domingo, 17 de marzo de 2013


Anatema

Por Mario Wainfeld

Las denuncias sobre abusos sexuales cometidas por sacerdotes católicos motivaron un abroquelamiento de la Curia. Se las encasilló como parte de una campaña mundial de “descristianización”, se demonizó a los denunciantes. En términos prácticos y aun doctrinarios, la reacción promovida desde el Vaticano fue un abroquelamiento sectario. Cerrar filas, aun a costa de perder fieles. Se supone, se espera y hasta (con exceso de premura) se da por hecho que el papa Francisco viene para desandar todos esos pasos. No sería sencillo, sería promisorio.
El comunicado del portavoz vaticano, Federico Lombardi, desmintiendo las denuncias de este diario y en especial de Horacio Verbitsky contradice el tono pacificador de los primeros mensajes del papa Francisco. Y parece reincidir en la desviación intolerante. Esta vez, referida a otra temática.
Las investigaciones de Verbitsky volcadas en sus libros, en artículos publicados en Página/12 (incluso en esta edición) no son opiniones. Acumulan documentos y testimonios rotundos, muchos develados por primera vez. En conjunto, son irrefutables. Tratar de desmentirlos con fundamentos y no con eslóganes exigiría un esfuerzo que Lombardi no ha hecho y seguramente no hará, porque quedaría en offside.
Su reproche está formulado en una terminología arcaica, que combina retórica propia de la Guerra Fría y ecos inquisitoriales. El vocero aduce que no hay condena penal contra Jorge Mario Bergoglio. Hombre leído e informado (los jesuitas siempre lo son), Lombardi sabe que en la Argentina hubo un contexto de impunidad que (con la breve interrupción del Juicio a las Juntas Militares) duró más de veinte años. Lo que está en debate son conductas y no sentencias, a las que recién ahora se está llegando.
La incoherencia del anatema se duplica porque el vocero acusa a este diario de realizar “campañas calumniosas y a veces difamatorias”. En algunos países (por ventura, no ya en la Argentina), esos hechos son delitos penales. En la Argentina son ilícitos civiles, por los que ni Página/12 ni Verbitsky han sido condenados.
Podría añadirse que no son las condenas las que mueven la aguja en la Curia, que sigue tutelando a delincuentes probados como el represor Christian von Wernich o el abusador Julio Grassi. Para las ovejas descarriadas del propio rebaño rige, por lo visto, un doble estándar.
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Las denuncias motivaron polémicas en la Argentina. Luchadores por los derechos humanos adujeron la inocencia del actual Papa. El Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel fue uno de ellos, aunque puntualizó que “le faltó coraje para acompañar nuestra lucha”. Alicia Oliveira fue más enfática, por conocer de cerca al actual Papa.
En cambio, Estela de Carlotto subrayó la falta de compromiso de la jerarquía eclesiástica durante la dictadura y después.
Ese punto, formulado con la autoridad moral de Carlotto, desnuda una debilidad de quienes alegan que Bergoglio salvó muchas vidas, incluyendo las de los desdichados Yorio y Jalics. Si contaba con tanta influencia (no era pavada lograrlo en esos tiempos) y tanta información, no se explica por qué no denunció luego a los autores de las violaciones de derechos humanos. Ni suministró información, ni tuvo trato con los familiares de las víctimas, ni se esforzó para que hubiera sepultura digna para los desaparecidos. Tamañas pasividades no distinguen especialmente a Bergoglio, ya que estuvieron muy extendidas entre sus pares. Lo que da un contexto adecuado, pero no lo dispensa de responsabilidades.
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¿Influirá ese pasado cuestionable en el pontificado que viene? Quizá la magnitud de su nueva responsabilidad, el cambio cualitativo de su rol produzcan una mutación en el papa Francisco. No es imposible, casi nada lo es en la condición humana. La historia de la Iglesia es pródiga en ejemplos de hombres falibles (o cosas peores) que devinieron santos o ejemplos valiosos. Agustín de Hipona es el más clásico.
La Iglesia es una institución poderosa, que combina tradición e instituciones sólidas con la continua creación de figuras carismáticas. Cada papa que adviene llega con una promesa de cambio, que incluye el de su propio nombre. En este caso, como en tantos otros, se atribuyen virtudes excelsas al nombre elegido. Este papa llega con la promesa de ser un profeta que desbaratará mucho del pasado. La transición no es sencilla en términos terrenales, ya que requiere una sofisticada estrategia discursiva.
Un texto clásico de la sociología (La construcción social de la realidad, de Peter Berger y Thomas Luckmann) explica que quien se convierte debe “producir nuevas interpretaciones particulares del pasado (y) su significación”. Agrega que lo ideal para el individuo en cuestión sería que se olvidase todo por completo. Como olvidar por completo es muy difícil, lo mejor es “una reinterpretación radical... de la propia biografía pasada”. “Inventar cosas que no sucedieron resulta relativamente más fácil que olvidar las que sucedieron. Se pueden urdir e insertar hechos donde quiera que se necesiten para armonizar el pasado que se recuerda con el que se reinterpreta”.
Ese tipo de reconstrucción, no ya de la trayectoria del ahora papa, sino de la saga en la Iglesia durante la dictadura, puede ser funcional a varios fines. Hasta puede imaginarse alguno fenomenal como abrir sus archivos, realizar una autocrítica franca y extendida, pedir perdón a las víctimas. Es lo que proponen algunos obispos que se haga con quienes padecieron abusos sexuales. En ambos casos, muchas de las víctimas fueron integrantes de la propia comunidad católica.

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sábado, 16 de marzo de 2013

El Vaticano


La Santa Alianza

Por Eduardo Febbro
Desde Ciudad del Vaticano

El Vaticano es una caja fuerte que contiene secretos planetarios, entre ellos muchos archivos con documentos clave sobre los episodios más cruentos de la dictadura argentina de 1976. La controversia entre el papa argentino, ampliada por la intervención del portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, tiene casi la misma raíz que llevó el año pasado a la explosión del escándalo de los Vatileaks y a la posterior renuncia de Benedicto XVI: la santa alianza sellada en los años ’70 y ’80 entre el Vaticano y el ex presidente norteamericano Ronald Reagan. Esa colusión entre los intereses de la primera potencia mundial y los de la Santa Sede inauguró un período de casi cuatro décadas de corrupción, apoyo a dictaduras militares, financiamiento secreto de movimientos anticomunistas –Polonia con Solidaridad– y sostén ideológico de regímenes sucios. Uno de los operadores iniciales de esa “santa alianza” no es otro que el arzobispo, cardenal y diplomático Pio Laghi. Hombre de siniestras referencias, Laghi fue nuncio apostólico en la Argentina entre 1974 y 1980, o sea, en plena dictadura. Sus actividades en el país están marcadas por el sello de la acusación de haber colaborado a sabiendas con la dictadura de Videla y compañía. En 1997, Pio Laghi fue denunciado ante la Justicia italiana por las Madres de Plaza de Mayo en su calidad de cómplice en la desaparición de opositores durante la dictadura.
Sobre el papel de Laghi hay muchas versiones, pruebas y contrapruebas, personas decentes que lo defienden y otras que lo incriminan. El 27 de abril de 1995 Laghi declaró: “¿Cómo podía saber que estaba tratando con monstruos capaces de arrojar personas desde un avión y otras atrocidades similares? Se me acusa del espantoso delito de omisión, miedo o denuncia cuando mi único pecado era la ignorancia de lo que verdaderamente estaba pasando”. Sin embargo, no es únicamente su paso por la Argentina y lo que hizo o no hizo para ayudar a los perseguidos Pio Laghi sino, también, lo que construyó después: Pio Laghi es el arquitecto del acercamiento entre Washington y el Vaticano con el único propósito de combatir un enemigo común: la Teología de la Liberación. En 1980, Juan Pablo II nombró a Pio Laghi delegado apostólico en los Estados Unidos y luego pro nuncio. Laghi se encargó de remodelar el Episcopado apoyándose en los obispos fieles a al línea del papa polaco y también de iniciar la purga de los partidarios de la Teología de la Liberación.
Es un rompecabezas encontrar en Roma un religioso con nombre y apellido que hable sobre lo que subyace en los actos de Pio Laghi. Bajo el anonimato, algunos, ya muy ancianos, describen a Laghi como “el hombre orquesta del silencio”. Silencio quiere decir concretamente el hombre que organizó la protección global de los actos de la Iglesia durante la dictadura mediante la confiscación de documentos, es decir, archivos. Es la existencia de esos archivos la que le valió a Jorge Bergoglio ser citado a declarar como “testigo” por la magistrada francesa Sylvia Caillard. Esta abogada del Tribunal de Gran Instancia de París envió en 2011 una Comisión Rogatoria a Buenos Aires para que Bergoglio declarara sobre la posible existencia de archivos capaces de elucidar el asesinato del sacerdote francés Gabriel Longueville. Para muchos especialistas de la diplomacia vaticana, la Nunciatura de Buenos Aires jugó un papel central en el ocultamiento de los documentos relativos a la desaparición de personas. Horacio Verbitsky ya reveló cómo la Conferencia Episcopal de Argentina había informado al Vaticano que los desaparecidos eran exterminados por la Junta Militar. El documento secreto que la Conferencia Episcopal Argentina envió al papa Pablo VI da cuenta de un encuentro entre los obispos Raúl Primatesta, Juan Carlos Aramburu y Vicente Zazpe y el general Videla. La conversación tuvo lugar en abril de 1978. Videla fue claro al decir que los “desaparecidos ya están muertos”. El obispo Primatesta le dijo al dictador: “La Iglesia quiere comprender, cooperar, es consciente del estado caótico en que estaba el país” y también es consciente “del daño que se le puede hacer al gobierno con referencia al bien común si no se guarda la debida altura”. El Vaticano tiene en su poder documentos con infinitas memorias del horror. No sería inoportuno que abriera esas arcas para que no haya tantos asesinos impunes y tantas dudas sobre lo que hicieron o no los representantes de la Santa Sede en los países sometidos a la represión.
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ESTELA DE CARLOTTO, PRESIDENTA DE ABUELAS DE PLAZA DE MAYO, HABLO SOBRE EL PAPA



“Hay una nube negra sobre él”

“La Iglesia Católica argentina no ha dado ni un paso para colaborar con la verdad, la memoria y la justicia”, dijo Carlotto. Habló de las dificultades de las Abuelas para acercarse a la jerarquía eclesiástica y del caso De la Cuadra.

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Estela de Carlotto dijo que espera que “ahora que (Bergoglio) es Papa haga honor al lugar que ocupa.”

”Le damos un voto de confianza pero no olvidamos esa nube negra que todavía está sobre Bergoglio.” Lo dijo Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, al referirse a la relación del ahora Papa con la dictadura cívico-militar. Según Carlotto, Jorge Bergoglio, ahora Francisco, pertenece a “una Iglesia que oscureció al país” porque “su jerarquía fue partícipe, cómplice y ocultadora, directa o indirectamente”. La titular de Abuelas habló con representantes de medios extranjeros en la sede del organismo de derechos humanos acompañada por Estela de la Cuadra, cuya familia hizo gestiones infructuosas ante el ahora Papa para conocer el destino de la niña que su hermana Elena parió en cautiverio.
“Es una historia muy triste, que entinta a toda la Iglesia Católica argentina, que no ha dado ni un paso para colaborar con la verdad, la memoria y la justicia. Bergoglio pertenece, y hoy representa, a esa institución”, dijo Carlotto. Al tiempo que agregó que “ahora es Papa y hay una especie de satisfacción porque la Argentina figura como país civilizado, conocido y reconocido”. Carlotto enfatizó que “esa satisfacción nacional confunde un poco, una razona que Bergoglio nunca habló ni se nos acercó a las Abuelas para ayudarnos, ha ayudado en otros temas, muy lacerantes, pero no en el nuestro”.
Respecto de la actitud de la Iglesia en los primeros años de la búsqueda de su hija Laura, recordó que cuando su marido acudió a monseñor Antonio Plaza, “uno de sus secretarios le pidió una fortuna”. También mencionó que en las visitas del Papa a la Argentina “las Abuelas fuimos a las avenidas por donde iba a circular el papamóvil, esperando su bendición y que nos viera, el pañuelo blanco era el símbolo, y el Papa miraba para otro lado. Y les daba la comunión y la confesión a los genocidas. Recién el papa Juan Pablo II nos recibió en 1998 a las Abuelas. No fue fácil pero hubo un grupo de la Iglesia que posibilitó ese encuentro, monseñor Estanislao Karlic, José María Arancedo, Jorge Casaretto, Justo Laguna, ellos nos llevaron para dejarle al Papa la carpeta, darle la mano y pedirle por los niños. La respuesta fue que sabía de este drama y que ‘todos oramos por ellos’”.
Carlotto dijo que “con esa oración volvimos para ver qué oración hacía la Iglesia, si la Iglesia de acá hablaba de una vez de estos chicos, y no escuchamos nada. Entonces llegamos al día de hoy, que tenemos el papa argentino, que es miembro de esa Iglesia que nunca habló, nunca nos convocó. A esa satisfacción de que sea un argentino, por el optimismo y el respeto que tenemos las Abuelas, le deseamos que sea un buen Papa, que cumpla con el apostolado y que no se olvide que es argentino y latinoamericano, que no se olvide de dónde viene, él viene de una familia humilde y no puede haber ignorado lo que pasó en nuestro país”.
En relación con las denuncias puntuales que implican al ahora papa Francisco, Carlotto dijo que “hay sombras sobre Bergoglio, que están en dos libros, uno del fundador del CELS Emilio Mignone sobre la Iglesia y la dictadura, y otro del periodista Horacio Verbitsky. Se lo acusa de haber entregado a dos sacerdotes, también dicen que los salvó, dado que sobrevivieron, pero Bergoglio los habría entregado”. Agregó que en el caso de la desaparecida Elena de la Cuadra, se lo acusa de haber dicho a sus familiares que “no busquen más a aquella niña (el bebé que tuvo en cautiverio) porque está en buenas manos, que dejen a esos niños porque se pagó mucho por ellos”, recordó Carlotto. Destacó que “en el testimonio que tuvo que dar hace muy poco tiempo niega esa conversación. Y dice que hasta el año ’90 no sabía lo que pasaba en el país, lo cual nos resulta un poco increíble siendo que en 1985 hubo un juicio fenomenal en Argentina donde se juzgó y condenó a las juntas de la dictadura cívico-militar. Esto fue más que público, entonces cómo puede decir que ignoraba lo que pasaba”.
Pero Carlotto manifestó que espera que “ahora que es Papa haga honor al lugar que ocupa y haga cosas que debe y tiene que hacer. Quienes lo eligieron evidentemente hacen abstracción de que acá, si bien no lo vamos a comparar con otros obispos, como (el secretario del vicariato castrense Emilio) Graselli, que convivían con la dictadura, a él se lo acusa de decir que ignoró, que no sabía, y de que habría entregado a algunos sacerdotes. Pero no está condenado”. Y destacó que “la sociedad argentina registra méritos de humildad, de solidaridad con las víctimas de Cromañón y de la trata de personas, que compra el diario, que toma el subte, que es un ciudadano sin protocolo y simple, además del predicamento que tiene entre los católicos argentinos”.

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viernes, 15 de marzo de 2013


Francisco, primero Bergoglio

Por Oscar Campana *

Supongamos a un cristiano neocelandés, por ubicarlo en algún lugar remoto. No sabe quién es Bergoglio. Supo de Argentina por los desaparecidos, las Malvinas y Maradona. Tiene que construir la imagen del nuevo papa interpretando lo que ve en su primera aparición pública.
El nombre del nuevo papa es Francisco. Por el “pobrecito de Asís”, supone. Aquel que mostró un camino radicalmente distinto al del poder romano en la Edad Media. Aquél a quien Jesús le pidió “repara mi Iglesia”.
Ve salir al balcón a un hombre con cara de sencillo, sin cruces papales ni estolas apostólicas. Comienza haciendo algo tan humano como decir “buenas noches” en lugar de “alabado sea Jesucristo”. No dice “hermanos”. Dice “hermanos y hermanas”.
Luego hace referencia a que fue elegido “obispo de Roma”, no “papa”. Cita, sin decirlo, a Ignacio de Antioquía, un padre apostólico de principios del siglo II. Y lo cita con propiedad. Quien “preside las iglesias en la caridad” no es el obispo de Roma (luego, el papa), sino “la Iglesia de Roma”. Todo un símbolo de una eclesiología de la colegialidad episcopal, opuesta a una eclesiología de la monarquía papal.
Insiste con Roma. Recuerda que el objetivo del cónclave es darle un obispo a Roma. Parece sorprendido porque lo hayan ido a buscar tan lejos. Agradece la acogida a la comunidad de Roma. Habla del inicio de un camino, “pueblo y obispo”, con la diócesis de Roma. Se presenta junto al vicario para la diócesis de Roma (el que la gobierna en nombre del papa), quien lo ayudará en la evangelización de la ciudad de Roma. Anuncia que al otro día irá a pedirle a la Virgen para que cuide de Roma.
Antepone la plegaria bendicional del pueblo al obispo, a la bendición del obispo al pueblo. Acompaña el pedido con un gesto: se inclina ante el pueblo.
El neocelandés, lector asiduo de la mejor teología conciliar y progresista, no da crédito a lo que ve y escucha. Cuando nada esperaba de este cónclave, aparece un papa que rodea su epifanía con gestos y palabras impredecibles. Literalmente, increíbles.
Pero no soy neocelandés. Soy argentino. Porteño. Como Bergoglio y su diócesis. Oí hablar de él desde hace mucho.
Cuando hace veintiún años fue elegido obispo, un hermano de su congregación, que lo había padecido como formador, nos dijo: “Hasta papa no para”. Lo entendimos como una mirada sesgada por la dolorosa cercanía que a veces generan los vínculos comunitarios. Pero cuando años después fue elegido obispo coadjutor con derecho a sucesión de Buenos Aires, lo que le aseguraba el arzobispado y el cardenalato, pensé que aquel jesuita ya fallecido, Juan Luis Moyano, no estaba tan lejos de la verdad... ¿Qué decir hoy?
Luego vino toda la historia del papel de Bergoglio en el secuestro y desaparición de Orlando Yorio, atestiguada tanto por él como también por José “Pichi” Messegeier. Sobre esto ya hay libros escritos. Y documentos que sostienen las versiones. Nadie duda de que la más leve de las interpretaciones posibles sea más que pesada...
La coexistencia de su simpatía y apoyo con los curas villeros y la pastoral popular convivían con su simpatía, apoyo y consuelo de cuanto dirigente político, social o empresario (casi siempre de derecha) se opusiera al gobierno de los Kirchner, quien consideraba a Bergoglio el líder la oposición. A través de la “vicaría de la educación” no tuvo reparos en protagonizar una escalada del poder de la educación privada, beneficiada cada vez con mayor presupuesto por parte del gobierno de Mauricio Macri, aun a costa de la educación estatal, la de los pobres.
Y mientras cada 7 de agosto acudía al santuario de San Cayetano para hablar de los pobres y excluidos, podía ser, a la vez, el presentador del “Proyecto social para el desarrollo”, un programa político apadrinado por Roberto Dromi, intendente de Mendoza en la dictadura militar y arquitecto legal de la entrega del país en la década menemista, dos caras de un mismo proceso políticoeconómico que generaron un país lleno de aquellos mismos pobres y excluidos; programa político que recorría todos los lugares comunes de la derecha vernácula: autarquía del Banco Central, fin de las retenciones, unificación de seguridad y defensa en un solo ministerio...
Su austeridad personal, indiscutible, siempre ha convivido con una decidida y sostenida búsqueda del poder, primero en su congregación, luego en la Iglesia argentina y universal. Bergoglio es un estratega y un político, como hace mucho no había en nuestra Iglesia. Pero parece que ahora todas las virtudes se reducen a una sola, olvidando que los pecados capitales son siete...
No obstante los antecedentes, no habría que descartar que una figura tan lejana al ceremonial y al protocolo, y consciente de la necesidad de ponerles fin a los escándalos (financieros, sexuales, políticos) continuados desde hace tiempo en la Iglesia universal y en Roma, sea capaz de imponer un cambio de rumbo en muchos temas sensibles.
Pero esto, más que hablar bien de Bergoglio, habla mal, bastante mal, del camino que la Iglesia tomó en las últimas décadas. Cuando luego del cónclave de 2005 circuló la versión de que Bergoglio fue el destinatario del voto “reformista” (quizá por derivación del voto a Martini), no pocos dijimos que si él expresaba el reformismo era porque la Iglesia se había precipitado hondamente en el conservadurismo.
¿Será Bergoglio la expresión del “reformismo posible”? Para responder a esta pregunta, habrá que esperar la paulatina toma de decisiones. En Argentina nos daremos cuenta pronto, cuando comiencen a completarse las designaciones episcopales pendientes, sobre todo la de Buenos Aires. Pero habrá ocasión, sin lugar a dudas, para importantes decisiones vinculadas con la curia romana, el hueso duro de roer desde hace siglos, un poder enquistado que fagocita y destroza todos los intentos de reforma y renovación. Una curia romana con la que Bergoglio no se ha llevado bien.
¿Pateará Bergoglio el tablero convocando a un nuevo concilio universal, tratando de buscar el camino para definitivamente acabar con el poder de la curia y haciéndose cargo, a la vez, del legado del cardenal Martini? No habría que descartarlo, aunque nunca se animó a convocar un sínodo en la arquidiócesis de Buenos Aires... Porque un concilio es, en el corto plazo, algo inmanejable.
Ojalá se anime a pegar el salto a lo desconocido. Así, quizá, podamos olvidarnos de algunas páginas preocupantes de su biografía.
Alguna vez estuve/estuvimos en el lugar del neocelandés. Fue en octubre de 1978, cuando eligieron a Karol Wojtila como Juan Pablo II. Un perfecto desconocido, de origen humilde, que venía de uno de los países más castigados en la historia del siglo XX. Todos nos alegramos con su frescura, su sencillez, su carisma. Y después pasó lo que pasó: el papado de la restauración y de la sepultura del intento reformador del Concilio Vaticano II.
Me gustaría ser neocelandés. Lo juro. Aunque más no sea, para alegrarme por un rato.
* Teólogo.

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jueves, 14 de marzo de 2013

EDUARDO DE LA SERNA ANALIZA LA DESIGNACION DE JORGE BERGOGLIO



“Maneja muy bien el poder”


El coordinador del grupo de Curas en Opción por los Pobres reconoce su capacidad para acercarse a la gente, aunque no cree que impulse cambios en cuestiones de doctrina. Su relación con la ultraderecha eclesial y lo que puede pasar en la Iglesia argentina.

Por Pedro Lipcovich
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El entonces cardenal Jorge Bergoglio, en la iglesia de San Cayetano, en el barrio porteño de Liniers.

Jorge Bergoglio sabe manejar muy bien los hilos del poder”, sostiene el sacerdote Eduardo de la Serna, del secretariado de Curas en Opción por los Pobres (OPP). Esa capacidad política sería el hilo que vincula las muy diversas facetas que De la Serna señala en el flamante papa: su conflicto con sectores considerados ultraderechistas de la Iglesia argentina, como el arzobispo Héctor Aguer o el Instituto El Verbo Encarnado; pero también su “participación activa” en la desaparición de dos sacerdotes durante la dictadura militar; por otra parte, “su capacidad para acercarse a la gente, su insistencia en que los curas vayan a los barrios, a las villas”; al mismo tiempo, “no es probable que impulse cambios en cuestiones de doctrina, como el lugar de la mujer en la Iglesia o la comunión de los divorciados”; pero, sin embargo, “bien podría ser que, sin cambiar la doctrina, tuviera gestos de acercamiento a divorciados o aun a travestis”. Los primeros indicadores de su gestión deberían discernirse en “la realización o no de cambios en la curia romana y, en la Argentina, la designación del nuevo arzobispo de Buenos Aires”.
–¿Por qué le parece que los cardenales eligieron a Jorge Bergoglio?
–Bergoglio sabe manejar muy bien los hilos del poder. Ya había sido muy votado en el cónclave anterior, cuando se eligió a Josef Ratzinger; y, en 2007, todos los obispos latinoamericanos lo eligieron presidente de la comisión de redacción del Documento de Aparecida. En cuanto a los criterios que los cardenales priorizaron con esta elección, desde ya no es probable que sea un papa de avanzada. Hay cosas que a muchos preocupan y que no creo sean para él temas principales, como la comunión de los divorciados, los temas de la homosexualidad y el aborto. En cambio, podemos esperar de su parte gestos de cercanía. Por imaginar un ejemplo: no me extrañaría que en Jueves Santo lavara los pies de un grupo de travestis: no digo que vaya a hacerlo pero sí que sería capaz de algo así, como para dejar en claro que de ningún modo los excomulga, aunque no aplauda su accionar. Entonces, no creo que promueva cambios importantes a nivel doctrinal, pero puede tener gestos importantes en el nivel pastoral –contestó el representante de OPP, que hace pocos meses cuestionó al Episcopado por aceptar la vinculación de la Iglesia con la última dictadura militar–.
–¿Podría darnos un ejemplo de esta diferencia entre lo doctrinal y lo pastoral?
–La doctrina oficial de la Iglesia dice que quienes viven juntos sin estar casados por Iglesia no pueden comulgar; pero, para muchos teólogos, eso no tiene fundamento. Bien: no me extrañaría que Bergoglio designara a un grupo de teólogos para estudiar esos argumentos: a nivel pastoral, sería un gesto de cercanía respecto de esas personas que hoy no pueden comulgar; pero crear esa comisión no implicaría en sí mismo un cambio en la doctrina de la Iglesia al respecto. Tampoco creo que con Bergoglio haya cambios en el rol de la mujer dentro de la Iglesia.
–¿Qué incidencia tendrá sobre la Iglesia argentina la designación de Bergoglio?
–Empiezo por recordar la importancia que en la Iglesia tienen los nuncios. El nuncio es el embajador del Vaticano, pero es mucho más: termina decidiendo qué candidatos a obispos figurarán en las ternas que se elevan a Roma. Hasta hace un año y medio, el nuncio era el italiano Adriano Bernardini, que propuso muchos candidatos cercanos a Héctor Aguer, arzobispo de La Plata. Pero sucedió algo muy interesante: cuando Bergoglio se acercaba a los 75 años y debía presentar su renuncia como arzobispo de Buenos Aires, el nuncio cambió; a principios del año pasado entró el suizo Emil Tscherrig, con distinta disposición. Puedo suponer que el cambio de nuncio fue una jugada de Bergoglio porque, si no, cuando renunciara, Bernardini iba a nombrar arzobispo de Buenos Aires a Aguer. Bergoglio sabe manejar el poder. Y sería ingenuo pensar que, como papa, no tomará en sus manos decisiones concernientes a la Iglesia argentina. De hecho, manifestó una actitud crítica respecto de grupos muy de derecha, como el Instituto El Verbo Encarnado. Pero en su momento fue frenado por la curia vaticana, que no debería poder frenarlo ahora.
–¿Cómo fue el conflicto de Bergoglio con el instituto El Verbo Encarnado?
–Ese grupo nació en San Rafael, Mendoza, fundado por el sacerdote Carlos Miguel Buela, que había llegado desde Buenos Aires. Es una congregación terriblemente de derecha que, por lo tanto, tiene muchas vocaciones sacerdotales: en todas partes, las derechas suelen tener muchísimas vocaciones. Pero este grupo es tan de derecha que tuvo enfrentamientos con casi todos los obispos argentinos, al punto de que la Conferencia Episcopal en pleno fue a ver a Juan Pablo II para pedirle que actuara sobre ese Instituto. Pero intervino un laico argentino, ex embajador en la Santa Sede durante el gobierno de Carlos Menem y con muchos contactos en la curia romana, y el secretario de Estado, Angelo Sodano, no sólo ignoró el pedido de los obispos, sino que en San Rafael fue designado un obispo amigo del Instituto; se autorizaron ordenaciones sacerdotales de ese grupo en Buenos Aires, que fueron hechas por Aguer, y se nombró arzobispo de Rosario a José Luis Mollaghan, el único que no había condenado al grupo. En la Conferencia Episcopal, tuvieron que renunciar el obispo Estanislao Karlic y Guillermo Rodríguez Melgarejo, que era secretario de la Conferencia. No creo que los de El Verbo Encarnado estén festejando la designación de Bergoglio.
–¿Qué otros pros o contras destaca en el nuevo papa?
–Bergoglio tiene aspectos muy negativos. En el tema derechos humanos, pesa sobre él la sombra de los dos jesuitas desaparecidos en la ESMA: hay firmes sospechas de que participó activamente en eso, tal como se detalló en notas periodísticas de Horacio Verbitsky (en Página/12). Esto no parece haberles importado a los cardenales. Tampoco vamos a esperar que Bergoglio aliente la Teología de la Liberación. Pero, sin embargo, en la diócesis de Buenos Aires ha sabido ser pastor. Después de arzobispos que eran “príncipes de la Iglesia” como Caggiano, Aramburu o Quarracino, Bergoglio está dispuesto a acercarse a la gente: ha lavado los pies de enfermos de sida, de embarazadas en la Maternidad Sardá, bendijo a cartoneros en plaza Constitución. Son cosas positivas, después de un papa tan lejano como Benedicto XVI, que nunca vio un pobre en su vida. Políticamente, Bergoglio viene de la agrupación peronista Guardia de Hierro; a diferencia de Aguer, es capaz de tomar mate con la gente, insiste en que los curas vayan a los barrios, pone curas villeros. Ahora habrá que prestar atención a dos cosas. Una: a quiénes nombrará Bergoglio en la curia vaticana, que es un antro mafioso; suele pasar que inicialmente se confirmen los que están, pero puede ser que lentamente empiece a haber cambios. La segunda cuestión es quién será designado arzobispo de Buenos Aires: es de esperar que Héctor Aguer haya concluido su carrera eclesiástica.

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miércoles, 13 de marzo de 2013


The Guardian: “La negativa del Reino Unido de negociar con Argentina no tiene apoyo internacional”

El diario británico consideró que el referéndum realizado días atrás en Malvinas “pone el futuro de las islas en manos de una pequeña población de colonos”.
En una nota de opinión, firmada por Seumas Milne, columnista y editor del matutino, sostuvo que la consulta que se llevó a cabo el domingo y lunes en las islas “fue diseñada para esquivar” la disputa que comenzó hace 180 años cuando fuerzas británicas “expulsaron a la administración argentina”.

En ese marco, señaló que el plebiscito “le da a los colonos un veto sobre cualquier cambio en el estatus de las islas”, por lo que “la única sorpresa” fueron los tres votos en contra de permanecer bajo la soberanía británica.

“¿Qué otro resultado podía esperarse si se pone el futuro de las islas en manos de una pequeña población de colonos británicos, de los cuáles la mayoría no nació allí?”, se preguntó el autor de la nota.
“¿Qué otro resultado podía esperarse de una pequeña población de colonos británicos, de los cuáles la mayoría no nació allí?
Seumas Milne

Milne subrayó asimismo que el referéndum no es reconocido por Argentina, América latina, Estados Unidos ni por las Naciones Unidas (ONU), que “se refiere a esta reliquia del imperio como un problema de descolonización”.

Expresó que esa organización rechaza en este caso la aplicación del derecho de autodeterminación, principio con el que se escudó el gobierno del Reino Unido para organizar la consulta, porque ello requiere “la existencia de un pueblo reconocido e independiente”.

En ese sentido, remarcó que no se aplica para “colonizaciones forzadas en territorios ajenos” y ejemplificó con que “los colonos israelíes no pueden decidir sobre los territorios palestinos ocupados en Cisjordania”.

El artículo recordó que los gobiernos británicos “sólo adquirieron gusto por la autodeterminación cuando fueron forzados a abandonar gran parte del imperio, y lo vieron como una manera de aferrarse a enclaves con poblaciones dependientes como Gibraltar e Irlanda del Norte”.
“La negativa de negociar con una Argentina democrática, cuando no tuvo problemas de dialogar con la dictadura, no tiene un apoyo internacional significante”


Agregó que “parece que sólo lo aplica para gente blanca”, al destacar que no se le consultó al pueblo de Hong Kong sobre su restitución a China y tampoco hubo votación para los chagosianos, que todavía luchan por volver a su hogar en Diego García, una isla del Océano Indico.

“La negativa (del gobierno británico) de negociar con una Argentina democrática, cuando no tuvo problemas de dialogar con la dictadura, no tiene un apoyo internacional significante”, comentó.

“Mucho menos de América latina, que ha estado en auge desde hace una década mientras las economías del Reino Unido y Europa están de espaldas”, añadió.


TELAM

martes, 12 de marzo de 2013


Un viaje diferente por las Malvinas

Por Mario Rapoport y María Cecilia Míguez*
Hace no más de un mes formamos parte de un grupo de argentinos que visitó, en viaje de turismo, las islas Malvinas. Era un destino que nos generaba importantes y especiales expectativas. Según nos dijeron al llegar, nos acompañaba un buen clima, es decir, sólo violentas ráfagas de viento en un mar medio embravecido, que nos hacía pensar que la lancha que nos llevaba desde el crucero, anclado bastante lejos, no estaba convencida de acercarse o alejarse de ese pequeño pueblo que hoy se dice llamar Stanley. Lo de “buen clima” –en esas condiciones– nos hizo suponer rápidamente en cuál sería el “malo”, imaginando que incluiría sin duda vientos intensos e insoportables, lluvias heladas y un mar que hacía temer el momento en que si lamentablemente cayéramos en él nos convertiríamos de inmediato en bloques de hielo. De esa imagen a la de la guerra había un pequeño paso. Representarse de inmediato a los soldados en el otoño helado de aquel territorio inhóspito o a los marineros del Crucero General Belgrano hundirse en esos indómitos mares fue un impulso inevitable.
La desolación del paisaje y de la historia se unían. Nuestra primera impresión, cuando por fin descendimos, sorteando algún que otro viejo barco encallado con el horrible color del óxido, contrastaba con la forma en que imaginamos a los kelpers recibiendo a los soldados de Su Majestad con cientos de banderitas británicas. Por supuesto, nada de esto ocurrió con nosotros. Ese pueblito de una sola avenida asfaltada, con dos rojas casillas telefónicas bien londinenses para hablar a un vecino, unas pocas y modestas casas con techos de aluminio o algún metal parecido, incluía un cartel de bienvenida que decía Falkland Islands, en el mismo lugar donde nuestro inconsciente colectivo hubiera querido leer islas Malvinas.
Los habitantes de las islas son aproximadamente 3000 (de los cuales 2700 viven en Stanley), y desde 1983 son oficialmente ciudadanos británicos. Es una población que prácticamente no ha crecido desde 1911, censo en el que se contaban 2392 isleños. Desde la costa se ve rápidamente el cementerio a orillas del mar, que está totalmente repleto, de modo que los propios habitantes no tienen asegurado ni siquiera su entierro allí.
El suelo está cubierto apenas por una raída vegetación, es completamente árido y algunos aún usan la turba vegetal para calentarse. El carácter colonial se evidencia enseguida. Simplemente con ver la espléndida casa del gobernador uno se da cuenta. En medio de ese austero paraje se destaca un brillante jardín inglés y, lo más significativo: dispone de cuatro erguidos árboles. Seguramente será una costosa hazaña plantarlos y mantenerlos, porque en Stanley no vimos ningún otro. Según nos dijeron, el gobernador, además de gozar de esa mansión, lleva una vida fácil: obedecer las órdenes de la corona y estar protegido por los 1500 soldados británicos que aún pueblan las islas. Son la garantía para mantener el poder geoestratégico de su metrópoli y una explotación económica de toda la cuenca pesquera de las aguas que las rodean, a la espera de encontrar también petróleo y poder extraerlo. La autoridad ejecutiva es nombrada por la reina y los ministerios de Defensa y Relaciones Exteriores británicos manejan esas cuestiones en la islas, que siguen siendo, por lo tanto, una posesión colonial.
Su economía se basa en la pesca y en la cría de ovejas. Hay una compañía monopólica que da empleo a gran parte de los habitantes, que por el estado de las islas no parece estar reinvirtiendo sus ganancias allí, y en cuanto a la ganadería para la producción de lana y carne, tanto en la isla Soledad como en la Gran Malvina, las estancias pertenecen a algunos pocos propietarios, terratenientes al estilo Martínez de Hoz, como corresponde a una economía dependiente y colonial. Casi setecientas mil ovejas y menos de tres mil habitantes. La vida es dura: la intérprete que nos guiaba tenía por lo menos tres trabajos: en la compañía de pesca, como maestra y en sus ratos libres como guía turística. Y nos dijo que así le pasaba a la mayoría de los habitantes.
En el centro de la ciudad hay un gran galpón con mercadería importada que hace de supermercado, las cervezas inglesas se hacen notar enseguida (son buenas, por cierto, pero si se toman algo tibias, típicas para un clima frío) y los productos necesarios, si se consiguen, se pagan sólo en libras locales a precios espantosamente caros. También hay un museo dedicado a la historia falseada de las islas y del imperio británico. Todo sus relatos justifican su dominio sobre las Malvinas. Se alimenta en los habitantes la “amenaza argentina”, y está plagado de remeras, tazas y recuerdos que dicen “Keep calm and keep The Falklands british”, ante el inminente referéndum.
Pero lo cierto es que sólo algunos chilenos se atreven a radicarse allí y aun así la población no crece desde hace años. Sucede que tienen un sistema escolar que llega sólo a la secundaria. Cuando los estudiantes se reciben obtienen generosas becas para estudiar en Australia, Nueva Zelanda o la desteñida rubia Albión. La mayoría no regresa. Habría que ver si a la larga la “sangre kelper” no terminará por desaparecer en esos parajes sino fuera por nuevas inmigraciones o por más soldados (lo que tampoco serviría si no se trae personal femenino o a mujeres presas como hicieron en Australia).
A alguna distancia del centro del pueblo, se puede llegar a los campos de batalla, donde todavía hay terrenos minados y pertrechos de guerra diseminados por el suelo. Incluso se puede ver una trinchera argentina, que quedó tal como estaba, precaria y heroica a la vez. La acompañan solamente el viento y la desolada estepa patagónica, unos erosionados montes rocosos utilizados para el enfrentamiento, y un poco más allá el famoso Monte Longdon, triste escenario de la derrota argentina. A unas dos horas de auto, bastante más alejado, está el cementerio argentino en Darwin. Pura tristeza si se agrega la desolación típica de la isla.
El nombre de kelpers les viene a sus habitantes como una manera de querer diferenciarse de sus ancestros británicos, pero también probablemente para que no los confundan con sus únicos vecinos, los pingüinos, cuyas siluetas dibujadas suelen adornar alguna casa, símbolo de cierto afecto. Otra cosa que nos llamó la atención a nuestro retorno es que un medio argentino levante como una de las principales quejas británicas de la guerra del ’82 el cambio de mano de las calles que hicieron los militares. Nadie va a defender barbaridades, pero posiblemente ese medio no sabe que hay una sola avenida principal bastante solitaria y las calles laterales están casi siempre vacías, cuando no son terreno privado. No hubiera sido difícil acostumbrarse a manejar con la mano cambiada aun si una derrota inglesa hubiera dejado abandonado algún suntuoso Rolls-Royce (en verdad no vimos ninguno).
Las islas permanecen casi tan desoladas como hace un siglo. Sus habitantes son hoy ciudadanos ingleses y, por lógica, tienen intereses que defender. Pero el argumento de la autodeterminación no sólo es erróneo, sino que esconde el dominio imperialista de Gran Bretaña, que explota recursos y ha ocupado posiciones geoestratégicas en el mundo por medio de la imposición de su supremacía como potencia mundial.
El reclamo por la soberanía de las islas Malvinas no sólo es una cuestión nacional, sino que también constituye una causa latinoamericana que convoca a muchos países del mundo. Sin embargo, aparte de la cuestión de los derechos legítimos, que poseemos ampliamente, a las Malvinas les pasa lo que a muchas colonias británicas en el pasado, su destino colonial se contrapone con cualquier posibilidad de desarrollo económico, político y social propio.
* Idehesi-Conicet-UBA.
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