domingo, 27 de abril de 2014

Fundacion Luisa Hairabedian

UN HOMENAJE EN EL CONGRESO DE LA NACION

En recuerdo del genocidio armenio


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“Conocer lo que ocurrió”, planteó el diputado Horacio Pietragalla.
La Cámara de Diputados ofreció un homenaje a la comunidad armenia en el 99º aniversario del genocidio que sufrió a manos de los turcos. “No hay mejor manera de prevenir que conocer lo que ocurrió. Si no hay memoria, verdad y justicia, los exterminios se pueden repetir”, consideró el diputado del Frente para la Victoria Horacio Pietragalla, organizador del acto que tuvo lugar en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de la Nación.
“Nos sigue doliendo que Turquía no reconozca el genocidio, porque no entendemos que haya mejor mensaje para las generaciones de jóvenes que reconocer un error que cometieron los antepasados”, señaló Pietragalla, hijo de militantes desaparecidos durante la última dictadura cívico militar y nieto recuperado desde 2003. El Poder Legislativo reconoció la matanza en 2007 y declaró el 24 de abril como “Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos”. El referente de la comunidad armenia en la Argentina, Federico Gaitán Hairabedian, reconoció a su turno que “el proceso que inauguraron Néstor Kirchner y Cristina en 2003 nos sirvió a los armenios para aprender a denunciar el genocidio”, y brindó algunos datos del contexto histórico del exterminio.
El 24 de abril de 1915, el gobierno de Turquía detuvo y ejecutó a más de 600 dirigentes armenios en Constantinopla para terminar con lo que habían denominado como la “cuestión armenia”, que lo consideraba un factor a eliminar. La masacre del pueblo armenio costó más de un millón y medio de vidas, según coinciden los investigadores de la comunidad.
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sábado, 26 de abril de 2014

Claire Mouradian, profesora de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en París

“El genocidio es un problema actual”

Hoy se cumplen 99 años del exterminio del pueblo armenio a manos de las autoridades otomanas, que comenzó en 1915 y que terminó con la vida de un millón y medio de personas. La experta explica por qué algunos países no lo reconocen.


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“El no reconocimiento del genocidio armenio está relacionado con intereses económicos.”
Existen grupos de extrema derecha en Turquía que quisieran exterminar a los armenios que quedan. Así lo aseguró Claire Mouradian, profesora de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en París y experta en el genocidio armenio. “Todavía quedan grupos que dicen abiertamente que el trabajo no fue terminado. El genocidio no es sólo un problema del pasado, es un problema actual. Hay países, como Estados Unidos, que no quieren confrontar con Turquía”, sostuvo. Como cada 24 de abril, hoy se conmemora en todo el mundo un nuevo aniversario del exterminio del pueblo armenio a manos de las autoridades otomanas, que comenzó en 1915 y que terminó con la vida de un millón y medio de personas. “El no reconocimiento del genocidio armenio está relacionado con intereses económicos y estratégicos. Turquía es miembro de la OTAN, es un actor clave en la región”, explicó Mouradian sobre el hecho de que pocos países reconozcan el plan sistemático de aniquilación física y cultural de los armenios entre 1915 y 1923.
Estados como Argentina, Chile, Rusia y Canadá reconocen el genocidio armenio. Sin embargo, otros como Alemania, Estados Unidos, España e Israel no han tenido hasta la fecha un pronunciamiento concreto. El caso más llamativo es el del Estado judío, creado tras el Holocausto. “Hay israelíes que están luchando por el reconocimiento del genocidio armenio. De hecho, los primeros en prestar atención al genocidio armenio fueron los judíos, dentro y fuera del imperio otomano. Pero el Estado de Israel no lo reconoce, porque su posición en Medio Oriente es complicada y existen intereses comunes con Turquía. Esto no significa que los israelíes, o algunos israelíes no lo reconozcan. No todo es blanco y negro. Lo mismo pasa en Turquía”, destacó Mouradian. “No condeno a las generaciones jóvenes, porque en los libros escolares está escrito lo que el Estado quiere que aprendan. Pero muchos saben lo que pasó. Quedan iglesias armenias. En épocas del imperio, había casi dos millones y medio de armenios. Estaban en las principales ciudades del imperio. Ahora hay más información, más debate”, agregó.
Mouradian, que participó este mes del Congreso Internacional sobre Genocidio Armenio organizado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, señaló que Turquía debe asumir su responsabilidad ante lo ocurrido. “Los turcos les quitaron todo a los armenios y deberían devolverles todo. Casas, bienes, iglesias, cuentas bancarias. En el tratado de Sèvres de 1920, cuando se hizo una repartición del imperio otomano y se crearon nuevos estados, se condenaron los crímenes de guerra y se elaboró una lista de reparación. Era una lista precisa. Los herederos del imperio otomano no quieren hacerse cargo de esas deudas”, aseveró, y dijo que Turquía no quiere aceptar este legado por una cuestión económica y de imagen. “Aceptarlo implica reconocer cómo fue construida Turquía. Les hicieron creer a los turcos que están allí desde siempre y que los armenios nunca existieron. Eso es negacionismo puro”, añadió.
El genocidio armenio, en plena guerra mundial, respondió a un intento por reconfigurar un imperio en decadencia, según Mouradian. “Hubieron distintos intentos de salvar al imperio otomano, que estaba el declive. El primer intento era darles iguales derechos a quienes vivían en el imperio. Hubo algunos cambios en la Constitución para reconocer los mismos derechos a musulmanes y no musulmanes. Finalmente no prosperó y el imperio seguía desintegrándose. Se decidió aplicar la islamización y a eso le siguió la creación de una nueva nación: Turquía. Había armenios, búlgaros, kurdos, albaneses y árabes. Se trataba de una creación artificial. Entonces decidieron turquizar a los no musulmanes”, contó. Los armenios eran considerados el componente más peligroso dentro del imperio porque –según la experta– eran cristianos y tenía contacto con los rusos a través de sus fronteras, principal enemigo de los turcos. Además, debido a masacres previas, se habían constituido movimientos armados y vivían en comunidades muy compactas.
“Los armenios ocupaban un buen lugar en la estructura económica del imperio, por lo que representaban un obstáculo para la turquización de la economía. Pero eran el primer eslabón. Los griegos, los caucásicos y los judíos también fueron un objetivo para los turcos. Hicieron una ingeniería territorial y demográfica”, prosiguió Mouradian. Talaat, el ministro del Interior del imperio, fue el que planificó el genocidio, el que vigiló pueblo por pueblo la actividad en la península de Anatolia y organizó el desplazamiento de los distintos grupos. “La idea era desplazarlos para que no constituyeran un grupo homogéneo y poder asimilarlos, convertirlos en turcos. Al final de la Primera Guerra Mundial, la mitad de la población de Anatolia había cambiado”, apuntó la experta francesa de origen armenio.
Una de las consecuencias del genocidio fue la gran diáspora armenia. “La mitad de la población armenia desapareció. Pero la consecuencia más notable fue la creación de una gran diáspora. Por eso hay armenios en Argentina, en Brasil, en Estados Unidos, en Francia. Es un problema para los turcos, porque adonde vayan siempre hay armenios. Un efecto bumerang”, bromeó Mouradian. Más allá de que los perpetradores del genocidio estén muertos, la investigadora consideró que el exterminio es aún un tema caro para los turcos. “Es difícil admitir que tus ancestros son asesinos, que tu casa fue usurpada, que tu pasado no fue tan glorioso”, reconoció.
Entrevista: Patricio Porta


REP   nos ilustra en pagina12

sábado, 19 de abril de 2014

Por Alfredo Zaiat

PANORAMA ECONOMICO

Precios de transferencia


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El concepto precios de transferencia no está incluido en el debate económico habitual pese a que es una cuestión muy importante para comprender aspectos vinculados a la elusión y evasión impositiva, la fuga de capitales y a las dificultades de la industrialización por sustitución de importaciones. Es una noción que debería adquirir mayor densidad política para abordar la restricción externa, expresión de la fragilidad de la estructura económica argentina. Los protagonistas son las firmas multinacionales en una economía abierta con elevada concentración, extranjerización y con un marco legal para la inversión extranjera marcadamente liberal, herencia de la dictadura cívico-militar consolidada en la década del ’90. Precios de transferencia es un concepto contable relacionado con los balances presentados al fisco donde opera la filial, pero tiene un efecto que excede la cuestión impositiva, debido a que ha pasado a ser utilizado como vía de fuga de capitales, e indirectamente para resistir políticas públicas promotoras del desarrollo de proveedores locales o de producción de componentes nacionales de esas mismas firmas. Una economía con una industria más amplia y compleja acotaría los márgenes de maniobra con los precios de transferencia.
Estados Unidos legisló sobre este tema en 1968 y los países europeos lo fueron haciendo en la década del ’70, mientras que en Argentina esta cuestión recién fue incorporada en diciembre de 1998 en la Ley 25.063 que reformó el Impuesto a las Ganancias.
Los precios de transferencia son los que se facturan en el comercio entre sí empresas subsidiarias de multinacionales. Al manipular esos valores –que incluyen intereses por préstamos o regalías por marcas y patentes, además de los precios de mercancías–, esas empresas pueden situar sus ganancias donde menos impuestos deban pagar por ellas. Permiten a las multinacionales transferir fondos de un país a otro utilizando valores más altos o más bajos en función de su conveniencia. Mediante la planificación fiscal internacional las multinacionales persiguen el objetivo de reducir la carga impositiva global del grupo. Como se sabe, el destino preferido de esas utilidades son los paraísos fiscales, alejadas así del radar del fisco local y el del país donde está radicada la casa matriz.
Las operaciones más usuales de manipuleo de precios de transferencia son cuando las filiales locales subfacturan sus exportaciones (cerealeras, mineras) y sobrefacturan importaciones (electrónicas, autopartes, bienes de capital) para hacer figurar así menores ingresos y mayores costos. Es la manera de disminuir utilidades o aparentar pérdidas, para evitarse así el pago del Impuesto a las Ganancias. Este “dibujo” de los precios en la contabilidad aumenta los beneficios de la subsidiaria de otro país, en la misma medida en que se reduce la de la argentina, maniobra que sólo le conviene a la multinacional si allí la renta estuviera menos gravada que aquí. Esta operatoria es más extendida en grandes trasnacionales distribuidas por todo el mundo, y cuyas filiales comercian entre sí intensamente.
Las características básicas de los precios de transferencia detalladas en el documento OECD transfer pricing guidelines for multinacional entreprises and tax administrations son:
- Es el precio que se pacta y realiza entre sociedades de diferentes países vinculadas económicamente de un grupo multinacional, por transacciones de bienes (físicos o intangibles) y servicios que pueden ser diferentes a los que se hubieran pactado entre empresas independientes.
- Se pactan entre firmas conducidas por el mismo poder de decisión, circunstancia que permite, a través de la fijación de precios convenidos entre ellas, transferir beneficios o pérdidas de unas a otras, situadas la mayoría de las veces en países distintos.
- En términos contables, el precio que carga un segmento de la organización (departamento, división) radicados en un país por un producto o servicio que proporciona a otro segmento de la misma ubicado en otro país.
- Por lo tanto, los dos elementos fundamentales que no deben faltar son la existencia de vinculación entre las empresas que efectúan las operaciones, y que estén ubicados en distintos países para realizar operaciones internacionales.
Como se mencionó, el flujo de esos fondos se canalizan en gran parte a través de firmas de multinacionales radicadas en paraísos fiscales, plazas que facilitan esos movimientos al brindar confidencialidad, lo que permite mantener datos en secreto ante requerimientos de autoridades del fisco. En el libro Las islas del tesoro. Los paraísos fiscales y los hombres que se robaron el mundo (Fondo de Cultura Económica), Nicholas Shaxson menciona que el entonces ministro de Finanzas francés, Dominique Strauss-Kahn (después número uno del FMI, y destituido de ese organismo por denuncias de acoso sexual), estimó que más de la mitad del comercio internacional pasa, al menos en los papeles, por los paraísos fiscales. Shaxson indica que la Auditoría General de Estados Unidos (GAO, por sus siglas en inglés) informó en 2008 que 83 de las 100 corporaciones más grandes de ese país tenían filiales en paraísos fiscales. En ese año, en Europa, 99 de las 100 empresas más grandes tenían subsidiaria en una plaza offshore, según la investigación de la organización Tax Justice Network.
Los fondos obtenidos por la manipulación de los precios de transferencia son el equivalente corporativo de las cuentas secretas que abren individuos en paraísos fiscales con capital fugado obtenido por la evasión u otras actividades ilícitas. Shaxson interpela el concepto fuga de capitales porque “coloca la responsabilidad en el país que pierde el dinero: es una forma más de culpar a la víctima”, para precisar que “cada fuga de capitales que sale (de un país) debe corresponderse con una afluencia en algún otro lugar”. Aquí irrumpe el sistema extraterritorial (guaridas fiscales) construido por las finanzas globales. Es la contracara de la fuga de capitales. Shaxson sentencia que esas plazas financieras donde se ocultan billones de dólares “es el modo de funcionamiento del poder en la actualidad”. Afirma que el mundo extraterritorial “es un proyecto de las elites ricas y poderosas con el solo propósito de aprovechar los beneficios de la sociedad sin pagar por ellos”. Por eso concluye que los paraísos fiscales no son un apéndice marginal de la economía mundial, “sino que se halla exactamente en su centro” y, por ese motivo, “el offshore goza de obscena salud... y crece a toda marcha”.
El periodista e investigador Shaxson, miembro del Instituto Real de Asuntos Internacionales (Chatham House), una organización no gubernamental sin fines de lucro con sede en Londres, señala que cerca de dos tercios del comercio mundial transfronterizo se desarrolla en el interior de las corporaciones multinacionales. “Los países en desarrollo pierden aproximadamente 160.000 millones de dólares anuales sólo en concepto de la manipulación de los precios corporativos.” La investigación publicada por el CefidAr mencionada la semana pasada en esta columna (Fuga de capitales III. Argentina (20022012), de Jorge Gaggero, Magdalena Rua y Alejandro Gaggero), asegura que “el impacto consolidado de todas las maniobras que se practican en relación con el comercio internacional de las firmas que operan en Argentina debe estimarse en alrededor del 10 por ciento del total de su comercio internacional”, aunque señalan que prefieren ubicarla en un rango conservador del 7 al 9 por ciento. Calculan entonces que el impacto total de la fuga de capitales por la aplicación de precios de transferencia representó 8194 millones de dólares en 2010 (7 por ciento sobre el valor total anual del comercio exterior de alrededor de 117.000 millones) y, para 2012, 13.218 millones de dólares (9 por ciento sobre 147.000 millones).
Con esas ganancias obtenidas por la manipulación de precios de transferencia, ¿cuál es el incentivo de sustituir importaciones de las multinacionales? Esas maniobras actúan como una restricción del proceso de industrialización no contemplada en el análisis económico convencional.
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jueves, 10 de abril de 2014

Por Jorge Majfud *

Noam Chomsky y Tony Blair se cruzan en el aeropuerto





En octubre pasado, Noam Chomsky dio una conferencia en la Universidad de Florida titulada Policy and Media Prism (Las políticas y el prisma mediático). Durante más de una hora, con su voz pausada y su incansable osadía de desarticular narraciones oficiales, Chomsky analizó el uso del lenguaje en la prensa tradicional, la información mutilada con fines políticos por parte de los medios que repiten y ocultan como estrategia para crear o justificar una realidad. “Si el público estuviese realmente informado no toleraría algunas cosas”, comentó. Al menos parte del público.
Si los estudiantes de lingüística lloran por la complejidad de sus teorías, por lo hermético y abstracto de algunas de sus explicaciones, el público general que asiste a sus conferencias no puede decir lo mismo: nada hay en ellas de abstracto; cada una de sus afirmaciones es concreta y precisa. Se puede estar en completo desacuerdo con las interpretaciones que hace Chomsky de la realidad, pero nadie puede acusarlo de ser elusivo, cobarde, complaciente o diplomático.
Rara vez se puede decir lo mismo de un líder mundial. Si sus acciones son bien concretas, sus justificaciones abundan en la vaguedad y la distracción, cuando no son meras construcciones verbales. Lo cual no deja de ser una trágica paradoja: aquellos profesionales de lo concreto son especialistas en crear mundos virtuales, construidos en su casi totalidad de palabras. Son ellos los más importantes autores de ficción de nuestro mundo.
Exactamente 24 horas más tarde y a unos pocos kilómetros de distancia, el ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, dio su conferencia en una sala del Florida Times Union de Jacksonville. El día anterior recibí en mi oficina a alguien (un prodigio europeo al que estimo mucho y que conocía al líder británico) con una invitación especial para asistir.
En una elegante sala, Tony Blair se extendió por casi dos horas. A diferencia de Chomsky, Blair no bombardeó a los presentes con observaciones incómodas, sino con frases prefabricadas, complacientes hasta la indigestión, más una plétora de lugares comunes capaces de provocarle pudor hasta a un estudiante de secundaria. Todo sazonado con una dosis tóxica de bromas, algunas muy ingeniosas.
Ni siquiera tuvo un momento de autocrítica cuando alguien le preguntó si no se había sentido humillado por el fiasco de la guerra en Irak. Después de pensar por varios segundos, o fingir que pensaba para la risa de los que estaban allí, repitió el mismo menú de siempre: “Hay momentos en que un líder debe tomar decisiones difíciles...”. Una y otra vez, con palabras diferentes. En ningún caso consideró que el presidente o el primer ministro de una potencia mundial siempre tienen que tomar decisiones difíciles, que para eso están, pero que el hecho de que la decisión sea difícil no significa que estén excusados de cualquier error.
No obstante, ésta fue y ha sido repetidamente la actitud del ex premier británico: ni una sola vez en la noche tuvo una palabra de arrepentimiento, de autocrítica. Por el contrario, la misma soberbia de siempre: nosotros somos los que salvamos y cuidamos al mundo, los que debemos educar a las nuevas masas de jóvenes (los cambios demográficos fue uno de los temas que parecían preocuparlo especialmente) y somos tan buenos que hasta toleramos a los primitivos que no entienden lo que es una democracia. Nunca, jamás, el reconocimiento de toda la brutalidad antidemocrática de la que fueron capaces.
Ni una palabra que aceptara la posibilidad de algún error. El propio George Bush, con todas sus limitaciones intelectuales, llegó a reconocer que la guerra había sido lanzada en base a información errónea. Un error, compadre. El propio José María Aznar, con sus limitaciones intelectuales, llegó a reconocer sus limitaciones intelectuales. “Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes”, dijo en 2007 sobre los argumentos erróneos que se usaron para lanzar al mundo a una guerra de diez años.
El más dotado intelectualmente de la Santísima Trinidad que desencadenó el armagedón que costó cientos de miles de vidas y el descalabro económico, Tony Blair, en cambio, nunca tuvo este atisbo de humildad. Por el contrario, más de una vez repitió esa noche que no se arrepentía de nada. Su rostro parecía estar de acuerdo con sus palabras, que nunca alcanzaron el mínimo de autocrítica. Casi me daba la impresión de estar ante el Mesías, de no ser por su vocación de comediante: “Desde que dejé de ser primer ministro en 2007 he ido a Jerusalén más de cien veces. Mi esposa me dice que lo que cuenta no es la cantidad de veces que he estado allí, sino la cantidad de progreso que haya logrado en el conflicto. A veces ella no me estimula demasiado” (risas).
Ninguna autocrítica. Ninguna palabra de arrepentimiento. Ninguna muestra de imperfección humana. Sólo una broma tras otra, como si en realidad de eso se tratase su trabajo: hacer reír al público, como en algunos circos del siglo XIX se hacía reír a los asistentes usando anestesia.
Es interesante que a los intelectuales disidentes se los califique invariablemente de radicales por el mero uso de palabras, mientras que a los líderes que sumergen en la guerra a pueblos enteros se los considere responsables y moderados. Seguramente la respuesta es la del comienzo: la realidad está hecha de palabras, aunque otros la sufren con los hechos. El divorcio y la contradicción entre realidad y palabra no sólo es una forma de justificar los hechos pasados sino, sobre todo, la mejor forma de preparar los que vienen.
Esto, que debería llamarse dictadura, se llama democracia. El problema, entiendo, está en la democracia, pero no es la democracia. Hay esperanza: todavía se puede estimular la crítica, ese motor original de la democracia, aunque sea con abono. Tiemblo de sólo pensar en el día que nos falte Noam Chomsky, ese gran amigo, ese gladiador de nuestro tiempo. Porque los Tony Blair van a sobrar. Eso es seguro.
No, Chomsky y Blair no se cruzaron en el aeropuerto de Jacksonville. Me reservo las palabras del primero sobre ese hipotético encuentro.
* Escritor uruguayo, Jacksonville University, College of Arts and Sciences.
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miércoles, 2 de abril de 2014

Por Bernardo Kliksberg *

Una confrontación silenciosa


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Doscientas mil personas son actualmente los dueños, según un banco suizo, de casi la mitad del producto bruto mundial; el 50 por ciento, 3500 millones de personas, tienen sólo el uno por ciento. Mientras el uno por ciento más rico ganó en 2013 1746 millones de dólares promedio cada uno, los pobres recibieron menos de 1000. Tienen insuficiencias alimentarias, viven en tugurios lóbregos, carecen de agua potable, no tienen instalaciones sanitarias; los niños tienen que trabajar desde muy pequeños y la gran mayoría deserta de la escuela.
Las desigualdades resultan de determinadas políticas. Hay políticas que las aumentan y otras que las reducen. Los ciudadanos de América latina lo saben muy bien. Durante las dictaduras militares y los ’80 y ’90, en donde primaron los modelos económicos ortodoxos, vieron cómo aumentaban y hacían crecer la pobreza.
Se ha intentado legitimar el aumento de las desigualdades mediante paradigmas para los cuales son “inevitables para el progreso” o “sólo una etapa transitoria mientras se produzca el derrame”, y “atacarlas generaría el caos”.
No importa que la realidad haya desmentido dichos paradigmas, ha habido un “negacionismo sistemático” de las evidencias en contrario.
Los latinoamericanos vivieron sus efectos y por eso reclamaron en todo el continente, por diversas vías, economías que dieran respuestas colectivas y redujeran efectivamente la pobreza y las desigualdades. Se pusieron en marcha y, si bien falta mucho, las cifras cambiaron. La pobreza bajó de más del 40 por ciento al 28 para toda la región, mucho menos en algunos países. En ellos –como entre otros Argentina, Brasil, Uruguay– millones de personas salieron de la pobreza y se ampliaron las clases medias.
No “llovió inclusión”, sino que hubo reformas sociales profundas apoyadas por la mayoría de la ciudadanía, que significaron ingresar en otro paradigma diferente del pregonado por el uno por ciento más rico.
Por debajo de los grandes debates sobre políticas, hay hoy una confrontación silenciosa de paradigmas.
Así, entre otros aspectos, para el paradigma dominante en los ’90, que seguía puntillosamente el llamado consenso de Washington sobre cómo debía conducirse una economía, la pobreza era en definitiva parte de la historia. “Pobres hubo y habrá siempre”, decían algunos de sus líderes, a pesar de que no debería haberlos en una América latina que, además de un subsuelo inmensamente dotado de materias primas estratégicas, tenía la tercera parte de la superficie disponible para el cultivo sustentable y la mayor proporción de recursos hídricos renovables del mundo. Para la ortodoxia es inadmisible que haya crecido el gasto público en la región en la ultima década, más allá de que ello significó acercarse a lo que representa en los países más de-sarrollados y a que la mayor parte del crecimiento fue en inversión social, central para reducir la desigualdad.
El paradigma que propugna políticas de recorte profundo del gasto público enfatiza a voz en cuello cuánto va a significar ello en ahorro de recursos y reducción de déficit que “tranquilizará a los acreedores”, pero no es nada transparente respecto de los costos que ello representa para la vida diaria de la gente.
Estudios sobre Italia, España y Grecia encontraron que el aumento del desempleo al que contribuyó la receta de retracción del gasto público incidió en un aumento de la tasa de suicidios en los tres países.
Las obras incluidas en la Colección Cuestionando Paradigmas, que Página/12 publicará a partir del domingo, están dedicadas a confrontar paradigmas que se presentan con frecuencia como la “verdad infalible” frente a la cual toda pretensión de crítica sería anacrónica y técnicamente inaceptable.
No les interesa discutir evidencias, están mucho más confortables en la mera discusión sobre dogmas.
Tratan de que el debate permanezca siempre en los términos que lo plantean como “esto es una elección entre la libertad, el libre mercado o el populismo”, “la pobreza se combate con crecimiento, no con programas sociales”, “los programas sociales son asistencialismo”.
Se ven en dificultades serias cuando se les cambia el marco del debate. “La elección es entre economía para unos pocos o economía inclusiva”, “debe promoverse el crecimiento, pero no basta para eliminar la pobreza”, “los programas sociales participativos, y con buena gerencia social, empoderan a las comunidades pobres”.
Pero, sobre todo, tratan de eludir toda discusión ética seria sobre los resultados finales de lo que se está proponiendo. La ética “fastidia” a la economía ortodoxa. Trae mucho “ruido”, con su énfasis en los “muertos y heridos” que deja a diario en el camino. Para que no moleste se presenta a la economía como una cuestión “puramente técnica”.
Las políticas públicas cambiaron en muchos países de América latina, pero los cambios culturales son mas difíciles de hacer y más lentos. Los paradigmas ortodoxos siguen muy vigentes, desconociendo la crisis mundial de 2008/9 que mostró sus insuficiencias estructurales, negando sus causas, relativizando los niveles de desigualdad y pobreza y diseminando a diario estereotipos, prejuicios, mitos y falacias sobre los pobres y las políticas de cambio.
Parte de la lucha por construir países para todos pasa por “dejar al rey desnudo”, confrontando con hechos concretos las lógicas subyacentes en las doctrinas “infalibles” en que se ha tratado de inculcar en los ciudadanos en las últimas décadas.
La colección que empieza este domingo se dedica a hacer esa tarea de crítica desmistificadora, al mismo tiempo que a presentar, como siempre lo he hecho en toda mi trayectoria, experiencias y propuestas alternativas.
En la primera obra se introduce la presencia de Los parias de la Tierra; en la segunda se muestra Una lectura diferente de la economía; en la tercera, Discutiendo lógicas, se reexploran temas claves; en la cuarta, Otra economía es posible, se indaga sobre su perfil y, en la última, se trabaja sobre Herramientas para construir una economía con rostro humano.
Es posible salir del “túnel de la desigualdad y la pobreza” en que está atrapado gran parte del género humano. No es un destino irremisible de la historia. Pero para avanzar hacia una libertad real, en donde libres de pobreza los seres humanos puedan desarrollar sus capacidades a plenitud, es imprescindible librar la lucha por el conocimiento de la realidad. Ese conocimiento fue casi condenado a la “clandestinidad” por el paradigma ortodoxo. Es necesario recuperarlo.
* Gran Maestro de la UBA. Presidente de la Red Latinoamericana de Universidades por el Emprendedurismo Social. Este artículo está basado en la Introducción a la Colección Bernardo Kliksberg, Cuestionando Paradigmas, que Página/12 publicará a partir del próximo domingo.
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lunes, 31 de marzo de 2014

derechos humanos

¿Sudáfrica o Argentina?


Por Daniel Feierstein *


Revertir los procesos de hegemonía lleva tiempo. La necesidad ética y política de enfrentar la impunidad se construyó con enorme trabajo, en un proceso iniciado a fines de la dictadura y que persiste hasta hoy. Pero cada vez más se identifican intentos –ya no sólo de los perpetradores y sus cómplices– por revertir ese logro. Aparecen por flancos diversos y apuntan siempre en la misma dirección: la Justicia no sería el mejor remedio para enfrentar el genocidio. Su última estela fue el reportaje al investigador francés Philippe Joseph Salazar, aparecido en La Nación el día previo al 38 aniversario del golpe de 1976. Pero se articula con numerosas declaraciones en ámbitos periodísticos, académicos y políticos de los últimos años. Tomaré el reportaje de Salazar apenas como ejemplo de esta tendencia.
Es difícil juzgar la experiencia política de otro país y tampoco es mi intención. Pero ya que el investigador francés que vive en Sudáfrica se permite juzgar el caso argentino sin mucho rigor, contrastaré sus afirmaciones sobre Sudáfrica con alguna información pública. Dice Salazar que “hoy llama la atención para cualquiera que vaya a Sudáfrica lo feliz que es la gente allá. Es la felicidad de vivir juntos. No quieren más hablar del pasado”. Resulta difícil imaginar cómo se concilia dicha felicidad con la tasa de homicidios anual de 31,8 cada 100 mil habitantes, no sólo de las más altas del mundo, sino también dentro del propio continente africano, cuyo promedio es de 17 (Argentina tiene una de 5,5, pese al fervor mediático sobre la inseguridad).
A ello se suma que las muertes sudafricanas tienen relación con el período del apartheid, tanto la violencia anti blanca rural (que no parece mostrar una “reconciliación” muy exitosa, con más de un millar de asesinatos de afrikaaners desde 1994, según las fuentes más cautas), sino también responden a la represión policial, las muertes en cárceles y a la dominación de género, además de la clásica violencia delincuencial.
Agrega Salazar que la ganancia de haber resignado la posibilidad de justicia se compensó con la verdad. Pues no parece ser la conclusión unánime con respecto a la Comisión de Verdad y Reconciliación. En las autoinculpaciones no sólo no hubo arrepentimiento, sino que tampoco se aportó mucha información. La mayoría de las declaraciones “olvidaban” incluir a los copartícipes en las acciones cometidas, así como de informar el destino de los cuerpos, en el caso de que no se conociera previamente. La disyuntiva de conseguir verdad o justicia no parece haber sido tal. No hay prueba alguna de que la labor de la comisión hubiese realmente avanzado significativamente en el conocimiento de los hechos más de lo que lo hubiere hecho un proceso penal.
Apelando a la teoría de los dos demonios, Salazar también sostiene sin pudor que “los crímenes de sangre cometidos por los movimientos de liberación están en el mismo plano que aquellos cometidos por los agentes del apartheid”, borrando la distinción de origen del derecho internacional de los derechos humanos, la separación entre crímenes de Estado y delitos comunes. E igualando la violencia del oprimido con la violencia del opresor, naturalizando la opresión estructural.
Sin embargo, parece que la falta de sensibilidad de Salazar ante la muerte cotidiana en la Sudáfrica actual (en especial, la muerte política, vinculada al post apartheid) tiene su correlato con la extrema sensibilidad ante la “violencia” en la Argentina. Asistiendo a una audiencia de los juicios en Mendoza, Salazar presencia la alegría y fervor de los familiares y sobrevivientes de las víctimas ante la demoradísima condena a los genocidas. Ello conduce a Salazar a considerar que “la gente pedía más sangre y ahí me dije: esto nunca va a terminar.” O sea: los linchamientos de blancos en las zonas rurales sudafricanas, la represión policial a los mineros y la violencia cotidiana en Soweto son “la felicidad de vivir juntos y reconciliados”, pero la manifestación de alegría sin agresión de un sobreviviente de un campo de concentración o de una madre o un hijo de un desaparecido ante una condena producida entre 30 y 40 años después de los hechos es un “pedido de sangre”.
El peligro es que no se trata apenas de un desliz “académico”. La insistencia con la experiencia sudafricana como modelo opuesto y superior al argentino ya tiene unos cuantos años (paradójicamente España es el otro modelo, el paradigma del silenciamiento, la impunidad y la apropiación de menores) y proviene de numerosos políticos e intelectuales, que parecen tener escasa información proveniente de los organismos de derechos humanos sudafricanos o internacionales (baste revisar los datos sobre Sudáfrica en Genocide Watch, entre otros reportes de DD.HH.).
El caso argentino fue paradigmático en las estrategias de lucha contra la impunidad. La fortaleza y unidad de su movimiento de derechos humanos, el modo en que caló en la conciencia del pueblo, la persistencia y originalidad de sus luchas (desde las presentaciones en tribunales internacionales hasta los “escraches”) permitieron consolidar un caso único por el número de procesados, el nivel de garantías ofrecido a los acusados (cualitativamente superior a casos valorables como los de Nuremberg, Tokio, Etiopía, Camboya o Bangladesh) y la seriedad de la fundamentación de las condenas y absoluciones.
Claro que es un proceso que tiene sus problemas (fragmentación de las causas, demoras injustificadas, incoherencias procesales, protección de los testigos, ausencia de investigación estatal), pero tienen que ver más con la falta de justicia que con su exceso. No hubo condenas a muerte como en Nuremberg o Bangladesh, no han existido inocentes condenados como en numerosos “casos armados” en la Justicia común argentina o extranjera, y los procesados y sus familias han visto garantizada su seguridad. Esta lucha original y exitosa del movimiento de derechos humanos argentino instaló una hegemonía difícil de encontrar en otras sociedades como la chilena, la española o la brasileña, que se encuentran mucho más divididas y donde la construcción de consensos para alcanzar la justicia sigue resultando difícil. Es este logro lo que estos discursos pretenden revertir. Y el peligro radica en que, a diferencia de las manifestaciones aisladas de los perpetradores y sus cómplices, estas falsas disyuntivas tienen mayor capacidad para calar en el sentido común, afectado tanto por la mezquina utilización política de los logros colectivos como por el también mezquino oposicionismo que se niega a reconocer el valor de un cambio de época en la lucha contra la impunidad.
El riesgo es enorme, porque distraídos en esas disputas, por primera vez se comienza a poner en riesgo la sólida hegemonía que tanto ha costado construir: la necesidad de justicia para los crímenes de Estado.
El 24 de marzo estuve en las dos plazas, como hago desde que se quebró el acto unitario del Encuentro Memoria, Verdad y Justicia. En la de los “organismos históricos”, con tinte kirchnerista y autobombo. Y en la del “Encuentro”, con participación de los partidos opositores y homologación de los gobiernos de estos 38 años. En ambas, como es lógico, había madres, hijos, familiares, sobrevivientes, aunque algunos no quieran verlos. En ambas estaban compañeros que han luchado a brazo partido, ofreciendo su tiempo y en algunos casos sus vidas para construir esta hegemonía. Coincidía y disentía con consignas de unos y otros. Pero por suerte una consigna se sigue cantando en ambas marchas, una de las pocas que canto una y otra vez a voz en cuello y que proviene de los años ‘8’: “Como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”.
Los fantasmas siniestros vuelven a marchar. No usan tanques ni se pintan la cara como hacían en los ’80. Tampoco hacen gestos amenazando degollarnos, como en 2006 o 2007, cuando la desesperación los sacó de quicio. Seguramente comprendieron que sin revertir la hegemonía construida sobre la necesidad de la justicia, sus gestos serán inútiles. Van a la conquista del sentido común del pueblo argentino.
* Investigador del Conicet y presidente de la International Association of Genocide Scholars.
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Ezequiel Ander-Egg, un intelectual obsesionado en aplicar las ciencias sociales a la solución de problemas prácticos


“La historia la hacen también personas corrientes y humildes”

Tiene seis títulos de grado, tres de posgrado y 170 libros publicados. Es militante de derechos humanos, ecologista y pacifista. Sobrevivió a varios atentados de la Triple A y la dictadura militar. Tiene seis hijos biológicos y 17 hijas adoptadas. Estudió con Claude Lévi-Strauss y reconoce a Edgar Morin como su gran maestro. Y dice que cuando más aprendió fue al convivir con indígenas.

Por Verónica Engler

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Dice que tiene una “neurosis de trabajo incurable”. Sus más de ciento setenta libros publicados, las numerosas clases y conferencias que ofrece en diferentes países en un peregrinar casi permanente, sumado a sus múltiples proyectos en curso (como los centros de Educación Popular de los que participa en México y Bolivia) dan cuenta de esa característica que lo mantiene activísimo a sus ochenta y cuatro años. Ezequiel Ander-Egg ha escrito sobre los temas más diversos de las ciencias sociales, pero fundamentalmente sobre trabajo social, animación sociocultural y educación. “Nunca pretendí escribir para un público selecto, sino para muchos, ya que mi intención es hacer comprensibles los temas y problemas de las ciencias sociales”, dice cuando desde cierto sector de la academia se lo tilda de “simple divulgador”.
Militante por los derechos humanos, por las minorías sexuales, pacifista, ecologista y feminista. Sobrevivió a varios atentados perpetrados contra él por la Triple A y por la última dictadura militar: muchos dicen que es casi un milagro que se haya salvado. Alegre, de mirada chispeante, este hombre de libros y de acción repasa en la entrevista múltiples aspectos de su vida, sus hijos, sus diecisiete hijas adoptivas, sus pareceres sobre la universidad, su juventud y su experiencia con los indígenas de América latina, con quienes, dice, aprendió más que con las lecciones de Claude Lévi-Strauss que tomó durante una de sus estadías en Francia.
–A usted se lo describe generalmente como un “hombre de acción y pensamiento”.–Sí, pero hay dos definiciones sobre mí: esa y otra muy poética que dice “ternura en un mundo sin ternura”, por la forma de comportarme. Tengo ciento setenta libros escritos, y todo lo que hay ahí lo saco de la acción. Un día me pidieron que escribiera algo sobre el colegio secundario, y pedí permiso antes para dar clases en un colegio secundario. Pero lo que es menos conocido es mi trabajo por la paz internacional, porque yo sé, por mi trabajo en la Unesco, que todavía hay cuarenta mil bombas atómicas. En las misiones de paz a las que fui, mi corazón estaba con Gandhi, porque sé que si seguimos deteriorando el medioambiente como lo hemos hecho hasta ahora, no podremos sobrevivir más que tres generaciones en el planeta Tierra. Todo esto pasa porque la forma en que usamos la ciencia y la tecnología, por querer ser ricos destrozamos la única riqueza que hay, que es la vida. Si no aprendemos a vivir superando lo que es la sociedad de consumo, si no sabemos vivir de otra manera, nosotros mismos nos destrozamos. La Santa Trinidad del hombre contemporáneo está conformada por el dinero, el consumo y el status. Lo que hace funcionar esto es la publicidad y la propaganda, la publicidad vende productos y la propaganda vende valores.
–¿Como sobrevivió al fusilamiento perpetrado contra usted por la Triple A?–Estuve treinta y un días tirado a ocho kilómetros de Mendoza, no me podía mover. Me atendía una campesina que no sabía mi nombre. Lo único que quería era vivir embarrado para que no avanzara la gangrena. Todos los médicos que me atendieron por primera vez dijeron que había una posibilidad en mil de salvarme, por las heridas recibidas, y esa posibilidad se dio. (Benjamín) Menéndez hizo público que yo era montonero, pero yo no era montonero, hablaba con los montoneros, hablaba con todos. Y él me mandó a matar. Pero la tragedia es mucho más grande, porque yo sabía que me querían matar, pero cómo iba a abandonar a los jóvenes. Entonces saqué todo el dinero para hacer viajar a mi familia al exilio. Fueron a buscarme y, como no me encontraron, encañonaron a mi familia y se robaron todo el dinero. La que era mi esposa los denunció y a los tres días dinamitaron la casa con ella y un hijo mío. Por suerte se salvaron, pero fue una tragedia tras otra. Al día siguiente de mi fusilamiento quisieron secuestrar a un hijo mío y él pudo cambiar el itinerario y se salvó, pero nunca más volvió a la Argentina. Mi madre sufría mucho por toda esta situación. Ella quería que yo abandonara la lucha, pero entonces yo le dije: “Mientras haya en el mundo una sola mujer campesina explotada no dejaré la lucha”.
–Antes de irse al exilio, a usted lo criticaban en la Universidad de Cuyo, de la que era docente, por leer a Arturo Jauretche, ¿verdad?–Sí, es que acá los académicos leían a los europeos. (Andrés) Delich, que fue ministro de Educación, ha hecho unas críticas tremendas a Jauretche y yo, en cambio, defendía sus aportes. El vendía libros porque no escribía como un sociólogo. ¿Qué es tener nivel sociológico?, ¿decir con palabras ininteligibles lo que todo el mundo sabe por sentido común?, ¿hacer investigaciones y escribir papers que sólo sirven para incrementar el curriculum vitae de quien los escribe? Después de que me expulsaron de la universidad, por socialista, me quisieron reintegrar pero no quise. ¿Para qué? La universidad está llena de papagayos culturales, dan textos sin contexto. La última vez que tuve reunión de Consejo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, cada profesor decía a principio de año qué texto iba a trabajar. Para mí decir qué texto se va a trabajar no es manera de pensar, yo lo que planteo es qué problemas que afectan a nuestro pueblo vamos a estudiar. Estoy decepcionado de la universidad latinoamericana, porque no está relacionada con los problemas concretos.
–¿Cómo es su itinerario antes del exilio? ¿De Bernardo Larroude, en La Pampa, donde nació, se fue a estudiar a Mendoza?–No, estuve por todas partes. Estuve en Córdoba haciendo el bachillerato aeronáutico creado por Perón. Fui uno de los trescientos veinte jóvenes de todo el país elegidos por Perón para este proyecto que fue importantísimo, la carrera de aeronáutica. Yo hice eso porque quería salir de pobre. Terminada la (segunda) Guerra Mundial, diferentes países se llevaron alemanes altamente capacitados: en primer lugar Estados Unidos, la URSS, Inglaterra, Francia, y Perón trajo a especialistas en aeronáutica. Perón ahí tuvo mucha lucidez. A fines de 1946 hizo la convocatoria de jóvenes para que hicieran una formación en aeronáutica, de tipo técnico. La carrera de cinco años se haría en dos años y medio: eran cinco meses y medio de clases y quince días de vacaciones. Esta gran idea de Perón, después de que él desapareció de la vida política, se frustró. Cuando vuelo en aviones fabricados en Brasil recuerdo este “fracaso” argentino causado por la falta de visión de dirigentes políticos que nunca entendieron lo que Perón quiso hacer.
–¿Y usted entró en la Aeronáutica?–Un tiempo, pero me terminé retirando porque no era militarista. Pero después ocurrió que cuando elegí Mendoza porque quería estudiar filosofía tuve el problema de que la carrera de aeronáutica era un secreto de Estado, y no podía entrar a la universidad. Entonces me puse desesperado a hacer el bachillerato y, finalmente, en septiembre de 1953 dijeron que no era secreto de Estado, y pude entrar a la universidad. El 30 de septiembre de 1953 comencé la carrera y el 31 de agosto de 1955, en un año y once meses, yo me había graduado en Ciencias Políticas y Sociales. Luego me fui a España con una beca, me doctoré en Ciencias Políticas y Económicas. Volví y fui profesor en la facultad, mis alumnos de quinto año habían sido mis compañeros de primer año. Al mismo tiempo tenía un cargo en el gobierno de La Pampa, que era algo así como ministro de Asuntos técnicos.
–Y luego se volvió a ir a Europa para seguir estudiando, ¿verdad?–Sí, a Francia, en la década del sesenta. Hasta ese entonces había trabajado sólo como economista. En Francia me gradué en Planificación Económica y Social, y pensaba irme a Vietnam a trabajar con el padre (Louis) Lebret, con el equipo de Economía y Humanismo. Pero (Alfredo) Calcagno, que era el embajador ante la Unesco, me dijo que volviera para trabajar con el presidente (Arturo) Frondizi, que para mí era un estadista, lo respeto mucho. Volví y me nombraron director de Desarrollo de la Comunidad, y en dos años construí tres mil doscientas viviendas para los sectores más pobres de Argentina.
–Usted ha tenido cinco hijos y una hija biológicos, pero luego adoptó diecisiete hijas. ¿Cómo tomó la decisión de hacerse cargo de esa prole numerosa?–Las adopté en un momento para no volverme loco, fue cuando murió mi hija Graciela. Pero no las adopté de bebés, no tuve que cambiar pañales (se ríe), como a los dieciocho años. Tampoco vivían todo el tiempo conmigo. Me hice cargo de que pudieran formarse, ir a la universidad, hacer sus posgrados en el exterior, porque todas ellas son de ascendencia indígena, de países latinoamericanos. Generalmente pasaban seis meses aquí para aprender artesanía intelectual, para iniciarse en las cosas de la investigación. Este año las diecisiete tendrán su título universitario. A las mejores les di una mayor formación en Europa, especialmente a la guaraní-paraguaya, Mariela Cuevas, que estuvo hace poco aquí. Ella fue mi secretaria en Venezuela, cuando yo trabajaba con Chávez para el socialismo del siglo XXI y la Unasur. Ella se graduó en Venezuela y era la “mimada” de Chávez por su militancia e inteligencia. Tenía 22 años cuando fue escogida para hablarles a todos los presidentes de América del Sur. Anoche justamente vino la primera hijita que adopté, una quechua-aymara, porque está haciendo el curso internacional que dirijo (en la Escuela de Psicología Social del Sur). Una de las características para escoger a mis hijas es que son personas que tienen un compromiso, de servicio a la gente. Pero ya no adopto más. Mi dinero lo he usado en esto, no lo he donado a ninguna organización como la Cruz Roja o Unicef, porque he trabajado en esas instituciones y las conozco bien.
–Usted ha vivido con varias comunidades indígenas de Latinoamérica e incluso lo han consagrado “anciano”. ¿Me puede contar algo de estas experiencias?–Sí, me consagraron hace unos años, en México. Pero mi experiencia con los mayas en Guatemala fue muy importante, creo que fue el cargo más importante que tuve en mi vida, como responsable del Programa Indígena, pero me terminaron expulsando del país, y con toda razón. Y por veintidós años no pude entrar.
–¿Por qué lo expulsaron?–Recuerdo el día en que asumí, que estaba con el presidente y la ministra. Me pusieron coche con chofer, y el chofer se bajó para que yo me sentara atrás. Entonces le dije a la ministra: “Yo no voy a trabajar así, yo me voy a vivir con los indígenas”, y así lo hice. Estuve un tiempo con heridas que no me cicatrizaban porque estaba mal alimentado. De noche estudiaba antropología. Yo había estudiado antropología con (Claude) Lévi-Strauss en Francia, pero siempre digo que aprendí más con mis hermanos indígenas. Y los oligarcas de allí son tan hijos de puta como los de aquí, decían: “Estos indígenas no quieren trabajar”, y yo les decía: “¿Cómo van a trabajar si tienen hambre?”. Entonces, claro, la oligarquía me vio mal. Además, eran muy religiosos, querían la misa cantada, con tres curas, que cobraban quince quetzales, que era el sueldo de un mes, y yo me opuse a eso. Bueno, como si esto fuera poco, después me metí con los militares. Entonces, a los tres meses me expulsaron y por veintidós años no pude entrar al país.
–Y también lo echaron de España, ¿no?–Ah, de España varias veces, la última vez por hacer la lista de las amantes del rey. Porque no aguanto la hipocresía, y la monarquía no me va. Yo sabía eso del rey porque en su casa tenía un general, que era el jefe, y ese general tenía un hijo jesuita, y le contaba cosas al hijo jesuita y el hijo jesuita me las contaba a mí, y se armaba una chismografía impresionante. Pero ¿por qué me daba bronca esa vida del rey? Porque los días de Navidad él daba su mensaje a favor de la familia, y yo no admito la hipocresía. Admito las diferentes opciones sexuales, la homosexualidad, el lesbianismo.
–Usted ha salido en varias oportunidades a responder públicamente a la Iglesia sobre el tema de la homosexualidad, e incluso se declaró militante gay.–Sí, fue en cierta forma gracioso. El problema que tuve fue acá en la Argentina cuando el cardenal (Antonio) Quarracino dijo que había que poner aparte a todos los homosexuales. Entonces, llegué de España y me hicieron una entrevista larguísima, y de pronto la periodista me pregunta qué pensaba de lo del cardenal Quarracino, y yo dije: “Mire, Jesucristo jamás diría eso, tú sabes de mi militancia”. Y la periodista me dice: “Sí, eres militante de los derechos humanos, pacifista, ecologista y feminista”. Entonces, yo le dije: “Y ahora me declaro militante gay sin ser homosexual”. Y apareció la nota en el diario con el título: “Ander-Egg se hace militante gay gracias al cardenal Quarracino”. Antes, durante el gobierno de Alfonsín, en una ocasión cuando venía en una misión oficial, el gobierno me recibió como si fuese diplomático en Ezeiza, y me ponen en una entrevista con Radio Nacional. Hacía poco (el arzobispo Emilio) Ogñenovich había dicho, cuando Alfonsín planteó la ley de divorcio, que detrás de esa ley vienen el sida, la homosexualidad y el lesbianismo. Y me preguntaron qué pensaba de eso. ¿Qué iba a contestar yo? Rápidamente se me ocurrió decirle: “Mire, yo creo que ustedes los periodistas lo han tergiversado, porque no puede ser, porque no puede haber un tipo tan bruto y tan idiota que diga algo así”.
–¿Qué está escribiendo en este momento?–En esta etapa de mi vida estoy en la tarea de reescribir mis libros más significativos, pero además estoy escribiendo un nuevo libro que se llama Historicidades anónimas. Casi toda la gente cree que la historia es la resultante de grandes acciones políticas o militares, que la hacen personas que han tenido poder, que han sido importantes empresarios o científicos. Esto es parcialmente cierto, pero la historia la hacen también personas corrientes, humildes, sin cargos públicos, con acciones pequeñas, fragmentarias, pero que cambian la historia, entre tantas está por ejemplo la de las Madres de Plazas de Mayo. Entre la treintena de historias que ya escribí, una es la de Rosa Parks, una mujer negra que era costurera, y un día se sentó en el autobús y vino un hombre blanco que la quiso hacer levantar. Como no se levantó, la metieron en la cárcel y el juez que la juzgó dijo que ella tenía razón. Desde ese día los negros pudieron sentarse en los autobuses y cambiaron muchas cosas. Otra historia que tomé es la de Vasili Arkhipov, un marino ruso que evitó una catástrofe universal. Fue el 27 de octubre de 1962, cuando Estados Unidos declaró el bloqueo comercial a Cuba, enviando destructores para hacerlo efectivo. Había unos cargueros de la URSS que traían misiles, iban escoltados por submarinos B-59. En un momento del encuentro de navíos de ambas potencias, un submarino lanzó un disruptor de sonido que el destructor confundió con un torpedo y respondió lanzando una carga de profundidad sobre el submarino. El gobierno de Estados Unidos no sabía que los tres submarinos estaban provistos de torpedos con cabeza nuclear. Por la dificultad de comunicarse con Moscú, podían tomar cualquier decisión si lo aprobaban los tres comandantes. Uno de los comandantes decide disparar el misil con cabeza nuclear sobre la Casa Blanca, pero cuando consulta al comandante Arkhipov él dice que no hay información suficiente y vota en contra. Entonces, no se lanzó. Fue un instante en que se jugó la suerte de la humanidad.
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