a muchos en la calle para sobrevivir”. Y entonces “¡cómo no celebrar que esta asignación universal cubre a 3,6 millones de niños y jóvenes hijos de padres sin trabajo o con trabajo informal y a madres embarazadas!”
Señalan también entre las “buenas noticias” el acceso al crédito de los pequeños productores, “porque el Estado está cada día más presente en sus ámbitos cumpliendo la Ley nacional de promoción del microcrédito (Nº 26.117) con 250.000 microcréditos otorgados para 165.000 unidades productivas de la economía social y solidaria, para la adquisición de capital de trabajo en todo el país” y subrayan que “la mayoría de sus beneficiarios son mujeres y menores de 35 años”.
Suman a todo lo anterior el alto nivel de escolarización de los niños, la participación de los jóvenes en cursos de capacitación en comunicación y que “la vigencia plena de la anhelada ley de medios democratiza y humaniza la información, y facilita el desarrollo de esta herramienta comunitaria para todos y todas”. En el mismo sentido celebran que “los jóvenes pobres e históricamente relegados, estudian y comparten en las plazas de sus pueblos con sus netbooks, encontrando un nuevo modo de relacionarse y crecer, porque el plan Conectar igualdad les permite salir del analfabetismo informático a cientos de miles de adolescentes abriéndoles nuevas puertas al conocimiento”.
Dicen los curas que “vivimos en comunidades que, paso a paso, se van apropiando de los centros integradores comunitarios (CIC) de cada pueblo y los habitan con sus actividades propias: salud en manos de la comunidad capitalizando la sabiduría popular, etc., allí donde muy pocos pueblos tenían un lugar de encuentro para todos” y celebran “las viviendas populares, la erradicación de ranchos y –para la clase media– el Plan Federal en todo el país, la consiguiente generación de empleo y una mayor infraestructura en nuestras comunidades rurales”.
Manifiestan también que hay logros en educación porque “se concretaron innumerables posibilidades para la culminación del primario y del secundario” a través de “becas estudiantiles, tutorías, metodologías innovadoras y populares, las casi mil Escuelas del Bicentenario, jardines de infantes, computadoras, materiales didácticos, capacitaciones y las paritarias docentes que dan reconocimiento a los y las trabajadoras de la educación”.
Entre las “buenas noticias” se incluyen “la asistencia y promoción de la familia rural, promoviendo el protagonismo del pequeño y mediano productor con capacitaciones, trabajos en redes con otras organizaciones de la sociedad civil, la electrificación rural, construcción de aljibes, pozos de balde, represas, viviendas, entrega de semillas para forrajes, etc. y la indispensable presencia del Estado en zonas donde nunca antes se había llegado”.
Según los Curas en la Opción por los Pobres “se va recuperando el sentido del ciudadano como sujeto de derechos” y “el Estado ha intentado –con éxitos, fracasos y cuentas pendientes– pasar de ser sólo benefactor o asistencialista a ser un Estado que promueve y garantiza los derechos para vivir una democracia más igualitaria”. Por este camino, sostienen, “se ha recuperado la participación, la organización, el sentido de lo político promoviendo nuevos actores y dirigentes, celebrando especialmente la participación de miles de jóvenes”. Aunque advierten que “somos conscientes que estos signos de crecimiento coexisten con la vieja política pero se van dando pasos”.
No faltan tampoco las observaciones críticas porque “hay todavía mucho por hacer, en especial en el terreno de la desigualdad en la distribución del ingreso, la pobreza, la educación, el desarrollo humano con justicia, la protección del derecho a la tierra de nuestros pueblos originarios y de nuestros campesinos, genuinos poseedores; el daño que causan los agrotóxicos, la industria sojera que desmonta; la regulación de la actividad minera o petrolera, que daña el ambiente que es de todos”. Sin embargo, insisten, “eso no significa que no haya buenas noticias para los pobres”.
Por eso deciden “cantar” estas “buenas noticias” en Navidad “porque creemos que Jesús sigue naciendo en esos niños, madres, ancianos, campesinos, pobres y desocupados...” y porque Dios –aseguran– “está indisimuladamente de su lado, y no del lado de los que desprecian o invisibilizan a los pobres, sus luchas y sus causas hablando de ‘dictadura con votos’, de ‘voto calificado’, o de cualquier otra actitud que ignore o rechace –con las palabras, con políticas o desde los medios de comunicación– a los preferidos de Jesús”.

pagina12

jueves, 6 de diciembre de 2012



Yo lo vi


Por Eva Giberti
/fotos/20121206/notas/na40fo01.jpg


Lo traían, arrastrándolo, sujetándolo desde las axilas. Los pies apenas rozaban el suelo, a pesar de su estatura, pero las rodillas no podían sostenerlo. Habían logrado cubrirlo con una camisa y el pantalón. La cabeza caída sobre el pecho, sin cara que me permitiera reconocerlo. Era Hernán, mi hijo. Acababan de interrumpir la sesión de tortura, sin que aquel que diera la orden “¡Traigan a Invernizzi!” se imaginara que lo habían dejado en ese estado.
El oficial no ignoraba que eso estaba sucediendo, pero el teniente coronel se descuidó. Pretendió ser gentil, aun sabiendo que ese detenido era “su” detenido y debían garantizar su vida y su estado. Por lo tanto, no ignoraba las torturas.
Cuando ese oficial me reconoció en el ingreso/admisión del Regimiento 1º de Patricios, lugar donde yo sabía que lo habían trasladado –si bien la información oficial era: “No se sabe dónde está. Seguramente fugado”– detuvo su auto. “¡Señora! ¿Qué necesita?...”, me preguntó.
Me acompañaba mi abogada, experta en haber ensayado habeas corpus de otros detenidos, quien rápidamente se presentó con nombre y apellido. Entonces el oficial nos invitó a subir a su automóvil, mientras comentaba: “Qué barbaridad, ¿cómo pudo pasarle esto a usted? Yo eduqué a mis hijos leyendo su Escuela para Padres...” No le creí. Yo sabía lo que durante décadas había escrito acerca del despotismo. Pero fue la cortesía que se le ocurrió.
Sinteticé: “Vengo a ver a mi hijo, porque yo sé que está aquí... Y le traigo ropa y productos para la higiene...”. Absolutamente segura de que allí estaba él. Cuando hayan transcurrido otros veinte años, alguien contará cómo lo supe y por qué no dudaba.
Atravesamos los jardines, llegamos a Policía Militar 101 (que tenía entrada por Cerviño) e ingresamos por un portón. El oficial, un teniente coronel, continuaba conversando con nosotras. Hasta que ingresamos a un gran patio, seco y marrón con algunos bancos contra las paredes y un par de puertas que conducían a la zona de los calabozos. Algunos conscriptos soldados caminaban en silencio y repentinamente dejaron de estar.
Allí el teniente coronel me dijo: “Ahora lo van a buscar para que usted lo vea y converse con él. Unos minutos, porque está incomunicado...”.
Me demostraba el favor que me estaba haciendo porque yo había escrito Escuela para Padres, texto reconocido por la comunidad.
Mientras nos sentábamos, mi abogada, mucho más alerta y veloz que yo, comprendió que sería preciso entretenerlo y comenzó a darle conversación acerca de temas políticos. Hasta que se abrió una puerta y yo lo vi, ingresando, llevado a rastras, en ese patio seco y marrón.
Me puse de pie e intenté abrazarlo. Inútil, se le vencían las piernas. Me senté, se arrodilló como pudo y apenas balbuceó: “Me habían dicho que estabas gravemente herida, en el hospital, que confesara antes de que te murieras...”. Y sollozó.
Un hedor a alcohol lo rodeaba. “¿Qué te están dando?”, atine a preguntar. Casi sin poder articular las palabras contestó: “Me dan vino con pastillas, no sé de qué, dicen que para que hable”.
Recién entonces, apenas separada del inverosímil abrazo de medio cuerpo puede mirarle la cara, negra por los moretones que los trompazos habían marcado.
El teniente coronel, que no esperaba esa escena, ni el brutal testimonio de la tortura, intentó acercarse, pensando que estaríamos transmitiéndonos mensajes en clave.
Con tono militar: “Señora, ya no puede permanecer más...”.
Mi abogada, que no se apartaba de él, volvió al diálogo y llego a decirle: “Pero si él no puede hablar.... La madre tiene derechos...”.
“Pero no –gritó el oficial–, ¡si está incomunicado!” Esa voz me llegó de costado, yo sólo quería escucharlo a Hernán, que me acariciaba, como podía porque no lograba levantar los brazos, para decirme “estás bien, estás bien...”.
Dos tipos aparecieron en una de las puertas del patio, uniformados de fajina: venían a buscarlo para retomar la tortura que la imprudencia del teniente coronel les había arrancado de la picana, de los culatazos con fal y de la intoxicación con drogas estimulantes y alcohol.
¿Qué me dijo y qué le dije al teniente coronel? No tiene importancia. Habíamos transcurrido, de manera insólita e imprevista, veinte minutos juntos en ese patio entre balbuceos, sangre y un cuerpo dislocado, mientras yo apretaba dentro de mi cartera un cepillo de dientes y un pan de jabón de tocador.
El teniente coronel se quedó en el interior de la Policía Militar –predio que hace años fue vendido y allí funcionan ahora una sede de Easy y de Jumbo– y nos mandó de vuelta en otro auto.
Transcurrieron muchos años. Durante ese tiempo, miles de madres podían haber imaginado esta misma escena. Todas ellas sabían qué es la tortura, todos los torturados y torturadas lo cuentan. El Nunca Más fue explícito en todos los horrores posibles.
Pero es preciso refinar los testimonios porque los medios publican de la Causa ESMA, la Causa La Perla, narran cómo las mujeres parieron sus hijos en cautiverio esposadas a una camilla, describen los Vuelos de la Muerte en la esfera pública y aprenden quienes quieren aprender. Los que no precisan recordar y los que recuerdan forman parte de ese universo de “aquellos años”, que algunos –cómplices actualmente conocidos– pretenden se inscriban en la reconciliación. O bien nos dicen que los derechos humanos son muchos y que no hay razón para ocuparse específicamente de lo ocurrido durante el terrorismo de Estado porque esos recuerdos fracturan a la comunidad y sumergirlos es lo prudente. Negándose a reconocer el conflicto de valores que este gobierno instituyó como presencia ética e insoslayable, como una lógica dominante en la historia de los derechos humanos.
Por eso el testimonio de lo que se presenció busca rescatar una escena paradojal donde alguien vio lo que no debía ver, mientras otros hacían lo que no debían hacer y otro en representación pretendidamente cordial buscaba insertar la excepción para ser evaluado como uno de los que se considerarían más tarde derechos y humanos.
La perversidad del modelo que generó la paradoja siniestra (un oficial fingiendo ser cordial con la madre de un detenido y errando en su cálculo al mostrar lo que no debía ser conocido) sirve para anticipar que lo que vino después ya formaba parte de la organización mental de quienes luego diseñaron La Perla, la ESMA, la Cacha y todo lo demás.
Porque, a Hernán, yo lo vi en septiembre de 1973, en el embrión del terrorismo de Estado.

pagina12

lunes, 3 de diciembre de 2012

Clarín. Un invento argentino - Capítulo 02 - HD -





Publicado el 02/12/2012
Compartimos el segundo capítulo doble, emitido por la TV Pública, de la serie documental "Clarín. Un invento argentino." dirigida por Ari Lijalad y producida por David Blaustein que narra la historia de Clarín.

3. Clarín, desarrollismo y después... (1957-1969)
A partir de 1957 Clarín se transformó en la voz del desarrollismo encarnado por Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio, con quienes Noble estableció una relación muy cercana. Durante el gobierno de Frondizi, Clarín obtuvo importantes beneficios impositivos y crediticios que le permitieron dar un gran salto económico y comunicacional. A su vez, en 1958 nació Guadalupe Noble, única hija biológica de Noble. Con los años, Guadalupe protagonizará una extensa batalla legal con Ernestina Herrera, que en 1967 se casó con su padre y logró, a partir de la muerte de Noble en 1969, apropiarse de Clarín.

4. La era de Frigerio (1969-1975)
A partir de la muerte de Noble en 1969, Clarín quedó en manos de Ernestina Herrera de Noble. Pero el poder real en la conducción periodística y empresarial de Clarín recayó en manos de Frigerio, quien ocupó los lugares clave de la empresa con militantes desarrollistas de su confianza, entre ellos, el entonces joven contador Héctor Magnetto. Clarín logró diversos beneficios por parte de los dictadores Roberto Levingston y Alejandro Lanusse, y luego tuvo una relación ambigua con el peronismo. En los meses finales de 1975 creció su relación con las Fuerzas Armadas, despidió a los delegados sindicales y apoyó el Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.

http:/www.tvpublica.com.ar


Hubo dictadura, hay democracia

Por Roberto Follari *


Ofende a la inteligencia, pero más aún a la sensibilidad que haya irresponsables que pretendan que hoy vivimos una dictadura. No estamos en cualquier país: en éste, hace apenas treinta años y con secuelas que están hoy en pleno proceso público de enjuiciamiento, se secuestró, torturó por años, encapuchó, asesinó a miles y miles de compatriotas. En cambio ahora, con total libertad y sin problema alguno para decir lo que quieran y donde quieran, una mezcla de ignorancia y mala fe se resume en la torpe consigna de “estamos en dictadura”. “Perdónalos, señor, porque no saben lo que hacen”, dice el Evangelio. Y, efectivamente, en este país que entre 1976 y 1983 fue de desaparecidos, presos, exiliados de a miles, exiliados internos, echados del trabajo, perseguidos varios, temor a toda hora de ser encontrados y asesinados, hay quienes insólitamente, con una inocencia digna de mejor causa, insultan a los que entonces sufrieron, con el descaro de llamar “dictadura” a unademocracia de plenas libertades.
Había campos de concentración clandestinos. Había asesinatos múltiples, disimulados en partes militares que hablaban de supuestos intentos de fuga, y espetaban: “Murieron quince subversivos, las fuerzas del orden no tuvieron ninguna baja”. Había rastrillos por manzanas enteras de las ciudades, donde se allanaba violentamente todas las casas una por una, aunque fueran las tres de la mañana. Se bajaba a las personas de los ómnibus y se las revisaba, se veían sus documentos y se cotejaba con listas de perseguidos; se detenía a algunos y nadie se atrevía a preguntar, aunque todos sabían que no se volvería a verlos. Había listas negras en las universidades y fábricas, de donde se echó a miles de profesores, estudiantes y trabajadores, y donde se revisaba también al entrar, a ver si quien lo hacía estaba en alguna lista. Había ruidos nocturnos, frenadas, tiros al aire y a las personas, angustia y desesperación de miles de argentinos que no sabían cuándo podía tocarles la represión en cuerpo propio.
Y ahora se ha avanzado en hacer justicia, a través de los procesos penales en curso. Un caso muy destacable es el sucedido en los últimos días. En el avance sobre las complicidades civiles (que comenzó con varios jueces ligados a la justicia federal de Mendoza), por primera vez está procesado un gran empresario, por la sospecha de su participación en el asesinato múltiple de trabajadores durante aquella época. El señor Blaquier, uno de los dueños del Ingenio Ledesma, es quien deberá responder ahora en la Justicia por muchos trabajadores que fueron secuestrados en una sola noche en predios del ingenio. Una noche horrible y siniestra de la que ahora tendrá que dar cuenta uno de aquellos que es sospechado no sólo de haber acompañado a la dictadura, sino de haber participado activamente de sus métodos.
Es un extraordinario avance; las Fuerzas Armadas se han quejado de que hubo civiles que los llevaron al ejercicio de la barbarie represiva, y que a la hora de delimitar responsabilidades las han dejado solas. Quienes reprimieron no pueden pretender que la instigación por parte de otros atenúe la asunción de sus propias acciones, pero sí corresponde que si hay actores civiles con responsabilidad efectiva (y es evidente que los ha habido), éstos deben dar cuenta de sus actos. Mientras de a poco la memoria va abriendo espacio a la verdad sobre un pasado lúgubre (y esto es un logro democrático indisputable del actual gobierno), está claro para la gran mayoría de los argentinos el significado de la palabra “dictadura”. Horror, oprobio, asesinatos, secuestros, muertes, sufrimiento, cárceles “legales” y clandestinas (a muchos presos legales también se los torturaba), violaciones masivas y reiteradas, torturas y vejámenes interminables y constantes por años, control total y absoluto de la palabra pública y a menudo la privada (por predominio del miedo), más de cien periodistas desaparecidos y/o asesinados.
¿De qué hablan los que hablan de que hoy estamos en dictadura? ¿Es que puede malversarse a esos extremos la expresión pública, es que puede
hablarse así, como si aquellos lamentables episodios de la historia nacional jamás hubieran existido? Lo cierto es que, al margen de quienes pretenden tapar el sol con un dedo e ignorar esos hitos terribles e insalvables de nuestra historia, la necesaria memoria de aquel pasado va haciendo lugar a la justicia. Como en ningún otro lugar del mundo, porque, al revés de lo que se dice desde el desconocimiento, en este tema estamos muy en ventaja como país en tanto nos hemos mostrado capaces de hacer justicia, mientras en casi todas partes donde ha habido parecidos ejercicios del terrorismo de Estado, predominan con los años el disimulo y la impunidad.
* Doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Nacional de Cuyo.

pagina12

sábado, 1 de diciembre de 2012


CV

Por Sandra Russo

/fotos/20121201/notas/na40fo01.jpg
La primera nota que hice en mi vida fue al dictador Juan Carlos Onganía. No fue una nota propiamente dicha, en realidad. Yo estaba en sexto grado y colaboraba en el periódico mural El Hornero, en mi colegio. Se me ocurrió mandarle una carta al presidente (no tenía muy en claro el asunto de las dictaduras y las democracias en aquel momento, ni en mi casa ni en mi escuela se hablaba de política). Se me ocurrió “hacerle una nota” al presidente. Entonces le escribí una carta, pidiéndole puntualmente que recuperara las Islas Malvinas.
Era una carta muy encendida. Me contestó al poco tiempo su secretario privado, algo más bien de rigor, felicitándome por mi vocación periodística, diciéndome en nombre del presidente que las Malvinas eran argentinas y detallándome una serie de tratativas diplomáticas. Llevé la carta con el membrete presidencial, de un papel color marfil, grueso y tramado, al colegio. Se la mostré a la maestra encargada del periódico mural y, naturalmente, fue colgada en el corcho gigante que era El Hornero. Fue muy comentada ese año.
Vaya, cómo son las cosas: antes de que me llegara hace instantes este recuerdo lejano, estuve a punto de empezar esta nota diciendo que yo no quería ser periodista cuando estaba en edad de pensar qué quería ser, en 1976. Pero algo de mi vocación periodística le debo haber escrito a Onganía, ya que en la respuesta se me felicitaba por ello. Y ahora que ato cabos, pienso que es curioso que planteara esa nota, a los once años, no con una lista de preguntas, sino con una rudimentaria fundamentación histórica y un reclamo.
Años después fue otra carta, ya con 19 años, al Expreso Imaginario, lo que me permitió llegar a la primera redacción “real” de mi vida. Antes había conocido otras en las que chicos y chicas trabajaban fervorosamente en distintas revistas alternativas que hacíamos a mano, fotocopiadas, con las hojas abrochadas por nosotros, y que vendíamos por la calle Corrientes. Jorge Dorio se acuerda. Pero ni cuando me acerqué a esas redacciones contraculturales que en plena dictadura hablaban de rock y de poesía, ni cuando llegué al Expreso, ni cuando ingresé un par de años después a Humor Registrado como correctora, estaba en mi cabeza convertirme en periodista y mucho menos pensaba mi trabajo en términos de “medios de comunicación”. Estábamos muy lejos de lo masivo, muy lejos del poder, muy lejos de los cócteles, de la academia y de la carrera de Comunicación, que no existía todavía. Era otro circuito, ocupado por una generación que no podía hacer política. Ninguno de nosotros hubiese aceptado una oportunidad para ingresar a Somos o a Gente, que eran las revistas de moda. Eramos de otro palo. No teníamos el periodismo en la cabeza. Pero sí la comunicación, que es algo más complejo y más amplio.
Probablemente los que empezamos por ahí, por los márgenes, no nos sentíamos atraídos por el periodismo porque por periodismo no se entendía nada, hacia finales de los ’70, que se vinculara de alguna manera, aunque fuera vaga, con el pensamiento crítico, ni con la transgresión. En tanto que en las revistas contraculturales, como en el Expreso Imaginario y en Humor, sí lo había. Eran líneas editoriales que nadaban a contracorriente, junto a otras pocas publicaciones, como después fue El Porteño, que nunca alcanzaban el equivalente a un punto de rating televisivo.
Quizá por eso nuestro propio pensamiento crítico incluyó desde el principio a los grandes medios de comunicación. Desde entonces nuestro trabajo en esos medios pequeños incluyó la mirada crítica y alerta sobre los grandes medios, y fuimos testigos generacionales de la imbricación entre el poder y los grandes medios que condujo a la crisis de 2001. Lo vimos, lo escribimos, lo publicamos.
Hay muchos disparadores de deseo con relación al periodismo. Hay quienes se acercan al periodismo de investigación por su ánimo de pesquisa, quienes profesionalizan su curiosidad, quienes quieren satisfacerse el ego, quienes divulgan saberes complejos, en fin, hay mil maneras de ser periodista, y serlo no lo hace a uno bueno ni malo. En lo personal, el gran impulso que me acercó al periodismo fue el de la adolescencia, el deseo de comunicación. Siempre he asociado ese deseo más a la señal de humo que al spot televisivo. Queríamos comunicarnos entre nosotros en una época en la que estaban cortados todos los puentes y las vías de acceso a los otros.
Después, ya en democracia, nació este diario, y hace ya veinticinco años que es éste el soporte que me elige y que elijo, en ese intercambio necesario entre empresas de prensa y periodistas: un medio cuya línea editorial se asemejó mucho, durante más de dos décadas, a lo que yo quería decir. Sé que eso ha sido importante y que muchos no han tenido ni tienen la suerte de trabajar en un medio que les permita expandirse.
Por último, después de treinta y tres años de carrera periodística, sigo pensando que el motor que me sigue impulsando a hacer este trabajo es el deseo de entender la realidad del modo en el que lo hacen muchos otros y quizá no lo puedan conceptualizar. Eso, conceptualizar, asociar, detectar sentido, crear sentido, encontrar las palabras adecuadas, es un trabajo específico que como tantos otros requiere técnicas y sensibilidad. Eso es lo que comparto, después de tantos años, con quienes están del otro lado del diario, el micrófono o la cámara.
A lo largo de todo este tiempo he pasado momentos difíciles. Pero lo que nunca se me pasó por la cabeza es que, después de tres décadas de democracia, iba a llegar una denuncia penal que pretendiera privarme no ya de la libertad de decir lo que quiero, sino de mi libertad entera. Las rectificaciones posteriores, confusas y despectivas no hicieron más que ratificar cómo mienten: la corporación que saca una solicitada diciendo que no denuncia penalmente a periodistas, los mantiene todavía denunciados. Hasta el 5 de diciembre, la fecha que fijó el juzgado, los dos escritos posteriores que presentaron descansan junto a la denuncia original, en la que se nos menciona como “principales propaladores” del presunto delito, junto a funcionarios, militantes y organizaciones políticas. No pueden limpiar la mancha de la etiqueta “propaladora” que unieron a mi nombre. Un vómito sobre mi trayectoria y mi trabajo. Esa denuncia no habla de mí. Habla de Clarín.

pagina12