miércoles, 14 de mayo de 2014

roberto gonzález táboas, educador

"Nadie se proyecta sin

 conocer su origen"






Desde su formación de cura salesiano, recorrió 

barrios y villas como alfabetizador y con la misión 

de formar "sujetos políticos". La teoría del árbol

 y críticas al "espontaneísmo".

Fue cura salesiano, formado en la escuela de Don Bosco. Militó en villas porteñas y barriadas populares como educador y capacitador en campañas de alfabetización a partir de las teorías de Paulo Freire. Es un tozudo buey que tira para adelante en proyectos comunitarios que enriquezcan socialmente. Como el que pudieron hacer realidad los vecinos del Parque Avellaneda, donde vive Roberto "Tito" González Táboas, al recuperar el que hoy es el polo verde más importante de la Ciudad de Buenos Aires.   

–¿Cómo se definiría?
–Mi especialidad fue siempre atar cabos (se ríe), y construir un "nosotros". Soy un educador, que durante toda la vida intenté generar sujetos políticos, creativos y activos. Tipos que puedan pensar con actitud crítica, reflexionar e interactuar en grupos de acción y de servicio. 
–En lugares castigados como las villas, el convertirse en un sujeto crítico y activo debe significar un esfuerzo doble. El primero es sobrevivir...
–Sí, es un doble trabajo. Pero el secreto es empoderarlo haciendo que él mismo dé una nueva dimensión a su vida cotidiana. Tiene que saber de dónde viene y, para rearmarlo, es clave que tenga presente tres principios: memoria, verdad y justicia. Si esa persona no conoce su origen, nunca podrá proyectarse. 
–¿Cómo se lleva a la práctica eso?
–Lo acabamos de hacer con grupos de la periferia de Mendoza. El proyecto se llama EP5, Escuela Proyecto de Participación Popular en Políticas Públicas. Nosotros no damos nada servido, simplemente acercamos herramientas para que se valoricen, que vean su potencial. Y ese potencial se nutre en conocer el territorio. Los vecinos son los baqueanos.
–¿Arrancó cuando era seminarista?
–Ya era cura, empecé en la villa del Bajo Flores en 1972, donde también trabajaban Mónica Mignone, la hija de Emilio, y María Marta Vásquez, la hija de la presidenta de la Línea Fundadora de Madres de Plaza de Mayo. Viví tres años en un sector llamado Belén, donde no había absolutamente nada y hoy existe un grupo humano maravilloso. 
–¿Cómo lo tomó su congregación?
–No muy bien. En general, el manejo social era muy compartimentado. Y no era muy común entrar a las villas para alfabetizar. Generamos una especie de "Tercer Mundo" dentro de los mismos salesianos (se ríe), replanteábamos la misión de los educadores de Don Bosco en Argentina. 
–Era una época de profunda politización... 
–Para nosotros, fueron las primeras aproximaciones al mundo de la política. Aunque en 1968, mientras estudiábamos en el seminario, con tres compañeros nos animamos a viajar a dedo por el norte del país, para ver el clima social.
–Triple A, muerte de Perón, las cacerías de la derecha… ¿Cómo se las arreglaron?
–Como pudimos. Me convocaron en 1974 para una campaña de alfabetización villera en Constitución, Colegiales y Bajo Belgrano, pero después de varios meses, bajaron el pulgar. Imaginate, nosotros capacitábamos a los que iban a alfabetizar, gente a la que como único requisito le pedían haber cursado sexto grado. El desafío era interesante, teníamos que formarlos primero para que se armaran ellos, como decíamos antes, y después, para que supieran transmitir la necesidad de construir un proyecto de liberación. 
–¿Qué hizo cuando bajaron ese pulgar?
–Juré no volver nunca más a una escuela secundaria (se ríe). Me incliné por los bachilleratos de adultos. Trabajaba con el esquema de un árbol. ¿Lo conocés?
–No
–Es simple. Sin raíces, no hay árbol. Pero a la vez, las raíces son un lío, están enmarañadas. Vos no elegiste tus raíces, si ibas a ser varón o mujer. Tampoco elegiste a tus padres, ni las cosas que significaron que nacieras. Es una realidad que te envuelve, y no te queda otra que manejarte con esa realidad. Pero eso se hace con otro. Si no te encontrás con otro, no podés ser nadie. Sos alguien gracias a que está el otro. Es la única manera de construir algo liberador. Siempre tuve una actitud crítica con lo que llamo el "espontaneísmo vecinalista", un sistema de demanda y reclamo. Te hacés el líder, juntás un montón de gente y hacés un banderazo. Después te calmás, hasta que surja otro conflicto.
–A eso le llaman "participación"...
–Exacto (sonríe). Por eso es tan importante el "nosotros".  «

TIEMPO ARGENTINO

lunes, 5 de mayo de 2014

Adelanto del libro de Miriam Lewin y Olga Wornat sobre los crímenes sexuales en los centros clandestinos de detención


Putas y guerrilleras

Militantes en su juventud y periodistas después, las autoras relatan –en el libro Putas y guerrilleras, que distribuye Planeta en estos días– las torturas, abusos y violaciones que sufrieron cientos de mujeres en los centros clandestinos en la década del ’70. En algunos casos fueron también relaciones tortuosas nacidas bajo tormentos con sus victimarios. Aquí, como anticipo, un extracto de la introducción de Miriam Lewin.


Por Miriam Lewin

/fotos/20140505/notas/na10fo01.jpg

Mártires y prostitutas

Era un 24 de marzo, aniversario del golpe, y me habían invitado a Almorzando con Mirtha Legrand. Aceptar estar ahí significaba para mí renunciar a ir a la ESMA, ahora a un acto multitudinario, el día de su conversión en espacio para la memoria. Decidí ir al programa de la ex diva del cine argentino devenida entrevistadora, sobre todo porque iban también Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, y Mariana Pérez, cuyos padres, desaparecidos, habían militado conmigo. Mariana había buscado incansablemente a su hermano Rodolfo, nacido en la Escuela. Yo había estado presente en el parto. Había visto a ese bebé sobre el pecho de su madre, sabía que había sido arrebatado después y había declarado en tribunales sobre el tema. La mesa la completaban dos jueces del Juicio a las Juntas y un periodista. Seguramente el programa iba a ser visto desde sus casas por mucha gente que aún no sabía o no reconocía la verdadera dimensión de lo que había pasado en los dominios del grupo de tareas 3.3.2. Otros miles de personas se reunirían a la misma hora en Avenida del Libertador, frente al campo de concentración, donde el presidente Néstor Kirchner iba a compartir el escenario con Juan Cabandié, otro recién nacido a quien yo había visto en noviembre de 1977 en un pasillo del campo, en brazos de su mamá, una chica de dieciséis años, después asesinada.
Llegué temprano. Un productor veterano, que conocía sólo de vista, me atajó en la entrada. Me llevó a un costado y, consternado, me advirtió que “la vieja” tenía planeado hacerme algunas preguntas inconvenientes y que quería que yo estuviera prevenida.
¿Qué preguntas inconvenientes? –indagué, con la seguridad de que no iba a ir más allá de lo que alguna vez me habían preguntado los defensores de los militares en algún proceso al que había ido como testigo. Por lo general, me atribuían –para descalificarme– hechos armados, atentados o secuestros en los que no había participado.
El productor tosió, nervioso.
–No sé, me imagino que algo tendrá que ver con la colaboración, con la delación. Te lo adelanto para que no te sientas incómoda.
–No te preocupes, estoy acostumbrada. Te lo agradezco mucho.
Tenía en claro para qué estaba ahí y las intrigas no me importaban. El día de la recuperación del espacio del campo de concentración para la sociedad civil yo le iba a hablar a una parte de ella que tal vez nunca había prestado atención al tema. Tal vez si lo decía sentada a la mesa de Mirtha todos comprenderían. Me vinieron a buscar y me arrearon al estudio.
Detrás de unos paneles me colocaron el micrófono, casi invisible, un cable que trepaba por debajo de mis ropas hasta el escote y un receptor colgando de la cintura. En pocos minutos estaba en el centro de la escena, rodeada por cristales, jarrones con flores, brocatos, caireles, alfombras y cortinados. Ya había concluido el rito acostumbrado de la descripción del vestuario, zapatos y joyas de la conductora, y las risitas y aplausos del enjambre de asistentes y empleados que la acompañaba detrás de cámaras.
Era una jornada especial. No hubo almuerzo servido por mucamas de uniforme. Tampoco se distribuyó el regalo acostumbrado para cada invitado, un reloj pulsera. “No es un día para festejar”, dijo Mirtha, y todos asintieron, admirando su sensibilidad.
No sé cómo ocurrió. No me acuerdo si ella tenía la pregunta anotada en un papel “ayudamemoria”. Tampoco recuerdo si en ese momento estábamos solas, todo lo solas que se puede estar frente a una audiencia de cientos de miles de personas... Pero después de hacerme una observación sobre lo bien que me quedaba mi nuevo color de pelo, me disparó: “¿Es verdad que vos salías con el Tigre Acosta?”. Hubo un silencio sólido, un contener la respiración de todos los que estaban en el estudio.
–¿Cómo que “salía”?
–Bueno... –reculó–. Si es verdad que salían a cenar, eso es lo que dice la gente...
Inhalé profundamente, como reuniendo fuerzas. Podría haberme levantado y salido del estudio, podría haberme ofendido. Seguramente, la escena habría sido reproducida decenas de veces en los programas de chismes del espectáculo. “Periodista de Puntodoc le hace un desplante a Mirtha cuando le pregunta si tuvo un amorío (nadie diría ‘fue abusada sexualmente’, por supuesto) con el jefe del grupo de tareas de la ESMA.” Pero no lo hice. Le respondí.
–Es verdad, nosotras mismas lo relatamos en el libro Ese Infierno que escribimos sobre lo que vivimos en el campo. Nos sacaban a cenar. No salíamos por nuestros propios medios. No teníamos derecho a negarnos. Eramos prisioneras. Nos venían a buscar los guardias en plena noche y nos llevaban. A una compañera, Cristina Aldini, el Tigre Acosta la llevó a bailar a Mau Mau después del asesinato de su marido. Que a una mujer la lleven a bailar a un lugar de moda los asesinos de su compañero me pregunto si no es una forma refinada de tortura. A Cristina un oficial de la ESMA le llevó la alianza de su esposo, Alejo Mallea, a su cucheta en Capucha, adonde estaba engrillada, para demostrarle que lo habían asesinado. Le preguntó si ella quería ver el cadáver. Cristina al principio dudó, pero después aceptó porque pensó que, de lo contrario, siempre se iba a quedar con la incertidumbre. Cuando lo vio, tenía dos tiros en la cara. Uno era el de gracia, entre ceja y ceja. Lo habían ejecutado.
Mirtha se sintió en falta. Miró detrás de cámaras, como buscando apoyo.
–Bueno, yo tengo que preguntar...
Nadie contestó.
–¿O está mal que pregunte? –dijo, al borde del lloriqueo, ensayando un mohín angelical.
Cuando todo terminó, me acompañó a la puerta una productora.
–No sé cómo pedirte disculpas –me dijo, resoplando y sacudiendo la cabeza. Me dio la impresión de que a ella también le había dolido. Era una mujer de mi edad. Parecía abatida, indignada, avergonzada. Tal vez tenía algún pariente o amigo desaparecido, pensé.
Ese “salías” de Mirtha encerraba un significado concreto. Tenía razón en sorprenderse por la reprobación de su claque. Probablemente Mirtha encarnaba el pensamiento de miles de personas, esas que hubieran querido preguntar como ella, así, elípticamente, si me había salvado por acostarme con el jefe del grupo de tareas. Porque alguna explicación tenía que tener que yo hubiera pasado de encapuchada en el campo de concentración a invitada a la mesa de la diva. Y su pregunta implicaba una condena, una sentencia que en ese momento no supe desarticular dando vuelta el argumento, provocándola como ella me provocaba, desde su pretendida ingenuidad informada. Diciendo, por ejemplo: “No, no me acosté con el Tigre Acosta, pero si lo hubiera hecho para salvar mi vida, ¿qué? ¿Quién podría juzgarme? ¿Quiénes pueden asegurar qué es lo que habrían hecho si hubieran estado en mis zapatos?”.
Ninguna de nosotras tenía posibilidad de resistirse, estábamos bajo amenaza constante de muerte en un campo de concentración. Estábamos desaparecidas, sin derechos, inermes, arrasada nuestra subjetividad. Su dominio sobre nosotras era absoluto. No podíamos tomar ninguna decisión, eso era absolutamente inimaginable. De ellos dependía que comiéramos, que durmiéramos, que respiráramos. Ellos eran nuestros dueños absolutos. No quedaba resquicio alguno para nuestro libre albedrío. ¿Pero si hubiera existido? Si la mirada lasciva de ellos sobre nuestros cuerpos hubiera sido usada por nosotras como un arma en su contra, un resquicio de fortaleza en nuestra extrema indefensión, ¿hubiera sido correcto condenarnos socialmente?
Como mujeres, la utilización de nuestros cuerpos o el deseo que despertamos en el otro como instrumento de manipulación o de salvación es condenable. No pasa lo mismo con los hombres.
(...)
Las mujeres sobrevivientes sufrimos doblemente el estigma.
La hipótesis general era que, si estábamos vivas, éramos delatoras y, además, prostitutas. La única posibilidad de que las sobrevivientes hubiéramos conseguido salir de un campo de concentración era a través de la entrega de datos en la tortura y, aún más, por medio de una transacción que se consideraba todavía más infame y que involucraba nuestro cuerpo.
Nos habíamos acostado con los represores. Y no éramos víctimas, sino que había existido una alta cuota de voluntad propia: nos habíamos entregado de buen grado a la lascivia de nuestros captores cuando habíamos podido elegir no hacerlo. Habíamos traicionado doblemente nuestro mandato como mujeres: el de la sociedad en general y el de la organización en la que militábamos. No se nos veía como víctimas, sino como dueñas de un libre albedrío en verdad improbable.
Resulta imposible explicar por qué quienes nos juzgaban sin haber vivido las condiciones que se sufrían en un centro clandestino de detención suponían que las mujeres teníamos el poder de resistirnos a la violencia sexual, a los avances de los represores y podíamos preservar “el altar” de nuestros cuerpos impoluto.
Las mujeres teníamos un tesoro que guardar, una pureza que resguardar, un mandato que obedecer. Nos habían convencido de que así era.
Yo no escapaba a ese mandato. Por eso, lo abrumador del rechazo que me provocaba la conducta de la mujer de mi responsable. Nunca se me ocurrió que podía usar la atracción que provocaba en su captor para conseguir el precioso tesoro del contacto telefónico con su hijita, para aliviar su dolor de madre separada de su cachorra. Tampoco que no había tenido el poder de resistirse a los avances sexuales de su secuestrador, desaparecida y privada de todos sus derechos, en manos de un grupo de ilegales que disponía de su vida y de su cuerpo. Del mismo modo que no había podido preservarse de las laceraciones de la picana. Para mí, para la Petisa, para todos, esa muchacha era la encarnación de lo peor, de lo más repulsivo. Sentíamos más miedo de convertirnos en eso que de inmolarnos. Queríamos ser mártires y no prostitutas.
No me era posible terminar este libro, que ideé con mi amiga y compañera Olga, sin incluir un pasaje de mi propia historia que me atribuló durante años. No podía, no hubiera sido honesto, exponer las experiencias de otras mujeres y callar la mía. Es en realidad parte de una novela autobiográfica que empecé a escribir hace un tiempo, precisamente para clarificar dentro de mi mente lo que había atravesado. Por eso, al final de Putas y guerrilleras, relato lo vivido en La Casa de la CIA.
pagina12

domingo, 27 de abril de 2014

A VEINTE AÑOS DE LA MASACRE PLANIFICADA POR LA MAYORIA HUTU EN RUANDA

Duelo de cien días para recordar el genocidio


En el Memorial del Genocidio de Kigali, ciudad de las mil colinas y capital de Ruanda, yacen los restos de 250 mil ruandeses asesinados. Cientos de cráneos están en exposición y el resto de los cuerpos, enterrados en fosas comunes.


Por Gustavo Veiga

/fotos/20140420/notas/na27fo01.jpg
Un joven observa las herramientas usadas como armas durante el genocidio de Ruanda que se exhiben en el Memorial de la Shoa en París.
En Ruanda transcurren hoy los cien días de duelo en memoria del genocidio. En la lengua local, el “itsembawoko”. Son cien días cuyo significado se resume en una palabra: “kwibuka” (memoria). A veinte años de la masacre planificada por la mayoría hutu contra 800 mil ruandeses ocurrida entre abril y julio de 1994, los protagonistas de aquel momento han reaccionado de modo distinto ante la evocación. La ONU acaba de pedir perdón una vez más por su inacción. Paul Kagame, el presidente de la pequeña nación africana, les echó la culpa a Francia y Bélgica de estar detrás de las muertes, la mayoría tutsis, de su propia etnia. El repaso de los hechos tampoco lo exime de acusaciones al mandatario, cuestionado en el exterior por crímenes semejantes a los que él denuncia, cometidos en su propio país y el Congo (ex Zaire). Por eso, analistas especializados en Africa hablan de dos genocidios: el “oficial”, que se conmemora en Ruanda y el que lo siguió, cuando Kagame tomó el gobierno después de derrotar a las milicias hutus Interahamwe.
“La comunidad internacional hizo todo lo posible para ignorar a Ruanda. No estaba en su radar, no era de su interés, no tenía valor estratégico.” Con estas palabras, el ex general canadiense Romeo Dallaire, a cargo de las tropas de la ONU en el ’94, definió lo que pasó hace veinte años. Senador en su país, recorre el mundo dando charlas sobre su experiencia y escribió un libro en 2004 que se llama: J’ai serré la main du diable (Yo he estrechado la mano del diablo). En él cuenta las atrocidades que vio y que lo llevaron a pensar en suicidarse por la depresión en que cayó.
Kigali es la capital del país de las mil colinas. Allí se levanta el Memorial del Genocidio, donde quedará encendida una llama votiva durante los cien días de evocación. En el lugar yacen los restos de 250 mil ruandeses asesinados. Cientos de cráneos están en exposición y el resto de los cuerpos enterrados en fosas comunes.
En el estadio Amahoro, también de la capital, hubo un acto oficial el 7 de abril, la fecha que el gobierno toma como comienzo del genocidio. Estuvieron el presidente Kagame, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon y el ex premier británico, Tony Blair, entre otros.
Una procesión que se repite todos los años, Caminar para recordar, finalizó en la cancha donde Ruanda jugó las Eliminatorias del Mundial de Brasil. Una mujer gritó, contagió a otras, varias se desmayaron, todas empujadas por el mismo dolor de la recordación. Así se vivió la ceremonia en el vigésimo aniversario del horror.
Ya nadie discute que en la pequeña Ruanda se produjo un genocidio. Pero hubo un momento que sí. Lo evocó el ex general Dallaire: “Los norteamericanos fueron los que se opusieron con más fuerza. Se negaban a que se usara ese término. Yo me preguntaba qué diferencia había entre lo que estaba ocurriendo allí y lo que hicieron los nazis en Alemania. No podía entender que después de que los occidentales dijeran tantas veces que eso no podía volver a pasar, ocurriera de nuevo. Por lo visto, nos estábamos refiriendo a los blancos, pero no a los negros” (http://soli daridad.net/noticia/2158/ruanda un-general-ante-800-000-muer tos-romeo-dallaire).
El militar fue un testigo clave de los hechos. Su presencia en Ruanda junto a apenas 2260 efectivos de la ONU se volvió inútil. Lo acaba de reconocer Ban Ki-moon en Kigali: “Habríamos podido hacer mucho más. Habríamos tenido que hacer mucho más. Los cascos azules fueron retirados de Ruanda en el momento en que más se necesitaban”.
El atentado del 6 de abril de 1994 contra el avión que conducía al ex presidente ruandés Juvenal Habyarimana –y en el que viajaba también el de Burundi, Cyprien Ntaryamira– fue el disparador de la matanza de 800 mil tutsis y hutus moderados. El ataque nunca se esclareció, aunque se atribuye al Frente Patriótico (FPR) que responde a Kagame y gobierna desde hace casi veinte años. También hay quienes sostienen que se trató de un autoatentado hutu para propiciar la masacre.
Las milicias Interahamwe se habían provisto de machetes con anticipación, el arma principal con que cometieron sus crímenes sin distinción de sexo, edad o condición social. Azuzadas por los medios, se lanzaron a la caza de sus víctimas. El resto lo hicieron integrantes del ejército que respondía a Habyarimana.
Simón Bikindi es un famoso músico ruandés acusado de incitación al genocidio y condenado a quince años de prisión por el Tribunal Penal Internacional con sede en Arusha (Tanzania). Su sentencia fue dictada por la jueza argentina Inés Weinberg de Roca, la única latinoamericana que participó del proceso. Una de las canciones de Bikindi, que se pasaba por las radios de Ruanda, decía: “Yo odio a los hutus moderados”. El suyo es uno de los casos más conocidos porque se trata de un artista.
El primero en ser juzgado y condenado por crímenes de guerra fue el ex coronel Theoneste Bagosora, uno de los planificadores del genocidio. Una de las últimas, Pauline Nyiramasuhuko, ex ministra ruandesa de la Mujer y la Familia, también recibió cadena perpetua como aquél. Se transformó en la primera mujer de la historia en ser condenada por genocidio. Los jueces la declararon culpable del secuestro y violación de mujeres y niñas tutsi, la etnia minoritaria.
La planificación del genocidio por los hutus todavía no es cosa juzgada. Nueve acusados se mantienen prófugos. De casi 90 imputados, 49 fueron condenados, 2 casos fueron retirados y 10 transferidos a jurisdicciones nacionales. Dos acusados fallecieron antes de la finalización de sus juicios y catorce resultaron absueltos. Los datos corresponden a un informe de la ONU fechado en marzo pasado.
Kagame, en cambio, aparece como el redentor que acabó con los genocidas. Esa imagen disimula una serie de hechos. Primero, que en un fallo de 2008, un juez de Madrid le atribuyó responsabilidad en 312.726 muertes, cuando investigó los asesinatos de misioneros y médicos españoles en Ruanda. Los crímenes que se le imputaron ocurrieron antes del genocidio y después de que tomara Kigali. Segundo, su papel de gendarme de Estados Unidos e Inglaterra en la región de los grandes lagos, hizo que estas potencias ignoraran un informe de la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Navi Pillay, publicado en 2010. En él se acusa al ejército ruandés de cometer “ataques sistemáticos y generalizados que podrían constituir crímenes de genocidio” contra la población hutu en el este de la República Democrática del Congo, entre 1993 y 2003.
El presidente Kagame, quien se formó militarmente en Fort Leavenworth, Kansas, intervino junto al gobierno de su aliado principal en la zona: el presidente de Uganda, Yoweri Museveni. Su presencia allí no es ajena al saqueo de minerales como coltan, oro, cobre, estaño y diamantes, ni a los casi cinco millones de muertos que se ha cobrado la guerra hasta ahora.
gveiga12@gmail.com
.pagina12.(20-04-2014)

Fundacion Luisa Hairabedian

UN HOMENAJE EN EL CONGRESO DE LA NACION

En recuerdo del genocidio armenio


/fotos/20140426/notas/na16fo02.jpg
“Conocer lo que ocurrió”, planteó el diputado Horacio Pietragalla.
La Cámara de Diputados ofreció un homenaje a la comunidad armenia en el 99º aniversario del genocidio que sufrió a manos de los turcos. “No hay mejor manera de prevenir que conocer lo que ocurrió. Si no hay memoria, verdad y justicia, los exterminios se pueden repetir”, consideró el diputado del Frente para la Victoria Horacio Pietragalla, organizador del acto que tuvo lugar en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de la Nación.
“Nos sigue doliendo que Turquía no reconozca el genocidio, porque no entendemos que haya mejor mensaje para las generaciones de jóvenes que reconocer un error que cometieron los antepasados”, señaló Pietragalla, hijo de militantes desaparecidos durante la última dictadura cívico militar y nieto recuperado desde 2003. El Poder Legislativo reconoció la matanza en 2007 y declaró el 24 de abril como “Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos”. El referente de la comunidad armenia en la Argentina, Federico Gaitán Hairabedian, reconoció a su turno que “el proceso que inauguraron Néstor Kirchner y Cristina en 2003 nos sirvió a los armenios para aprender a denunciar el genocidio”, y brindó algunos datos del contexto histórico del exterminio.
El 24 de abril de 1915, el gobierno de Turquía detuvo y ejecutó a más de 600 dirigentes armenios en Constantinopla para terminar con lo que habían denominado como la “cuestión armenia”, que lo consideraba un factor a eliminar. La masacre del pueblo armenio costó más de un millón y medio de vidas, según coinciden los investigadores de la comunidad.
pagina12

sábado, 26 de abril de 2014

Claire Mouradian, profesora de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en París

“El genocidio es un problema actual”

Hoy se cumplen 99 años del exterminio del pueblo armenio a manos de las autoridades otomanas, que comenzó en 1915 y que terminó con la vida de un millón y medio de personas. La experta explica por qué algunos países no lo reconocen.


/fotos/20140424/notas/na24fo01.jpg
“El no reconocimiento del genocidio armenio está relacionado con intereses económicos.”
Existen grupos de extrema derecha en Turquía que quisieran exterminar a los armenios que quedan. Así lo aseguró Claire Mouradian, profesora de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en París y experta en el genocidio armenio. “Todavía quedan grupos que dicen abiertamente que el trabajo no fue terminado. El genocidio no es sólo un problema del pasado, es un problema actual. Hay países, como Estados Unidos, que no quieren confrontar con Turquía”, sostuvo. Como cada 24 de abril, hoy se conmemora en todo el mundo un nuevo aniversario del exterminio del pueblo armenio a manos de las autoridades otomanas, que comenzó en 1915 y que terminó con la vida de un millón y medio de personas. “El no reconocimiento del genocidio armenio está relacionado con intereses económicos y estratégicos. Turquía es miembro de la OTAN, es un actor clave en la región”, explicó Mouradian sobre el hecho de que pocos países reconozcan el plan sistemático de aniquilación física y cultural de los armenios entre 1915 y 1923.
Estados como Argentina, Chile, Rusia y Canadá reconocen el genocidio armenio. Sin embargo, otros como Alemania, Estados Unidos, España e Israel no han tenido hasta la fecha un pronunciamiento concreto. El caso más llamativo es el del Estado judío, creado tras el Holocausto. “Hay israelíes que están luchando por el reconocimiento del genocidio armenio. De hecho, los primeros en prestar atención al genocidio armenio fueron los judíos, dentro y fuera del imperio otomano. Pero el Estado de Israel no lo reconoce, porque su posición en Medio Oriente es complicada y existen intereses comunes con Turquía. Esto no significa que los israelíes, o algunos israelíes no lo reconozcan. No todo es blanco y negro. Lo mismo pasa en Turquía”, destacó Mouradian. “No condeno a las generaciones jóvenes, porque en los libros escolares está escrito lo que el Estado quiere que aprendan. Pero muchos saben lo que pasó. Quedan iglesias armenias. En épocas del imperio, había casi dos millones y medio de armenios. Estaban en las principales ciudades del imperio. Ahora hay más información, más debate”, agregó.
Mouradian, que participó este mes del Congreso Internacional sobre Genocidio Armenio organizado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, señaló que Turquía debe asumir su responsabilidad ante lo ocurrido. “Los turcos les quitaron todo a los armenios y deberían devolverles todo. Casas, bienes, iglesias, cuentas bancarias. En el tratado de Sèvres de 1920, cuando se hizo una repartición del imperio otomano y se crearon nuevos estados, se condenaron los crímenes de guerra y se elaboró una lista de reparación. Era una lista precisa. Los herederos del imperio otomano no quieren hacerse cargo de esas deudas”, aseveró, y dijo que Turquía no quiere aceptar este legado por una cuestión económica y de imagen. “Aceptarlo implica reconocer cómo fue construida Turquía. Les hicieron creer a los turcos que están allí desde siempre y que los armenios nunca existieron. Eso es negacionismo puro”, añadió.
El genocidio armenio, en plena guerra mundial, respondió a un intento por reconfigurar un imperio en decadencia, según Mouradian. “Hubieron distintos intentos de salvar al imperio otomano, que estaba el declive. El primer intento era darles iguales derechos a quienes vivían en el imperio. Hubo algunos cambios en la Constitución para reconocer los mismos derechos a musulmanes y no musulmanes. Finalmente no prosperó y el imperio seguía desintegrándose. Se decidió aplicar la islamización y a eso le siguió la creación de una nueva nación: Turquía. Había armenios, búlgaros, kurdos, albaneses y árabes. Se trataba de una creación artificial. Entonces decidieron turquizar a los no musulmanes”, contó. Los armenios eran considerados el componente más peligroso dentro del imperio porque –según la experta– eran cristianos y tenía contacto con los rusos a través de sus fronteras, principal enemigo de los turcos. Además, debido a masacres previas, se habían constituido movimientos armados y vivían en comunidades muy compactas.
“Los armenios ocupaban un buen lugar en la estructura económica del imperio, por lo que representaban un obstáculo para la turquización de la economía. Pero eran el primer eslabón. Los griegos, los caucásicos y los judíos también fueron un objetivo para los turcos. Hicieron una ingeniería territorial y demográfica”, prosiguió Mouradian. Talaat, el ministro del Interior del imperio, fue el que planificó el genocidio, el que vigiló pueblo por pueblo la actividad en la península de Anatolia y organizó el desplazamiento de los distintos grupos. “La idea era desplazarlos para que no constituyeran un grupo homogéneo y poder asimilarlos, convertirlos en turcos. Al final de la Primera Guerra Mundial, la mitad de la población de Anatolia había cambiado”, apuntó la experta francesa de origen armenio.
Una de las consecuencias del genocidio fue la gran diáspora armenia. “La mitad de la población armenia desapareció. Pero la consecuencia más notable fue la creación de una gran diáspora. Por eso hay armenios en Argentina, en Brasil, en Estados Unidos, en Francia. Es un problema para los turcos, porque adonde vayan siempre hay armenios. Un efecto bumerang”, bromeó Mouradian. Más allá de que los perpetradores del genocidio estén muertos, la investigadora consideró que el exterminio es aún un tema caro para los turcos. “Es difícil admitir que tus ancestros son asesinos, que tu casa fue usurpada, que tu pasado no fue tan glorioso”, reconoció.
Entrevista: Patricio Porta


REP   nos ilustra en pagina12

sábado, 19 de abril de 2014

Por Alfredo Zaiat

PANORAMA ECONOMICO

Precios de transferencia


/fotos/20140419/notas/na12di01.jpg
El concepto precios de transferencia no está incluido en el debate económico habitual pese a que es una cuestión muy importante para comprender aspectos vinculados a la elusión y evasión impositiva, la fuga de capitales y a las dificultades de la industrialización por sustitución de importaciones. Es una noción que debería adquirir mayor densidad política para abordar la restricción externa, expresión de la fragilidad de la estructura económica argentina. Los protagonistas son las firmas multinacionales en una economía abierta con elevada concentración, extranjerización y con un marco legal para la inversión extranjera marcadamente liberal, herencia de la dictadura cívico-militar consolidada en la década del ’90. Precios de transferencia es un concepto contable relacionado con los balances presentados al fisco donde opera la filial, pero tiene un efecto que excede la cuestión impositiva, debido a que ha pasado a ser utilizado como vía de fuga de capitales, e indirectamente para resistir políticas públicas promotoras del desarrollo de proveedores locales o de producción de componentes nacionales de esas mismas firmas. Una economía con una industria más amplia y compleja acotaría los márgenes de maniobra con los precios de transferencia.
Estados Unidos legisló sobre este tema en 1968 y los países europeos lo fueron haciendo en la década del ’70, mientras que en Argentina esta cuestión recién fue incorporada en diciembre de 1998 en la Ley 25.063 que reformó el Impuesto a las Ganancias.
Los precios de transferencia son los que se facturan en el comercio entre sí empresas subsidiarias de multinacionales. Al manipular esos valores –que incluyen intereses por préstamos o regalías por marcas y patentes, además de los precios de mercancías–, esas empresas pueden situar sus ganancias donde menos impuestos deban pagar por ellas. Permiten a las multinacionales transferir fondos de un país a otro utilizando valores más altos o más bajos en función de su conveniencia. Mediante la planificación fiscal internacional las multinacionales persiguen el objetivo de reducir la carga impositiva global del grupo. Como se sabe, el destino preferido de esas utilidades son los paraísos fiscales, alejadas así del radar del fisco local y el del país donde está radicada la casa matriz.
Las operaciones más usuales de manipuleo de precios de transferencia son cuando las filiales locales subfacturan sus exportaciones (cerealeras, mineras) y sobrefacturan importaciones (electrónicas, autopartes, bienes de capital) para hacer figurar así menores ingresos y mayores costos. Es la manera de disminuir utilidades o aparentar pérdidas, para evitarse así el pago del Impuesto a las Ganancias. Este “dibujo” de los precios en la contabilidad aumenta los beneficios de la subsidiaria de otro país, en la misma medida en que se reduce la de la argentina, maniobra que sólo le conviene a la multinacional si allí la renta estuviera menos gravada que aquí. Esta operatoria es más extendida en grandes trasnacionales distribuidas por todo el mundo, y cuyas filiales comercian entre sí intensamente.
Las características básicas de los precios de transferencia detalladas en el documento OECD transfer pricing guidelines for multinacional entreprises and tax administrations son:
- Es el precio que se pacta y realiza entre sociedades de diferentes países vinculadas económicamente de un grupo multinacional, por transacciones de bienes (físicos o intangibles) y servicios que pueden ser diferentes a los que se hubieran pactado entre empresas independientes.
- Se pactan entre firmas conducidas por el mismo poder de decisión, circunstancia que permite, a través de la fijación de precios convenidos entre ellas, transferir beneficios o pérdidas de unas a otras, situadas la mayoría de las veces en países distintos.
- En términos contables, el precio que carga un segmento de la organización (departamento, división) radicados en un país por un producto o servicio que proporciona a otro segmento de la misma ubicado en otro país.
- Por lo tanto, los dos elementos fundamentales que no deben faltar son la existencia de vinculación entre las empresas que efectúan las operaciones, y que estén ubicados en distintos países para realizar operaciones internacionales.
Como se mencionó, el flujo de esos fondos se canalizan en gran parte a través de firmas de multinacionales radicadas en paraísos fiscales, plazas que facilitan esos movimientos al brindar confidencialidad, lo que permite mantener datos en secreto ante requerimientos de autoridades del fisco. En el libro Las islas del tesoro. Los paraísos fiscales y los hombres que se robaron el mundo (Fondo de Cultura Económica), Nicholas Shaxson menciona que el entonces ministro de Finanzas francés, Dominique Strauss-Kahn (después número uno del FMI, y destituido de ese organismo por denuncias de acoso sexual), estimó que más de la mitad del comercio internacional pasa, al menos en los papeles, por los paraísos fiscales. Shaxson indica que la Auditoría General de Estados Unidos (GAO, por sus siglas en inglés) informó en 2008 que 83 de las 100 corporaciones más grandes de ese país tenían filiales en paraísos fiscales. En ese año, en Europa, 99 de las 100 empresas más grandes tenían subsidiaria en una plaza offshore, según la investigación de la organización Tax Justice Network.
Los fondos obtenidos por la manipulación de los precios de transferencia son el equivalente corporativo de las cuentas secretas que abren individuos en paraísos fiscales con capital fugado obtenido por la evasión u otras actividades ilícitas. Shaxson interpela el concepto fuga de capitales porque “coloca la responsabilidad en el país que pierde el dinero: es una forma más de culpar a la víctima”, para precisar que “cada fuga de capitales que sale (de un país) debe corresponderse con una afluencia en algún otro lugar”. Aquí irrumpe el sistema extraterritorial (guaridas fiscales) construido por las finanzas globales. Es la contracara de la fuga de capitales. Shaxson sentencia que esas plazas financieras donde se ocultan billones de dólares “es el modo de funcionamiento del poder en la actualidad”. Afirma que el mundo extraterritorial “es un proyecto de las elites ricas y poderosas con el solo propósito de aprovechar los beneficios de la sociedad sin pagar por ellos”. Por eso concluye que los paraísos fiscales no son un apéndice marginal de la economía mundial, “sino que se halla exactamente en su centro” y, por ese motivo, “el offshore goza de obscena salud... y crece a toda marcha”.
El periodista e investigador Shaxson, miembro del Instituto Real de Asuntos Internacionales (Chatham House), una organización no gubernamental sin fines de lucro con sede en Londres, señala que cerca de dos tercios del comercio mundial transfronterizo se desarrolla en el interior de las corporaciones multinacionales. “Los países en desarrollo pierden aproximadamente 160.000 millones de dólares anuales sólo en concepto de la manipulación de los precios corporativos.” La investigación publicada por el CefidAr mencionada la semana pasada en esta columna (Fuga de capitales III. Argentina (20022012), de Jorge Gaggero, Magdalena Rua y Alejandro Gaggero), asegura que “el impacto consolidado de todas las maniobras que se practican en relación con el comercio internacional de las firmas que operan en Argentina debe estimarse en alrededor del 10 por ciento del total de su comercio internacional”, aunque señalan que prefieren ubicarla en un rango conservador del 7 al 9 por ciento. Calculan entonces que el impacto total de la fuga de capitales por la aplicación de precios de transferencia representó 8194 millones de dólares en 2010 (7 por ciento sobre el valor total anual del comercio exterior de alrededor de 117.000 millones) y, para 2012, 13.218 millones de dólares (9 por ciento sobre 147.000 millones).
Con esas ganancias obtenidas por la manipulación de precios de transferencia, ¿cuál es el incentivo de sustituir importaciones de las multinacionales? Esas maniobras actúan como una restricción del proceso de industrialización no contemplada en el análisis económico convencional.
pagina12

jueves, 10 de abril de 2014

Por Jorge Majfud *

Noam Chomsky y Tony Blair se cruzan en el aeropuerto





En octubre pasado, Noam Chomsky dio una conferencia en la Universidad de Florida titulada Policy and Media Prism (Las políticas y el prisma mediático). Durante más de una hora, con su voz pausada y su incansable osadía de desarticular narraciones oficiales, Chomsky analizó el uso del lenguaje en la prensa tradicional, la información mutilada con fines políticos por parte de los medios que repiten y ocultan como estrategia para crear o justificar una realidad. “Si el público estuviese realmente informado no toleraría algunas cosas”, comentó. Al menos parte del público.
Si los estudiantes de lingüística lloran por la complejidad de sus teorías, por lo hermético y abstracto de algunas de sus explicaciones, el público general que asiste a sus conferencias no puede decir lo mismo: nada hay en ellas de abstracto; cada una de sus afirmaciones es concreta y precisa. Se puede estar en completo desacuerdo con las interpretaciones que hace Chomsky de la realidad, pero nadie puede acusarlo de ser elusivo, cobarde, complaciente o diplomático.
Rara vez se puede decir lo mismo de un líder mundial. Si sus acciones son bien concretas, sus justificaciones abundan en la vaguedad y la distracción, cuando no son meras construcciones verbales. Lo cual no deja de ser una trágica paradoja: aquellos profesionales de lo concreto son especialistas en crear mundos virtuales, construidos en su casi totalidad de palabras. Son ellos los más importantes autores de ficción de nuestro mundo.
Exactamente 24 horas más tarde y a unos pocos kilómetros de distancia, el ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, dio su conferencia en una sala del Florida Times Union de Jacksonville. El día anterior recibí en mi oficina a alguien (un prodigio europeo al que estimo mucho y que conocía al líder británico) con una invitación especial para asistir.
En una elegante sala, Tony Blair se extendió por casi dos horas. A diferencia de Chomsky, Blair no bombardeó a los presentes con observaciones incómodas, sino con frases prefabricadas, complacientes hasta la indigestión, más una plétora de lugares comunes capaces de provocarle pudor hasta a un estudiante de secundaria. Todo sazonado con una dosis tóxica de bromas, algunas muy ingeniosas.
Ni siquiera tuvo un momento de autocrítica cuando alguien le preguntó si no se había sentido humillado por el fiasco de la guerra en Irak. Después de pensar por varios segundos, o fingir que pensaba para la risa de los que estaban allí, repitió el mismo menú de siempre: “Hay momentos en que un líder debe tomar decisiones difíciles...”. Una y otra vez, con palabras diferentes. En ningún caso consideró que el presidente o el primer ministro de una potencia mundial siempre tienen que tomar decisiones difíciles, que para eso están, pero que el hecho de que la decisión sea difícil no significa que estén excusados de cualquier error.
No obstante, ésta fue y ha sido repetidamente la actitud del ex premier británico: ni una sola vez en la noche tuvo una palabra de arrepentimiento, de autocrítica. Por el contrario, la misma soberbia de siempre: nosotros somos los que salvamos y cuidamos al mundo, los que debemos educar a las nuevas masas de jóvenes (los cambios demográficos fue uno de los temas que parecían preocuparlo especialmente) y somos tan buenos que hasta toleramos a los primitivos que no entienden lo que es una democracia. Nunca, jamás, el reconocimiento de toda la brutalidad antidemocrática de la que fueron capaces.
Ni una palabra que aceptara la posibilidad de algún error. El propio George Bush, con todas sus limitaciones intelectuales, llegó a reconocer que la guerra había sido lanzada en base a información errónea. Un error, compadre. El propio José María Aznar, con sus limitaciones intelectuales, llegó a reconocer sus limitaciones intelectuales. “Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes”, dijo en 2007 sobre los argumentos erróneos que se usaron para lanzar al mundo a una guerra de diez años.
El más dotado intelectualmente de la Santísima Trinidad que desencadenó el armagedón que costó cientos de miles de vidas y el descalabro económico, Tony Blair, en cambio, nunca tuvo este atisbo de humildad. Por el contrario, más de una vez repitió esa noche que no se arrepentía de nada. Su rostro parecía estar de acuerdo con sus palabras, que nunca alcanzaron el mínimo de autocrítica. Casi me daba la impresión de estar ante el Mesías, de no ser por su vocación de comediante: “Desde que dejé de ser primer ministro en 2007 he ido a Jerusalén más de cien veces. Mi esposa me dice que lo que cuenta no es la cantidad de veces que he estado allí, sino la cantidad de progreso que haya logrado en el conflicto. A veces ella no me estimula demasiado” (risas).
Ninguna autocrítica. Ninguna palabra de arrepentimiento. Ninguna muestra de imperfección humana. Sólo una broma tras otra, como si en realidad de eso se tratase su trabajo: hacer reír al público, como en algunos circos del siglo XIX se hacía reír a los asistentes usando anestesia.
Es interesante que a los intelectuales disidentes se los califique invariablemente de radicales por el mero uso de palabras, mientras que a los líderes que sumergen en la guerra a pueblos enteros se los considere responsables y moderados. Seguramente la respuesta es la del comienzo: la realidad está hecha de palabras, aunque otros la sufren con los hechos. El divorcio y la contradicción entre realidad y palabra no sólo es una forma de justificar los hechos pasados sino, sobre todo, la mejor forma de preparar los que vienen.
Esto, que debería llamarse dictadura, se llama democracia. El problema, entiendo, está en la democracia, pero no es la democracia. Hay esperanza: todavía se puede estimular la crítica, ese motor original de la democracia, aunque sea con abono. Tiemblo de sólo pensar en el día que nos falte Noam Chomsky, ese gran amigo, ese gladiador de nuestro tiempo. Porque los Tony Blair van a sobrar. Eso es seguro.
No, Chomsky y Blair no se cruzaron en el aeropuerto de Jacksonville. Me reservo las palabras del primero sobre ese hipotético encuentro.
* Escritor uruguayo, Jacksonville University, College of Arts and Sciences.
pagina12